CAPÍTULO 19
Abro la puerta a por leña y el invierno me ha florecido el umbral.
Me quedo con la mano en el quicio y el aliento a medio salir. Junto a la pared, en el rincón que el alero guarda del viento, asoman de la nieve seis matas verdes con sus campanillas blancas colgando, vivas, frescas, imposibles, como si a enero se le hubiera olvidado una esquina por helar.
Campanillas de invierno. Las del recodo del río, las de la umbría, que mi madre me enseñaba de cría diciendo mira, Aila, la flor que no pide permiso.
Me arrodillo en la nieve sin sentir la nieve.
Y el oficio, que en mí trabaja hasta cuando el corazón hace ruido, empieza a leer lo que tengo delante: no están cortadas.
No es un ramo. Están plantadas, con su cepellón entero, en seis hoyos cavados a la profundidad justa, con la tierra apretada alrededor de cada mata como se aprieta cuando se sabe, con respeto y sin miedo.
Quien hizo esto no quería regalarme flores.
Quería regalarme flores que vivieran. Hay una diferencia del tamaño de un mundo, y la entiendo de rodillas en la nieve, con un dedo siguiendo el borde de un hoyo que unas manos cavaron de noche en mi umbral.
Manos. Porque están las señales, y esta vez nadie las ha borrado. Dos huecos de rodillas hundidos en la nieve vieja, y a los lados, claras como una firma, huellas de manos. Manos grandes, de dedos largos, las palmas marcadas en la nieve donde se apoyó quien plantaba.
Nadie me había regalado flores jamás.
Lo pienso así, entero, de rodillas en mi umbral, y la frase me abre por dentro un sitio que no sabía que tenía cerrado.
Dieciocho años. Remedios he dado y cobrado, liebres he recibido, hasta saludos de árnica me cruzan ya el claro, y flores, lo que se dice flores, puestas para mí, para que yo las viera al abrir mi puerta, nunca.
Hasta hoy. Se me empañan los ojos y no los dejo pasar de ahí, que el llanto bueno lo estoy aprendiendo a conocer este invierno y todavía no nos tuteamos.
Parpadeo, trago, y le sonrío a las seis tercas como les sonreiría a seis visitas.
—Buenos días tengáis —les digo—. No sé quién os ha traído, aunque me lo voy figurando. Bienvenidas a la casa. Aquí el invierno es largo y la compañía escasa, conque vais a venir muy bien.
Les acerco nieve derretida del cubo, que el trasplante da sed aunque sea de flor brava, y me paso la mañana saliendo a mirarlas con cualquier excusa, la leña, el cubo, el tiempo, como sale una a mirar a un recién nacido para comprobar que respira.
A mediodía les retiro la nieve que el alero les va soltando, les aporco un dedo de tierra del huerto al pie, que la helada hila fino, y me sorprendo hablándoles como les hablaba mi madre a sus matas, bajito y sin vergüenza de nadie.
Aguantad, bonitas, que aquí el invierno es largo pero la casa es seria.
Seis campanillas. Y yo, que he capeado inviernos enteros sin que se me moviera el ánimo, hecha una tonta de puerta para adentro y para afuera.
Esa tarde, cuando el lobo sale de la linde con su pieza del día, no le saco el cuenco de primeras. Me planto delante de él, a sus seis pasos, con los brazos cruzados, y el animal me mira con esa inocencia ensayada que ya le conozco de memoria.
—Campanillas de invierno —abro—. Plantadas.
Con cepellón, a la hondura justa, la tierra apretada de maestro.
Junto a mi puerta, lobo. Esta noche, mientras yo dormía.
—Doy un paso, que ya me lo puedo permitir—.
Y esta vez hay huellas, y no son de patas.
Rodillas y manos. Manos grandes. En mi umbral, en la nieve, sin borrar.
—Lo miro a los ojos de ámbar, que me sostienen sin pestañear—.
Conque te lo vuelvo a preguntar, y ya van dos: ¿tienes manos, lobo?
El lobo, como la otra vez, calla con todo el cuerpo. Y yo, que la otra vez me lo tomé a risa, esta vez hago una cosa nueva. Me agacho a su altura, ahí, a dos pasos, y le bajo la voz.
