CAPÍTULO 6
Cinco noches me tuvo en vela su insomnio.
La olí despierta desde la primera, detrás del postigo entornado, con el fuego muerto y la respiración en guardia.
El sueño y la vigilia huelen distinto, y lo suyo era vigilia pura, paciencia de cazadora envuelta en una manta.
Mi muchacha de las hierbas montando una emboscada a su propio umbral.
Me quedé en la loma las tres noches enteras, con la liebre del día cobrada y escondida, riéndome por dentro y sufriendo por fuera, o al revés, que con ella nunca distingo bien el orden.
Porque habría sido tan fácil. Bajar al claro a la luz de esa luna a medias, dejar que me viera entero, acabar con cinco años de adivinanza en veinte pasos.
El lobo empujaba con esa idea cada noche.
El hombre sujetaba. Lo que se descubre no se elige, y lo que ella decida saber de mí quiero que lo decida ella, a su hora, no que se lo imponga mi impaciencia una madrugada cualquiera.
Así que las cinco noches las pasé como las pasa un centinela al que cambian la consigna.
La liebre del día cobrada y sin entregar, criando frío bajo un tojo, y yo en la loma viendo velar a la mujer que velo.
Hay algo de comedia en eso que no se me escapa ni a mí.
A la quinta liebre la heredaron los zorros del barranco, que este año me deben la camada entera, y al hambre de ella le fui llevando el rastro con un nudo.
Sé lo que tiene en la despensa porque se lo puse yo, y sé cuánto le dura, y cada día de pulso era un día que comía de lo guardado.
Ese cálculo fue el que estuvo a punto de vencerme, no la impaciencia.
Aguanté porque ella aguantaba, y rendirme antes que ella habría sido faltarle.
Al quinto día salió al claro en camisa, despeinada de derrota, y le habló al bosque.
—Está bien. Tú ganas. No miraré más. Palabra. Pero que sepas que esto no es trato justo. Tú me conoces los pasos y yo de ti no tengo ni el rastro.
Un hombre prudente habría dejado pasar unos días, borrado el dibujo, vuelto a la rutina sin acuse de recibo.
Lo sé porque me lo estuve repitiendo el camino entero hasta el río, mientras pescaba las dos truchas más hermosas del remanso, y me lo seguía repitiendo cuando las crucé sobre su umbral con el primor de un orfebre.
Que no es prudente contestar. Que contestar es confesar que escucho.
Que cada respuesta acorta una distancia que me ha costado cinco años de pulso sostener.
La oí reírse al alba desde la loma, una risa entera, de las que no se le conocen, y supe que volvería a hacerlo mil veces. La prudencia es virtud de quien tiene algo más que perder.
Lo del claro de las hierbas vino solo, como vienen las crecidas.
Desde la noche de la lluvia hay un muro que se me ha vuelto más bajo.
Antes, la distancia era ley. La linde de los árboles, la loma, el roble.
Ahora el lobo se sienta a treinta pasos y a pleno sol, y ella corta milenrama y me cuenta su mañana como quien se la cuenta a alguien, y yo escucho lo de las heridas y lo de los malos sueños y lo del verderón, y guardo.
Me llama por mi culpa. Me pide buena crianza.
Me trata, en fin, de tú, y no hay título en toda Escocia que pienso cambiar por ese trato.
La luz del día lo cambia todo y tardé en entender cuánto.
De noche yo era una sombra que la guardaba; las sombras no comprometen a nadie, ni siquiera a quien las proyecta.
Al sol soy un cuerpo. Me ve el tamaño, me ve las hechuras, me sostiene los ojos sin saber a quién se los sostiene, y cada mañana que vuelvo y ella no se espanta es una piedra más en un puente que estamos levantando los dos desde orillas distintas, ella creyendo que tiende la mano a un animal raro y yo sabiendo lo que sé.
Algún día ese puente habrá que cruzarlo, y habrá que ver qué aguanta.
De momento lo construyo. Es lo que tengo.
Lo de la roca del río no lo construyó nadie. Pasó, como pasan los desprendimientos.
Fue la tarde del día de las truchas. Bajó a lavar con la última luz y yo la seguí por la otra orilla, a lo mío, que es estar donde ella esté.
Empezó a hablarle al agua como le habla a la olla y al claro, de nada, y de pronto la voz le cambió de sitio, y un lobo conoce ese cambio.
Es el del animal que deja de vigilar la herida y la enseña.
Dijo que se le está olvidando la voz de su madre.
Que la cara la guarda entera y la voz se le escapa, y que no queda en el mundo nadie más que la haya oído cantar.
