CAPÍTULO 5
La primavera se decide al fin, y con ella, yo.
Llevo días echando números, y los números de mi vida tienen un agujero por el que cabe un carro.
La gotera que se arregló sola. La leña del muro norte, que mengua y se repone como las mareas.
El sendero del arroyo, que un día amaneció con el zarzal vencido hacia atrás, limpio el paso justo por donde yo cargo los cubos.
Las liebres, los faisanes, la manzana de hace dos inviernos.
Cinco años de milagros pequeños, y yo aceptándolos como acepta el huerto la lluvia. Agradecida y sin preguntar de qué nube.
Se acabó el no preguntar.
El plan es sencillo, que los planes de la gente sola siempre lo son: esta noche no dormiré.
Me sentaré junto a la ventana con el postigo entornado, el fuego muerto para que no me delate el resplandor, la manta sobre los hombros y los ojos en el umbral.
Lo que viene a mi puerta tendrá que pasar por delante de mí.
La primera noche aprendo que la oscuridad tiene más horas que el día.
El claro se queda quieto bajo una luna a medio hacer, los pinos mecen su rumor de siempre, una lechuza caza algo que muere con un grito corto.
Yo aguanto el frío con la manta a los hombros y los ojos en la piedra del umbral, y para no dormirme repaso, una a una, todas las explicaciones que me he ido dando estos años, que ordenadas en fila parecen el rosario de una desesperada.
El cazador piadoso, que duró lo que duraron las marcas de colmillos.
El viejo ermitaño que conoció a mi madre, que duró menos.
Los ermitaños no derriban faisanes a mordiscos.
Hubo una época, y esta no se la he confesado nunca ni al fuego, en que me dejé creer que era ella.
Su ánima, su sombra, lo que quede de una madre cuando la madre falta.
Volviendo de donde fuera para que su hija no pasara hambre.
Me duró un invierno entero, aquel consuelo.
Lo mató una liebre con el cuello partido por dientes del tamaño de mi pulgar, porque los muertos, si vuelven, no vuelven con esa boca.
Lloré más por perder la explicación que por miedo a la verdadera, y eso ya dice de mí todo lo que hay que decir.
Del umbral, en toda la noche, nada. Al alba me duele el cuello, me arden los ojos y la piedra de la entrada está tan vacía como mi paciencia.
La segunda noche es igual de larga y acaba igual de vacía.
La tercera me quedo dormida contra el marco a la hora más traidora, esa en que la noche se afloja antes de romper, y despierto con el primer mirlo, furiosa conmigo, segura de habérmelo perdido. Salgo descalza a la piedra del umbral.
Nada. Otra vez nada. Y entonces caigo en la cuenta de lo que de verdad está pasando, y el frío que me sube no es del relente.
Cinco noches vigilando y cinco días sin un solo regalo. Ni liebre, ni leña, ni rastro. Justo los cinco días en que yo miraba.
Sabe que vigilo.
Me siento en la piedra del umbral con esa certeza encima, y es una certeza con dos caras que no se dejan separar.
La que eriza, porque algo me ve hasta cuando yo no lo veo, hasta detrás de un postigo a oscuras; y la otra, la que no confesaría ni bajo tortura, que se parece a saberse acompañada de una manera en que no me he sabido desde que murió mi madre.
Aguanto el pulso un día más, por orgullo. Al quinto amanezco derrotada y salgo al claro en camisa y capa, con el pelo suelto y el sueño cambiado, y le hablo al bosque como una loca de feria, que a estas alturas ya no me molesto en sentirme necia.
—Está bien. Tú ganas. —El claro me devuelve mi propia voz, fina contra los pinos—. No miraré más. Palabra. Pero que sepas que esto no es trato justo. Tú me conoces los pasos y yo de ti no tengo ni el rastro.
Esa noche duermo de un tirón, vencida y sin culpa, como duermen los que pierden bien.
Y al alba hay dos truchas en el umbral.
Dos truchas gordas, brillantes, con el lomo aún húmedo de río, cruzadas la una sobre la otra en mitad de la piedra con ese esmero suyo que no es de animal y esas marcas que no son de hombre.
Me quedo mirándolas y me echo a reír. Sola, en camisa, en mitad de mi claro, con una risa que me sube de un sitio que tenía olvidado, porque esto ya no es un misterio: esto es una contestación.
Hablé y me ha respondido. Dije tú ganas y me ha mandado el botín del vencedor.
La risa se me corta sola en cuanto la cabeza alcanza a la boca.
Porque las cosas que entienden lo que una dice tienen nombre, y ninguno de esos nombres tiene cuatro patas.
Y porque la otra explicación, la de que un lobo del bosque de Strathos entiende el habla de la gente, es de las que mi madre habría escuchado entera, asintiendo despacio, sin reírse de nadie.
