CAPÍTULO 9
Los golpes en la puerta me despiertan pasada la medianoche, y en mi puerta no llama nadie, así que me levanto con el atizador en la mano.
—¿Quién va?
—¡Por caridad! —La voz de un hombre, rota de carrera—. Maired me manda. Es mi hijo. Se ahoga.
Esa palabra abre más puertas que cualquier nombre.
Descorro el cerrojo sin soltar el atizador y, antes que al hombre, lo primero que hace mi vista por encima de su hombro es barrer la linde.
Buscarlo. Lo hago sin pensarlo, como se comprueba que el hacha sigue donde debe, y la linde está negra y muda, y me descubro abriéndole mi puerta de noche a un extraño sintiéndome menos guardada, que ya es decir, tratándose de una que presume de guardarse sola.
El extraño es un hombrón de la aldea, el yesero, uno de los que cambian de acera cuando me cruzan, con un bulto envuelto en mantas contra el pecho y la cara color sebo.
Del bulto sale una tos que conozco antes de verle la cara al crío.
Seca, de ladrido, con ese silbido al final que a los padres les para el corazón.
—Adentro. A la banqueta, junto al fuego. —Suelto el atizador y atizo las brasas—. ¿Cuánto lleva así?
—Desde el anochecer. Cada vez peor. Mi mujer dice que es el garrotillo, que se nos va como se fue el de los herreros, y Maired dijo... dijo que usted...—Se le acaba el aire. Aprieta al crío contra el pecho como si apretarlo sirviera de algo.
—¿Su mujer sabe que ha venido?
El hombre tarda en contestar, y la tardanza ya es la respuesta entera.
—No quería —admite al fin, los ojos en el crío—. Decía que antes muerto que... —Se corta a tiempo de tragarse el final, que de todos modos conozco de memoria—. He venido yo solo. Con el niño.
—Pues ha venido bien. —Le señalo la banqueta con la barbilla, que esta noche no es noche de ajustar cuentas con nadie—. Lo que su mujer prefiera puede esperar a mañana. El sapo de su hijo, no. Destápelo, que lo vea.
El crío tendrá cuatro años. Está colorado de pelear por el aire, con los ojos hinchados de llorar y de miedo, y al verme se esconde en el cuello de su padre, porque hasta ahogándose se acuerda de lo que le habrán contado de mí. No me ofendo. Los críos repiten; los que inventan son otros.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto, mientras cuelgo el caldero pequeño y echo dentro las hojas que ya estoy cogiendo del manojo de la viga.
El crío no contesta. Tose su tos de perro y se agarra a su padre.
—Tomas —responde el hombre por él—. Como su abuelo.
—Pues escúchame, Tomas como su abuelo. —Acerco la banqueta y me pongo a su altura, que con los críos todo se hace a su altura—.
Eso que tienes en la garganta es un sapo.
Se les mete a los niños valientes, que sois los que más gritáis jugando.
Vamos a echarlo con vapor y con un jarabe que sabe a miel, y mañana le cuentas a tu madre que dormiste en casa de la del bosque y saliste entero. ¿Hay trato?
El crío me mira con un ojo, sin soltar el cuello del padre. Asiente. Los sapos convencen más que las flemas, eso también me lo enseñó mi madre.
El agua rompe a hervir. Armo la tienda con mi manta sobre las cabezas de los dos, padre e hijo, encima del vapor que sube cargado de tomillo y de saúco, y dirijo desde fuera.
—Respira el vaho, Tomas. Por la nariz si puedes, por donde sea si no. Usted sujétele las manos, que querrá apartarse. —El silbido pelea, se encrespa, afloja—. Así. Otra vez.
Entre vapor y vapor le doy a cucharaditas el jarabe de saúco y miel, y la tos de ladrido se va volviendo tos de crío, y el silbido se rinde mucho antes que el miedo del padre, que sigue mirándome las manos como si no terminara de creer lo que hacen.
En la tercera tanda de vaho, Tomas asoma la cabeza por debajo de la manta, colorado y despeinado como un polluelo, y me estudia con los dos ojos por primera vez.
—¿Ya se fue? —pregunta, con un hilillo de voz ronca—. El sapo.
—Va de camino. Los sapos gordos tardan en encontrar la salida. —Le tiendo la cuchara—. Otra de jarabe le alumbra el sendero.
La toma sin protestar, relame la cuchara y, ya en confianza, que los críos pasan del terror a la tertulia sin escala, suelta lo que trae rumiado.
