CAPÍTULO 10
El olor del extraño me llega antes que sus pasos, y el lobo entero se me pone de punta.
Un hombre, grande, sudado de carrera, subiendo el sendero de su claro a medianoche.
Ese sendero de noche no lo ha subido nadie jamás, y todo lo que soy se estrecha en una sola línea recta que va de mi sombra a su puerta.
Estoy a mitad del claro, con una decisión ya tomada que ni recuerdo haber tomado, cuando el viento me trae el segundo olor, debajo del miedo del hombre: un crío enfermo.
Fiebre, llanto seco, esa agonía pequeña del garrotillo.
Me paro en seco con las zarpas hundidas en la hierba. El hombre golpea la puerta, grita su caridad y su Maired, y la puerta se abre, y mi muchacha de las hierbas aparece en el vano con el atizador en la mano y el pelo de plata suelto, preguntando quién va con una voz que no tiembla.
Me retiro a la linde y monto la guardia más larga que recuerdo.
El lobo no se fía del extraño y tiene sus razones.
El miedo de los hombres huele agrio, y el miedo agrio hace cosas raras en los claros oscuros.
Así que paso la noche en cazador, midiendo cada ruido de la cabaña, el caldero, el vapor, los pasos de ella yendo y viniendo, listo para cruzar el claro en tres zancadas si el agrio del hombre se torciera hacia donde no debe.
No se tuerce. Se deshace. A medida que la tos del crío amaina, el yesero se va destensando como se destensa un arco, y para el alba ya no huele a miedo.
Huele a esa gratitud avergonzada de los que reciben el bien de donde escupieron.
Porque hay algo nuevo esta noche y tardo en ponerle nombre.
Por primera vez la veo trabajar para alguien.
La oigo mandar a un hombrón que le saca dos cabezas como un capitán manda la leva, vapor, jarabe, sujétele las manos, y oigo la tos del crío irse rindiendo cucharada a cucharada, y comprendo, echado en mi linde con las orejas en su ventana, que llevo cinco años enamorado de una mujer a la que solo conocía a medias.
Conocía a la que sobrevive. Esta de ahora, la que le inventa sapos en la garganta a un crío asustado para que el miedo no le estorbe a la cura, la que rebaja su propia paga con el ceño de quien no admite réplica, es la curandera.
Su madre entera le corre por las manos, y la aldea que la dejó morir con el nombre sucio bebe de esas manos a escondidas, de noche, por la puerta de atrás del orgullo.
Cuando el yesero sale con el crío dormido, hago algo que llevo toda la guardia sin hacer: me dejo ver.
Cuatro pasos fuera de la linde, a la luz que se escapa de su puerta, el tiempo justo de que el hombre me encuentre.
Quiero que me encuentre. Quiero que vuelva a su aldea con el cuento, y que el cuento corra de cocina en cocina, y que diga lo que tiene que decir.
Que la del bosque tiene quien la guarde.
Que la próxima piedra del cruce se lo piense.
—Es un perro que ronda —dice ella desde el umbral, con un aburrimiento tan bien fingido que casi me arranca la risa en la peor forma para reírse—. No muerde a quien no debe.
No muerde a quien no debe. Ni inventándola me saldría mejor.
Después, claro, me lee la cartilla. Se sienta en su piedra, me planta esos ojos de enero y me desmonta el plan entero pieza a pieza.
Que si he querido que me vea, que si el aviso, que si mañana el demonio del bosque y pasado las piedras del cruce.
Tiene razón en todo y se lo concedería ladrando si ladrar no fuera a estropearlo.
Hay generales con peor ojo táctico que esta mujer descalza en un escalón.
Y luego, ya sin filo, me cuenta lo del crío respirando, y lo que decía su madre del sonido que paga las noches en vela, y que cualquier día decidirá si lo de bruja la ofende o la honra.
Y después llega lo otro, lo que va a quedárseme en la médula junto al frío del río de hace cinco años: la cuenta de los abrazos.
Cinco años, dice. Con la voz de los hechos, la maldita voz de los hechos, hace inventario de la última vez que alguien la estrechó, y no le sale la fecha, porque los abrazos no avisan de que son el último.
Yo tengo dos brazos a una forma de distancia.
Dos brazos que llevan cinco años aprendiéndose de memoria un abrazo que no han dado, y me toca oírla con las zarpas hundidas en la tierra, en el único cuerpo que puede acompañarla y el único que no puede abrazarla.
Si los dioses tienen sentido del humor, es de este.
Cruzo el claro sin decidirlo. La frontera de los doce pasos la dejo atrás como se deja una camisa vieja y me echo a cuatro de su piedra, que es lo más lejos que consigo quedarme y lo más cerca que me atrevo a estar, y monto ahí lo que queda de guardia.
No es un abrazo. Es lo que hay en la caja del lobo.
Ella lo entiende como lo entiende todo, antes de tiempo y sin ayuda.
Gracias, me dice, de frente, por la parte que te toca.
La parte que me toca. Muchacha de las hierbas, si tú supieras el tamaño de mi parte.
