La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 2
6%

CAPÍTULO 2

Cazo la liebre de noche, dos valles más allá de su claro, porque cerca de ella no cazo. Esa ley no me la dictó nadie. La puso el lobo el primer invierno, con la sencillez con que el lobo lo pone todo. Cerca de ella no se mata. Cerca de ella se vigila.

La dejo en el centro del umbral cuando el cielo empieza a clarear por el este y ella todavía duerme.

Lo sé por la respiración, que me llega a través de la puerta como me llega el resto de su casa.

El rescoldo agonizando, las hierbas colgadas de la viga, la avena que va quedándose sola en su saco.

Cinco años oliendo esta cabaña y todavía no he aprendido a marcharme deprisa.

Me obligo. Cruzo el claro sin dejar más huella que la justa, subo a la loma y me detengo junto al roble grande, el de la corteza gastada en el lado que mira a su tejado.

Ahí me siento cuando me concedo el rato de verla empezar el día.

El musgo de la base murió hace tiempo bajo mi peso, y a la altura de mi hombro la corteza guarda una hilera de muescas pequeñas, una por estación, que empecé a hacer el primer otoño sin saber para qué y sigo haciendo por la misma razón por la que se reza: porque dejar constancia alivia.

Hay otros árboles como este. El fresno del lado del arroyo, para las mañanas de niebla.

El pino doble del sur, para cuando el viento sopla hacia su casa y debo vigilar desde donde mi olor no llegue a los perros de los carboneros.

Si alguien leyera el bosque como se lee un libro, encontraría mi vida entera escrita alrededor de su claro.

Nadie lee el bosque. Por eso sigo vivo y por eso ella sigue sin saber.

Hoy no hay rato. El deber me espera a una legua, vestido y con mi nombre puesto.

Ella abre la puerta cuando ya me iba. Encuentra la liebre. La levanta hacia la primera luz y la estudia con ese cuidado suyo de curandera, buscando lo que ya sabe que no va a encontrar, y el viento me trae su voz, baja, dirigida a los árboles. A mí.

Gracias.

Una palabra. Me dura el día entero.

En el torreón, la mañana es toda caballo, cuero y avena con miel de los desayunos de mi madre. Entreno con Oisín en el patio hasta que el sudor borra el frío, y mi hermano, que pierde tres asaltos de cada cuatro, gana en cambio todas las conversaciones.

—Has vuelto a salir antes del alba —comenta, rodándome, la espada baja y la sonrisa alta—. Tercera vez esta semana. ¿Cazas, rezas o hay una moza?

—Cazo.

—Ya. ¿Y dónde están las piezas?

Le contesto con un ataque que lo sienta en el barro. Desde el suelo, sin soltar la espada ni la sonrisa, me señala con el guante.

—Eso no ha sido una respuesta, hermano. Eso ha sido una confesión.

Bríde está en la galería, dando de comer al halcón viejo de nuestro padre.

No dice nada mientras subo los escalones.

Me observa por encima del guante de cetrería, con esa atención suya de pájaro que no parpadea cuando importa, y cuando ya he pasado de largo deja caer, hacia el halcón, como quien comenta el tiempo.

—Hay barro de la torrentera en tus botas. La torrentera está a dos leguas de donde dices que cazas.

Me detengo. Mi hermana le ofrece un trozo de carne al halcón y el halcón lo toma con la delicadeza de un cortesano. Ninguno de los dos me mira.

—Bríde.

—No he dicho nada —me asegura, y es verdad, y las dos cosas son verdad a la vez. Que no ha dicho nada y que lo ha dicho todo. Aparto la vista primero, lo cual, con Bríde, equivale a un pliego firmado.

La jornada se me va en lo que se les va la jornada a los hijos de un laird.

Lindes, cuentas, un pleito de pastos entre dos aparceros que se odian con la dedicación de los hombres pequeños.

Mi padre me lleva con él a todo desde hace dos años.

Dice que el mando se aprende como se aprende a nadar, tragando agua.

Habla poco y mira mucho, y cuando los aparceros se enzarzan en agravios de hace veinte años, los deja vaciarse, dicta una solución de cuatro palabras y a otra cosa.

Quiero ser así de viejo. Me falta el camino entero.

En la mesa, de noche, mi madre sirve el caldo y deja caer la pregunta con la misma mano.

—El molinero jura que hay un lobo enorme en el bosque de Strathos. Dice que lo ha visto dos veces junto al camino del vado.

—Los molineros ven gigantes en cuanto el saco pesa —tercia Oisín, con la boca llena.

—Este no bebe —observa mi madre, y me llena el cuenco sin mirarme, que es su manera de mirarme más fija.

—Pues que el molinero le convide —remata Oisín, y Bríde esconde la sonrisa en la cuchara, y la conversación se va por donde mi hermano quiere llevarla, que para eso vale más que ninguno de nosotros.

Mi madre recoge los cuencos al final, y al pasar junto a mí su mano se posa en mi hombro un instante.

No aprieta. No pregunta. Con dos dedos me retira de la lana una brizna seca que yo no sabía que llevaba encima, la gira a la luz de las velas el tiempo justo de reconocerla —consuelda, y la consuelda no crece camino del vado—, y la deja caer al fuego sin decir nada.

Después su mano pesa un latido más en mi hombro, lo que pesa una advertencia dicha con cariño, y sigue su camino.

No respondo. Mi padre tampoco, y su silencio y el mío se entienden por debajo de la mesa como dos perros viejos.