—Porque mira que he barajado explicaciones este año.
El cazador piadoso, el ermitaño, el ánima de mi madre.
Hasta dos guardianes me llegó a echar Maired, uno de colmillos y otro de maza.
Y resulta que las huellas de uno acaban donde empiezan las del otro, y eso, lobo, eso ya no es baraja.
Eso es una sola carta con dos caras, y la tengo delante todas las noches cenando de mi cuenco.
—Me enderezo, recojo aire—. No te asustes, que no te pregunto más.
Hoy no. Hoy es día de dar gracias y las doy: por las flores.
Nadie me había regalado flores, ¿lo sabías?
Pues ya no se puede decir. Has roto tú la cuenta. Otra más.
Y le saco su cena, y cenamos los dos, él de su guiso y yo de mi pasmo, y la cola hace su vaivén, y el mundo, que esta mañana se ha vuelto imposible, sigue girando como si nada, que es lo que mejor sabe hacer el mundo.
La nieve nueva cae a los tres días, fina y virgen, de la que guarda los rastros como guarda la cera los sellos, y yo amanezco con una decisión tomada que no recuerdo haber tomado dormida: hoy leo la nieve.
Las huellas de la noche salen de su sitio junto a mi muro, frescas, hondas, del tamaño de mi mano abierta, y toman hacia el norte.
Las sigo. Me abrigo, cojo el cayado y las sigo, que cinco años de misterio se me han juntado esta semana con seis campanillas y dos preguntas sin contestar, y hay mañanas en que una ya no puede no saber.
El rastro me lleva monte arriba, por el paso de las zarzas, cruzando el arroyo helado por las piedras justas, una legua larga de zancada constante, la zancada de quien vuelve a casa.
Leo mientras camino, que la nieve es el libro más honrado que existe.
Aquí se detuvo a venteàr, aquí cruzó un corzo y ni lo miró, aquí el paso se alarga cuesta arriba sin cansarse, cinco años de preguntarme por dónde se iba mi misterio cada alba y la respuesta estaba escrita, esperando una nevada y una mujer con el día libre y la paciencia agotada.
Y en la vaguada del fresno doble, detrás de unas rocas donde el viento no entra, el rastro hace lo que los rastros no hacen.
Se acaba.
Las patas llegan hasta las rocas. Las cuatro, hondas, claras, recién selladas en la nieve virgen.
Y de las rocas sale otra cosa: pies. Pies descalzos, humanos, largos, marcados en la nieve con sus cinco dedos y su talón, tres pasos, cuatro, cada vez más leves, en dirección al norte, hacia las tierras altas, hasta que el roquedal barrido por el viento se los traga.
Me siento en la nieve porque las piernas me lo piden.
No sé cuánto tiempo paso así. Sé que mi sombra se mueve en la nieve de un lado del roquedal al otro, que el frío me sube por la falda y se me asienta en los huesos sin que yo le haga caso, y que el cuerpo me pide tres cosas a la vez y las tres contrarias: huir, quedarme a esperar, llorar.
No hago ninguna. Hago lo que hago con las fiebres altas, que es no moverme y dejar que el cuerpo diga todo lo que tiene que decir antes de decidir nada, porque las decisiones tomadas con el cuerpo gritando salen torcidas.
Patas que entran. Pies que salen. Lo miro mucho rato, con el frío subiéndome por la falda y el aliento haciendo nubes, y la cabeza me da las explicaciones de la aldea, todas en fila.
Brujería, demonio, maldición, las palabras que me sé de memoria porque me las han colgado a mí toda la vida.
Y quizá por eso, porque me las han colgado a mí, las miro venir y las dejo pasar de largo, una a una, como se deja pasar el granizo.
Y cuando las palabras de la aldea acaban de pasar, llega lo que de verdad esperaba detrás de ellas, lo hondo, y no es espanto: es miedo.
Miedo del otro, del que se aprende queriendo.
Porque si esto es lo que parece, si mi lobo entra en unas rocas y sale de ellas con pies de hombre, entonces mi lobo carga un secreto del tamaño de su vida, y los secretos de ese tamaño, acorralados, hacen lo que hacen los animales acorralados.
Desaparecer. Lo veo con una claridad que me hiela más que la nieve.