Antes del alba devuelvo la frontera a su sitio. Los cuatro pasos eran para la herida de esta noche; los doce son el tratado, y los tratados no se mudan aprovechando que la otra parte sangra. El día que haya que moverlos, los moverá ella.
Me quedo hasta que cierra, cobro sus buenas noches como se cobra un jornal, y me voy al torreón rumiando una verdad incómoda.
Esta noche he roto dos reglas, una de cinco años y otra recién nacida.
La de no dejarme ver y la de los doce pasos.
Por orgullo de centinela la una y por algo que no es orgullo la otra, y lo único que lamento es no poder romperlas otra vez mañana.
Las consecuencias me las trae Oisín dos días después, junto con la cerveza, al banco del patio donde engraso los arreos.
—¿A que no sabes lo que se cuenta en la aldea?
—Se deja caer a mi lado y no espera respuesta, que Oisín las preguntas las hace por ceremonia—.
Que el demonio del bosque de Strathos se apareció al yesero.
Un lobo negro como el pecado, dicen, con los ojos de fuego y alto como un novillo.
Echaba humo por las narices, en algunas versiones. En la del tabernero, hablaba.
—¿Y qué decía?
—Cosas de demonio. El tabernero no entra en detalles, que es lo que hace grande su oficio. —Bebe, me mira de reojo por encima de la jarra—. Negro y echando humo no sé, hermano, a mí el lobo que me consta gris me lo parecía.
—Los cuentos engordan de boca en boca.
—Engordan, sí. —Deja la jarra en el banco y por una vez va al grano—.
La cuestión es que ahora el monte tiene demonio con testigo, que el del molinero no contaba porque a los molineros no los cree nadie.
Y los demonios con testigo crían cazadores.
Lo dice Bríde, no yo, que yo de estrategia ando justo.
Dice: los rumores crían flechas. Así, con esa cara que pone.
Sigo engrasando el arnés porque las manos ocupadas piensan mejor.
—¿Y qué más dice Bríde?
—Que se lo preguntes tú, que para algo vuela.
—Se levanta, me deja su jarra a medias en señal de hermandad suprema, y se vuelve antes de llegar a la puerta del establo, que mi hermano siempre guarda algo para la salida—.
Ah, y otra cosa que se cuenta, más bajito.
El crío del yesero corretea ya por la plaza.
La del bosque hizo en una noche lo que el físico de la villa no hace en una semana.
La mujer del yesero ha sacado un tarro viejo del vasar y lo enseña.
De la madre, dice, de la curandera de antes.
Las dos cosas van juntas en las mismas bocas, hermano.
La santa y el demonio, el tarro de la suerte y la palabra bruja.
Este pueblo guarda los remedios y quema a las que los hacen. No tiene arreglo.
—¿Y tú qué les dices, cuando lo cuentan?
—¿Yo? —Se lleva la mano al pecho, ofendidísimo—. Yo escucho y pago rondas, que es como mejor se escucha. Y de cuando en cuando digo que a mí los lobos grandes me dan buena espina, que algo guardarán. Voy sembrando, hermano. Tú caza liebres, que de la opinión pública me encargo yo.
Ya se iba de verdad cuando se para, de espaldas a mí, y se mira las uñas, que es lo que hace mi hermano cuando lo que trae quema.
—Una última cosa, y me la vas a agradecer mal.
—Se vuelve—. Anoche, en la taberna, el zagal mayor del peletero hizo una gracia.
Sobre ella. Que con ese pelo y esa cara, dijo, el demonio más que guardarla le hace la caridad, porque por lo menos uno se atreve a...
—Se corta él solo, cosa rara en Oisín, y me mira las manos—.
La gracia entera no te la repito, hermano, que estás engrasando cuero y le tengo aprecio a ese arnés.
La correa se me queda quieta entre los dedos.
El patio sigue oliendo a caballo y a sebo, y yo estoy oyendo por debajo la risa de una taberna que no he pisado, y el lobo me sube por la garganta en pleno día, con la forma de hombre puesta, cosa que no me pasaba desde los quince años.
Conozco al zagal del peletero. Conozco su taberna, su mesa larga y el camino que hace de vuelta, de noche, solo, por el paso de los castaños.
El pensamiento me llega entero y armado, con una frialdad que me asusta más que la rabia, y lo sujeto como se sujeta a un caballo desbocado: con todo el cuerpo.
—Respira —me aconseja Oisín, en voz baja y por una vez sin sonrisa—.
Y suelta la correa, que la vas a partir.
Ya está cobrado. Al zagal se le derramó encima una jarra entera, qué torpeza la mía; después perdió a los dados hasta las botas, qué suerte la mía; y de remate conté lo de la feria de San Miguel, cuando se meó encima delante de medio mercado, con detalles nuevos de mi cosecha.
Hoy el chiste de la aldea es él, no ella.
—Se encoge de hombros—. Tú tienes colmillos, hermano.
Yo tengo memoria y mala idea. Cada cual guarda con lo que tiene.