—Mi madre dice que tu pelo es de plata de verdad.
—Tu madre, por una vez, anda cerca. Es de luna. —Le recojo la manta sobre el pecho—. Y ahora a dormir, que los sapos no vuelven donde se duerme bien.
Para cuando el gallo de la aldea debe de estar pensándose el primer canto, Tomas duerme contra el pecho de su padre con la respiración áspera y corriente, la bendita respiración corriente, y el hombrón llora sin ruido, con ese pudor de los hombres grandes, mirando al fuego.
—No sabía a quién ir —se disculpa al fin, la voz baja para no despertar al crío—. El físico de la villa está a un día. Maired dijo que usted tenía la mano de su madre.
—Maired exagera. Mi madre lo habría curado en la mitad de tiempo.
—La conocí. —Lo dice al fuego, no a mí, que para según qué confesiones hace falta intermediario—.
A su madre. Me sacó una esquirla de yeso del ojo, hará quince años, con estas mismas hierbas colgando de otra viga.
Mi mujer guarda todavía un tarro suyo, vacío, en el vasar.
Dice que da suerte. —Traga saliva, y le cuesta—. Lo que se dijo después... Yo nunca....
—Usted nunca dijo nada —termino por él—. Nadie dijo nada, yesero. Esa fue la cuestión.
No lo digo con filo. Lo digo como se dicen los hechos, que es como menos duelen y más se clavan, y el hombre encaja y calla, y en su silencio hay más disculpa que en todos los perdones de la comarca. Le tiendo un frasquito para cerrar el trance, que las heridas viejas no se operan de madrugada.
—El jarabe, tres días, mañana y noche, aunque parezca sano. Y vapor si vuelve el silbido. Si la fiebre sube y se le marcan las costillas al respirar, al físico de la villa sin mirar el día que es.
El hombre asiente a todo, guarda el frasco como se guarda una reliquia y rebusca en la faltriquera. Pone en la mesa el doble de lo que vale la noche.
—Sobra la mitad —le digo, apartando las monedas de más.
—Por venir de noche.
—La noche no la he puesto yo. —Empujo las monedas hacia él—. Lo justo, y en paz.
Recoge lo suyo despacio, avergonzado de no sé bien cuál de todas las cosas, y en la puerta, con el crío dormido al hombro, se atasca en lo que los de la aldea se atascan siempre.
—Yo... entenderá que no... que si esto se sabe...
—Nadie lo dice nunca, yesero. —Le abro la puerta yo misma—. Los caminos de noche guardan secretos. Váyase con el niño, que refresca.
Sale, da dos pasos en la oscuridad del claro y se queda clavado como alcanzado por un rayo.
Sigo su mirada. En la linde, a la luz que queda de mi puerta, dos brasas de ámbar flotan a la altura del pecho de un hombre.
Quieto, enorme, una sombra recortada contra las sombras.
El yesero retrocede un paso, con el crío bien agarrado, y se le escapa un nombre de santo.
—Es un perro que ronda —le informo, desde el umbral, con la voz más aburrida que encuentro—. No muerde a quien no debe.
—Eso... eso no es un perro, mujer.
—Será que de noche abultan. Camine, yesero, y no mire atrás, que su hijo necesita la cama.
Camina, vaya si camina. He visto liebres arrancar más despacio. Cuando el ruido de sus pasos se pierde sendero abajo me quedo apoyada en el marco, de brazos cruzados, mirando las dos brasas de la linde, que no se han movido en todo el lance.
—¿Y eso? —le pregunto—. ¿Desde cuándo te dejas ver tú de los extraños?
El lobo sale de la linde, despacio, y se echa en su sitio de los doce pasos. Yo me siento en la piedra del umbral, porque el sueño ya lo he perdido y las noches de oficio mi madre las remataba así, en el escalón, mirando la oscuridad por donde se iba la gente curada.
—Te diré lo que creo —le digo—. Creo que has querido que te vea.
Que era un aviso. Trátala bien, yesero, que la del bosque tiene quien la guarde.
—El lobo me sostiene la mirada sin pestañear, que es su manera de no negar nada—.
Pues que sepas que mañana la aldea entera hablará del demonio del bosque, y pasado me lo cobrarán a mí en el cruce, que los avisos los das tú y las piedras me las tiran a mí.
Así que de guardarme, lobo, ni una palabra más. Que te conozco.
