CAPÍTULO 12
Mi madre me embosca con un cesto.
—Acompáñame a la solana —ordena después del desayuno, poniéndome el cesto en los brazos sin consultar—, que la árnica está en su semana y tus hermanos tienen las manos de piedra.
Mi madre no necesita escolta para coger árnica.
Mi madre conoce estas lomas mejor que las arrugas de sus manos y carga más que yo cuando quiere.
Si me lleva al monte es porque el monte es su terreno para las conversaciones que no quiere tener bajo techo, igual que las lindes lo son de mi padre, y en eso, como en tantas cosas, mis padres son el mismo animal con dos pelajes.
Caminamos una legua hablando de plantas, que con ella nunca es hablar de plantas.
—La árnica, fíjate, no crece donde la siembras. Crece donde quiere, y a quien la quiera que vaya a buscarla a su terreno. —Corta un tallo con la uña del pulgar, limpio como un bisturí—. Las hierbas son como ciertas gentes. Las de más virtud, en los sitios más apartados.
—¿Vamos a hablar de hierbas toda la mañana, madre?
—Vamos a hablar de lo que yo quiera, que para eso he parido cuatro veces. —Se endereza, se sacude las faldas y me mide con la mirada—. Pero ya que tienes prisa. Háblame de la curandera de Strathos. La que murió.
El cesto no se me cae de milagro y el milagro no le pasa inadvertido.
—No sé qué...
—Hijo. —Una sola palabra, y en la palabra toda la paciencia gastada de un año entero—.
El romero. El barro. Las noches. Llevas desde el deshielo oliendo a un claro que conozco.
Puedes seguir negando, que negar es tu derecho, o puedes escuchar lo que sé y que tú no sabes, que para eso he subido la cuesta. Elige.
Elijo callar, que es elegir escuchar. Mi madre asiente, se sienta en una piedra con el sol de cara y empieza por donde yo no esperaba: por el principio de otra.
—Eilidh, se llamaba. La conocí en la feria grande de la villa, hará dieciséis años, las dos en el puesto del especiero disputándonos la última corteza de canela.
Forastera, viuda, con una cría de la mano que tenía el pelo como la luna y la piel como la miel tostada, y media feria mirándolas a las dos como se mira lo que no se entiende.
Hablamos el rato que se habla en una feria.
Me bastó. Hay manos que se reconocen entre sí, y aquella mujer tenía las mejores manos de oficio que he visto en esta comarca, contándome a mí.
—Madre...
—Calla, que ahora viene lo que duele. —Corta otra árnica, por hacer algo con las manos, que mi madre cuenta mejor ocupada—.
El incendio fue tres años después. La casa del aparcero, la del aceite y las teas mal puestas, y ella dentro, ayudando, que para eso la habían llamado.
Sacó a su cría. Volvió a por los demás. Ningún hombre de los que miraban volvió a entrar, fíjate en eso, hijo.
Volvió ella, quemada ya, y la casa se vino abajo con la familia dentro.
Y cuando hubo que repartir las culpas de cuatro muertos, la comarca miró alrededor y eligió, como elige siempre: a la de fuera.
A la del pelo raro y la cría mestiza. Bruja, dijeron.
La palabra hace el trabajo sucio que las manos no se atreven a hacer.
El sol de la solana calienta y a mí me sube un frío por dentro que no es de este monte.
Conozco esta historia. La conozco a retales, contada a un fuego y a una lluvia por una voz que no sabe que la escucho, y oírla ahora entera, en boca de mi madre, con nombres y con fechas, es conocerla por primera vez.
Hay una diferencia entre saber que la aldea fue injusta y oír el inventario de la injusticia.
La cría de la mano en la feria, la canela disputada, el buhonero que volvió con el recado entero.
Cada pieza nueva me aprieta algo en el pecho que no se afloja, y debajo del apreto, más honda, una vergüenza que no es mía y la cargo igual.
La de toda una comarca que miró y eligió a la de fuera.
—¿Y nadie habló? —me sale, ronco—. ¿Nadie de toda la comarca?
—Una vieja del cruce, dicen, y a las viejas del cruce no las escucha nadie.
Yo me enteré tarde, con la nieve ya en los puertos y ellas ya echadas al monte.
Mandé recado con un buhonero a la primavera.
—Se mira las manos, y por primera vez en toda la mañana mi madre, que no duda nunca, duda—.
El buhonero volvió con el recado entero.
No las encontró. Y yo tenía tres hijos, un clan y cien excusas buenas, y me dije que dos curanderas se las arreglan, que ya llegaría el verano.
Llegó el verano y llegaron tres más, y un día bajó la noticia con la lana.
Que la viuda de Strathos había muerto en el monte y que quedaba la cría, sola, en una cabaña del bosque. Sola, Cael. La edad de Bríde tendría.
Se hace un silencio largo, de los que no se llenan. Mi madre lo rompe ella misma, con la voz ya seca.
—Esa deuda es mía y la pago yo, a mi manera y a mi hora.
Lo que te toca a ti es otra cosa. —Se levanta de la piedra, se planta delante de mí y me busca los ojos como me los buscaba de niño, cuando quería la verdad sin adornos—.
Llevas desde el deshielo gastando las noches en ese claro.
