CAPÍTULO 18
El silencio de ella es lo más parecido al hambre que he conocido en cinco años de lobo.
Lo noto desde el alba, al dejar el urogallo.
La cabaña suena a trabajo y no suena a ella.
El hacha, el fuego, los pasos, todo en su sitio, y la voz en ninguno.
No le habla a la olla. No le riñe al cubo.
No me cuenta nada a través del muro, y yo descubro, rondando el claro como un alma en pena, el tamaño exacto de lo que esa voz me amuebla por dentro: todo.
La casa entera. Cinco años creyendo que yo era el que la guardaba a ella, y resulta que su voz diaria era la viga maestra de mi tejado, y hoy que falta se me viene encima el edificio.
Primero me asusto como se asustan los centinelas: reviso.
La respiración, firme. El paso, entero. Ni fiebre, ni herida, ni extraño en una legua a la redonda.
El cuerpo está bien. Lo que está mudo es otra cosa, y contra esa no hay guardia que sirva, y me paso el día en la linde royendo la impotencia, que es el hueso más duro que existe.
Para cuando saca el cuenco, ya he entendido qué día es.
Me lo dicen la segunda nevada grande y el silencio juntos, que los calendarios del dolor también se aprenden con los años.
Hoy es el día de su madre. Y entonces el guiso humeando en la hierba se me vuelve imposible.
Que me aspen si como yo esta noche su comida mientras ella carga ese día callando.
La cena de esta casa de comidas lleva la tertulia incluida, y sin la mitad de ella, la otra mitad no se sirve.
Me planto junto al cuenco y espero, con todo el frío de Escocia de testigo, a que la nieve haga su trabajo.
Lo hace. La nieve mansa afloja lo que el día apretó, y ella abre el postigo de la voz, hoy hace cinco inviernos, y me avisa de que lo que oiga se queda en el claro, y yo me echo junto al cuenco y me dispongo a cobrar el sueldo más caro de toda mi guardia.
Porque escuchar, esta noche, cuesta.
Cuesta lo del jarabe y la pena que lo amarga.
Cuesta lo de las hierbas repasadas en voz alta noche tras noche, una madre dictándole el oficio a su hija como testamento porque no tenía otra cosa que dejarle, y dejándole con él las dos promesas, no odiar y no irse, las dos cadenas más nobles y pesadas que se le pueden poner a una cría.
Y cuesta, sobre todo lo demás, lo del serbal.
Trece años. Dos días cavando tierra helada. Primero se cava, niña.
Y hay un detalle más que me remata, uno que ella suelta de pasada y a mí se me clava de frente.
Esta mañana ha subido al serbal. La he visto desde la loma, de pie ante una piedra, con un manojo de romero en las manos, estando, y yo he montado mi guardia de siempre sin saber que guardaba una visita de hija a madre.
Tantos años pisando este bosque y nunca había juntado las dos cosas.
El serbal del este que ella ronda en silencio, la tumba que cavó con trece.
Su madre lleva todos estos años enterrada a media legua de mis caminos de cada noche, y su hija la visita callando, y yo creyéndome el dueño de los secretos de este monte.
Yo estaba en este bosque ese invierno. A media legua quizá, persiguiendo su rastro a deshoras, con diecisiete años y un vínculo que no entendía, y no lo supe.
No supe que al otro lado de la nevada una niña enterraba sola a su madre bajo un serbal, ni que pasó un invierno llorando lo que no lloró cavando.
De todas las deudas que me he echado en este claro, esta es la que no voy a poder pagarme nunca: las que llegué tarde.
Las anteriores al río no tienen arreglo, y las de después tampoco todas, y esta noche las llevo encima una a una mientras ella habla, y el lobo aguanta quieto porque para eso está hecho, y el hombre de dentro se rompe por las costuras con un crujido que juro que debe de oírse en la villa.
Y entonces lo dice.
—A lo mejor es que nací para estar sola.
Lo dice con su voz de los hechos, la de las cuentas hechas, y desgrana la prueba entera.
Todo lo que ha tocado se ha ido, todo lo que la ha querido se ha muerto queriéndola, los números no mienten.
Y yo, que no puedo hablar, que daría la forma de hombre entera por tres palabras ahora mismo, hago la única refutación que cabe en un cuerpo de lobo.
Cruzo los dos pasos y me echo a sus pies.
Mira la cuenta otra vez, muchacha de las hierbas.
Te dejas un sumando. Lleva cinco años en tu linde, esta noche está en tus pies, y no se ha muerto, ni se ha ido, ni piensa hacer ninguna de las dos cosas.
Tus números están viejos. Te lo voy a demostrar con los míos.
Uno a uno, todos los días, hasta que la cuenta te salga distinta.
Y antes del cuenco pasa lo otro, lo que ningún temporal me había hecho: su mano.
La siento desprenderse del regazo y bajar hacia mi lomo, despacio, y detenerse a un palmo, y ese palmo de aire se vuelve el centro exacto del mundo.
No me muevo. Apenas respiro. Cinco inviernos esperando sin saber que esperaba esto, y la mano se está, y se está, y al cabo se retira sin tocarme, y yo descubro que se puede perder algo que nunca se ha tenido y que duele igual.
Luego la miro, porque a ella se la entiende mirándola, y entiendo.
No era una negativa. Era una promesa con la fecha en blanco.
Esa mano va a volver, y cuando vuelva no será en una noche de luto. Puedo esperar. Esperar es lo mío.
