La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) PRELUDIO
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La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1)

La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1)

Por Eden Greer

© inepub.com

PRELUDIO

El deshielo ha vuelto loco al río.

Lo oigo desde la loma mucho antes de verlo.

Un rugido pardo que arrastra ramas enteras, pedazos de invierno, tierra robada a las montañas.

Mi padre dice que en primavera el agua baja con prisa de soldado.

Mi madre dice que el agua no tiene prisa ni paciencia, que eso lo ponemos los hombres.

Yo solo sé que hoy ningún animal sensato se acercaría a la orilla.

Por eso la veo.

Porque es lo único vivo que se mueve donde nada debería moverse.

Al principio creo que es un muchacho. Una figura menuda, encogida sobre las losas mojadas de la poza, con una vara afilada en la mano y la quietud de quien lleva mucho rato esperando algo que no llega. Después el viento cambia, le aparta la capucha, y veo el cabello.

Plata. No el gris del hierro ni el blanco de los viejos. Plata con ceniza dentro, como si alguien hubiera hilado la última luz de la tarde. Se le escapa en mechones que el aire levanta, y ella se lo aparta de la cara con un gesto brusco, sin ternura, igual que se aparta un estorbo.

Una niña. Doce años, quizá trece. Demasiado delgada para este frío. La piel del color de la miel cocida, oscura, distinta de cualquier piel que haya visto en estas colinas. Tiene los pies metidos en el agua hasta el tobillo y los nudillos blancos de apretar la vara.

Está pescando en un río que hoy mataría a un hombre hecho.

Sé lo que debería hacer. Dar media vuelta. Mi madre lo repite desde que aprendí a caminar en dos formas. El lobo no es para los ojos de nadie. Lo que somos vive mejor en silencio, y el silencio se guarda lejos.

No me muevo.

La vara baja una vez. Falla. La niña no maldice, no patalea. Vuelve a la quietud con una paciencia que duele mirar, y entonces comprendo que no pesca por juego ni por oficio. Pesca como se reza cuando ya no queda otra cosa. Pesca con hambre.

Me digo que esperaré a que se canse. Solo eso. Que se canse, que recoja su vara, que vuelva por donde ha venido, y yo podré olvidar que existe una niña con el pelo de plata que desafía al deshielo por un pescado.

La losa cede bajo su pie.

No hay grito. Eso es lo que más me espanta después, cada vez que lo recuerdo: que no grita.

La piedra se vence, el agua la toma por la cintura como una mano toma una espiga, y la niña desaparece en lo pardo sin un solo sonido, como si llevara toda la vida aprendiendo a no molestar a nadie. Ni siquiera al morir.

No decido transformarme.

Eso lo decide el lobo.

El mundo se rompe y se recompone en un latido. El fuego bajo la piel, los huesos buscando su otra memoria, el bosque entero multiplicado en la nariz. Cuando golpeo el agua ya no tengo manos. Lo agradezco. Las manos no habrían bastado.

El río pelea como pelean las bestias acorraladas, sin honor y sin pausa.

Me hunde, me escupe, me lanza contra un tronco sumergido que me roba el aire.

La corriente sabe a tierra y a invierno muerto.

Yo solo sé seguir aquel punto pálido que aparece y desaparece delante de mí, ese mechón de plata que el agua intenta tragarse.

La alcanzo dos recodos más abajo, donde el cauce se abre y pierde una parte de su rabia.

Cierro los dientes sobre la lana empapada de su capa y tiro.

Pesa lo que pesaría un fardo de leña verde, nada para estos hombros, y aun así el río no la suelta.

La quiere, la reclama, tira de ella hacia el fondo con una obstinación que me eriza el lomo.

Nado contra esa voluntad con todo lo que soy, las dos formas a la vez, el muchacho y la bestia empujando en el mismo cuerpo.

Cedemos los dos a la vez, el río y yo. Él la suelta. Yo no.

La arrastro hasta una lengua de grava y es entonces, con su cuerpo helado contra mi costado, cuando ocurre.

Su olor.

Debajo del frío del río, debajo del barro y del miedo, hay humo de turba.

Hay hierbas secas. Hay hambre vieja. Y hay algo más, algo que no tiene nombre en ninguna de mis dos formas.