No te pregunto qué eres allí, que lo que eres lo parí yo y lo conozco.
Te pregunto lo único que importa: ¿qué es ella para ti?
Y aquí está, la pregunta, en mitad de una solana, entre dos cestos de árnica. Llevo años esquivándola en cenas, en patios, en miradas, y mi madre la planta al sol como se planta un mojón: hasta aquí las medias verdades.
—Todo —contesto. Una palabra. No me sale más larga ni falta que hace.
Mi madre recibe la palabra sin pestañear, la sopesa como sopesa las hierbas, a peso de mano, y lo que hace entonces no lo espero. Mira al valle, hacia donde el bosque de Strathos se pierde en lo hondo, y deja escapar el aire despacio, como quien deposita una carga que llevaba tiempo cargando.
—Ya —dice—. Eso me parecía.
—¿No vas a decirme que es una locura?
—¿Te lo parecería menos si te lo digo? —Recoge su cesto, me cuelga el mío del brazo y echa a andar cuesta abajo, y habla sin volverse, al paso—.
Yo también fui la forastera, hijo. La del otro lado del agua, la del oficio raro, la que esta tierra miró de lado diez años hasta que se acostumbró a deberme la salud.
Sé el precio de ser distinta en esta comarca al céntimo, porque lo pagué.
Y sé otra cosa que tú no sabes todavía. Esa muchacha ha perdido todo lo que ha tocado.
Al padre sin conocerlo, a la madre a fuego lento, el nombre, la aldea, los años.
Quien se le acerque... —se detiene, solo un paso, lo justo para que la frase pese— que sea para quedarse.
Entero y para siempre. A esa no se le hace una herida más, Cael. Antes te quiero enterrado.
—Madre. —La alcanzo en dos zancadas—. Para quedarme no me falta voluntad. Me falta el camino. Lo que ella conoce de mí tiene cuatro patas.
—Pues ya tienes oficio para el invierno: abrir camino. —Reanuda la marcha, y juraría que algo se le afloja en los hombros, ahora que el mojón está plantado—. Y abrígate las noches, que te he parido fuerte pero el relente no respeta partos.
Bajamos la cuesta en un silencio nuevo, de los que acompañan en vez de pesar. A media ladera, mi madre se detiene en seco junto a una mata de árnica que habíamos pasado de largo a la subida, la corta con la uña y me la prende en el cesto, encima de todo.
—¿Y esta?
—Para la que sabe lo que es. —Sigue andando—. Las curanderas se saludan con hierbas, hijo. Es cortesía vieja del oficio. Tú déjala donde dejas lo demás, que de entender el saludo ya se encarga ella.
Me quedo mirando la mata de árnica, cortada limpia por la uña de mi madre para las manos de mi muchacha de las hierbas, y comprendo que acaba de pasar algo más grande que toda la conversación de la solana.
Mi madre ha mandado su primer recado al claro.
Las mujeres de mi vida han empezado a hablarse por encima de mi cabeza, en una lengua de tallos y cortesías viejas, y que el cielo me asista, porque contra eso no hay disciplina que valga.
Esa noche llego al claro con la luna ya alta y la cabeza llena de mi madre, y me encuentro la guardia cambiada. Ella me espera despierta, sentada en su piedra, con cara de traer recados.
Los trae. El de Maired, el de las tabernas calientes y los hombres con flechas, y se lo agradezco a la vieja desde mi linde.
Y el suyo propio. Que me vio en el sendero el día de cruce, que no me dirá que no le gustó, que mida.
Medido está, muchacha de las hierbas. Lo que pesa tu jornada contra lo que pesa mi pellejo lo medí antes de salir a aquel sendero, y ganó tu jornada con holgura.
Volvería a perder mañana. Y después baja la voz, se inclina hacia mí con los codos en las rodillas, y me hace la pregunta.
—¿Tienes manos, lobo?
Cinco años de disciplina me sostienen quieto.
Ni una oreja. Ni un pelo. Por dentro, el derrumbe entero.
La vieja y su ojo de tasadora, la maza, el hacha, la viga, todos mis descuidos de años puestos en fila por dos mujeres en una tarde.
Ella espera. El claro espera. Y al cabo se echa atrás, se lo toma a risa porque la otra manera de tomárselo asusta, y me deja el a buenas horas te vuelves discreto como quien deja una puerta entornada.
Sí, muchacha de las hierbas. Tengo manos. Llevan media vida trabajando para ti, y se me están acabando los años de poder negarlo.
Vuelvo al torreón con el alba y la certeza nueva: el hilo está tirado. Mi madre por un lado, la vieja por otro, ella en medio empezando a juntar puntas, y yo en el centro de todos los hilos, quieto como un necio.
La árnica de mi madre queda sobre su umbral, junto a la liebre del día, cortada limpia y puesta aparte, para que se vea que no es caza ni azar.
Mañana ella la encontrará, y leerá el corte de uña, y sabrá que es saludo de oficio, porque de entender el saludo, dijo mi madre, ya se encarga ella.
Otra punta más para su madeja. A este paso, el ovillo se lo voy entregando yo mismo, hebra a hebra, y lo más raro de todo es que una parte de mí, una que crece, ya no quiere impedirlo.
La cuenta atrás ha empezado, y no la he empezado yo.