Como de su cuenco desde sus pies, porque me lo pide y porque desairar ese guiso sería desairar el día entero.
Cuando se recoge, hago lo que no he hecho en cinco inviernos.
Pego el lomo a su muro, del lado de su cabecera, y paso la noche con una pared de por medio y su respiración al otro lado, contándole los sueños por el ritmo.
A medianoche me llega su voz a través del adobe, bajita, buenas noches, lobo, gracias por no comer sin mí, y detrás de la voz el rumor leve de una palma posándose en la pared.
Me incorporo, apoyo el costado justo ahí, a su altura, del otro lado del muro, y golpeo una vez, suave, con el lomo: recibido.
Dos palmos de adobe entre su mano y mi piel, y los siento más que cualquier roce que me hayan dado en la otra forma.
Que la cuenta empiece esta noche. Sumando presente.
Y de madrugada, con ella ya en lo hondo del sueño, me levanto, sacudo la nieve y bajo al río, porque las palabras que no tengo hay que decirlas con algo, y yo sé con qué.
Campanillas de invierno. Crecen en la umbría del recodo, donde el río amansa, una colonia entera que asoma cada año entre la nieve como si la nieve no fuera con ellas.
La única flor de la comarca que no espera a la primavera.
La flor que florece cuando nada debería florecer.
Si existe en este mundo una manera de decirle que sus números están mal sin gastar una palabra, es esta.
El trabajo lo hago con las manos de hombre, porque es trabajo de manos.
Desentierro media docena de matas con su cepellón entero, que trasplantada sin raíz una campanilla es un ramo y un ramo se muere, y yo no he venido a regalarle a esa mujer una cosa más que se muera.
Cargo las matas en el zurrón, vuelvo al claro con el alba aún lejos, y cavo en la nieve y en la tierra dura junto a su umbral, en el rincón que el alero guarda del viento, seis hoyos a la profundidad justa, y planto, y aprieto la tierra alrededor de cada mata como me enseñó mi madre que se aprieta, con respeto y sin miedo.
El heredero de estas tierras, de rodillas en la nieve a las tantas, plantando flores con las uñas negras de tierra y mirando dos veces por encima del hombro como un ladrón de gallinas. Si Oisín compone algún día la balada completa de este invierno, pido morir antes del estreno.
Lo de las huellas lo dejo estar. Podría barrerlas, confundirlas, hacer el trabajo limpio de cinco años de costumbre, y no lo hago.
La nieve que cae las irá amansando, y las que queden, que queden.
Huellas de rodillas y de manos junto a flores plantadas.
Otra hebra del ovillo, y de las gordas. Mi madre dijo que la verdad, cuanto más tarde, más cara, y yo he decidido irla pagando a plazos.
Que cave la nieve, que cave ella, que el día del ovillo entero esté ya medio devanado.
Vuelvo a mi linde con las manos heladas y el pecho al revés de las manos, y desde allí, mientras clarea, miro mi obra. Seis matas verdes asomando junto a su umbral, absurdas y tercas en mitad del blanco, esperándola.
Al torreón llego con el sol ya fuera, y la mala suerte tiene nombre y madruga: Oisín está en el pozo del patio, sacando agua con el pelo revuelto de la cama, y me radiografía de arriba abajo con una sola pasada de ojo.
—Buenos días, hermano. —Pausa de artista—. ¿Y esas uñas?
Me miro las manos. Negras de tierra hasta los nudillos, con medio bosque debajo de cada uña. El heredero de Strathos, hecho un sepulturero.
—Cetrería.
—Cetrería. —Asiente despacio, baja el cubo, vuelve a subirlo—. Las aves cavan poco, hermano, te lo digo yo que las cuido. ¿Qué has enterrado? ¿O desenterrado? Porque las dos opciones me valen para el romance, aunque cambian mucho el tono.
—Plantado.
Se queda un momento con el cubo a medio camino, procesando, y veo el instante exacto en que lo entiende, porque a mi hermano la cara le trabaja en cristal. La sonrisa le empieza en un lado, le cruza entera, y para cuando llega al otro lado ya es una cosa indecente.
—Flores. —Lo dice como quien nombra un milagro—.
En enero. Le has plantado flores en la nieve.
—Suelta el cubo en el brocal y se lleva las dos manos al pecho—.
Retiro cada burla de estos meses. Cada una.
Esto ya no es un romance, hermano, esto es material de santoral.
¿Qué flor hay en enero, si puede saberse?
—Campanillas de invierno. Del recodo del río.
—Campanillas de invierno —repite, saboreándolo, y mira al cielo como tomando nota para la rima—.
La flor que no espera. Hasta yo lo entiendo, y eso que según Bríde tengo el alma de corcho.
—Y de pronto, sin transición, con esa seriedad suya que dura un latido y vale por un año—.
Le va a gustar, Cael. A la muchacha. Le va a gustar de una manera que ni tú sabes todavía.
Bríde aparece en la puerta de la cocina con el pan de la mañana, nos mira a los dos, me mira las uñas, mira a Oisín a punto de reventar, y no pregunta nada. Solo dice, al pasar.
—Lávate antes de que madre te vea las manos, que esa lee la tierra como tú lees rastros. —Y ya desde dentro, sin volverse—. Y enhorabuena.
En esta familia hasta las felicitaciones se dan de espaldas. No la cambiaría por ninguna otra de Escocia.
Nació para estar sola, dice.
Mañana, al abrir la puerta, va a encontrarse con seis opiniones en contra.