CAPÍTULO 11
La vieja Maired sube a mi claro una mañana de pleno verano, sin aviso, sin bastón y sin resuello, y se planta en mitad del huerto como una aparición con delantal.
—Niña —saluda, abarcando mi mundo entero con un vistazo—. Vengo a por menta y a que me des agua, por ese orden.
—¿Ha subido andando? ¿Sola? Maired, hay legua y media de cuesta.
—Los huesos me dijeron que subiera y a los huesos no se les discute, que para eso los engraso con tu consuelda. —Pasa por delante de mí camino de la puerta como si la casa fuera suya—. ¿Me vas a tener al sol?
Y así, sin más ceremonia, tengo la primera visita de día que pisa mi cabaña en años.
Por dentro me entra una prisa absurda de la que me avergüenzo al instante.
La banqueta buena al lado del fuego, la mesa de un trapazo, y el apuro de los cuencos, porque cuencos tengo dos, el mío y el de mi madre, que lleva sin usarse desde que ella no está.
Lo bajo del vasar, le soplo un polvo que no tiene, y me quedo un momento con él entre las manos, con su peso conocido, su desportilladura del asa, su barniz gastado por unos labios que ya no están.
Hay objetos que son tumbas pequeñas y una no lo sabe hasta que los mueve.
Lo lleno de agua fresca, porque las tumbas también se honran usándolas, y al ponérselo delante a Maired me tiembla un poco la mano, y la vieja lo ve, porque la vieja lo ve todo, y tiene la caridad de beber sin comentarlo.
—Buena agua —concede, en cambio—. Tu madre decía que el agua de este manantial curaba la mitad de lo que le traían, y que la otra mitad la curaba ella.
—¿Eso decía?
—Eso decía, y se reía así, para dentro, como te ríes tú ahora. —Deja el cuenco y barre la estancia con esos ojos suyos de tasadora—. La casa está mejor que la última vez que pasé por este claro, y de eso hará... ¿cuatro años? Entonces el techo era una criba.
—Lo fui arreglando.
—Ya. —Se levanta con su crujido de leña vieja y se va derecha a la pared del hogar, donde palpa la juntura nueva del techo con dos dedos de entendida—. ¿Esto lo subiste tú? ¿Tú sola, a la viga?
—Me las apaño bien con las alturas.
—No lo dudo. —Se vuelve, y me mira de esa manera en que solo me miran ella y cierto animal del bosque: entera, sin prisa—.
Lo que dudo es lo otro. El tajo de esa leña del muro norte no es de tu hacha, que tu hacha la he visto y corta como yo bailo.
La cerca del huerto está asentada a golpe de maza, y maza aquí no veo.
Y esa juntura del techo está hecha desde arriba, a peso de hombre.
—Cruza las manos sobre el delantal, sentenciando—.
Aquí hay mano de hombre, niña. Y a mí me puedes contar lo que quieras, que para eso soy vieja y me lo creo todo.
El silencio que se me hace dura más de lo que debería.
—No hay ningún hombre, Maired.
—Las goteras no se arreglan solas.
—Pues la mía se arregló. —Le sostengo la mirada, porque es la pura verdad y la verdad sostiene—. Le juro por mi madre que no he visto a un hombre en este claro en cinco años. Lo que le puedo contar es lo que hay, y lo que hay no se lo va a creer.
—Ponme a prueba, que he enterrado a dos maridos y a un cura.
Se lo cuento. La manzana de hace dos inviernos, las liebres con marcas de colmillos, la leña que crece, el lobo gris que monta guardia con lluvia y con sol y que entiende, juraría que entiende, lo que se le dice.
Se lo cuento de corrido, sin adornos, como se cuentan las cosas que una lleva años sin poder decirle a nadie.
—El demonio del bosque —murmura al cabo, y suelta una risa seca—. Media aldea con el demonio en la boca, y resulta que el demonio caza liebres para la hija de Eilidh.
Oír el nombre de mi madre en una boca viva me coge desprevenida, como me coge siempre. Maired lo ve, porque lo ve todo, y sigue a lo suyo, que es su manera de tener tacto.
—Lo que te diré es esto, niña. Colmillos y maza no van en la misma mano.
O tienes dos guardianes, o tienes uno que vale por dos, y cualquiera de las dos sumas es más de lo que tiene la que más tiene en la aldea.
—Se sirve más agua ella misma—. Y ahora dime otra cosa, ya que estoy de cuesta arriba.
¿Un hombre? De los corrientes, digo. De los de cara y nombre. ¿Nadie?
—Maired.
—Es pregunta de vieja, contesta como a una vieja.
—¿Quién? —Abro las manos, con el cuenco de mi madre entre las dos—.
¿Quién, de cara y nombre? ¿Uno de los que compran mis hierbas sin tocarme la mano?
A las que son como yo no las escogen. Eso no es queja, es cuenta hecha.
La aldea me quiere a legua y media, y a legua y media estoy. Me sobra con lo que hay.
—Cuenta hecha —repite la vieja, masticando las palabras—.
Tu madre decía lo mismo, ¿lo sabías? Forastera, viuda, con una cría mestiza y la lengua de la comarca encima.