Ella creía que el mundo era más ancho de lo que la aldea predica. Yo voy camino de creerlo a la fuerza.
Llevo las truchas adentro y dejo el acertijo para las manos, que es donde mejor se piensa.
A la primera la hago los honores a mediodía, asada sobre las brasas con una pizca de la sal que guardo para las fiestas que nunca llegan, y me la como despacio, espina a espina, sentada en la piedra del umbral con el sol en la cara, que los manjares regalados saben a más si se comen donde los dejaron.
La segunda la ahúmo para que dure, aunque mientras la cuelgo me sorprendo pensando una cosa nueva, una que no me había pensado en cinco años de recibir: que me gustaría corresponder.
Darle algo. Lo que sea. Y acto seguido me río de mí, porque vamos a ver, Aila, ¿qué le regala una muerta de hambre al señor del bosque?
¿Un manojo de consuelda? ¿Un remiendo? La idea, con todo, se me queda dentro, como se quedan las semillas. A su hora sabré qué hacer con ella.
La mañana me lleva al claro de las hierbas, que ya despierta.
Es mi sitio del bosque, si el bosque reparte sitios.
Una media luna de solana entre dos lomas donde mi madre me enseñó a no arrancar nunca la mata entera, y donde la ortiga buena, la milenrama y la primera menta van saliendo cada cual a su hora, como vecinas bien avenidas.
Tengo el bosque repartido en sitios así, a falta de gentes.
La roca del río, plana y ancha, donde el agua se amansa y una puede lavar y pensar sin que la corriente le lleve ninguna de las dos cosas; el paso de las zarzas; el avellano del cruce.
Mi madre les ponía nombre a los lugares como otras se los ponen a los hijos.
Decía que lo que tiene nombre te conoce cuando vuelves.
Será por eso que el claro de las hierbas me recibe siempre como me recibe: con la solana puesta.
Trabajo de rodillas, con la navaja y el cesto, y el sol calienta lo justo para que el trabajo sea casi un regalo.
Lo veo cuando me incorporo a estirar los riñones.
Está al otro lado del claro, a pleno día, sentado sobre los cuartos traseros como un perro enorme y gris al que nadie hubiera explicado lo que es.
Nunca, en todos estos años, se había dejado ver así: con sol alto, a campo abierto, a menos de treinta pasos.
El corazón me da un tropezón y luego, traidor, se acomoda.
—Buenos días tengas —lo saludo, volviendo a mis matas, porque he descubierto que con él las ceremonias sobran—.
Las truchas estaban de laird. Y ya que entiendes lo que digo, que lo sé desde esta mañana y todavía me dura el pasmo, te diré otra cosa.
Tengo el sueño cambiado por tu culpa. Tres noches de guardia me has costado, y tú mientras tanto riéndote de mí desde donde sea que te ríes.
El lobo ladea la cabeza. Lo juro por las manos de mi madre. La ladea como la ladean los que escuchan de verdad, y a mí se me escapa por la nariz una risa corta que espanta a un verderón.
Es la primera vez que lo tengo así, a la luz franca y el rato largo, y lo estudio como estudiaría una planta nueva: con respeto y con codicia.
Es más grande de lo que la noche dejaba ver, más grande de lo que un lobo tiene derecho a ser, con el pelaje gris en dos tonos, oscuro el lomo y claro el pecho, y unas patas que explican las huellas que llevo años midiendo con la mano abierta.
Lo que no explica nadie son los ojos. Ámbar a esta luz, casi miel quemada, y fijos en mí de una manera que en cualquier bestia helaría la sangre y que en él, ya, me la templa.
No hay hambre en esa mirada. Hay atención.
Que me aspen si sé qué hace la atención en los ojos de un lobo, igual que no sé qué hacen dos truchas cruzadas en mi umbral, así que sumo el misterio al montón y sigo a lo mío, que el cesto no se llena solo.
Trabajo el resto de la mañana con él allí plantado.
No se acerca; tampoco se va. Monta su guardia de sol como monta las de lluvia, y yo corto milenrama y le voy contando lo que se le cuenta a quien está.
Que esta mata es para las heridas y esta otra para los malos sueños, que Maired querrá menta en cuanto asome, que el verderón ese tiene menos aguante que la mujer del panadero.
Cosas de nada. Cosas que, dichas en voz alta delante de alguien, dejan de ser de nada.
Cuando el cesto pesa y el sol cae, me lo echo a la cadera y me despido como se despide una de un vecino raro.
—Hasta mañana, lobo. Y deja de saberte mis noches, que no es de buena crianza.
