CAPÍTULO 20
Hay que decirlo todo. El plan de las campanillas tenía un fallo, y el fallo era yo.
Porque una cosa es plantarlas de noche, con el amparo de la oscuridad y la solemnidad del propósito, y otra muy distinta es la mañana siguiente, cuando ella abre la puerta a por leña y yo estoy en mi loma, detrás del roble, espiando el resultado como un chiquillo que ha dejado una rana en el pupitre del maestro.
El heredero de Strathos, veintidós años, pegado a una corteza, asomando medio ojo, con el corazón en la boca por seis matas de campanillas.
Si la vergüenza matara, ese roble tendría tumba con mi nombre.
Y entonces ella se arrodilla en la nieve.
Se arrodilla sin sentir el frío, lee la plantación con sus dedos de oficio, hoyo a hoyo, encuentra las huellas de mis rodillas y mis manos, y se queda quieta con una quietud que le conozco.
La de cuando algo le pasa por dentro más grande que ella.
Y dice, bajito, al aire de la mañana, las cinco palabras que el viento me sube enteras y que me van a acompañar hasta la sepultura.
Nadie me había regalado flores jamás.
Dieciocho años, dice esa frase. Dieciocho años y ni una flor, y yo detrás de mi roble aprieto la corteza con la zarpa hasta dejarle marca, porque la alegría y la rabia me llegan juntas y no caben por la misma puerta.
Alegría de que las primeras hayan sido mías, rabia de un mundo entero que tuvo dieciocho años para ponerle una flor delante a esta mujer y los gastó en piedras.
Y la mañana todavía me guarda el remate.
La veo salir seis veces antes del mediodía.
Seis. Con la excusa de la leña, del cubo, del cielo, y cada vez se detiene ante las matas y las mira, y a la cuarta les lleva agua, agua a unas flores rodeadas de nieve, y a la sexta yo ya no sé dónde meter lo que me pasa por el pecho, y decido que si esto es la vergüenza, la vergüenza está sobrevalorada y pienso reincidir cada invierno de mi vida.
Esa tarde me planta el interrogatorio con los brazos cruzados, ¿tienes manos, lobo?
, y van dos, y baja la voz y me enseña sus cartas una a una, la carta única de dos caras, y yo aguanto el envite quieto como aguanto todo, y por dentro hago un balance nuevo: ya no sospecha.
Sabe sin saber. Le falta el nombre y la forma, nada más, y lo demás lo tiene cogido con la firmeza con que coge las hierbas. Por el tallo justo.
Lo de la nieve nueva pasa tres días después, y me coge dormido en el peor sentido.
Vuelvo al anochecer por el camino del fresno doble y el monte me cuenta la novedad antes de llegar: su olor.
Su olor en mi camino de vuelta, a una legua del claro, donde su olor no ha estado nunca.
Sigo el rastro con el estómago encogiéndose paso a paso, el paso de las zarzas, el arroyo por las piedras justas, la zancada constante de una mujer con cayado y propósito, y el rastro va derecho adonde temo que va.
A la vaguada. A las rocas. Al lugar donde cada noche dejo una forma y tomo la otra.
Y allí está escrito todo, en la nieve virgen, para quien sepa leer: mis patas entrando. Mis pies saliendo. Y delante del cambio, hundida, fría ya, la huella de ella. Sentada en la nieve, largo rato, mirando.
Cinco años de disciplina, de caminos variados, de rastros barridos, y al final el ovillo no me lo ha arrancado nadie.
Lo he ido soltando yo, hebra a hebra, la maza, la árnica, las manos en la nieve, hasta que ella ha hecho lo que hace con todo, seguir el tallo hasta la raíz.
Ya está en la vaguada. Ya ha visto las dos huellas.
Me siento donde se sentó, en su misma huella, y dejo que el frío me suba por donde le subió a ella.
¿Qué pensó, sentada aquí? ¿Cuánto rato estuvo?
La huella dice que mucho. Está fría hasta el fondo, asentada, la huella de quien no huyó.
A eso me agarro mientras bajo al claro con la noche cerrándose: no huyó.
Vio lo imposible escrito en la nieve y se sentó a mirarlo, y después se levantó y volvió a su casa por su propio pie, y entre todas las cosas que esa mujer pudo hacer con lo que vio, sentarse a mirarlo es la que menos se parece al espanto.
Aun así, el camino del claro se me hace el más largo que recuerdo.
Repaso espantos posibles a cada zancada.
La puerta atrancada con cuño nuevo, el cuenco sin sacar, el claro vacío, o lo peor de todo, que es lo que no sé imaginar.
Dos veces me paro en seco en mitad del sendero, yo, que no me he parado ante nada en este monte, y la segunda vez me descubro temblando, el lobo entero temblando como un cachorro destetado, y tengo que echarme en la nieve a juntar el valor a puñados.
