CAPÍTULO 1
El frío me despierta antes que la luz.
Siempre es así en los últimos días del invierno.
El fuego se rinde de madrugada y la cabaña entera se acuerda de que es vieja.
Me quedo un rato quieta bajo las mantas, contando lo que tengo, que es mi manera de rezar.
Medio saco de avena. Un puñado de nabos arrugados.
Tres manojos de hierbas buenas para trocar. Leña para seis días, ocho si soy avara.
Con eso se puede vivir. He vivido con menos. Lo que no me digo ni rezando es la otra resta. Si el deshielo se retrasa una luna, la avena se acaba antes que el invierno. Esa resta la hago con los ojos cerrados, y los abro deprisa.
Me levanto, soplo las brasas hasta arrancarles una llama de mala gana y me echo la capa por encima antes de abrir la puerta, porque los cepos no se revisan solos y la mañana no espera a nadie.
La liebre está en el umbral.
Me detengo con la mano todavía en la madera. Es grande, gris parda, tan fresca que el rocío no ha tenido tiempo de posarse en ella. Está colocada justo en el centro de la piedra del umbral, con un cuidado que no es de animal, y a la vez con unas señales que no son de hombre.
La levanto y hago lo que hago siempre. La examino al trasluz del amanecer. Ni herida de flecha. Ni tajo de cuchillo. Ni la carne aplastada de un lazo. Solo dos marcas limpias en el cuello, profundas, precisas.
Colmillos. Otra vez.
Levanto la vista hacia la línea de los pinos, despacio, como quien no quiere espantar un pensamiento. El bosque me devuelve su silencio de siempre, ese silencio espeso que asusta a la gente de la aldea y que a mí, no sé desde cuándo, me arropa.
—Gracias —digo hacia los árboles, en voz baja, sintiéndome necia y haciéndolo de todos modos.
Nadie contesta. Nadie contesta nunca. Entro la liebre, cierro la puerta y me sorprendo sonriendo mientras la cuelgo de la viga, y la sonrisa también es la de todos los días.
Empezó hace dos inviernos, con una manzana.
Una manzana roja y entera en mitad del umbral, en un mes en que ni los mendigos encuentran manzanas.
La miré como se mira una trampa. Le di la vuelta veinte veces buscando el truco, el veneno, la burla de algún zagal de la aldea.
Acabé comiéndomela junto a la lumbre, a mordiscos pequeños para que durase, y lloré sin saber por qué, y eso no se lo he contado jamás a nadie. Tampoco tengo a quién.
Después vinieron las liebres. Los conejos. Un faisán entero la mañana de un año nuevo. Leña apilada contra el muro norte que yo no corté, con los tajos más limpios de lo que mi hacha sabrá dar nunca. Una gotera que un día estaba y al siguiente no.
Al principio inventaba explicaciones. Un cazador piadoso, un viejo que conoció a mi madre, un loco del bosque. Las marcas de dientes acabaron con todas. Ningún cazador caza sin armas. Ningún viejo derriba una liebre a mordiscos.
Queda lo imposible. Y lo imposible tiene cuatro patas, pelaje gris y unos ojos que he visto media docena de veces entre los árboles, siempre a la misma distancia, siempre mirándome a mí.
La gente de la aldea dice que en este bosque hay un demonio. Yo digo que el demonio deja faisanes en año nuevo, y por eso no lo digo en voz alta delante de nadie.
La mañana se va en lo de siempre. Reviso los cepos del lado oeste, que es caminar media legua por sendas que conozco mejor que las rayas de mi mano.
La torrentera, el paso de las zarzas, el claro de las hierbas donde en dos lunas empezará a asomar lo que de verdad me da de comer.
El bosque a esta hora es todo gotear de deshielo y pájaros discutiendo, y yo lo cruzo como se cruza la casa de una.
Sin pedir permiso y dando los buenos días.
Los cepos, vacíos, como casi siempre. Hoy no importa. Hoy hay liebre en la viga.
De vuelta remuevo la tierra del huerto, que es apenas un pañuelo entre cuatro estacas, y entierro las semillas de col que guardé del año pasado.
Mi madre sabía pedirle a la tierra. Se agachaba, la cogía en el puño, la olía como se huele el pan, y la tierra le decía sí o le decía espera.
A mí solo me dice quizá, que es lo que la tierra les dice a los que aprendieron a medias.
Tenía nueve años cuando empezó a enseñarme y trece cuando dejó de poder enseñarme nada, y entre esos dos números cabe todo lo que sé y todo lo que ya no podré preguntarle.
Remiendo después el codo de mi otra camisa, que ya es más remiendo que camisa, con puntadas que ella habría deshecho con un suspiro.
Las grietas de los nudillos se me enganchan en la lana y escuecen; les paso un resto de sebo, lo justo, que el sebo también se acaba.
El sol asoma a ratos, sin convicción, y yo trabajo sin pensar, que es la mejor manera de trabajar cuando una vive sola.
Pensar demasiado abre agujeros, y los agujeros hay que llenarlos con algo, y yo no siempre tengo con qué.
A mediodía caliento agua y me lavo junto a la palangana, por partes, con la puerta atrancada y la manta colgada a medias en la ventana, costumbre más que pudor: aquí no viene nadie.
El paño pasa por el cuello y se detiene donde siempre se detiene.
Las quemaduras me bajan desde detrás de la oreja izquierda, por el cuello, y se abren sobre el hombro como una mancha de cera derramada.
La piel ahí es más clara que el resto de mí, rosada y tirante, con surcos que el tiempo ha suavizado sin borrar.
Las toco con dos dedos, sin espejo, que para eso no hace falta espejo.
Me las sé de memoria, como se sabe un camino.