Él sabe lo que soy y sabe lo que hago, lo primero desde mi nacimiento y lo segundo desde hace más tiempo del que me gustaría.

Una noche del segundo invierno me siguió hasta la linde del claro, en silencio, y se volvió sin dejarse ver.

Nunca lo hemos hablado. Solo me dijo, días después, limpiando un arnés que no estaba sucio: «Hay vigilias que un hombre no puede explicar y tampoco abandonar.

Procura que no te cuesten lo que a mí casi me costó la mía».

Mi madre es harina de otro costal. Mi madre pregunta poco porque adivina mucho, y hace tiempo que sus ojos se me quedan encima un latido más de lo que solían, como quien vigila un cielo que aún no ha decidido si trae tormenta.

Que mire. No pienso darle todavía nada que entender.

Vuelvo al claro con la luna ya alta, en la forma que la noche pide. Es la hora que el lobo prefiere y la que el hombre espera el día entero sin confesárselo: la hora de la ventana.

Es pequeña, baja, con un postigo que cierra mal desde siempre y que algún día, cuando ella baje a la aldea, voy a tener que arreglar como arreglé la gotera.

Por la rendija sale la luz del fuego, y dentro de esa luz está ella, sentada en su banqueta, comiendo el guiso de mi liebre a cucharadas lentas, sin prisa, que es como come quien ha conocido el plato vacío y le ha perdido el respeto a todo menos a la comida.

Me tumbo en mi sitio, donde la hierba ya sabe mi forma.

Hay un gesto suyo que se repite cada noche y que todavía no he descifrado del todo.

Antes de empezar, aparta una parte. La envuelve, se levanta, desaparece de la rendija un momento, vuelve.

Lo hace con la liebre, lo hizo con el faisán, lo hace hasta con la avena cuando la avena escasea.

Guarda comida una mujer que tiene el umbral lleno cada semana.

Algo me dice que ahí dentro hay una historia que no me va a gustar conocer, y que voy a quererla conocer entera de todos modos.

Sé lo que parecería esto contado en la mesa de mi padre. Sé el nombre que le pondrían en la aldea, y el que le pondría yo mismo si fuera otro el que está echado en esta loma. Me da igual. Que me expliquen ellos qué se hace cuando el centro del mundo cabe en una ventana y el mundo no lo sabe.

Ella le habla a la olla. Le cuenta lo de la col, lo de la tierra medio helada, lo de su madre y la luna de espera.

Yo escucho con las orejas del lobo, que no pierden palabra, y guardo cada frase donde guardo todas.

En ese sitio sin nombre que se ha ido llenando de ella durante cinco años y que ya no sé dónde acaba y dónde empiezo yo.

Esto es lo que tengo. No su mesa, no su mano, no mi nombre dicho por su voz.

Tengo el resplandor de su hogar en una rendija y su costumbre de hablar en voz alta para no olvidar cómo suena la gente.

Hubo un tiempo en que me parecía poco. He aprendido que poco, repetido cada noche durante años, acaba siendo lo único que un hombre no puede permitirse perder.

El hombre no puede acercarse. Lo he medido por todos los flancos, como mi padre mide un pleito.

¿Qué vería ella si el hijo del laird llamara a su puerta?

Un señor donde ha conocido señores que miran su pelo y aprietan el paso.

Un desconocido con dos formas, y la peor de las dos escondida.

Una deuda imposible de pagar a un poderoso, que es la trampa más vieja del mundo para una mujer sola.

Ella, que no le debe nada a nadie, que ha levantado su vida con diez dedos y un hacha mal afilada, echaría el cerrojo. Y haría bien.

Así que le doy lo que sí puede recibir sin deberme nada: el lobo. Al lobo le habla. Al lobo le sonríe a veces, sin saber lo que hace cuando lo hace. Esta tarde, al borde del claro, le ha dicho que sigue sin entenderme.

Mejor. El día que me entienda tendrá que decidir qué hace conmigo, y a esa hora le tengo más miedo que a todos los inviernos juntos.

Dentro, ella friega el cuenco, atiza el fuego para la noche y se suelta la trenza frente a las brasas.

La plata del pelo recoge la última luz igual que la recogía hace cinco años en la orilla de un río que estuvo a punto de quedársela.

La corriente la quiso para el fondo. Yo la quise para el mundo.

De momento, vamos ganando los dos: ella y yo.

La vela se apaga. La respiración del otro lado del muro se vuelve lenta, profunda, la de alguien que duerme sin saberse guardado.

Me quedo hasta que el frío deja de ser excusa y un rato más.

Después me levanto, sacudo la escarcha del lomo y hago la ronda antes de irme, que la guardia no es quedarse mirando.

Renuevo las marcas en los cuatro vientos del claro, que a los jabalíes y a los lobos de paso les hablan más claro que cualquier cerca.

Aparto del sendero del arroyo una rama caída que mañana le estorbaría con los cubos.

Pego el hocico a la base del postigo que cierra mal y calculo, una vez más, el clavo que le hace falta y la noche sin luna que me hará falta a mí para ponérselo.

Luego tomo el camino del torreón con la noche por testigo.

Mañana bajará a la aldea a trocar sus hierbas. Iré por lo alto del camino, lejos de los ojos, cerca de las piedras que tiran los niños.

Y pasado mañana, cuando vuelva a quedarse el mundo en su claro, habrá manzanas en el umbral.