CAPÍTULO 3
Los días de aldea empiezan la víspera.
Empiezan con los manojos. Consuelda para los huesos, tomillo y miel de mi único cuajo de panal para la tos, la corteza de sauce que mi madre me enseñó a pelar en luna menguante.
Empiezan con la capucha cosida un dedo más adelante, para que la plata no asome ni cuando sopla.
Y empiezan con la regla, que repaso mientras ato los manojos igual que otros repasan una oración.
No correr nunca delante de ellos, no responder, no mirar al suelo.
Lo del suelo es lo más difícil. Mi madre decía que la barbilla es lo último que se le rinde a una mujer, y que la suya no llegó a rendirse ni con la palabra bruja colgada al cuello. Bajo a la aldea con su barbilla puesta, ya que la mía algunos días no me alcanza.
El camino es legua y media de sendero hundido entre helechos.
Lo conozco dormida y, sin embargo, hay una cosa de los días de aldea que jamás le he contado a nadie.
Es el único camino donde nunca me siento sola del todo.
Algo viene conmigo por lo alto de la vaguada, al paso, sin ruido.
Llevo años diciéndome que es figuración mía, costumbre del miedo, el oído que inventa compañía. Llevo años sin creérmelo del todo.
La aldea me recibe como siempre. Con un silencio que corre más deprisa que yo. Llego al poste del cruce, que es hasta donde llego, porque hace mucho que aprendí que mis hierbas se venden mejor donde mi sombra no toca las puertas. Extiendo el paño sobre la piedra, ordeno los manojos y espero.
Vienen. Siempre vienen, eso es lo que la aldea no se perdona.
Me llaman maldita en sus cocinas y compran mis remedios en el cruce, porque la fiebre de un hijo puede más que el miedo, y porque saben, aunque les cueste la lengua admitirlo, que mis manos aprendieron de las mejores manos que pisaron estas colinas.
La mujer del panadero compra el ungüento de consuelda. Deja las monedas en la piedra, lejos de mi mano abierta, y recoge el tarro con dos dedos, como quien saca algo de un brasero. Tiene los nudillos hinchados de amasar y la mirada en cualquier parte menos en mí.
—Para mi suegra —aclara, que es lo que aclara cada vez.
—Que se le alivien los huesos —contesto, y la mujer asiente al aire y se va deprisa, llevándose mi remedio y dejándome su prisa.
Una madre joven cruza con su crío de la mano.
El crío me mira con esa curiosidad limpia que tienen antes de que los enseñen, y la madre le da un tirón que casi lo descalza, y le susurra algo de lo que solo me llega una palabra.
La de siempre. El crío se vuelve dos veces mientras se lo llevan.
Yo sigo ordenando manojos que ya estaban ordenados.
A media mañana llega la vieja Maired, arrastrando los pies y la lengua, que en ella caminan al mismo paso. Es la única que se sienta en mi piedra, la única que me toca, y lo hace a conciencia. Me toma la mano para examinar el ungüento de sus rodillas como si la mano y el tarro fueran la misma cosa.
—Tu madre lo hacía con más enjundia —protesta, oliendo el tarro—. Esta consuelda es de umbría.
—La de solana se la comieron los ciervos.
—Pues ponles un cepo a los ciervos y deja en paz la umbría. —Me suelta la mano y me planta en su lugar un huevo, moreno y tibio aún—. Toma. Y no me lo agradezcas, que me agria el día.
Maired conoció a mi madre. Es la única en toda la aldea que la nombra sin bajar la voz, y una vez, hace años, me agarró de la barbilla en este mismo cruce y me dijo. Lo que dijeron de ella lo dijeron las lenguas, no la verdad, y las lenguas se pudren antes. Por ese día le fío todos los demás.
Cerca del mediodía se acerca un pastor con la mano envuelta en un trapo del color equivocado.
Lo conozco de vista. De los que cambian de acera cuando me cruzan.
Se planta delante de mi piedra, mira a un lado y a otro como quien va a vadear un río con mala fama, y al final me tiende la mano envuelta sin decir palabra, porque pedir, lo que se dice pedir, no le da la garganta.
Desenvuelvo. El tajo es de hocino y lleva dos días criando lo que no debe.
Lo limpio con mi aguardiente de hierbas, que le arranca un siseo y una palabra que su madre no le enseñó, lo cubro de miel y consuelda y se lo vendo apretado y con instrucciones.
Aire por la noche, agua hervida por la mañana, y si la carne se pone oscura, al físico de la villa, que esa frontera la respeto.
El pastor lo escucha todo mirándome las manos y no la cara.
Al irse deja el doble del cobre justo y un buenos días tan bajo que casi se le cae al suelo.
Mientras recojo el aguardiente pienso, sin querer, lo que pienso siempre que curo a otros.
Que si el tajo fuera mío no habría manos.
Una fiebre a destiempo, una mala caída en la torrentera, y nadie subiría a saberlo.
Es el único miedo al que no le he encontrado remedio, así que hago con él lo que se hace con los miedos sin remedio.
Lo envuelvo bien y lo guardo debajo de todo.
Así es la aldea conmigo. De espaldas a la luz y a oscuras agradecida. Mi madre decía que el miedo y la necesidad llevan toda la vida casados y discutiendo, y que la necesidad gana siempre, aunque le deje al miedo la última palabra en público.
El resto de la mañana se vende sola. La tisana, dos manojos de sauce, el último tarro. Recojo el paño cuando el sol pasa lo alto, con el bolsillo sonando a cobre y el huevo de Maired envuelto en lana, y es entonces, ya de vuelta, cuando la piedra cae.
