La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Hay un día al año en que no hablo, y es hoy.

No lo marca ningún calendario, que calendarios no gasto. Lo marca la segunda nevada grande, la que entierra los senderos y deja el mundo sordo, porque con la segunda nevada grande se fue ella. Cinco inviernos hace. Seis, contando este que empieza.

El día lo paso como lo paso siempre: con las manos.

Avivo el fuego, acarreo la leña, remiendo lo que no necesita remiendo.

Las manos saben qué hacer los días en que la voz no sabe.

No le hablo a la olla, ni al viento, ni al cubo del agua.

El silencio de este día es lo único que me queda parecido a un luto, y lo guardo entero, como guardaba ella los suyos. Trabajando y callando.

A media mañana subo al serbal del este, que es la otra mitad del rito.

Le quito la nieve a la piedra que puse, le dejo encima un manojo de romero seco del bueno, y me estoy un rato de pie con las manos juntas, sin rezar, que rezar nunca se me dio, solo estando, que estar también es un oficio y ese me lo enseñó ella sin querer.

El serbal aguanta su invierno con las bayas heladas todavía puestas, rojas contra el blanco, tozudo como su dueña.

Buen árbol eligió. Siempre eligió bien los árboles y mal las aldeas.

El lobo llega a su hora, con la tarde ya azul de frío, y trae un urogallo que deja en la linde y que yo recojo con un gesto de cabeza, sin palabras.

Le pongo su cena al fuego igual que ayer, igual que todas las noches de este invierno nuestro de casa de comidas, y al caer la luz le saco el cuenco y lo dejo en su sitio de la hierba helada.

Y por primera vez desde el primer guiso, el lobo no come.

Se queda junto al cuenco humeante, de pie, mirándome con esos ojos de ámbar que el frío vuelve más hondos, y no come.

El vaho del guiso sube y se gasta entre los dos.

Yo me siento en mi piedra, me arrebujo en la capa, y él nada.

Ni un paso, ni un bocado, las orejas vueltas hacia mí como dos preguntas, y pasa el tiempo, y la noche cierra, y el guiso se va quedando sin vaho, y él sin moverse, plantado en su negativa con la paciencia de un acreedor, y de pronto entiendo lo que pasa, y entenderlo me atraviesa entera.

Me está esperando. No al guiso. A mí. A la voz que hoy no he sacado, a la tertulia que es su parte de la cena, y sin esa parte no quiere la otra, como si comer en mi silencio fuera comer en mi ausencia, y a eso este animal imposible se niega.

Aguanto el pulso lo que puedo, que no es mucho. La nieve empieza a caer otra vez, mansa, de la que cuaja callando, y algo de ese callar de la nieve me afloja el nudo del día por donde el nudo no esperaba.

—Hoy hace cinco inviernos —digo, y mi voz suena rara después de tanto silencio, como un postigo que se abre tras un temporal.

El lobo se echa dónde está, junto al cuenco que no ha tocado, y se dispone a lo que mejor sabe hacer en este mundo: escuchar.

—No se lo he contado nunca a nadie —le aviso—. No había nadie a quien contárselo, esa es la gracia. Así que lo que oigas esta noche se queda en este claro, entre la nieve, tú y yo.

Y se lo cuento.

—El último otoño se le metió la tos en el pecho y ya no encontró la salida.

Ella misma se ponía sus remedios, ¿sabes?

, y me corregía la mano desde el jergón.

Más tomillo, niña, menos pena, que la pena amarga el jarabe.

—Se me escapa media sonrisa hacia la nieve—.

Esa era ella. Corrigiéndome el jarabe de su propia muerte.

El lobo no se mueve. Las orejas, francas, no se pierden nada, y yo sigo, que esta puerta, una vez abierta, ya no sabe cerrarse a medias.

—Se fue haciendo pequeña en el jergón, ella que llenaba las casas enteras.

Y las últimas semanas me hacía repasarle las hierbas en voz alta, todas las noches.

El nombre, la virtud, la dosis, una a una, y si me saltaba alguna me hacía empezar de nuevo, y yo me enfadaba, lobo, me enfadaba con ella porque no entendía.

—La voz se me espesa y la dejo—. Ahora entiendo.

Sabía lo que estaba haciendo. Me estaba dejando el oficio en las manos antes de llevarse las suyas.

Era su herencia y su despedida, todo junto, dictado a oscuras, y yo protestando por tener que repetir la milenrama.

—Me hizo prometerle dos cosas —le digo al lobo, a la nieve, al claro entero que escucha—.

Que no odiaría a la aldea, porque el odio come del plato de quien lo guarda.

Y que no me iría de las colinas, porque las colinas son nuestras por derecho de raíz, dijera quien dijera lo que dijera.

Las he cumplido las dos. La primera me costó años.

La segunda me cuesta todavía, según el día.

Lo que viene después no se lo he contado ni a la propia memoria de buena gana, y me oigo decirlo con una voz que parece de otra.

—Tenía trece años, lobo. Trece, y la segunda nevada grande encima, y mi madre muerta en el jergón de una cabaña del monte, y nadie en el mundo a quien ir a decírselo.

Cavé donde ella me había dicho, bajo el serbal que mira al este.

Tardé dos días, porque la tierra estaba dura y yo era poca.

