La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El primer hielo del año amanece en el cubo del agua, fino como un cristal de iglesia, y yo lo rompo con el dedo y le doy los buenos días, porque hoy es el día y los días grandes se saludan.

Hoy doy de comer al lobo.

Lo tengo pensado al detalle, que llevo desde el temporal dándole vueltas. El guiso, de liebre, y no de cualquiera. De la suya, la del último umbral, con lo que el regalo tiene su gracia y su trampa, y se la confieso a la olla mientras doro la carne.

—Te voy a dar de comer tu propia caza, lobo. No sé si esto es regalo o devolución. Lo que sé es que de mi fuego no ha salido nunca nada para nadie, quitando remedios, y los remedios no cuentan, que los remedios se cobran. Esto no se cobra. Esto se da.

Le pongo al guiso lo que no le pongo al mío.

El tuétano entero, la pizca de sal de las fiestas, tiempo.

Tiempo sobre todo, que es lo más caro que tengo, fuego manso y espuma retirada y la carne deshaciéndose en hebras, porque una cosa he decidido y va a misa.

Al lobo del bosque de Strathos no se le da de comer de sobras. Se le da de comer de domingo.

Las dudas me dan a media cocción, como siempre, y las despacho en voz alta, que es mi manera de despachar.

—¿Y si lo ofendo? —le pregunto a la olla—.

Los lobos tendrán su orgullo, digo yo, que todo el mundo tiene su orgullo, hasta Maired, y mira que Maired.

A lo mejor para un señor del bosque un cuenco es cosa de perros.

—Retiro la espuma—. O a lo mejor el ofendido es el guiso, que igual los lobos lo crudo y gracias.

—Pruebo el caldo, rectifico de nada, que está en su punto—.

Pues mira, si te ofende, me lo dices con esa cara que pones y aquí paz.

Lo que no voy a hacer es no intentarlo. De no intentar las cosas ya tengo los primeros diecisiete años, y no me los voy a repetir.

Hasta el discurso ensayo, para mi vergüenza, mientras el guiso reposa. Lo ensayo dos veces y las dos me sale predicado, conque lo tiro a la lumbre y decido salir sin discurso, a lo que salga, que con él lo improvisado siempre me ha lucido más.

El problema del cuenco lo resuelvo a media tarde, delante del vasar, y lo resuelvo mal y a sabiendas.

El mío está desportillado del lado de beber y el de mi madre es el de mi madre.

Lo cojo igual. Me quedo con él en las manos el rato de costumbre, su peso, su asa, su barniz gastado, y le pido permiso a quien se lo tengo que pedir.

—Tú me entiendes, ¿verdad? Tú le dabas tu cuenco a cualquiera que lo necesitara. Pues este lo necesita, aunque no lo sepa. Cinco años dándome de comer, madre. A ver si va a poder más mi pena que su hambre.

El claro se pone de acuerdo con la ocasión. Para cuando el guiso está en su punto, la tarde cae limpia y fría, con una luz de cobre viejo que dora hasta la leña, y él sale de la linde a su hora de siempre, puntual como las estaciones.

Me ve venir con el cuenco humeante y se queda muy quieto.

No voy hasta él, que las cosas nuevas se hacen a medias. Cruzo seis de los doce pasos que nos guardan, dejo el cuenco en la hierba escarchada, y me retiro a mi piedra del umbral, donde me siento y me abrazo las rodillas, y desde ahí abro la negociación.

—Guiso de liebre. De la tuya, para más señas, así que de calidad no me vengas con quejas, que la materia prima la pusiste tú.

—El lobo mira el cuenco. Me mira a mí. Vuelve al cuenco—.

Lleva tuétano, sal de la buena y la tarde entera de mi fuego.

Y antes de que pongas esa cara te diré una cosa.

Ya sé que tú te ganas la cena solo. No es por hambre, lobo.

Es porque en cinco años todo ha ido de tu lado a mi umbral y ya iba siendo hora de que algo cruzara en el sentido contrario. Conque haz el favor.

El lobo no se mueve.

Se está quieto de esa manera suya de cuando algo le pesa por dentro, la quietud de contenerse que le conozco desde la noche de la pregunta de las manos, y los ojos de ámbar van del cuenco a mí y de mí al cuenco como quien sopesa algo mucho más gordo que una cena.

Los segundos se estiran. La escarcha cruje sola en alguna parte.

El vaho del guiso sube derecho en el aire quieto, gastándose, y yo me oigo el corazón y me prohíbo moverme, porque hay momentos que se deciden solos y estorbarlos es perderlos.

Y yo, que llevo años aprendiendo a leerlo, le leo la duda y no la entiendo, y se me empieza a caer el alma a los pies con un pensamiento que no me esperaba: que no lo quiera.

Que esto, lo único mío que tengo para dar, no le sirva.

—Oye —digo, y me sale más bajo de lo que quería—. Si no es para ti, no pasa nada. Era por...

Echa a andar.

Cruza la escarcha despacio, paso a paso, con una solemnidad que no es de animal que va a comer sino de hombre que va a jurar algo, y se detiene ante el cuenco, y todavía ahí levanta la cabeza y me busca los ojos y me los sostiene un momento largo, larguísimo, como pidiendo la venia o dándola, no sabría decir. Y baja la cabeza. Y come.

