CAPÍTULO 13
El otoño avisa como avisa siempre. Por las mañanas, que llegan con vaho, y por el umbral, que esta vez trae algo más que caza.
La liebre está donde están todas las liebres, en el centro de la piedra. Lo nuevo está al lado, puesto aparte con intención, para que no se confunda con lo demás. Una mata de árnica, fresca, entera, con la flor en su punto.
La levanto y la giro al sol, y el oficio me habla antes que la cabeza: el corte. No está arrancada ni segada. Está cortada a uña, de un solo gesto limpio en el nudo justo del tallo, como cortan las que saben que la planta sufre menos así y rebrota mejor. Como cortaba mi madre. Como corto yo.
—¿Y esto? —le pregunto a la linde, porque a estas alturas mis preguntas ya tienen dirección fija—. Esto no es caza, lobo. Esto es saludo.
Me siento en la piedra con la árnica en la mano y la cabeza haciendo lo que la cabeza hace con los acertijos: rodearlos.
La árnica no crece en mi vertiente; crece en las solanas altas, a media jornada.
La ha cortado una uña que sabe el nudo justo, y eso, en toda la comarca, lo sabemos las del oficio, que somos las que somos y nos contamos con los dedos de una mano coja.
Mi madre me lo enseñó con estas palabras.
Las curanderas se saludan con hierbas, Aila, es cortesía vieja; la hierba dice aquí hay otra que sabe, y el corte dice respeto.
—Hay una curandera —le digo al lobo, que ha salido de la linde y me observa desde sus doce pasos, con la mañana dorándole el lomo—.
En alguna parte hay una mujer de oficio que sabe de mí, y te manda a ti de recadero con su tarjeta de visita.
—Alzo la árnica entre dos dedos—. ¿Tú sabes lo que es esto?
Es la primera vez que tu misterio suelta una pista con uñas.
Las uñas van en manos, lobo. Vamos cercando el asunto.
El lobo me sostiene la mirada con esa cara suya de no haber roto un plato en las dos vidas que yo ya sospecho que tiene.
Las cortesías, me enseñó mi madre, se contestan.
Así que paso la mañana en ello con un esmero que hacía años que no le ponía a nada.
Bajo al claro de las hierbas, escojo la mejor milenrama de la temporada, la corto a uña por el nudo justo, le hago una lazada de junco como hacía ella para las hierbas de cumplido, y al caer la tarde la dejo sobre la piedra plana de la linde, donde empieza el bosque y acaba lo mío.
—Recadero —llamo, sacudiéndome las manos—.
Para tu señora, quienquiera que sea. Milenrama, que es la hierba de las heridas.
Dile que recibido el saludo, que agradecida, y que el corte de su árnica habla bien de sus manos.
Y dile también que la hija de Eilidh sabe las cortesías, que no la criaron en un zarzal.
—Lo pienso mejor—. Eso último dilo más fino, tú me entiendes.
El lobo mira la milenrama, me mira a mí, y juraría, aunque ya no juro nada en este claro, que algo se le ablanda en la postura, como si el recado le tocara de cerca.
A la mañana siguiente la piedra plana está vacía. Ni milenrama, ni lazada, ni un pétalo de rastro. El correo del bosque trabaja de noche y no deja recibos.
—Entregada, pues —le digo al lobo, que asiste a mi inspección desde sus doce pasos—.
Buen servicio de postas tienes montado, no lo discuto.
Lo que no me explico es la ruta. —Me planto delante de él, brazos en jarras, y razono en voz alta, que es como mejor razono—.
A ver. Una curandera de oficio, con uña de cortar fino, en posesión de un lobo recadero.
La de la villa no es, que cobra hasta los buenos días y de fino tiene lo que yo de abadesa.
Río arriba no queda ninguna desde la vieja de Crannach, que en paz esté.
Conque o me sale una curandera fantasma, o la dueña de tus recados vive lejos y bien servida.
¿Qué dirección tomas tú de noche, lobo? Norte, ¿a que sí?
Hacia las tierras del laird tira el norte.
El lobo bosteza. Un bostezo largo, exagerado, de gran señor al que el interrogatorio le aburre sin remedio, y a mí se me escapa la risa a media acusación.
—Bostézame, bostézame. El día que junte todas las puntas de tu ovillo, a ver quién bosteza.
La tormenta llega dos noches después, y no es una tormenta. Es el otoño entero cobrando la entrada.
El viento dobla los pinos como juncos y la lluvia pega de costado, a manotazos, y yo atranco el postigo, alimento el fuego y me siento a coser, que es lo que se hace cuando el mundo brama.
Puntada y puntada, la aguja a lo suyo, el techo aguantando lo que el misterio de mi vida le reparó.
Coso y hablo, por costumbre y por taparle la voz al viento.
—El dobladillo de la capa, ¿ves?, que el invierno viene serio.
—Puntada—. Maired querría verme cosiendo, que dice que coso con furia.
Se cose como se puede, Maired. —El viento sacude el postigo y le contesto al viento, que esta noche todo el mundo quiere conversación—.
A ti ni agua. Tú has venido a llevarte algo y de aquí no te llevas ni el hilo.
