CAPÍTULO 14
Mi madre examina la milenrama a la luz de la ventana como un orfebre examina una gema. Por todas las caras y sin prisa.
—Cortada a uña, por el nudo. Lazada de junco, de las de cumplido. —La deja sobre la mesa con un cuidado que no le pone ni a las reliquias—. Y de palabra, ¿qué ha mandado?
—Que recibido el saludo. Que agradecida. Que el corte de la árnica habla bien de tus manos. —Hago memoria, que el recado lo traigo aprendido como un salmo—. Y que la hija de Eilidh sabe las cortesías, que no la criaron en un zarzal. Pidió que esto último lo dijera más fino. No supe cómo.
Mi madre suelta una risa corta, de las suyas, que valen por discursos.
—Más fino. —Vuelve a coger la milenrama, la huele, y por encima del tallo me mira con algo nuevo en la cara, algo que tardo en reconocer porque no suele dedicármelo a mí: aprobación.
No de mí. De ella—. Hierba de heridas como respuesta a un saludo.
¿Sabes lo que dice eso, hijo? Dice. Sé quién soy, sé lo que hago, y no pregunto quién eres porque las cortesías no se interrogan.
Orgullo y crianza en un tallo. —Asiente para sí, despacio—. Me gusta. Me gusta la hija de Eilidh.
—¿Y ahora qué? ¿Le contesto?
—Ahora nada, que las cortesías tienen su compás y atosigar es de ferias. —Guarda la milenrama en su arcón de hierbas, entre las buenas—. Ya le mandaré salvia cuando toque, que la salvia dice otra cosa.
—¿Qué dice la salvia?
—Lo sabrás cuando toque. —Cierra el arcón con la llavecita, y en la media sonrisa que se le escapa hay más estrategia que en todos los mapas de mi padre—.
Las conversaciones de hierbas son largas, hijo, por eso valen.
A tu muchacha y a mí nos queda invierno entero de carteo.
Tú procura seguir vivo de recadero, que sin posta no hay cortesía.
La cara de temporal no es figura. El cielo lleva el día entero bajando, y Oisín, que ha asistido a la escena desde la puerta con una manzana y todo el descaro, me escolta hasta el patio glosando.
—Las madres carteándose por lobo. Esto en las baladas no sale, hermano. Voy a tener que componerla yo. El correo del bosque de Strathos, doce versos y estribillo. —Le da un bocado a la manzana—. ¿Y a ti qué te toca en el romance, aparte de cartero?
—Mojarme. Esta noche entra la grande.
—Esta noche —conviene, mirando el cielo con ojo de ciervo, que para el tiempo no falla— yo dormiría en un establo bien hondo. Tú harás lo contrario, claro.
—Claro.
—Claro. —Suspira, me tira el corazón de la manzana, que esquivo por años de práctica, y se pone serio el medio segundo que mi hermano sabe ponerse serio—. Oye. Si la grande tumba árboles, tumba árboles donde tú estás. Vuelve entero, ¿me oyes? Que el romance sin cartero no tiene gracia.
—Volveré entero.
—Eso espero, que la balada la llevo por el cuarto verso y odio rehacer rimas.
La grande entra con la noche, y es de las que se cuentan después.
El viento baja del norte cargado de mar y de rabia, dobla los pinos como juncos y vuelve la lluvia horizontal, y yo tomo mi puesto junto a la ventana, en el rincón del alero donde el agua castiga menos, y dejo que el temporal haga conmigo lo que quiera, que es lo que llevo años dejándole.
El lobo aguanta el agua como aguanta todo: por fuera.
Lo que hay que sujetar es lo de dentro, porque las noches así son las que traen árboles caídos sobre techos, chispas locas de un hogar avivado por el tiro, ruidos que tapan otros ruidos, y mi juramento del segundo invierno no entiende de temporales.
Dentro de su bosque no la alcanzará nada.
Las guardias no se montan cuando apetece.
Se montan cuando hacen falta, y esta noche hacen falta.
Dentro, ella cose. La oigo a rachas, cuando el viento respira.
La voz yendo y viniendo sobre la labor, el dobladillo de la capa, Maired y la furia de la costura, las palabras de siempre que me amueblan las guardias.
Y entonces, a media noche y media tormenta, el postigo se abre de golpe y su voz sale al claro entera, a gritos, peleándose con el viento.
—¡Lobo! ¡Lobo, haz el favor! ¡Hay un alero de sobra en el cobertizo de la leña, úsalo, que a mí no me sirves ahogado!
El temporal entero se me borra de golpe.
Está en el vano, empapándose en dos segundos, sujetando un postigo que quiere volar, gritándole a la noche negra por mí.
Por mí. Llevo guardadas todas sus tormentas y es la primera vez que una voz me busca dentro de una, y no me busca para pedir: me busca para cobijarme.
A mí. Al que sobra abrigo. Al que el agua no toca.
No te sirvo ahogado, dice. Muchacha de las hierbas. Ni ahogado, ni seco, ni de ninguna manera he sabido nunca servirte menos que entero.