Me sale una risa corta al oírme. Que te conozco. A un lobo. Mi madre, esta noche, en alguna parte, se está riendo conmigo.
—Ha respirado, ¿lo has oído? —le digo, más bajo, al cabo de un rato—.
El crío. Al final respiraba como respiran los críos.
Mi madre decía que ese sonido paga todas las noches en vela del oficio, y yo de cría no lo entendía, y esta noche lo he cobrado entero.
—Recojo las rodillas contra el pecho—. Y hay un tarro vacío en un vasar de la aldea, lobo.
De mi madre. Lo guardan porque da suerte.
La quemaron con la palabra y guardan sus tarros para la suerte, y yo no sé si eso da para reírse o para llorar, así que me lo voy a quedar para las noches en que no haya otra cosa.
Me llaman bruja y me traen a sus hijos. Cualquier día de estos voy a tener que decidir si eso me ofende o me honra, y me da que va a ser lo segundo, por llevarles la contraria.
Me callo un rato largo, y en el callar se me cuela la imagen que llevo toda la noche apartando. El yesero con su crío contra el pecho. Las horas enteras así, abrazándolo, como si el abrazo fuera parte del remedio. Y a lo mejor lo es.
—¿Sabes lo que más he mirado esta noche, lobo?
—La voz me sale más baja, que hay cosas que solo se dicen a media voz—.
No la tos. La tos la tenía ganada desde el segundo vaho.
Miraba los brazos del padre. La manera de sujetar al crío contra el pecho la noche entera, sin soltarlo ni para secarse la cara.
Y haciendo memoria, aquí donde me ves, con mi oficio y mis hierbas y mi casa levantada con estas dos manos...
no me acuerdo de la última vez que alguien me abrazó a mí.
El lobo no se mueve, y yo ya no sé pararme, que esta noche se ha abierto algo y por la abertura sale lo que hay.
—Lo he intentado contar camino del alba.
Mi madre, al final, ya no podía. Le dolía hasta la lana encima.
Así que la última vez tuvo que ser antes, en la cabaña vieja, y yo tendría doce años, y ni siquiera sé cuál fue, porque los abrazos no avisan de que son el último.
Desde entonces nadie me ha tocado más que para curarse.
Me toman la mano para que les mire un tarro, me dejan el cobre lejos de los dedos.
Cinco años, lobo. Hay condenas más cortas.
—Me miro las manos, que saben cerrar heridas y se han ido olvidando de lo otro—.
No se muere de esto, conste. Se vive perfectamente.
Solo que esta noche he visto a un crío dormirse abrazado, y he hecho la cuenta, y las cuentas no preguntan si una quiere saberlas.
Entonces el lobo se levanta.
Cruza el claro despacio, sin un ruido, y yo me quedo muy quieta, porque doce pasos eran la frontera y la frontera va quedando atrás.
Se detiene a cuatro de mí. Cuatro pasos.
Tan cerca que le veo el vaho del aliento y los dos tonos del pelaje, tan cerca que el tamaño deja de ser una cifra y se vuelve una presencia, algo que desplaza el aire del claro, y debería tener miedo, y lo que tengo no se le parece en nada.
Se echa en la tierra, deja caer la cabezota entre las patas y se queda ahí, con esos ojos de miel quemada puestos en mí, montando su guardia a una distancia que ya no es de animal.
No me toca. No puede, o no quiere, o no debe, vaya usted a saber qué leyes gasta un lobo. Pero ha cruzado su frontera de años al oír mis cinco años dichos en voz alta, y hay maneras de abrazar que no necesitan brazos.
—Gracias —le digo, y esta vez la palabra no va hacia los árboles. Va hacia él, de frente, a cuatro pasos—. Por la parte que te toca.
Cuando el cielo empieza a ponerse gris, el lobo se levanta, se sacude y vuelve a sus doce pasos de siempre, como quien devuelve una silla a su sitio después de la visita. Lo agradezco y me duele a la vez, y me guardo las dos cosas, que esta noche ya no me cabe más inventario.
El cielo clarea por el este cuando el frío me vence. Desde la puerta, ya con la mano en el cerrojo, lo despido como se ha hecho costumbre despedirlo.
—Buenas noches, lobo. Y gracias por la guardia, aunque no te la haya pedido nadie.
Las dos brasas de ámbar son lo último que veo antes de cerrar. Pensándolo bien, hay maneras peores de acabar una noche de oficio.