Coso la vuelta entera del dobladillo y empiezo el remiendo del codo, y entre puntada y puntada repaso en voz alta la lista del invierno, las velas que faltan, la sal que escasea, el sebo para las botas, porque las listas dichas en voz alta pesan menos que las pensadas.
Y a media costura, entre dos bramidos del viento, caigo en lo que llevo un rato cayendo sin querer caer: él está fuera.
Suelto la labor. Está fuera, en esto. Lleva años estando fuera en todas, en la del granizo, en la de la cellisca, en la que se llevó el roble del arroyo, y yo dentro, cosiendo, dándolo por sentado como se da por sentado el techo.
Me levanto sin pensarlo, descorro el postigo y el viento me escupe la lluvia entera en la cara.
—¡Lobo! —grito al claro negro, sujetando el postigo que quiere volar—. ¡Lobo, haz el favor! ¡Hay un alero de sobra en el cobertizo de la leña, úsalo, que a mí no me sirves ahogado!
La noche no me devuelve ni un brillo de ámbar.
Solo agua y rugido. Cierro empapada, me digo que los animales del bosque saben cuidarse desde antes de que yo naciera, me lo repito tres veces, y no me lo creo ninguna.
Paso la noche cosiendo a medias y escuchando el temporal con un desasosiego nuevo, uno que no es por mi techo ni por mi leña, y que no sé dónde ponerme porque hace años que no me desasosiego por nadie.
Dos veces más me levanto. La primera con la excusa del fuego, que no la necesita, y acabo en la ventana con la frente contra la madera, escuchando los huecos que deja el viento por si traen algo.
Un aullido, un quejido, una seña de vida.
La segunda ya sin excusa, con la vela en la mano, regateando con la noche como regateaba mi madre con las fiebres ajenas.
Devuélvemelo entero y te perdono el destrozo, el techo, la leña, lo que quieras cobrarte.
Hace años que no le pido nada a nadie. Ni a la noche siquiera.
Para él, por lo visto, he vuelto a saber pedir.
El alba llega lavada y quieta, como llegan siempre después de las grandes, con el claro lleno de ramas caídas y olor a tierra abierta. Salgo a contar daños.
Y los daños son estos: huellas.
Huellas enormes, hundidas en el barro hasta el sello, rodeando la cabaña entera.
Una vuelta, y otra, y otra, un anillo pisado y repisado, y junto a la ventana, en el sitio exacto donde el alero escupe menos agua, una cama de barro aplastado del tamaño de un lobo que no quiso cobijo.
La hierba vencida, el suelo amasado por un cuerpo que estuvo, que se quedó, que no se movió de su puesto en toda la noche del diablo.
Me quedo en mitad del anillo de huellas con la mano en la boca y los ojos haciendo una cosa que no les he dado permiso de hacer.
—Serás necio —le digo al barro, al claro, al bosque que lo esconde a estas horas—.
Serás grandísimo necio. Toda la noche. Toda la noche ahí plantado, con el cobertizo a veinte pasos, guardando ¿qué?
, ¿de qué?, ¿del viento? —Se me quiebra la voz por la mitad y la dejo quebrada, que no hay nadie para oírla—.
¿Quién te ha mandado a ti quererme la vida así, lobo?
¿Quién te paga esto? Porque yo no. Yo no te he dado nunca nada.
Y ahí, dicha en voz alta en mitad de un anillo de huellas, la frase se me vuelve y me muerde. Yo no te he dado nunca nada.
Cinco años. Liebres, truchas, leña, un techo, saludos de oficio, noches de tormenta a pie firme. Años de recibir con las dos manos, y de mi lado ¿qué?: palabras. Charlas de fuego, recados, buenas noches. Palabras, que es lo que da quien no se ha parado a pensar que también debe.
Recojo una rama caída, otra, voy amontonando sin mirar lo que amontono, y para cuando el sol pasa los pinos lo tengo decidido con esa claridad que dan las decisiones que llevaban tiempo esperando a ser tomadas.
Esto no puede seguir siendo gratis. Se acabó ser solo la que recibe.
El problema, claro, es el qué, y el problema me dura la tarde entera y la riño en voz alta mientras apilo la leña del temporal, porque para algo tengo confidente, aunque a estas horas no haya salido aún de su bosque.
—¿Qué le doy yo a quien me trae faisanes, a ver?
¿Un faisán? Sería como llevarle agua al río.
—Tronco al montón—. ¿Un remedio? No te he visto estornudar en cinco años, tú gastas una salud indecente.
—Otro tronco—. ¿Una manta? Llevas la tuya puesta, y mejor tejida que las mías.
—Me siento en el tajo de cortar, vencida por el inventario—.
Esa es la miseria del asunto, ¿lo ves? Todo lo que tengo me lo has dado tú. Darte de lo tuyo no es dar.
Y entonces, sentada en el tajo, con las manos oliendo a resina y el anillo de huellas todavía dibujado en el barro, me viene la respuesta por dónde vienen las verdaderas: por el lado simple.
Lo que es mío. Lo único que en este claro es mío de raíz y no ha pasado por sus colmillos. Lo que sale de mis manos y de mi fuego. Eso tengo. Eso se puede dar.
No sé si los lobos comen guisos. Vamos a averiguarlo.