Un paso en falso mío, una pregunta de más, una emboscada detrás de estas rocas, y la linde de mi claro amanece vacía.
Para siempre. Y yo he vivido dieciocho años sin saber lo que era esperar a alguien cada tarde.
Ahora lo sé. Y de lo que se sabe no se vuelve.
Porque yo sé otra cosa que la aldea no sabe.
Yo sé quién duerme pegado a mi muro las noches malas.
Sé quién no come si yo no hablo, quién planta flores que viven, quién montó guardia bajo el temporal del siglo.
Lo que sea que entra en esas rocas con cuatro patas y sale con dos pies lleva cinco años queriéndome la vida, y a las cosas que me quieren la vida no les pongo yo los nombres de la aldea. Antes muerta.
Vuelvo sobre mis pasos despacio, deshaciendo la legua, y de camino tomo la decisión más difícil de este invierno de decisiones: no seguir.
No apostarme tras las rocas, no madrugar rastros, no tirar más del hilo.
Porque el hilo, lo he entendido sentada en la nieve, no es mío.
Es suyo. Cinco años lleva dándomelo a hebras, a su paso, la liebre, las truchas, la árnica, las flores, las huellas sin borrar, y quien da el hilo a hebras está diciendo todavía no, y a mí el todavía me lo han enseñado a respetar las hierbas.
Lo que se arranca antes de hora no cura.
La legua y media de vuelta la hago por etapas, como se hacen las curas largas.
La primera, de rabia conmigo, por haber tirado del hilo.
La segunda, de pasmo puro, parándome dos veces en mitad del sendero a mirar al norte como una boba.
Y la última, ya con mi claro a la vista y el humo de mi lumbre subiendo derecho, de una calma rara, nueva, que tardo en reconocer porque se parece a la fe.
Sea lo que sea lo que vive en mi linde, me eligió a mí.
A mí, a la que no escogen. Lleva años eligiéndome cada noche, con liebres y flores y guardias, y eso no se deshace por unas huellas raras en una vaguada.
Lo demás son detalles, y los detalles, como las hierbas, a su hora.
Esa noche, en la cena de los dos, se lo digo con las palabras justas, que las he venido eligiendo legua y media. Las manos me tiemblan al sacarle el cuenco, y las dejo temblar, que esta noche no es de esconderle nada.
—He estado leyendo la nieve esta mañana.
—El lobo levanta la cabeza del cuenco, y por primera vez en cinco años le veo en los ojos algo que se parece al miedo, y verlo me decide las últimas palabras—.
He visto cosas que no sé leer. Y no voy a volver a esa página por mi cuenta, ¿me oyes?
La cierro. La cierro yo, hoy, aquí. —Me siento en mi piedra, le sostengo esos ojos de ámbar asustados y se lo digo como se dicen los juramentos—.
Cuando quieras enseñarme a leerlas, aquí estaré.
El día que tú digas, a la hora que tú digas.
Hasta entonces, tú eres mi lobo, yo soy la tuya del claro, y la nieve que diga lo que quiera.
El lobo me mira un momento eterno. Luego cruza lo que queda de distancia, coge el borde del cuenco vacío con los dientes, y me lo trae. Me lo deja a un palmo de los pies, como se rinde una espada.
—Vaya —digo, cuando recupero la voz—. Conque esas tenemos.
Cinco años haciéndote el animal y ahora me traes el cuenco como un paje.
—Lo recojo, y de cerca, a este palmo nuevo que estrenamos, sus ojos de ámbar son otra cosa.
Tienen fondo, tienen años, tienen alguien.
Me los quedo mirando más de lo que aconseja la prudencia, y él me los sostiene sin pestañear, y durante tres latidos largos en este claro no hay un animal y una mujer.
Hay dos que se miran y se saben. Es él quien aparta la vista primero, despacio, como quien se inclina—.
Tranquilo. Lo dicho, dicho está. A tu paso y a tu hora.
Y yo recojo el cuenco de mi madre de manos de mi imposible, y le digo buenas noches, y entro a dormir al lado de mi pared compartida, sabiendo lo que sé y sin saber nada, que así se quiere por lo visto en este claro. A hebras, a su paso, y sin arrancar nada antes de hora.