CAPÍTULO 4
Los días de aldea son los que peor llevo.
No por la caminata, que la haría con los ojos cerrados, ni por las horas tumbado entre los helechos de la vaguada con el hocico al viento. Es por lo otro. Por lo que la aldea le hace sin tocarla, y por todo lo que yo no puedo hacer mientras se lo hacen.
La sigo desde lo alto, fuera de los caminos, a favor del viento.
Ella baja con su paso de los días de cruce.
Medido, entero, la capucha echada un dedo más de lo que el frío pide.
He aprendido a leerle la jornada en los hombros igual que mi padre lee la nieve en las nubes, y los hombros, esta mañana, bajan a la aldea como se baja a un vado helado.
Sabiendo lo que cuesta y yendo de todos modos.
Desde el alto del cruce no llega todo, llega bastante.
El oído del lobo pesca las monedas cayendo en la piedra, lejos de su mano abierta, y la voz de la mujer del panadero diciendo para mi suegra, que lo dice cada vez, como si el remedio necesitara coartada.
Pesca el tirón de la madre al crío y la palabra que le susurra, esa palabra que en cinco años he oído más veces que su verdadero nombre.
La aldea entera conoce el remedio y reniega de la mano.
Compra la consuelda y escupe a la curandera.
Hay días en que me pregunto qué clase de ley me obliga a esconderle el lobo a esta gente y a enseñarles el hombre.
Luego llega la vieja y se me pasa.
La vieja Maired es la única de toda la aldea que se sienta en su piedra y le coge la mano sin mirar antes a los lados.
No oigo todo lo que le dice; veo lo que importa.
Los hombros de Aila bajando un dedo, la barbilla aflojando su guardia, el huevo pasando de una mano vieja a una joven con un gruñido para disimular el cariño.
Le tengo contadas a esa anciana todas las visitas de tres años.
Le deseo inviernos suaves hasta el último de sus días, y si alguna vez los lobos pudiéramos pagar deudas, la suya sería la primera.
La piedra llega cuando ya recogía el paño.
La veo salir de detrás de la tapia, floja y de lejos, tirada por una mano que aprendió la maldad antes que la puntería, y el mundo se me estrecha a ese arco en el aire.
El lobo se levanta de los helechos sin que yo se lo mande.
El lobo quiere bajar. Quiere plantarse en mitad del cruce, enseñar a esa aldea entera lo que de verdad vive en su bosque y medirles el miedo de cerca, a ver quién tira la siguiente.
El hombre lo agarra por dentro y le recuerda el precio.
Un lobo en el cruce es una historia. Una historia son hombres con perros y hierro batiendo el monte.
Y hombres batiendo el monte es su claro descubierto, su paz rota, su nombre otra vez en las bocas.
La del pelo de plata, la que atrae a las bestias.
Todo lo que toco delante de ojos ajenos se vuelve contra ella.
Lo aprendí pronto y me lo repito siempre, y aun así, cada vez, hay un latido entero en que el lobo y yo no estamos de acuerdo.
La piedra rueda hasta sus pies y muere allí.
Ella ni se agacha ni se aparta. La mira cómo se mira a un perro pequeño que ladra mucho, y echa a andar con la espalda recta, el paso entero, la barbilla alta hasta el recodo de los avellanos y diez pasos más.
Esos diez pasos los conozco. Son suyos. Son la diferencia entre resistir y rendirse contada en pasos, y nadie en ese cruce tiene ojos para verla.
Yo sí. Para eso estoy.
La primera vez que vi caer una de esas piedras fue el segundo invierno, y aquella noche entendí para qué me había puesto el destino dos formas.
Una para quererla y otra para no poder defenderla.
Me juré entonces lo único que estaba en mi mano jurar.
Que dentro de su bosque no la alcanzaría nunca nada, ni piedra, ni colmillo, ni hambre.
La aldea queda fuera de mi juramento. Es la espina que me llevo a casa cada día de cruce, clavada donde no se ve.
Por eso, mientras ella vende, yo trabajo.
Recorro por lo alto el camino de su vuelta, como cada día de cruce, y a la altura del paso de las zarzas el viento me trae lo que no quiero: cuerda nueva y manos ajenas.
Un lazo de furtivo, armado a la vera misma de su senda, a la altura justa de un tobillo.
Lo arranco de cuajo con los dientes, lo dejo hecho una maraña inservible entre los helechos y me cobro el gusto de marcar encima del rastro del que lo puso, para que sepa, en el idioma que entienda su perro, que este camino tiene dueño.
En el sendero hundido se le suelta al fin el aliento, y entonces hace lo que hace a veces y que nunca deja de pararme el pulso: le habla al monte.
—Pues vaya escolta. Para una piedra que tiran, llegas tarde.
Me quedo clavado entre los helechos, con el corazón al galope.
Sabe. No sabe y sabe. No me ha visto ni una vez en estos caminos, me apostaría las dos formas, y sin embargo algo en ella ha contado mis pasos todos estos años y les ha puesto el nombre de escolta.
Debería preocuparme. Lo que hace es otra cosa.
Me sube por el pecho un orgullo absurdo, de centinela al que por fin pasan revista.
La lluvia entra con la noche, y con la lluvia, mi hora.
El aguacero me encuentra en el borde del claro y me quedo donde estoy.
