La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Hay que haber sido lobo cinco años para entender lo que es un cuenco.

Un cuenco es de alguien. La caza es del bosque, la trucha es del río, el mundo entero es de quien lo toma; el cuenco no.

El cuenco sale de una casa, de un vasar, de unas manos, y cuando esas manos lo ponen en la hierba delante de ti están diciendo una cosa que no se dice con caza ninguna: come de lo mío.

Entra, aunque sea seis pasos, en lo que es mío.

Por eso me quedo quieto cuando la veo venir con el guiso humeando, y por eso dudo, y la duda no es la que ella se teme.

Dudo porque sé leer lo que tengo delante.

El cuenco es el de su madre. El del vasar, el que no se usa, el que bajó temblando para la vieja Maired.

Lo ha bajado para mí, le ha pedido permiso a una muerta delante de la olla, le ha puesto a la liebre el tuétano y la sal de las fiestas y una tarde entera de su fuego, y todo eso me cruza por el pecho a la vez mientras ella negocia desde su piedra, conque haz el favor, y se le va apagando la voz, y la oigo pensar que no lo quiero, y eso sí que no.

Cruzo la escarcha como se cruza un umbral sagrado, porque lo es.

Del guiso diré poco porque no hay palabras a la altura.

Cinco años oliendo su cocina por la rendija de un postigo, un hambre que no era de comida, y de pronto el sabor entero en la boca.

La liebre que cacé yo deshecha en hebras por sus manos, el tuétano, el laurel, algo suyo que no sabré nombrar y que reconocería entre mil ollas.

El heredero de estas tierras ha cenado faisán con reyes de paso.

No ha comido nunca nada, hasta esta escarcha, hasta este cuenco.

Y a mitad de cena el cuerpo me traiciona por donde me traiciona siempre con ella, la cola se me dispara sin remedio, y su risa estalla en el claro, esa risa nueva del último año que me cobro como un sueldo, y por mí la cola puede seguir hasta el deshielo.

Empujo el cuenco de vuelta al acabar, los dos dedos de cortesía que el hocico da de sí, y me quedo.

Seis pasos. La tripa llena de su fuego y la cabeza llena de su voz montando nuestra casa de comidas, tú traes lo crudo y yo pongo el fuego, y pienso, mientras la primera nieve se decide allá arriba, que llevo veintidós años llamando hogar al torreón por no saber que el hogar era esto: seis pasos de escarcha, un cuenco fregado, mañana hay más.

Lo que el guiso hace conmigo se me debe de notar hasta en la mesa de mi padre, porque a la segunda noche de cenar doble la familia entera me tiene tomada la matrícula.

—Tres cuencos —cuenta Oisín en voz alta, señalándome con la cuchara—. Lo digo por dejar constancia ante testigos. Tres. El despensero pregunta si criamos a un segundo Cael en el sótano.

—Estoy en edad de crecer.

—Tienes veintidós años, hermano. Lo que está creciendo no eres tú. —Se gana el codazo de Bríde y lo encaja sin soltar la cuchara—. ¿Qué? Es aritmética. Yo siembro opinión pública, tú vigila la despensa, cada cual su oficio.

—Lo que crece —tercia Bríde, con esa voz suya de cerrar puertas con suavidad— es el apetito de invierno, que este año viene frío. ¿Verdad, padre?

—Frío viene —confirma mi padre, que reparte la razón como reparte la justicia. Sin mirar a nadie y quedándosela entera—. Y los inviernos fríos engordan a los lobos. Es ley vieja.

Mi madre no dice nada en toda la cena. Me sirve el tercer cuenco sin comentario, y es después, recogida la mesa, cuando me embosca en la despensa con la llavecita del arcón de hierbas en la mano y el gesto de las conversaciones grandes.

—Hueles a laurel —abre, sin saludo—. Dos noches seguidas. Mi cocina no ha gastado laurel esta semana, conque o has cenado dos veces, o has cenado donde yo me sé.

—Las dos cosas, madre. Ceno dos veces. En su claro y en tu mesa, y a usted no le hago el feo de avisarle que venga ya cenado, conque voy doblando.

—Eso explica los tres cuencos y la cara de Oisín. —No sonríe al decirlo, y que mi madre no sonría con Oisín de por medio es el primer aviso—. ¿Te da de comer? ¿Ella, de su mano, de su fuego?

—De su fuego. Su mano todavía no se ha ganado, ni yo se la he pedido.

—Todavía. —Mi madre deja la palabra en el aire de la despensa, la mira como se mira una grieta en un muro, y entonces va y cierra la puerta, y se apoya en ella, y me planta la conversación que llevo un año viéndole venir—.

Siéntate en ese arcón, hijo, que me vas a escuchar entera y de pie no quiero.

Me siento. Mi madre se toma su tiempo, que las cosas grandes ella no las improvisa, y cuando empieza, empieza por donde más sabe.

—Te conozco la naturaleza desde antes de que tú la conocieras.