Y después dijo lo otro, lo que no le ha confesado jamás ni a su lumbre.
Que hay días en que se enfada con la muerta.
Que su madre la sacó a ella primero y volvió a entrar a por los demás, a por los mismos que luego le colgaron la palabra, y que esa elección la pagó la hija, y que lleva cinco años perdonándola cada mañana y des perdonándola cada noche, y que está cansada.
Y lloró. Cinco años llevo en su linde y jamás la había visto llorar.
Ni con las piedras del cruce, ni con las fiebres de enero, ni la noche que el granizo le tumbó media cosecha.
Llora como hace todo lo demás, sin pedir permiso y sin hacer ruido, y yo estaba en la otra orilla, con el ancho del cauce entre los dos, que es lo más cerca que me he permitido estar jamás, y habría dado las dos formas por tener una sola mano que ofrecerle.
El lobo quería cruzar el agua. El hombre quería cruzarla más.
Me quedé. Bajé la cabeza a las patas y me quedé, porque a quien se rompe no se le echa encima un misterio.
Se le hace compañía, y la compañía era lo único mío que podía recibir sin romperse más.
Cuando me descubrió, no se cubrió. Me miró con la cara lavada de llanto, me advirtió con la barbilla otra vez en su sitio que de aquello ni una palabra a nadie, y a mí se me escapó la cola, y ella se rió llorando, y se volvió a su casa con el corazón en otro sitio.
Decirlo no lo dijo: lo olí. Desde esa tarde llevo su secreto donde llevo los míos, que ya van siendo familia, y una certeza nueva en la médula.
Me ha llorado delante. A nadie en dieciocho años. A mí, sí. Hay coronas que pesan menos.
Cinco días vivo así, en la frontera nueva, y los lleno de faena, que el lobo, cuando no sabe qué hacer con lo que le pasa por dentro, trabaja.
Despejo de víboras la solana antes de que llegue con su cesto, arrastro lejos del paso de las zarzas un avispero que tumbó el viento, dejo rastro fresco en los cuatro vientos del claro para que el bosque entero recuerde de quién es esta linde.
Hasta que la frontera me la pisa mi propia sangre.
Debí olerlo antes. Esa es la verdad y me la trago entera.
Tan lleno iba de ella que mi hermano me siguió media mañana a favor del viento, con más maña de la que nunca le he concedido, y no lo sentí hasta tenerlo a cien pasos del claro de las hierbas.
Un ciervo joven, de asta tierna, avanzando de mata en mata con un sigilo razonable para cualquier ciervo que no fuera Oisín.
Me volví en redondo. El ciervo se quedó tieso, con esa cara de inocencia que mi hermano borda en las dos formas, y en el apuro de fingir que pastaba pisó una rama seca del grosor de mi brazo.
El chasquido cruzó el claro como un disparo. Aila se incorporó entre las matas, navaja en mano, y nos encontró a los dos en la linde. Un lobo y un ciervo, hombro con hombro, quietos como dos pasmarotes, mirándola.
El silencio que se hizo aún me dura.
—¿Ahora venís en pareja? —preguntó al fin, con la navaja bajando despacio y una ceja subiendo al mismo paso—.
¿El lobo y el ciervo, juntos, de paseo? —Nos miró a uno y a otro, esperando de veras una contestación, y sentenció—.
O este bosque está embrujado o el embrujo soy yo, y a estas alturas me da lo mismo, que peor compañía hay en la aldea.
Oisín salió disparado monte arriba con un brinco de cómico, que hasta huyendo necesita público, y yo me quedé el rato justo de siempre antes de retirarme con la dignidad que mi hermano acababa de dejarnos.
Lo esperé en el barranco del fresno, ya los dos con nuestras caras de hombre, y no tuve que abrir la boca.
—Cinco años —comenzó, abrochándose la camisa, con los ojos brillándole de fiesta—.
Bríde no me ha dicho nada, no la mires así, lo he sacado yo solo.
Las madrugadas, el barro, tu cara de santo en las cenas.
Tres semanas llevo detrás de esto, para que lo sepas, y he ido por orden.
Primero pensé que contrabandeabas whisky con los de la costa, y me ofendió que no me invitaras.
Después, que tenías una viuda en la villa, y empecé a ensayarme el brindis de tu boda.
La semana pasada iba ya por que te habías vuelto penitente de esos que les rezan a los robles, y anteayer, te lo juro por madre, pasé media tarde convencido de que criabas un oso huérfano.
Un oso, hermano. Le tenía hasta nombre puesto.