He plantado cara a jaurías. He cruzado ríos en deshielo con los pulmones ardiendo.
Y no me atrevo con el último recodo de un sendero que me sé de memoria, porque detrás del recodo hay una puerta de madera vieja, y detrás de la puerta una mujer que ya sabe lo bastante para echarme de su vida con una tranca y una palabra.
El miedo de verdad no me lo enseñó este bosque.
Me lo ha enseñado ella esta noche. Llego a la linde con las patas pesadas y el corazón en la boca de las dos formas a la vez.
Y ella me espera con la cena puesta.
Me espera con la cena puesta, y con un discurso elegido legua y media, y me lo da sentada en su piedra, mirándome a los ojos: que ha leído la nieve.
Que ha visto cosas que no sabe leer. Que cierra la página, ella, hoy, aquí, y que cuando yo quiera enseñarle a leerlas, allí estará, el día que yo diga, a la hora que yo diga.
Hay que haber tenido miedo de verdad para saber lo que es que te lo quiten así.
No sé qué hace un hombre entero con lo que esa mujer me dio anoche en seis frases.
Yo hice lo que pude. Le llevé el cuenco a los pies, que es la rendición más completa que cabe en una boca de lobo, y monté la guardia de toda la noche pegado a su muro, oyéndola dormir, repitiéndome su tratado de paz palabra por palabra.
Tú eres mi lobo. Yo soy la tuya del claro. La nieve que diga lo que quiera.
A Bríde se lo cuento al día siguiente, en la galería, porque hay pesos que entre dos hermanos pesan la mitad, y porque mi hermana se ganó el derecho a la verdad entera el día del halcón.
—Ha llegado a la vaguada —le digo—. Ha visto el cambio escrito en la nieve. Patas que entran, pies que salen.
Bríde deja de dar de comer al halcón. Se vuelve entera, que en ella es un acontecimiento.
—¿Y?
—Y ha cerrado la página. Me lo dijo anoche, a la cara. Que no volverá a tirar del hilo por su cuenta. Que cuando yo quiera enseñarle a leer lo que vio, allí estará. El día que yo diga.
Mi hermana se queda un momento en silencio, traduciendo, y luego hace algo que Bríde no hace: se ríe. Bajito, hacia el halcón, moviendo la cabeza.
—¿Tú entiendes lo que ha hecho, hermano?
—Me mira de reojo—. Ha llegado sola hasta tu puerta más escondida, ha mirado la cerradura, y en vez de forzarla se ha sentado a esperar a que abras desde dentro.
Eso no es paciencia. Eso es crianza de la que ya no se estila.
—Devuelve la atención al halcón, y la voz se le pone seria—. ¿Y tú? ¿Cuándo abres?
—Cuando acabe el invierno.
Lo digo y me oigo decirlo, y es la primera vez que le pongo fecha en voz alta, y la fecha, dicha, se vuelve real como se vuelven reales los nombres. Bríde asiente despacio.
—Cuando acabe el invierno —repite—. ¿Y cómo se le enseña a una mujer que el lobo y el hombre son la misma carta? Porque eso no se dice, Cael. Eso se enseña, y mal enseñado rompe lo que toque.
—Lo sé. Lo estoy pensando desde anoche y lo pensaré hasta el deshielo.
El sitio, la hora, la manera. Me lo dijo padre y tenía razón.
Se elige mal momento, mal sitio y mala hora, y se confía en haber elegido bien a la mujer.
—Miro al valle, hacia donde el bosque guarda el claro y el claro guarda la cena de esta noche—.
La mujer está bien elegida desde hace cinco años. Lo demás es mío.
—¿Se lo has dicho ya a madre? Lo de la fecha.
—No.
—Díselo. —Le ofrece la última carne al halcón y se quita el guante con esa parsimonia suya que estira los consejos—.
Madre lleva todo el invierno carteándose en hierbas con esa muchacha.
Salvia mandó, ¿lo sabías? De los míos, eso dice la salvia entre curanderas.
Madre ya la ha sentado a nuestra mesa, hermano, a su manera, tallo a tallo.
Cuando llegue el día, esa mujer no va a entrar en una casa de extraños.
Va a entrar en una casa que lleva un invierno entero poniéndole el cubierto.
Díselo a madre, que las madres trabajan mejor con fechas.
—¿Y a Oisín?
—A Oisín dile la fecha equivocada —contesta sin pestañear—, o el día señalado tendrás coro. —Y como me ve la cara—. Es broma. A medias. Dale a elegir entre callar y rimar, y callará, que te quiere más de lo que rima, y mira que rima.
Lo que ninguno de los dos sabe, mientras lo hablamos en la galería con el halcón de testigo, es que el invierno no va a esperar a acabarse.
Que monte abajo, en la villa, un hombre engrasa una ballesta vieja.
Y que las páginas cerradas, a veces, las abre la sangre.