De vuelta, con el sendero ya en sombra, me sorprendo repasando la jornada y la encuentro distinta a todas las jornadas que recuerdo, y tardo media legua en dar con la diferencia. Hoy no he estado sola. Eso es todo y eso es tanto.
Mi madre tenía razón, como casi siempre. El mundo es más ancho de lo que la aldea predica. En el mío, a estas alturas, hay un lobo que entiende el habla, deja truchas de desagravio y se sienta al sol a oírme hablar de ortigas.
Que venga la aldea a explicarme cuál de los dos mundos es el embrujado.
El día tendría que haberse acabado ahí.
No se acaba. Dejo el cesto, cojo los paños del trabajo y bajo a la roca del río mientras quede luz, porque el agua viene limpia y me puede la costumbre.
Lavo, tiendo sobre la piedra todavía tibia y me quedo después sentada, con los pies recogidos, viendo morir la tarde.
Es el sitio donde mejor se piensa de todo mi bosque.
Por eso es también el sitio donde peor se piensa.
No sé por qué empieza. Quizá porque el día ha sido bueno, y los días buenos abren la puerta que los malos atrancan. Empiezo a hablar como hablo siempre, de nada, y de pronto ya no es de nada.
—Se me está olvidando su voz —le digo al agua, y es la primera vez que lo digo fuera de mi propia cabeza—.
La cara no. La cara la guardo entera. El gesto de soplarse el pelo cuando machacaba, la arruga de cuando olía la tierra.
Pero la voz se me va, y cuanto más la persigo, más se esconde.
Ya no sé si lo que oigo cuando la recuerdo es ella o soy yo imitándola.
Y no puedo preguntárselo a nadie, porque no queda en el mundo nadie más que la haya oído cantar.
El agua sigue a lo suyo. Yo también, porque ya no sé pararme.
—Y hay otra cosa. —Esta la digo bajito, que hay cosas que ni a un río se le dicen en voz alta—.
Hay días en que me enfado con ella. Con ella.
Me sacó a mí primero, y la habría querido igual con eso solo, me habría llegado para toda la vida...
pero volvió a entrar. Yo ya estaba fuera, ya estaba a salvo, y ella volvió a entrar a por los demás.
Por los mismos que después le colgaron la palabra.
Y aquella noche no la mató. La fue matando despacio, a plazos, con las manos primero y con todo lo demás después, y yo se la vi pagar entera, esa deuda.
—Trago. La verdad raspa al salir, como todo lo que pasa mucho tiempo guardado—.
Eligió a la aldea. Una vez, una sola en toda su vida, y me tocó a mí cobrarla.
La perdono cada mañana y cada noche se me olvida que la he perdonado, y llevo cinco años haciendo las dos cosas, madre, y estoy muy cansada.
Lloro. No me doy ni cuenta de cuándo empieza. Lloro como no me dejo llorar en la cabaña, porque la cabaña es pequeña y el llanto, si entra, no encuentra por dónde salirse. Aquí lo recoge el río, que para algo se lleva las cosas.
No sé cuánto dura. Sé que en algún momento levanto la cabeza para respirar, y lo veo.
Está en la otra orilla, quieto entre los juncos, tan cerca de mí como nunca se ha dejado estar. No sé cuánto lleva ahí. Sé, por cómo me mira, que lleva lo bastante.
Lo ha oído todo.
Lo primero que siento es el ridículo, esa vergüenza vieja de que te pillen el alma en camisa.
Lo segundo no tiene nombre todavía. Porque el lobo no se va, ni aparta los ojos, ni hace ninguna de las cosas que haría cualquier criatura delante de una mujer rota encima de una piedra.
Baja la cabeza, despacio, hasta apoyar el hocico en sus propias patas, y se queda.
Se queda conmigo y con lo que he dicho, como si las dos cosas pesaran lo mismo y pensara cargar con ambas.
—De esto —le advierto, con la voz hecha trizas y la barbilla de mi madre puesta— ni una palabra a nadie.
Y el muy condenado mueve la cola. Una vez. Corta.
Me río. Me río llorando, que es la manera más completa que conozco de hacer las dos cosas, y me lavo la cara con agua del río, y vuelvo a casa con los paños húmedos y el corazón en un sitio nuevo.
Esa noche, al guardar la cena de mañana bajo la tabla, la mano se me queda un momento sobre el canto liso del río. Cinco años llevo diciéndome que no se le puede contar nada a nadie. Hoy le he contado a alguien lo que no le he contado ni al fuego.
Y ese alguien tiene colmillos, me guarda las noches y entiende cada palabra que digo.
Mi madre habría sabido qué nombre ponerle a esto. Yo, de momento, solo sé una cosa, y la sé como se saben las cosas del cuerpo: que ya no puedo perderlo.