No salgo a la luz. Estoy a diez pasos de su ventana, quieto en mi rincón de sombra, y callar ahí, con su voz buscándome, me cuesta más que todas las disciplinas juntas.
El cambio me sube solo por la piel, sin permiso, como sube la fiebre.
El hombre quiere salir al claro, plantarse bajo el agua y contestar de una vez con su voz verdadera, aquí estoy, llevo aquí todo este tiempo.
Lo sujeto con los dientes. Porque una verdad arrancada por un temporal no es una verdad.
Es un accidente, y ella ha tenido ya demasiados accidentes en la vida.
Cuando le dé lo que soy, será a la luz, entero y elegido, como se dan las cosas que se dan una sola vez.
Ella cierra al fin, empapada y rezongando, y pasa la noche inquieta, lo sé por la vela que no se apaga y la costura que se oye a trompicones, y yo paso la mía donde la paso siempre, con una diferencia que me trabaja el pecho hasta el alba.
Esta noche, por primera vez, la guardia es de dos.
Ella vela al que la vela. El mundo se ha vuelto del revés en un grito y a mí el revés me sienta como una bendición.
Me retiro con la primera luz, antes de que salga a contar daños, y desde la loma la veo encontrar lo que el barro guarda.
El anillo de huellas, la cama aplastada bajo su ventana.
La veo pararse en mitad del anillo, llevarse la mano a la boca, y el viento de después de las tormentas, que es chismoso, me sube sus palabras enteras.
—¿Quién te ha mandado a ti quererme la vida así, lobo? ¿Quién te paga esto? Porque yo no. Yo no te he dado nunca nada.
Nunca nada, dice. Y yo, desde la loma, con el sol saliendo, no necesito hacer inventario. Me basta una voz gritándole anoche a un temporal que me cobije. Si eso es nada, que venga el rey de Escocia a enseñarme el todo.
La noticia de la villa me la trae Bríde al día siguiente, y me la trae seria.
—Un tratante de pieles, en la taberna de la villa. Ofrece plata por el lobo grande de Strathos. La piel entera, dice, para un señor del sur que colecciona rarezas. —Mi hermana deja que el dato se asiente antes de rematar—. Plata dicha en taberna, Cael. Eso ya no son rumores. Eso es un precio.
—¿Cuánta plata?
—¿Importa? —Y como no contesto—. La bastante para que algún desgraciado con ballesta vieja se eche al monte a probar suerte.
Padre no puede vedar el bosque sin explicar por qué, y explicarlo es peor.
Oisín siembra en las tabernas que el lobo es agüero bueno, que desde que ronda no se pierde ganado, y algo frena.
Yo vuelo lo que puedo. —Se cruza de brazos, y mi hermana, que no suplica nunca, se acerca a suplicar todo lo que sabe—.
Varía los pasos, hermano. Los caminos, las horas.
Lo que no puedas dejar, al menos no lo hagas previsible.
—Todo menos el claro.
—Lo sé. —Lo dice como se dicen las derrotas asumidas—. Todo menos el claro. Pues lo demás, todo.
Lo del tratante llega a oídos de mi padre por su cuenta, que a mi padre las cosas le llegan solas, y su respuesta la conozco esa misma noche, en la mesa, dicha al aire entre dos cucharadas.
—El tratante de pieles del sur ha encontrado las posadas llenas.
Todas. También la cuadra del herrero, y el pajar del molino, fíjate qué otoño de concurrencia.
—Cucharada—. Mañana hará noche en la villa, y pasado, camino del sur, que aquí el negocio no le cunde.
Los tratos de mis tierras pasan por mi mesa, y por mi mesa no ha pasado.
—¿Y la plata ofrecida? —pregunta Oisín.
—La plata sin posada duerme fría. —Mi padre rebaña el cuenco con la calma de quien acaba de mover una pieza sin tocar el tablero—.
Es lo que un laird puede hacer sin explicar nada.
Lo que no puedo es desherrar todas las ballestas viejas de la comarca, conque el que tenga costumbres de bosque —y aquí no mira a nadie, que es su manera de mirarme— que las tenga con los ojos abiertos.
Esa noche bajo al puesto por el camino nuevo, el tercero de esta semana, con el oído más alto que nunca y una verdad sencilla por compañía. El otoño trae las cacerías, la plata ha puesto precio a mi pelaje y la prudencia entera de mi familia no pesa lo que pesa una voz gritándole a un temporal.
Que el tratante ofrezca. Que la villa murmure. La guardia se monta cuando hace falta.
Y hay otra razón para no faltar ni una noche, una que no le he contado a Bríde porque Bríde me mandaría a dormir de un capón.
Desde el temporal, ella anda tramando algo.
Lo sé por cómo me mira al despedirse, midiéndome, como se mide a quien se le prepara una sorpresa, y por la frase que le pescó el viento ayer, dicha al tajo de la leña.
No sé si los lobos comen guisos, vamos a averiguarlo.
Tantos inviernos dándole yo de comer a ella, y la mujer del claro está planeando darme de comer a mí.
Que vengan ahora ballestas, tratantes y temporales. A esta guardia no le falto ni muerto.
Y va a hacer falta.