Nadie me escogerá ya, decía. Y antes de eso, en su tierra, diría lo mismo, digo yo, hasta que bajó al puerto un hombre del color de la noche que había cruzado medio mundo, y de toda Escocia la escogió a ella, y de aquella cuenta mal hecha saliste tú.
—Apura el agua y me apunta con el cuenco vacío—.
El escoger, niña, no lo lleva la que espera.
Las lleva el que viene de camino. Tu existencia es la prueba.
Me quedo sin réplica, que con Maired me pasa una vez por visita y ella lo sabe y lo colecciona.
—Y ya que callas, te daré las nuevas del cruce, que para algo soy el pregón de lo que importa.
—Se acomoda en la banqueta, en su salsa—.
El crío del yesero anda preguntando por la señora de los sapos.
Así te llama, la señora de los sapos, y su madre le manda callar y el crío vuelta a preguntar, que los críos son la única memoria honrada que tiene una aldea.
La mujer, por cierto, ya no esconde el tarro.
Lo tiene en mitad del vasar, y cuando alguien pregunta dice que es de la curandera de antes, así, con la boca pequeña.
Algo es algo. Las mareas cambian despacio, niña, y esta lleva quince años bajando. Igual te toca verla subir.
—¿Y eso qué cambia, Maired? La marea sube y baja y yo sigo a legua y media.
—Cambia que el invierno es largo y tú estás sola, y que la soledad con dieciocho años es brava y con sesenta es otra cosa que no te deseo.
—Por una vez no hay broma en la voz de la vieja, y eso la hace más vieja—.
Yo no estaré siempre para subir cuestas.
Hazme el favor de no encariñarte tanto de tu legua y media.
Le lleno el zurrón de menta y la acompaño hasta el sendero. Antes de irse, ya con el sol alto, se vuelve y deja caer lo último, en otro tono, el de las advertencias.
—Lo del demonio corre más de lo que me gusta.
El yesero calla, que algo le debe a este claro, y otros no callan.
Donde se juntan miedo y taberna acaban naciendo hombres con flechas, y los hombres con flechas primero tiran y luego preguntan.
Dile a tu guardián, si te entiende como dices, que el bosque ya no es tan suyo como era. ¿Me oyes, niña?
—La oigo.
—Pues ya somos dos que oímos. Que lo oiga el tercero.
Esa noche, con el lobo echado en sus doce pasos y el cielo cargado de estrellas de verano, le doy la charla más rara que le he dado nunca, y mira que llevamos repertorio.
—Te traigo recados —empiezo—. El primero, de Maired. Que el bosque ya no es tan tuyo como era, que andan calientes las tabernas y que los hombres con flechas primero tiran y luego preguntan. Hazme el favor de oír ese, que la vieja sabe lo que dice.
El lobo me escucha con las orejas francas, como siempre.
—El segundo también es noticia, y es mía: te vi.
El último día de cruce, por lo alto del sendero, a mi paso, todo el camino de vuelta, sin esconderte ni una vez.
Años de escolta invisible y ahora te paseas a plena luz como quien hace su ronda.
No te diré que no me gustó, porque me cambió la jornada entera.
La aldea pesa menos cuando una sabe lo que lleva monte arriba.
Pero júntalo con lo de Maired y mide, lobo.
A mí me gusta verte, y a las tabernas también les gustaría, y no con mis ojos.
Bajo la voz para el último recado, que es el que me pesa.
—Y luego está lo otro. Dice Maired que en mi casa hay mano de hombre.
Maza, hacha buena, peso en la viga. Y yo le he jurado por mi madre que aquí no ha pisado un hombre en cinco años, y no he mentido, porque a mentir no me gana nadie, pero contigo no me hace falta.
—Me inclino hacia delante, codos en las rodillas, y le hago al lobo del bosque de Strathos la pregunta más necia y seria de mi vida—. ¿Tienes manos, lobo?
El lobo no se mueve. Ni una oreja, ni un pelo, una quietud tan perfecta que parece trabajada, y el claro entero se queda esperando conmigo una respuesta que no llega.
—Ya —digo al fin, echándome atrás—. A buenas horas te vuelves discreto.
Me lo tomo a risa porque a estas horas y a solas las otras maneras de tomárselo asustan. La risa me dura hasta la cama. La pregunta, hasta el alba, dándome vueltas. Colmillos y maza no van en la misma mano. Y mi guardián, por primera vez en años de charlas, ha tenido cara de no querer contestar.
Porque eso es lo otro, lo que no le he dicho ni a Maired ni al propio lobo.
Que su quietud de esta noche no era la de siempre.
La de siempre es de animal que descansa.
La de esta noche era de alguien que se contiene, y la diferencia la conozco bien, que llevo dieciocho años conteniéndome delante de gente.
Hay un secreto en mi claro. Lleva cinco años alimentándome, arreglándome el techo y escuchándome hablar de mi madre, y esta noche, cuando le he preguntado por sus manos, ha tenido la decencia de no saber mentirme con el cuerpo.
Pues sea. Yo también sé esperar. Los secretos son como los sapos de los críos. Con paciencia y vapor, antes o después encuentran la salida.