Te la vi en la cuna, te la crie, te la enseñé a llevar.

Y hay una parte de esa naturaleza de la que no te he hablado nunca a las claras, esperando que no hiciera falta.

Ya hace falta. —Toma aire—. El lobo elige una vez, Cael.

Una. No elige como eligen los hombres, que se equivocan y vuelven a elegir, y se consuelan, y rehacen.

Elige como echa raíz el roble. Donde cayó la bellota, para siempre, y si el sitio es bueno, vive cien años, y si es malo, se muere de pie sin poder dar un paso.

Eso es lo que llevas dentro. Eso es lo que te vi en la cara la noche de los fuegos nuevos, y lo que me confirmaste en la solana con una palabra de las tuyas.

—Madre...

—No he terminado. —No alza la voz; la baja, que es lo suyo cuando va en serio—.

No te digo esto contra ella. Que el cielo me oiga.

La hija de Eilidh me gusta más que ninguna de las que el este nos quiso vender, y su milenrama está en mi arcón de las buenas.

Te lo digo contra el lazo, que es ciego.

Porque yo hago esta suma de madre y la hago todas las noches.

Esa muchacha no sabe quién eres. Conoce a un animal del bosque.

El día que sepa lo demás, elegirá, como debe ser, libre y entera.

Y si elige que no... —y aquí a mi madre, que no le tiembla la voz ni sangrando, le tiembla la voz—.

Si elige que no, ¿qué me queda a mí de ti?

Dímelo tú, que eres el que lo lleva dentro.

¿Qué le queda a una madre del roble si la raíz se le muere?

La despensa se queda en un silencio de sal y de manojos colgados. Le contesto la verdad, porque a mi madre no se le contesta otra cosa y porque la verdad, esta, ya viene fraguada de antiguo.

—No lo sé, madre. Esa suma no tiene arreglo y la conozco entera.

La hago yo también, todas las noches, de vuelta del claro.

Lo que sé es esto otro: la advertencia llega tarde.

No me diga que no juegue con algo que puede destruirme, porque no estoy jugando.

Estoy jugado. Desde un río, hace cinco años, antes de saber lo que apostaba.

La raíz está echada donde está echada, y el sitio, se lo digo yo que lo piso cada noche, es el mejor de Escocia.

Lo único que queda por ver es si el roble sabe crecer despacio sin secarse.

Y despacio sé, madre. Despacio es lo único que he hecho en mi vida.

Mi madre me sostiene la mirada un rato largo, y lo que sea que busca, debe de encontrarlo, porque al fin asiente, una vez, con ese gesto suyo de cerrar tratos consigo misma.

Abre el arcón con la llavecita, aparta manojos, y me pone en las manos un ramillete atado con hilo rojo: salvia. Fresca aún, cortada a uña.

—Ha tocado —dice.

—¿Y qué dice la salvia, madre?

—La salvia dice. Que estés sana, que estés fuerte, que llegues a vieja.

—Me cierra los dedos sobre el ramillete con sus dos manos, y me mira por encima de las tres manos juntas—.

Y dicha de curandera a curandera, dice una cosa más, que esa lo entenderá porque su madre se lo habrá enseñado: bienvenida.

De los míos. —Abre la puerta de la despensa y me despacha hacia la noche con la barbilla—. Anda. Que no se te hiele en el zurrón.

Cruzo el bosque nevado con la salvia al pecho y la suma de mi madre haciéndome compañía, la que no tiene arreglo, la del roble y la raíz. Es verdad y la llevo sabida. Si ella dice que no, no hay segundo claro, ni segunda mujer, ni segundo yo. Así me hicieron. Así echó la bellota.

Y sin embargo dejo la salvia junto a su umbral, bajo la nieve mansa, con el hilo rojo bien a la vista, y me retiro a mi linde con el corazón en paz, que es lo último que esa suma permitiría entender.

Porque la raíz no la eché en una mujer que me deba decir que sí.

La eché en un claro donde una muchacha que no había recibido nada en su vida ha aprendido, en un año de truchas y de charlas, a reírse al alba, a regañar tormentas y a darle su cuenco sagrado a una bestia del bosque.

Llámese como se llame lo que crece ahí, crece. Yo lo riego y espero.

Mañana ella encontrará la salvia con su hilo rojo, leerá el corte y el recado, bienvenida, de los míos, y la madeja de su misterio ganará otra hebra, y otra punta que juntar.

Que las junte. Cada hebra que le doy es una que no tendré que confesarle, y empiezo a entender, hilo a hilo, que llevo todo el invierno preparando sin saberlo el día en que el ovillo esté entero.

Dándoselo de a poco, en hierbas y cuencos y huellas, para que cuando la verdad llegue no le caiga encima como un árbol, sino como llega la nieve de esta noche. Mansa. Cuajando desde hace tiempo.

Despacio es lo único que he hecho en mi vida.

Y de momento, despacio, la nieve cuaja y en el claro somos dos.