Come, y a mí se me escapa el aire que no sabía que estaba aguantando.

Come despacio, con un cuidado rarísimo en una boca de ese tamaño, sin volcar el cuenco, sin un sorbido de perro, como si el guiso fuera de cristal o lo fuera el momento, y a la mitad pasa la cosa: la cola.

Se le pone en marcha la cola, un vaivén corto primero, luego franco, luego sin disimulo ninguno, la cola entera del terrible lobo de Strathos abanicando la escarcha mientras su dueño cena guiso de domingo, y a mí me entra la risa desde el estómago, una risa de las que no piden permiso, y la suelto al claro con las manos en la cara.

—¡La cola! —consigo decir—. ¡Pero mírate, hombre! ¡El demonio del bosque! ¡Si te vieran los de la taberna, meneando el rabo por un guiso!

El lobo levanta la cabeza del cuenco con cara de dignidad ofendida, lo juro, con la cara exacta de Maired cuando le digo que su miel está cara, y la cola, traidora, sigue a lo suyo, y yo me río más, y el claro entero, con su escarcha y su cobre viejo y su primer hielo del año, me parece de pronto el sitio más caliente de Escocia.

Cuando acaba, hace algo que me guarda para siempre: no se va. Empuja el cuenco vacío con el hocico, dos dedos hacia mí, como quien devuelve la bandeja en una posada, y se echa allí mismo, a seis pasos, los seis pasos más cortos de nuestra historia, con la tripa llena y los ojos a media asta.

—¿Estaba bueno? —El vaivén corto de la cola me contesta—.

Mañana hay más. Esto va a funcionar así a partir de ahora, para que lo sepas.

Tú traes lo crudo, yo pongo el fuego, y cenamos los dos.

Cada cual a su distancia, eso sí. —Recojo las rodillas y apoyo en ellas la barbilla, mirándolo dormitar a seis pasos—.

Menuda casa de comidas estamos montando tú y yo, lobo.

La caza más fina de la comarca y la cocinera más mal afamada.

No nos va a faltar clientela: nosotros dos y gracias.

La segunda noche el rito ya tiene sus leyes, que los ritos las crían deprisa. Él trae el conejo al alba, yo pongo el fuego por la tarde, y al caer la luz salgo con el cuenco y lo planto en su sitio de la hierba, que ya tiene hasta la escarcha aplastada de ayer.

—Conejo con nabos —anuncio—. Y no me mires los nabos con esa cara, que el invierno es largo y la huerta es la que es.

Mañana, si tu caza acompaña, mejoramos la carta.

—Come, y la cola otra vez, y yo desde mi piedra llevo la tertulia, que toda casa de comidas necesita su parroquia—.

Te diré lo que se cuece, ya que cenas en mi mesa.

Maired no ha subido esta semana, con este hielo más le vale.

El crío de los sapos, me ha llegado, va diciendo que de mayor quiere cazar sapos como la señora.

Y la curandera fantasma de tus recados sigue sin dar señales, dile de mi parte que el silencio en las cortesías también dice, y que yo sé escuchar silencios.

A la tercera noche caigo en que pongo dos cenas al fuego sin pensarlo, la suya y la mía, con la naturalidad con que se respira, y me quedo parada delante de la olla con el cucharón en alto.

Cocino para dos. Yo. La de la legua y media.

Hay que ver lo que cambia una casa cuando el fuego trabaja para dos bocas, aunque una de las dos tenga colmillos.

Huele distinto, suena distinto, hasta la espera de la tarde tiene otro cuerpo.

Mi madre cocinó para dos toda mi infancia y yo no supe lo que eso valía hasta que la olla se me quedó grande.

Pues ya no queda grande. A su manera torcida, rara y con rabo, la olla vuelve a estar a su medida.

La primera nieve del año empieza a caer esa misma noche, mansa, sin viento, de la que cuaja callando.

La veo caer desde la ventana con el cuenco de mi madre ya fregado y de vuelta en el vasar, y hago la cuenta nueva de mi vida, que ha cambiado de columnas sin avisarme.

Una vieja que sube cuestas para regañarme.

Una curandera fantasma que me manda saludos de árnica.

Un crío que me llama la señora de los sapos.

Y un lobo que cena guiso de domingo a seis pasos de mi puerta y devuelve el cuenco con el hocico.

Para ser la maldita de la comarca, se me está llenando la mesa.

La nieve sigue cayendo cuando atranco la puerta, mansa y callada, de la que cuaja.

Y ya con la vela en la mano me llega, lejos, valle abajo, un ladrido de perros que no son de la aldea.

Perros de jauría, de los que se llevan de caza, muchos y juntos.

Me quedo quieta con la llama temblando, escuchando, hasta que la nieve se lo traga.

No es nada, me digo. Los señores cazan en otoño, lo han hecho siempre.

Pero pienso en la plata que dicen que corre por las tabernas, y en los hombres que primero tiran y luego preguntan, y esta noche, por primera vez desde el temporal, dejo el postigo entornado hacia la linde. Tardo en dormirme. Y no es por mí.