Y no lloré mientras cavaba, ¿sabes por qué?

Porque ella me lo había dicho una vez. Llorar y cavar a la vez no se puede, niña.

Primero se cava. —Aprieto las manos dentro de la capa—.

Primero se cava. Lloré después. Todo el invierno después, y parte del siguiente, y se acabó.

Desde entonces, este día al año, y callando.

El lobo se ha ido acercando mientras hablo.

No lo he visto moverse, así de despacio lo ha hecho, y de pronto está a dos pasos de mi piedra, dos pasos, más cerca que nunca, tan cerca que el vapor de su respiración se mezcla con el de la mía en el aire helado, y no me asusta, y eso ya ni lo anoto.

Hace tiempo que de él me asusta todo menos él.

—¿Sabes lo que pensé aquel invierno, cavando?

—le pregunto, y la voz se me adelgaza sin permiso—.

Lo pensé entonces y lo he vuelto a pensar más veces de las que confesaré nunca, hoy entre ellas.

Pensé: a lo mejor es esto. A lo mejor es que nací para estar sola.

Hay gente que nace para el oficio, gente que nace para el mar, y a lo mejor yo nací para esto, para aprender a estar sola, y todo lo demás, padre, madre, aldea, fue la vida quitándome los apoyos uno a uno para que aprendiera de una vez la lección.

—Trago, y el frío me sabe a sal—. Porque cuéntalas conmigo, lobo.

Todo lo que he tocado se ha ido. Todo lo que me ha querido se ha muerto queriéndome.

Esa cuenta la he hecho mil veces y siempre da lo mismo, y los números, decía mi madre, no mienten.

La nieve cae sobre los dos, sobre el guiso frío, sobre el claro entero, y el lobo hace entonces el último movimiento de la noche. Salva los dos pasos, despacio, y se echa a mis pies.

A mis pies. Pegado a la piedra, su lomo enorme a un palmo de mis botas, el calor de su cuerpo subiéndome por las piernas como sube el de un brasero, la cabeza vuelta hacia el bosque, de guardia, como diciendo. Cuenta otra vez, que esta vez los números van a salir distintos.

No lo toco. Las manos me piden hacerlo, me lo piden con un hambre que no les conocía, y una de las dos llega a desobedecerme.

Se me escapa del regazo y baja despacio, sola, hasta quedarse suspendida a un palmo de ese lomo gris.

Tan cerca que el calor que sube de él me calienta la palma entera.

Tan cerca que noto cómo su respiración mueve el aire entre mi mano y su pelaje.

Un palmo. Me quedo así un momento que dura una vida, con la mano tendida sobre él como se tiende sobre una lumbre en enero, y él lo sabe, sé que lo sabe, porque el vaivén de su costado se detiene y todo su cuerpo enorme se queda esperando, quieto, sin pedir y sin apartarse.

Y la retiro. La retiro despacio y me la guardo en el regazo como se guarda una brasa, porque hay umbrales que no se cruzan con los ojos mojados y este es uno.

El día que toque a este imposible no será para consolarme yo.

Será para algo que merezca estrenarle el pelaje.

Me quedo quieta, con su calor en las piernas, la nieve en los hombros y la palma ardiendo de lo que no ha tocado, y rehago la cuenta de mi vida con el sumando nuevo a la vista, ahí abajo, respirando.

—Anda, come —le digo al fin, cuando la voz vuelve a ser mía—. Que se te hiela el guiso, y el guiso helado es un desprecio a la cocinera.

Come. Desde mis pies, sin moverse apenas, alcanzando el cuenco con una pereza de señor, y la cola, hasta en una noche como esta, hace su vaivén corto, y a mí se me escapa media risa por entre lo que queda del llanto, y las dos cosas juntas saben a algo que no sabía que existiera.

—Mírate —le digo, limpiándome la cara con la manga—. Cenando a los pies de la llorona del bosque. Vaya cuadro hacemos. —El lobo me mira de reojo desde el cuenco, con una ceja que no tiene y que aun así levanta—. No se lo cuentes a nadie. Yo tampoco contaré lo de la cola.

Esa noche, ya en el jergón, oigo su peso acomodarse contra el muro de fuera, al lado mismo de mi cabecera, con solo la pared entre los dos.

Es la primera vez que duerme pegado a la casa, y el adobe, que de día no transmite nada, de noche y en silencio lo transmite todo.

El acomodo, el suspiro hondo de los animales grandes, la guardia rendida a medias y solo a medias.

Pongo la palma abierta contra la pared fría, a la altura donde calculo que respira.

—Buenas noches, lobo —digo contra el adobe, bajito, que las paredes de esta casa nunca habían oído ternuras y no quiero asustarlas—.

Mañana vuelvo a hablar como siempre, no te preocupes.

Hoy ya he hablado de más. —Y antes de retirar la mano, porque el día lo permite y la noche lo tapa—. Gracias por no comer sin mí.

Del otro lado del muro llega un golpe suave, sordo, una sola vez. Su lomo, o su cola, acusando recibo contra el adobe.

Nací para estar sola, le he dicho. Y él ha bajado a mis pies y se ha pegado a mi muro, que en su lengua sin palabras debe de ser la manera de decir: demuéstralo.