CAPÍTULO 8
En el torreón, Beltane empieza al alba y para el hijo mayor del laird no acaba nunca.
Hay que recibir a los señores vecinos con sus séquitos y sus hijas, encender el fuego nuevo con el pedernal de mi padre, pasar el ganado entre las hogueras, presidir, brindar, recordar veinte nombres y devolver cuarenta saludos.
Desde antes del mediodía el patio es un hervidero de carros, mozos y reses inquietas, y a mí me toca lo que me toca cada año.
Sostener la tea con mi padre mientras el clan entero mira, guiar a las vacas asustadas entre los dos fuegos con Oisín haciendo de perro por el flanco, que es la única tarea del año que mi hermano cumple sin protestar porque le permite gritar.
Lo hago todo y lo hago bien, que para eso me criaron, y lo hago entero desde detrás de mis propios ojos, como quien atiende su puesto en la feria pensando en la cosecha que dejó sin guardar.
Al caer la tarde empiezan las rondas en el patio grande, y con las rondas, la caza.
Las muchachas de las cintas se mueven en bandada, como los estorninos, y la bandada vira hacia el hijo mayor del laird cada vez que el corro se rehace.
No es por mis ojos. Es por el torreón que hay detrás de ellos, y lo saben ellas, y lo sé yo, y el juego es viejo y no ofende a nadie.
Tres veces me llega el corro y tres veces me salva algo.
Una jarra que atender, un señor que saludar, Bríde materializándose a mi flanco con un recado urgente que se inventa sobre la marcha.
A la cuarta le digo a la verdad que descanse y alego una rodilla resentida del paso del ganado.
El heredero de estas tierras, cojo en Beltane.
Mi padre, que me ha visto saltar la hoguera grande a pie quieto no hace tres años, alza una ceja desde su banco y no me desmiente, que en eso consiste ser padre de este hijo.
A la noche, con el salón lleno y la cerveza corriendo, uno de los señores del este arrima su banco al de mi padre y va soltando el sedal con la finura de un tratante de ferias.
Que si su casa y la nuestra llevan tres generaciones de paz, que si la paz se sella mejor con sangre que con tinta, que si tiene dos hijas en edad y la mayor borda y la pequeña canta.
Mi padre escucha con su calma de montaña vieja, asintiendo a la cerveza más que al discurso, y suelta al fin una de sus respuestas de cuatro palabras, de las que cierran sin ofender.
—Mis hijos eligen solos.
El señor del este ríe como si fuera un chiste, porque en su mundo lo es.
Yo sostengo mi jarra y mi cara de fiesta, y por dentro hago una suma muy sencilla que ningún tratante entendería.
No hay hijas del este, ni del oeste, ni de corte de rey.
No las hay. No es virtud mía ni desprecio a nadie.
Es que donde los demás hombres tienen un mercado, yo tengo un camino, uno solo, que lleva a un claro del bosque de Strathos.
Lo supe a los diecisiete años en la orilla de un río, antes de saber que lo sabía.
Hay una mujer en el mundo. Las demás son gente.
Antes, con la cerveza del principio, ha corrido por la mesa otro asunto, que las sobremesas de los señores se alimentan de las cocinas de sus criados.
El cuento de la bruja del bosque de Strathos, la del pelo de plata, que embruja a las bestias del monte.
Un segundón del séquito, de risa fácil, ha rematado que a esa más le valdría demonio que marido, con lo que hay que tener para calentar semejante cama, y la mesa ha reído lo que ríen las mesas.
Yo he reído también. He reído con la jarra en la mano y el lobo subiéndome por dentro como sube el agua a un dique, midiéndole al segundón el cuello por debajo de la risa, las dos venas, el punto exacto donde la gracia se le acabaría con un solo gesto de esta otra forma que no conoce.
La jarra ha crujido un aviso bajo mis dedos.
La he dejado en la mesa con mucho cuidado, le he sonreído al segundón como se sonríe en las ferias y me he guardado su cara donde guardo las deudas.
No es celo de amante; eso lo tengo medido y a raya.
Es otra cosa más vieja y con menos leyes.
Que nadie, estando yo delante, ponga su nombre en una boca sucia y duerma luego igual de tranquilo.
Mi madre, desde su cabecera, no mira al señor del este. Me mira a mí. Me mira la cara de fiesta como quien comprueba la solidez de un muro, y lo que sea que encuentra se lo guarda con lo demás que teje.
Aguanto hasta que el fuego nuevo está repartido y los brindis cumplidos.
Entonces cruzo una mirada con Bríde, que es todo lo que hace falta cruzar con Bríde, y mi hermana se levanta y le pide al bardo la balada más larga de su repertorio, esa de los siete hermanos y las siete batallas que dura lo que una guardia.
Oisín, que huele las conjuras como los ciervos el humo, vuelca media jarra sobre el señor del este con una torpeza ejecutada con primor, y en el revuelo de paños y disculpas el hijo mayor del laird sale del salón de su propia fiesta como salen los criados.
Por la puerta pequeña, sin que nadie lo despida.
Corro el bosque con el fuego de Beltane a la espalda y el corazón por delante.
La noche entera está encendida. Hogueras en cada loma de la comarca, puntos naranjas hasta donde alcanza la vista del lobo, que alcanza lejos, y el monte oliendo a humo dulce y a hierba pisada.
Corro entre los fuegos de otros como debí de correr la noche en que nací, si las viejas no mienten, y por una vez la carrera no es huida ni guardia: es ir.