No me alcanza. Nunca me alcanzan. Las tiran flojas y de lejos, que la maldición, por lo visto, mejora la puntería de quien la sufre.
Esta rueda hasta mis pies y se queda quieta, tan inofensiva fuera de una mano como dentro de ella es otra cosa.
Detrás de la tapia hay risas de zagales y un hombre que los riñe a gritos, y conozco el tono de la riña.
No me defiende a mí, los defiende a ellos.
No vaya a ser que la del pelo de plata se acuerde de sus nombres.
Sigo andando. Barbilla. Paso entero. Espalda recta hasta el recodo de los avellanos y diez pasos más, por si acaso, porque el orgullo también necesita su margen.
Y ahí, donde el sendero se hunde y la aldea deja de existir, lo siento otra vez: el acompañamiento. Arriba, a mi derecha, siguiendo la vaguada. Ni una rama que cruja, ni un helecho que se queje. Solo esa certeza sin pruebas de que el camino, conmigo, lleva a alguien más.
—Pues vaya escolta —digo en voz alta, al monte, sintiéndome necia y haciéndolo de todos modos—. Para una piedra que tiran, llegas tarde.
El monte no contesta. El monte nunca contesta. Llego a mi claro con las piernas molidas y el ánimo en ese punto raro de los días de aldea. Más rica y pobre a la vez.
La lluvia llega con el anochecer, como si hubiera tenido la decencia de esperarme.
Cae mansa primero y en serio después, de esa manera tozuda que tiene aquí la primavera de despedir al invierno.
Prendo la lumbre, pongo el huevo de Maired a cocer, que un huevo así merece ceremonia, y me siento en mi banqueta a escuchar el agua en el techo, en la parte que ya no gotea, eso que el misterio de mi vida arregló una noche sin pedirme opinión.
Los días de aldea siempre acaban igual: en mi madre.
—Cantaba mientras machacaba —le cuento a la olla, o a la lluvia, o a quien sea que escuche, que para algo hablo—.
Bajito, sin palabras casi. Decía que el remedio sale mejor si las manos llevan música.
Yo machaco en silencio y los remedios me salen, así que en algo se equivocaba, aunque a saber.
Quizá los suyos curaban algo más que los huesos.
Me enseñó a leer la fiebre en los párpados antes de que me cambiaran los dientes.
A distinguir la tos que se va sola de la que viene a quedarse.
A sostener la mano de los que se mueren sin prometerles nada y sin soltarlos.
Todo lo que soy de provecho me lo dieron sus manos, y a sus manos se las llevó un fuego que ella no encendió, y la palabra de una aldea que esta mañana me ha comprado consuelda sin mirarme.
Hay sumas que no salen por más años que les eche. He dejado de echárselos. Casi.
La lluvia aprieta. Me levanto a echar otro leño y, al pasar junto a la ventana, lo veo.
Está al borde del claro, donde siempre, hecho una sombra grande bajo el aguacero. Quieto. Empapado. Con la lluvia resbalándole por el lomo como si el lomo fuera de piedra, y la cabeza alta, vuelta hacia mi ventana.
No está cazando. No está de paso. Está montando guardia bajo un cielo roto, y ninguna de las explicaciones que me he dado durante años sirve para esto.
Abro el postigo. Tardo, eso sí. Me quedo con la mano en la madera más tiempo del que confesaría, porque una cosa es una liebre en el umbral y otra es esto: una bestia de ese tamaño plantada en mi claro, de noche, mirando mi casa.
La prudencia, que es lo único que la vida me ha dado en abundancia, me dice que atranque y me acueste, y la escucho entera, como se escucha a una vieja que ya ha acertado otras veces.
Después abro de todos modos, porque hay noches en que una prefiere equivocarse acompañada.
El frío y el ruido del agua entran a la vez.
—¿Tú no tienes una cueva? —le pregunto, alzando la voz sobre la lluvia—. ¿Una osera, un tronco hueco, algo?
El lobo no se mueve. Las orejas, sí. Giran hacia mí las dos, francas, como dos manos que se abren.
—Mi madre decía que los animales saben de la gente más que la gente —le cuento, apoyada en el marco, ya mojándome el brazo y sin que me importe—. Le habrías gustado. Te habría sacado un cuenco de algo caliente y te habría puesto nombre, que para eso era mejor que yo.
Hablo. Le hablo como no le hablo a nadie, porque no hay nadie, y le cuento la piedra que no me alcanzó y el huevo de Maired y la consuelda de umbría, y el lobo escucha bajo la lluvia con una paciencia que no es de animal ni de hombre, que es de otra cosa para la que no tengo palabra.
En algún momento me doy cuenta de que estoy sonriendo.
En otro, de que llevo un rato sin sentirme como me siento siempre que vuelvo de la aldea.
—Si vas a quedarte ahí empapándote, al menos finge que te interesa —le digo al final, por decir algo, porque las despedidas nunca se me han dado bien.
El lobo mueve la cola. Una vez, corta, como quien se delata sin querer y se arrepiente a medio gesto. Me quedo mirándolo con el corazón haciendo una cosa rara, y cierro el postigo despacio, y todavía desde dentro lo digo, bajito, contra la madera.
—Buenas noches, lobo.
Esa noche, con el agua batiendo el techo entero y la bestia más grande del bosque plantada a treinta pasos de mi puerta, duermo como hacía meses que no dormía.