El agua al lobo no le hace nada. Resbala por la capa de fuera y no llega a la de dentro, y lo que es el frío, lo gasté entero hace años en otros menesteres.
De la casa salen la luz y su voz, que esta noche va donde va siempre que la aldea la muerde: a su madre.
—Cantaba mientras machacaba —cuenta, y yo afino las orejas hasta que la lluvia se aparta—. Decía que el remedio sale mejor si las manos llevan música.
Guardo la frase con las otras. Tengo cinco años de frases sueltas y con ellas he levantado, piedra a piedra, a una mujer que murió sin que yo la conociera.
Una curandera que cantaba bajito, que olía la tierra como se huele el pan, que entró dos veces en una casa ardiendo.
Sé de la madre lo que la hija le cuenta a la lluvia.
Hay noches en que me parece poco. Hay noches, como esta, en que me parece un tesoro de rey.
El postigo se abre.
—¿Tú no tienes una cueva? ¿Una osera, un tronco hueco, algo?
Me habla a mí. Con la cabeza fuera, la lluvia salpicándole el brazo y esa voz suya de los días malos, que es la voz de siempre con una grieta fina.
Me habla a mí y se queda, y me cuenta la piedra y el huevo y la consuelda de umbría, y yo escucho como he aprendido a escuchar aquí.
Como escuchan los árboles, sin prisa y sin réplica, que es la manera más entera de escuchar y la que más caro me cuesta.
Porque hay respuestas que se me amontonan en la garganta equivocada.
Porque tengo una voz de hombre a cuatro pasos de su ventana y no puedo prestársela.
—Le habrías gustado —dice de su madre—. Te habría sacado un cuenco de algo caliente y te habría puesto nombre.
Ya tengo nombre. Lo sabrás cuando pueda dártelo.
En algún momento de la lluvia, ella sonríe. No a la noche, no al recuerdo: a mí. Me sonríe a mí, sin saber lo que hace cuando lo hace, y luego suelta, con ese filo seco que se le pone cuando algo le importa y no quiere que se note.
—Si vas a quedarte ahí empapándote, al menos finge que te interesa.
Y por primera vez en mucho tiempo me descubro sonriendo.
La sonrisa me llega en la forma equivocada, que de cara de lobo no entiende, así que se escapa por donde puede.
La cola se me va, una vez, corta, antes de que alcance a impedirlo.
Ella lo ve. Sé que lo ve porque se queda muy quieta, con esa quietud suya de cuando descubre algo, y cierra el postigo más despacio de lo que lo ha abierto.
A través de la madera, bajito, me llega el final.
—Buenas noches, lobo.
Me quedo hasta que su respiración se vuelve la de quien duerme hondo, y un rato más, porque la lluvia sigue y las guardias no se levantan a medias.
Tomo el camino del torreón con el cielo ya escampando y el ánimo en un punto que no me conocía, y por eso no la veo hasta que la tengo encima.
Una sombra rápida cruzando el alba, un círculo ancho, otro más bajo.
El halcón se posa en la rama del fresno, a la altura de mis ojos, y me mira.
Y yo miro al halcón.
No hay forma animal que esconda a un hermano de otro.
Sé que es Bríde como sabe ella que soy yo.
Por algo anterior a las plumas y al pelaje, por la sangre llamando a la sangre.
El lobo y el halcón se sostienen la mirada un momento largo, bajo la última lluvia, junto al claro que guardo, y no hace falta más.
Bríde lo abarca todo en ese momento. El claro, la cabaña, el humo flaco, mi lomo empapado de montar una guardia que nadie me ha pedido.
Lo comprende con la velocidad con que lo comprende todo, que es la mayor virtud de mi hermana y esta mañana su filo más temible.
Despega sin un graznido y se va hacia el torreón.
La encuentro al mediodía en la galería, con el halcón viejo de mi padre en el guante, dándole de comer como si el alba no hubiera existido. Espero. Con Bríde siempre se espera.
—La hija de la curandera —comienza al fin, sin volverse—. La del pelo de plata.
—Sí.
—¿Cuánto hace?
—Cinco años.
El halcón toma la carne de sus dedos con delicadeza de cortesano. Mi hermana asiente despacio, rumiando el número, y cuando se vuelve hacia mí no hay en su cara nada de lo que temí encontrar. Ni burla, ni alarma, ni esa lástima que sería lo único incapaz de soportar.
—¿Ella lo sabe?
—No.
—¿Lo sabrá?
Tardo en contestar. Es la pregunta que no me dejo hacer ni a mí mismo, y mi hermana la ha puesto en medio de la galería con la mansedumbre con que se deja una jofaina: ahí queda, lávate.
—No lo sé.
—Ya. —Bríde devuelve la vista al halcón y le acaricia el pecho con un nudillo—. La próxima vez que madrugues, hermano, dime al menos hacia dónde no debo volar.
Eso es todo. Ni un reproche, ni un consejo, ni una palabra a nuestra madre. Lo sé por cómo me roza el hombro al pasar, el mismo gesto exacto que usa nuestra madre, aprendido sin saberlo, que en esta familia hasta el silencio se hereda.
Por primera vez en cinco años, alguien más conoce el camino de mi secreto.
Debería pesarme.
No lo hace.