CAPÍTULO 7
Sé qué noche es hoy desde que abro el postigo. El viento baja de la aldea oliendo a leña amontonada y a vísperas.
Beltane. Los fuegos de la primavera. La noche en que toda la comarca arrima sus rebaños a las hogueras, baila hasta gastar los zapatos y cree, durante unas horas, que el año que empieza será mejor que el que se va.
La aldea lleva tres días preparándola. Lo sé por el humo, por los carros que han subido del valle, por el martilleo que el viento me trae a rachas, junto con voces de niños que gritan de alegría, para variar.
A mí Beltane me pilla, como cada año, donde me pillan todas las fiestas. A legua y media y a un mundo de distancia.
No siempre fue así. Tengo un recuerdo, uno solo, de antes del incendio, y lo guardo con el dedal y la piedra, en la parte de mí que no se toca.
Mi madre apartando la mesa de un empujón una víspera de los fuegos, en la cabaña vieja, porque a la fiesta del pueblo ya entonces íbamos poco.
Mi madre descalza sobre la tierra apisonada, con las faldas recogidas en un puño, enseñándome los pasos.
Así, decía, talón y vuelta, y no mires al suelo, Aila, que el suelo ya sabe dónde está.
Yo tendría siete años y dos pies izquierdos, y ella se reía con la cabeza echada atrás, y la lumbre nos hacía las sombras enormes en la pared, dos gigantas bailando sin música.
Después vino el fuego de verdad, y a las dos se nos quitaron las ganas de hogueras.
El día lo lleno como se llenan los días señalados cuando una está sola.
Con más trabajo del que toca. Escardo el huerto entero.
Acarreo agua para tres jornadas. Parto leña hasta que me arden los hombros.
Los días corrientes la soledad no se nota, ese es su truco.
Todo el mundo está a lo suyo, cada cual en su tarea, y una más, trabajando como todos.
Son los días de fiesta los que pasan factura.
Los días en que la comarca entera deja la azada para juntarse, y entonces se ve quién tiene con quién juntarse y quién tiene un hacha y un huerto del tamaño de una sepultura.
Por eso los lleno de trabajo. Para que se parezcan a los otros.
A media tarde, cuando ya no quedan tareas que inventar, hago lo que hago cada Beltane desde que vivo sola, mi pequeña ceremonia de nadie.
Amaso una torta de avena con un puñado de pasas que guardaba desde el invierno, la pongo a dorar sobre la piedra del hogar y me digo que esta es mi fiesta, con mi música y mis invitados, que son ninguno.
Mientras dora, saco dos cuencos de agua fresca y los pongo en la mesa, uno frente a otro, que es la otra mitad de la ceremonia.
Uno por mi madre. Otro por mi padre, al que no llegué a conocer y conozco entero, porque mi madre me lo sirvió a cucharadas durante años, en las noches largas.
Un hombre venido del otro lado de todos los mares, con la piel del color de la noche buena y una risa que se oía desde el embarcadero.
Un hombre libre, decía ella, y lo decía como se dicen los títulos.
Navegó medio mundo para morirse de unas fiebres en un puerto frío, el muy necio, y antes de eso le dio tiempo a elegir a una escocesa pelirroja de plata y a hacerme a mí, mitad y mitad, para que ninguna orilla me reconozca como suya.
Alzo un cuenco por cada uno y bebo, y les deseo buenos fuegos donde estén, que esta noche se encienden hogueras hasta en el otro mundo, digo yo.
Hay otra ausencia que no pongo en la mesa y que me ronda mientras la torta dora.
El lobo lleva dos noches sin dejarse ver.
Será el trasiego, me digo. El bosque entero anda revuelto de carros y de gritos, y a un animal con dos dedos de juicio le sobran razones para arrimarse menos.
Me lo he repetido las dos noches, y las dos noches me he sorprendido igual.
Hablándole a la linde vacía, contándole el día a unos árboles que no han hecho méritos, y callándome a media frase con una vergüenza nueva.
No la de hablar sola, que a esa le perdí el respeto hace años.
Otra. La de descubrir que la linde vacía me sabe a poco, y eso, en una mujer que presume de no necesitar a nadie, son palabras mayores.
Este año me equivoco en lo de los invitados.
Llega con el anochecer, cuando la primera hoguera prende a lo lejos y el cielo sobre la aldea se pone naranja por abajo.
Sale de la linde sin ruido, como siempre, y se echa en su sitio de las últimas semanas, que ya está a quince pasos del umbral y cada noche me parece menos lejos.
El alivio que me sube del pecho al verlo me da más noticias de mí que todo el día de trabajo, y decido no escucharlas esta noche, que es fiesta.
Yo lo recibo como se recibe a la única visita del año.
Con la torta recién hecha y las novedades.
—Llegas a tiempo —le informo, sentándome en la piedra del umbral con la torta en el regazo—. Hoy es Beltane, para que lo sepas. Ahí abajo está ardiendo media comarca de pura alegría, y aquí arriba tenemos torta de pasas. Cada cual celebra con lo que tiene.
La música llega a rachas, según le da al viento: un rabel, un tambor, palmas.
Como mi torta a mordiscos pequeños, para que dure, y se la voy describiendo al lobo, que escucha con las orejas francas.
Todo lo que sé de Beltane lo sé de retales, pescados año tras año en el cruce mientras envolvía manojos.
Que los mozos saltan la hoguera grande para presumir y alguno cae cada año, y la aldea habla de ello hasta la siega.
Que el ganado pasa entre los dos fuegos para espantar el mal año, y que las vacas, de esto doy fe por las voces, opinan del rito lo que yo de la aldea.