Y resulta que no: resulta que es muchísimo mejor.
Cinco años, hermano. Los asedios de los reyes duran menos.
Las pestes duran menos. He visto catedrales empezarse y acabarse en menos.
—Habla más bajo.
—¿Para quién? ¿Para las ardillas? —Se dejó caer sobre una piedra, abarcando el barranco con el brazo—. Cinco años trayéndole liebres como un gato fino y la muchacha sin saber tu nombre. Dime al menos que tienes un plan. Una balada. Un pañuelo bordado. Algo.
—Tengo paciencia.
—Paciencia. —Saboreó la palabra como un trago agrio—. Nuestro padre asedió a madre con paciencia, dice él, y madre dice que con paciencia y con un jabalí que mató medio muerto de miedo para impresionarla. Yo podría espantarte caza hacia su claro. Un ciervo sabe dónde pisan los jabalíes.
—No.
—Podría dejarme ver por ella, mansito, y ablandarla con estos ojos.
—No.
—Podría...
—Oisín. —Esperé a que me mirara de verdad—. Casi te metes hoy en mitad de mi secreto con las astas por delante. Lo que ella sepa y cuándo lo sepa no lo decides tú, ni Bríde, ni yo siquiera. Se lo iré dando como lo pueda recibir. Júramelo.
Se le fue la fiesta de la cara, que es lo que tiene mi hermano. El fondo le llega tarde y le llega entero. Me sostuvo la mirada, alzó la palma y lo juró por la sangre, sin floritura ninguna, y acto seguido, porque Oisín no aguanta solemne ni un avemaría, añadió.
—Conste que el ciervo le ha gustado. Ha dicho que peor compañía hay en la aldea. Eso, tratándose de ella, es media corona.
En eso, maldita sea su estampa, no le falta razón.
La cena de esa noche es un ejercicio de equilibrios.
Oisín, que jurar juró y cumplir cumple, lleva el secreto como lleva todo lo que le pesa.
A punto de caérsele cada tres frases. Cuenta una historia larguísima de un ciervo que vio en el monte, magnífico, dice, de una elegancia rara, y Bríde, sin levantar la vista del cuenco, comenta que los ciervos elegantes no pisan ramas del grosor de un brazo, y a mi hermano se le atraganta la cerveza y a mí el caldo, y nuestros padres nos miran a los tres con esa paciencia de quien crio cachorros y sabe que hay camadas que no se enderezan.
Bajo la mesa, en el lenguaje sin palabras de los hermanos, queda firmado el pacto.
Ellos dos saben, ellos dos callan, y yo les debo una que me cobrarán toda la vida.
Mi madre nos observa desde su cabecera con los ojos entornados, y no pregunta. Mi madre nunca pregunta antes de tiempo. Esa es justo la parte que me quita el sueño.
Después de la cena, mi madre me sirve un último cucharón que no he pedido y se queda de pie a mi lado un momento de más.
—Hueles a romero —comenta, al aire, como quien comenta la luna.
—He cruzado el claro de la solana.
—Ya. —Recoge el cucharón, da media vuelta, y desde el fuego, sin mirarme, remata—. El romero de solana no agarra en estas lomas. Lo sembraba una curandera que vivió hacia Strathos, hace años. Buena mano tenía.
No dice más. No hace falta. Mi madre teje sus certezas como teje todo. Sin prisa, sin soltar puntada, y cuando el dibujo esté entero me lo pondrá delante acabado, y ese día más me vale tener las respuestas mejor cosidas que hoy.
Vuelvo al claro con la luna alta, a la guardia de siempre, que ya no es la de siempre.
Porque algo cambió esta semana y lo noto como se nota el deshielo: por el ruido del fondo. Ella ya no le habla al bosque por hablar. Me habla a mí. Me guarda las quejas del día, me pide crianza, me riñe las noches en vela. Ha decidido, a su manera y sin saber ni la mitad, que soy alguien.
Y yo cuento lo que tengo, que es mi manera de rezar, aunque eso ella no lo sabe y yo no debería saberlo de ella.
Tengo una risa al alba que no se le conocía.
Tengo un bueno s días tengas dicho sin mirar atrás.
Tengo el sueño cambiado por tu culpa, que en su boca sonó a reproche y en mi pecho lleva tres días sonando a otra cosa.
Tengo un hermano jurado, una hermana centinela y una madre tejiendo.
Hace un mes tenía una rendija de luz y una guardia.
Las riquezas, está visto, también le crecen al que espera.
Cinco años empujando esta puerta con el hombro, despacio, para que no chirríe.
Empieza a ceder.