CAPÍTULO 10 #2
Lo veo irse silbando hacia las cocinas y tomo nota de dos cosas. De que el paso de los castaños no se me va a olvidar, y de que a este hermano mío no se le paga lo que vale ni con todas las rentas del torreón.
A Bríde no tengo que ir a buscarla. Me espera esa noche en la galería, con el halcón viejo dormido en la alcándara y un punto de luna en la cara, y no gasta saludo.
—Roble grande en la loma que mira al claro.
Fresno junto al arroyo. Pino doble del sur.
—Lo recita como quien repasa la lista de la despensa—.
El musgo del roble está muerto en el lado de la cabaña, del peso de algo que vuelve siempre al mismo sitio.
Y hay muescas en la corteza, a la altura de tu hombro, en filas, como las marcas de un pastor.
Las he contado, hermano. Salen a cuatro por año. Veinte estaciones, contando corto.
Me quedo donde estoy. Mi hermana ha hecho lo que hace mi hermana.
Ha tomado tres hilos sueltos, mis madrugadas, mi barro, ese bosque que según madre se me ha quedado pegado al olor, y ha salido a leerlos al monte, callada, sin preguntarle nada a nadie, hasta tener el dibujo entero.
Sabía que vigilaba un claro. Ahora sabe desde cuándo, desde dónde y con qué constancia, que es saberlo todo.
—¿Has volado mucho por allí?
—Lo justo. —Acaricia al halcón dormido con un nudillo—.
Lo bastante para entender que eso no es una guardia, hermano.
Las guardias se relevan. Eso es un noviazgo.
El más largo y el más callado de toda Escocia, y la novia sin saber que lo es.
—Se vuelve a mirarme, y en sus ojos no hay burla.
Hay esa atención suya de pájaro, afilada de cariño—.
Madre está cerca, Cael. Le falta el último hilo, y madre los hilos no los deja sueltos: los remata.
Cuando ese día llegue, más te vale haber llegado tú antes.
A madre y a la muchacha. En el orden que puedas, pero llega.
—¿Y tú cómo sabes en qué orden hay que...?
—Porque llevo veinte estaciones viéndote salir de casa entero y volver a medias.
—Recoge el guante de cetrería y pasa a mi lado, y su mano me roza el hombro con el gesto exacto de nuestra madre, que en esta familia hasta el silencio se hereda—.
Lo que guardas en ese claro te está creciendo más que tú, hermano.
Ve pensando qué vas a hacer con ello. Yo, mientras, vuelo donde no estorbe y donde convenga, que los rumores crían flechas y alguien tendrá que verlas venir.
La tarde siguiente salgo con mi padre a caballo, a revisar las lindes del este, que es la tarea que mi padre usa para las conversaciones que no quiere tener bajo techo. Cabalgamos una legua en su silencio de montaña, y cuando lo rompe, lo rompe por donde nadie esperaría.
—¿Te he contado cómo cortejé a tu madre?
—Con paciencia, dice usted. Con un jabalí, dice ella.
—Los dos decimos verdad. —Se acomoda en la silla, y juraría que sonríe hacia dentro—.
Tu madre vivía con su gente al otro lado del agua grande, y yo crucé el primer año siete veces con siete excusas, a comprar lana que no necesitaba.
Me sabía sus caminos, sus horas, hasta el humo de su lumbre distinguía del de las otras casas. Y no le había dicho ni mi nombre.
Tiro de las riendas sin querer. Mi caballo protesta. Mi padre sigue al paso, los ojos en las lindes, como si hablara del precio de la lana.
—¿Cuánto duró eso?
—Dos años. Habrían sido diez, de no ser por el jabalí, que me arrancó la vergüenza con media pernera.
Tu madre me cosió la pierna y la vergüenza, por ese orden, y mientras cosía me dijo una cosa que te voy a decir a ti, porque las cosas buenas se heredan.
—Detiene el caballo. Me mira de frente por primera vez en toda la tarde—.
Me dijo. Dos años sabiéndote mis caminos, MacRath.
Si hubieras preguntado, te los habría enseñado yo, y habríamos ganado dos años.
El viento de la tarde corre entre los dos, cargado de brezo. Mi padre no pregunta dónde paso las noches. No nombra claros, ni curanderas, ni lobos. Solo añade, volviendo la vista a sus lindes.
—La paciencia es virtud hasta que se vuelve escondite. Lo que se guarda mucho tiempo, hijo, hay que pagarlo con verdad entera cuando se saca, y la verdad entera, cuanto más tarde, más cara. No te digo más.
—Padre. —Espero a que me mire—. ¿Y si la verdad entera es de las que espantan?
—Entonces eliges mal momento, mal sitio y mala hora, como elegí yo, y confías en haber elegido bien a la mujer.
—Espolea suave y me deja atrás un cuerpo de caballo, y desde delante, sin volverse, añade lo último—.
Y una cosa más, ya que estamos. A tu madre, cuando al fin le dije lo que había que decirle, no la espantó la verdad.
La espantó el tiempo que tardé en dársela.
Esa deuda también existe, hijo. Llévala tú antes de que te la lleven.
Cabalgamos de vuelta con el sol cayendo a nuestra espalda, y yo voy haciendo las sumas que no me había dejado hacer. Las flechas que crían los rumores, la verdad que encarece con los años, los dos años de mi padre contra mis cinco. La aritmética no me favorece en nada.
Y, aun así, esta noche, cuando el torreón duerma, tomaré el camino del claro. Que críen flechas los rumores y raíces la verdad.
Y algo más, que lo he decidido entre la legua cuarta y la quinta, con la lección de mi padre todavía caliente.
El próximo día de cruce no me esconderé en la vaguada.
Iré por lo alto del sendero, a la vista, a su paso, de su lado del viento.
Que me vea. Que sepa que esa escolta a la que riñe por llegar tarde existe, tiene su tamaño y hace su camino con ella.
Es poca cosa y es una imprudencia, las dos a la vez, y así empiezan las verdades, me parece a mí: por la punta que asoma.
Cinco años he sido un secreto hasta para ella.
Que el secreto, al menos, empiece a caminar a su lado a la luz del día.
Hay deudas que se pagan cuando se pueden pagar. La guardia se monta todas las noches.