Que las muchachas llevan cintas en el pelo, cada color con su promesa, y que más de un noviazgo del año se apalabra esta noche entre vuelta y vuelta de la ronda.
Se lo cuento todo como si lo hubiera visto, con mis adornos y mis maldades, que para algo es mi fiesta y en mi fiesta se cuenta lo que se quiere.
—Mi madre bailaba bien —le digo, cuando el tambor aprieta—. Me enseñó los pasos una vez. Talón y vuelta, y no mirar al suelo, que el suelo ya sabe dónde está.
Y no sé si es el tambor, o la torta, o esta noche rara en que toda la comarca celebra menos yo, que me levanto.
Me levanto, me sacudo las migas, planto los pies descalzos en la tierra fría del claro y lo intento.
Talón y vuelta. Los brazos así, creo. La memoria de los siete años manda lo que puede, que es poco y llega tarde, y los pies hacen lo que les da la gana, que es menos.
Cierro los ojos un momento y la veo. Las faldas en el puño, las sombras gigantas en la pared, no mires al suelo, Aila, que el suelo ya sabe dónde está.
Doy la vuelta con los ojos cerrados, que es como mejor se baila con los muertos, y otra, y el tambor de abajo lleva el paso por las dos, y durante un puñado de compases, en mitad de mi claro, a la luz que les sobra a las hogueras de otros, soy una mujer bailando en Beltane, ni más ni menos que toda Escocia.
A la tercera vuelta me trabo con mis propios tobillos y trastabillo, y el lobo se pone en pie de un golpe, tieso, con un movimiento de ir a sostenerme que no llega a nada porque yo recobro el equilibrio sola, como siempre, riéndome ya, con una mano en el costado.
—¿Qué? —le pregunto, sin resuello—. ¿También bailas tú? Pues no te rías, que para no haber bailado nunca no lo hago del todo mal.
Y ahí, dicha en voz alta, la frase se me queda mirando.
Para no haber bailado nunca. Dieciocho años y es la pura verdad: no he bailado nunca.
Ni una ronda de Beltane, ni un corro de cosecha, ni unas bodas.
Vuelvo a sentarme en la piedra, con la respiración aún alta y la risa bajando, y se lo explico al lobo, que para eso es la visita, con la voz de los hechos y no la de las penas.
—A las que son como yo no las escogen, lobo.
Para bailar se necesitan dos. Uno que quiera y otra que esté.
Yo siempre he sido de las que están. —Me encojo de hombros y aparto una pavesa del borde de la torta—.
No te creas que lo lloro. Es como el granizo.
No se llora, se aparta una a cubierto y a esperar que escampe.
Lo que pasa es que esta noche hay tambores, y los tambores preguntan.
El lobo me mira con esos ojos de miel quemada que la última luz enciende, y hace una cosa que no ha hecho jamás.
Se levanta, cruza tres pasos de los quince que nos guarda, y se vuelve a echar.
Más cerca. A doce pasos, echado, con la cabeza vuelta hacia mí y los tambores sonando abajo, como si acabara de decidir que esta noche la distancia se acorta, ya que no puede otra cosa.
Doce pasos. Llevo la cuenta de esa distancia sin proponérmelo, igual que llevo la del aceite y la de la avena, porque la cabeza de una mujer sola lleva el inventario de todo lo que entra y sale de su vida.
Empezó en la linde, hace años. Después la loma.
Después treinta pasos, quince, y esta noche doce, y la aritmética dice que esto avanza hacia alguna parte, paso a paso, con una paciencia que no es de bestia.
Lo que la aritmética no dice es hacia dónde, ni qué haré yo el día que la cuenta llegue a cero.
Lo que sí me digo, viéndolo cruzar esos tres pasos, es lo que procuro no decirme.
Que no se mueve como una bestia. Hay en él una fuerza ordenada, un poder que va contenido como va el agua en una presa, y los hombros le ruedan al andar con una seguridad que no le he visto a ningún hombre de la aldea, esa manera de ocupar el mundo de quien jamás ha tenido que apartarse de nadie.
Si fuera un hombre, pienso, y la tontería me llega entera antes de que pueda atajarla, si fuera un hombre sería de los que entran en un sitio y lo llenan.
Sacudo la cabeza y le echo la culpa a Beltane, que es noche vieja y rara y se sabe los atajos de la sangre.
No sé qué entiende este animal y qué no. He dejado de medirlo. Sé que la piedra del umbral está caliente, que la torta tenía las pasas justas y que en toda la comarca, esta noche de fuegos, debe de haber gente que celebra peor acompañada que yo.
—¿Y tú? —se me ocurre entonces, mirándolo por encima del último trozo de torta—.
¿Tú tienes a alguien, lobo? ¿Una loba en alguna parte, una camada, una familia que te espere?
—El lobo me sostiene la mirada con una fijeza que en otro me haría bajar la vista, y yo sigo, porque Beltane afloja las lenguas hasta a las que beben agua—.
Porque o mucho me equivoco o te pasas las noches en mi claro, y eso, en un mozo de la aldea, ya habría dado que hablar.
Si en tu mundo funciona como en el mío, alguna estará esperándote.
Y si no la hay... —me encojo de hombros y echo la última miga al aire, para los pájaros del alba— peor para ellas, que eres el único en toda la comarca que sabe escuchar.
—Feliz Beltane, lobo —le digo, cuando las hogueras de abajo ya son brasa y el rabel se ha rendido—. Mi fiesta ha tenido un invitado. Va siendo costumbre.
Esa noche sueño con mi madre bailando en la pared, enorme y descalza, y por una vez el sueño no duele al despertar.