Hay una diferencia entre escapar de un sitio y correr hacia otro, y la aprendí la noche de una crecida, y se renueva cada noche al tomar este camino.
La encuentro bailando.
Me paro en seco en la linde, con las luces de la aldea naranjas al fondo del valle, y ahí está.
Descalza en mitad de su claro, los brazos a medio alzar, los ojos cerrados, peleándose con unos pasos que le llegan de muy lejos.
Talón y vuelta. Conozco esos pasos sin haberlos visto nunca.
Me los contó una noche de lluvia, con la voz puesta en su madre, y ahora los veo salir de su memoria a la tierra del claro, torpes y tercos, los pasos de una muerta bailados por su hija a la luz que les sobra a las hogueras ajenas.
Si existe en esta comarca, en esta noche de fuegos, algo más digno de ser mirado, que venga la comarca entera a enseñármelo.
Se traba, trastabilla, me pongo en pie sin mandárselo a las patas, y ella recobra el equilibrio sola, como lo recobra todo, y se ríe con la mano en el costado, sin resuello, y me pregunta si también bailo yo.
Si esta noche el lobo pudiera contestar, le diría que no.
Que tampoco. Que el hijo del laird lleva la tarde entera esquivando rondas en su propio salón, con media comarca dispuesta a bailarle, y no ha bailado ni una, y que entre los dos sumamos toda la torpeza y todas las ganas de esta noche de fuegos.
Luego se sienta en su piedra y lo dice.
—A las que son como yo no las escogen, lobo. Para bailar se necesitan dos. Uno que quiera y otra que esté. Yo siempre he sido de las que están.
Lo dice sin quebrarse, con esa voz suya de los hechos, la misma con que despacha el granizo y las piedras del cruce, y por eso mismo me parte por donde no me esperaba.
Porque contra el llanto uno puede algo. Se acude, se consuela, se sostiene.
Contra una certeza asentada con dieciocho años de pruebas no hay consuelo que valga.
Ella no cree que el mundo le deba un baile.
Cree, con toda la tranquilidad del que ha hecho bien los números, que los bailes son para otras.
Las cuentas están mal hechas, muchacha de las hierbas. Te falta un sumando que lleva cinco años escondido en tu linde.
Uno que quiera, dice. Si ella supiera que el querer está resuelto desde antes de que le cambiara la voz. Que lo que falta no es el quién sino el cómo. El camino que va del lobo que tolera al hombre que no conoce, y que ese camino lo tengo que abrir sin que se me derrumbe encima de los dos.
Hago entonces lo único que el lobo puede hacer esta noche, mi única declaración posible.
Me levanto, cruzo tres pasos de los quince, y me vuelvo a echar.
Doce. Ella se queda quieta, me estudia con la cabeza ladeada, y no dice nada, y lo acepta, y esa aceptación silenciosa vale más que todos los brindis que me he dejado en el salón.
Más tarde, con la torta acabada y las hogueras del valle ya en brasa, me pregunta si tengo a alguien. Una loba en alguna parte, dice. Una familia que me espere. Y remata, echando la última miga al aire, que si no la hay, peor para ellas.
Hay preguntas que un hombre espera media vida y le llegan cuando no tiene boca para contestarlas.
Sí tengo a alguien, muchacha de las hierbas.
Llevo cinco años teniéndola. Me da las gracias hacia los árboles, me riñe las noches en vela, me guarda las quejas de sus días y esta noche ha bailado los pasos de su madre a doce pasos de mí.
La loba que me espera no sabe que espera, ni que es loba, ni que el animal al que convida torta es el único de toda la comarca que no podría querer a ninguna otra aunque en ello le fuera la vida.
Eso quisiera contestarle. El lobo, en mi nombre, bosteza, que es lo más cerca del disimulo que sabe estar.
Me quedo hasta que las hogueras del valle son brasa, hasta el feliz Beltane dicho a media voz, hasta que su vela se apaga y su respiración se vuelve la del sueño hondo.
Y de camino al torreón, con el alba ya gris en las cumbres, hago el juramento de esta noche, que con los años se me van juntando los juramentos y este los manda a todos.
Bailará.
No sé cuándo ni sé cómo, no sé qué tendrá que pasar entre esta noche y esa, ni qué tendré que ser yo cuando llegue.
Sé que esa mujer no se irá de este mundo sin que alguien la escoja delante de todos, le tienda la mano y la saque a una ronda, y sé quién va a ser ese alguien, porque hay una sola candidatura y la presenté hace cinco años en un río.
El día que baile, no bailará sola.
En el patio del torreón las brasas del fuego nuevo aún laten. Mi madre está junto a ellas, envuelta en su manto, despierta a la hora en que no está despierta nadie, y al verme cruzar no pregunta dónde, ni con quién, ni hasta cuándo pienso seguir así. Pregunta otra cosa, con la vista en las brasas.
—¿Buena noche?
—Larga.
—Las mejores lo son. —Recoge el manto y pasa a mi lado camino de la puerta, y su mano me deja en el hombro ese peso suyo de advertencia dicha con cariño—. Duerme algo, hijo. Los fuegos nuevos alumbran mucho. Conviene saber qué quiere uno que le vean.
La veo entrar y me quedo un rato con las brasas, rumiando la frase, que con mi madre las frases son como sus remedios. Se toman enteras y hacen efecto a deshora.
Sabe. No todo, no aún. Sabe lo bastante para empezar a temer por mí, que en ella es la antesala de todas las guerras.
Que tema. Esta plaza no se rinde.