Hubo un tiempo en que les tenía rabia. La rabia come mucho y alimenta poco, y la dejé por imposible hace años, como los cepos del lado este.
—Al menos sigo viva —le digo a la cicatriz, y la cicatriz, que es bien educada, no me lleva la contraria.
Viva. Mi madre no puede decir lo mismo, y ella valía el doble que yo y el triple que toda la aldea junta.
Sacó del fuego a su hija y volvió a entrar a por los demás.
Los demás no salieron. Ella salió a medias.
El fuego se quedó con sus manos de curandera y la aldea se quedó con su nombre, y le puso encima la palabra bruja, que pesa más que una losa.
Me visto. Me trenzo el pelo húmedo sin mirarlo.
Es plata revuelta con ceniza, como era el suyo, herencia suya igual que las manos firmes y la maña con las hierbas.
En la aldea dicen que es la marca del demonio.
Mi madre decía que era la luna pagando una deuda vieja con nuestra sangre.
A mí me gusta más la versión de mi madre, y de todos modos me cubro con la capucha cuando bajo a trocar hierbas al camino, porque la luna no estará en deuda con la sangre de los demás, y las piedras, cuando los niños las tiran, no preguntan.
Mañana toca bajar. Hoy no. Hoy el mundo se acaba en la línea de los pinos, y así me gusta.
Por la tarde despiezo la liebre. Aparto la piel para curtirla, los huesos para el caldo, y separo una pierna que envuelvo en un paño y escondo en el hueco bajo la tabla floja, junto a las otras cosas que guardo y no toco.
Sé que la carne fresca aguanta poco ahí abajo.
La guardo igual. Hay hambres viejas que no entienden de razones, y la mía es de las que aprendieron pronto que el umbral puede amanecer vacío.
El hueco bajo la tabla es pequeño y lo sé de memoria. Un dedal de mi madre, su tijerita de despuntar hierbas, un pañuelo con tres monedas de cobre para el peor de los inviernos. Y una piedra.
Un canto liso del río, gris, del tamaño de un huevo de perdiz, gastado por el agua hasta no tener una sola arista.
Lo cogí el día que el deshielo estuvo a punto de llevarme, hace cinco años, aunque cogí no es la palabra.
Cuando desperté en mi jergón, medio ahogada todavía por dentro, lo tenía en el puño y el puño no quería abrirse.
Debería haberlo tirado. Una no guarda recuerdos del día que casi se muere.
Lo guardé. A veces, en las noches malas, lo saco y lo aprieto, y el puño se acuerda solo de cómo se hace, y no sabría explicarle a nadie por qué una piedra consuela.
Quizá porque fue lo primero que toqué del lado de los vivos.
Quizá porque aquel día, en la orilla, hubo algo más que agua y piedras, algo grande y caliente contra mi costado que el juicio me dice que soñé.
Los ojos dorados también me dicen que los soñé, el juicio. El juicio dice muchas cosas.
Devuelvo la tabla a su sitio y le pongo encima la banqueta, como siempre, como si alguien fuera a venir a robarme las riquezas.
Cuando la luz se pone del color del cobre, el guiso ya promete algo serio. Como despacio, junto al fuego, en mi sitio de siempre, y hago lo que hace la gente que vive sola y no quiere volverse del todo rara: hablo.
—La col, si agarra, va a ser un milagro —informo a la olla—. La tierra sigue medio helada. Mi madre habría esperado una luna más. Yo no tengo paciencia, eso ya lo sabemos.
La olla calla. El fuego escupe. Afuera, el viento peina los pinos con ese rumor largo que algunos confunden con voces y que a mí me sirve de compañía.
Salgo a echar los huesos pelados al borde del claro, donde los zorros agradecen, y entonces lo veo.
Está al filo de los árboles, donde la última luz no llega. Gris, enorme, quieto de esa manera suya que no es la quietud de la piedra sino la del que decide quedarse quieto. El lobo. Mi lobo, casi digo, y me trago el mío a tiempo, que los lobos no son de nadie.
Hace años, la primera vez, se me heló el cuerpo entero y conté mis pasos hasta la puerta sin volverle la espalda.
Hace tiempo ya que no cuento nada. Un animal que quisiera comerme ha tenido cien noches para hacerlo, y en vez de comerme, sospecho, me trae liebres.
Aun así, hay costumbres que no se sueltan.
El hacha duerme junto a la puerta, a la distancia justa de mi mano, y a él no le doy nunca la espalda entera, sino ese medio perfil que se les da a los desconocidos en los caminos.
Confiar, lo que se dice confiar, es una palabra muy grande.
Digamos que hemos llegado a un acuerdo que ninguno de los dos ha puesto en palabras, y que yo, por si acaso, repaso cada noche.
—¿Otra vez tú? —le digo, alzando un poco la voz para cruzar el claro—. Si lo de esta mañana fue cosa tuya, que sepas que estaba buena. Y que sigo sin entenderte.
El lobo no se mueve. Me mira con esos ojos que el atardecer enciende en ámbar, y por un momento larguísimo el claro entero se queda suspendido, como el aire antes de una campanada.
Luego gira, sin prisa, y la espesura se lo traga como si nunca hubiera estado.
Me quedo con los huesos en el cuenco y una sensación que no le confesaría a nadie, suponiendo que tuviera a quién. La de que la noche, con él cerca, pesa menos.
Vuelvo adentro y atranco la puerta, por costumbre y no por miedo. Es curioso dónde pone una el miedo cuando lo ha pasado todo. A la aldea le asusta mi bosque. A mí me asusta su plaza.
Los lobos, en dieciocho años, nunca me han hecho daño.
De las personas no puedo decir lo mismo.