Lo respiro una sola vez y el mundo entero se coloca, igual que un hueso dislocado vuelve a su sitio. Con un dolor breve y un alivio inmenso.

Algo se cierra dentro de mí. No sé qué es. Tiene dientes, tiene raíces, tiene la forma exacta de esta niña medio ahogada que ahora tose agua parda sobre las piedras.

Mía, dice el lobo.

No es una palabra. Es un hecho consumado.

La niña se encoge sobre sí misma, escupe el río a bocanadas, tiembla con un temblor que le nace en los huesos.

Me tumbo a su lado sin pensarlo y le presto el calor del costado, como hacía con mis hermanos cuando eran cachorros y el invierno se colaba en el torreón.

Ella no se aparta. Dudo que sepa siquiera que estoy aquí. Está demasiado ocupada en seguir viva.

Poco a poco el temblor afloja. Sus dedos se mueven sobre la grava, buscan algo a lo que agarrarse, y se cierran alrededor de un canto liso de la orilla. Lo aprieta contra el pecho como si fuera lo único firme que le queda en el mundo. No lo suelta.

Entonces abre los ojos.

Apenas una rendija. Claros, del color del agua en enero, vueltos hacia mí con un cansancio tan hondo que no deja sitio para el miedo.

Me mira. Mira a un lobo del tamaño de un ternero a dos palmos de su cara, y no tiene fuerzas ni para asustarse.

Algo en mi pecho se rompe y se rehace en el mismo instante, y no sabría decir cuál de las dos cosas duele más.

Me levanto. Retrocedo hasta los árboles antes de que la rendija de sus ojos se abra del todo, antes de que el mundo le devuelva el juicio y con el juicio llegue el espanto.

Desde la sombra de los pinos la veo incorporarse a medias, vomitar el resto del río, quedarse un rato larguísimo de rodillas sobre la grava, con el canto liso apretado en el puño y la respiración rota.

Cuando al fin se pone en pie, lo primero que hace no es echar a andar.

Es volverse hacia el río. Hacia donde yo estaba.

Me busca. Recorre la orilla con esos ojos de enero, despacio, dos veces, y yo me quedo quieto entre los troncos, más quieto que la piedra, con el corazón golpeándome las costillas como un prisionero golpea una puerta.

No me ve. Aprieta el canto en el puño, se ciñe la capa que chorrea, y echa a andar tierra adentro con pasos que se tuercen.

La sigo.

Sé que no debo y la sigo, de sombra en sombra, ladera abajo, hasta un claro pobre donde se levanta una cabaña que ha conocido tiempos mejores.

El techo vencido por un costado. Un huerto del tamaño de una sepultura.

Ni un perro, ni una cabra, ni una voz que salga a recibirla.

La niña empuja la puerta con el hombro y la oscuridad se la traga.

Espero. No sé qué espero. Una lumbre que tarda demasiado en encenderse, un hilo de humo que al fin se decide a subir, torcido y flaco, por la chimenea. Cuando aparece, algo en mí se afloja, como si ese humo miserable fuera un mensaje escrito para mí: sigue viva.

Vuelvo a casa con la noche ya cerrada, en mi forma de hombre, con la ropa recuperada de donde la dejé y el frío del río todavía en la médula.

En el salón grande huele a caldo y a turba.

Mi padre afila un cuchillo junto al fuego con esa calma suya de montaña vieja.

Mi madre levanta la vista de las hierbas que está atando en manojos, y me mira como mira ella.

Entera, de una sola vez, sin dejarse nada.

—Llegas tarde —observa.

—El río baja crecido. He tenido que rodear.

No es mentira. Tampoco es la verdad, y mi madre lo sabe, porque lo sabe todo, igual que sabe que esta noche no debe preguntar.

Sostiene mi mirada un instante más de lo necesario y vuelve a sus manojos.

Mi padre ni levanta la cabeza, aunque el cuchillo se detiene un momento sobre la piedra, solo un momento, antes de seguir.

Ceno sin hambre. Río las ocurrencias de Oisín sin oírlas. Dejo que Bríde me robe la mitad del pan sin defenderlo, y ella me observa de reojo, con esa atención suya de pájaro que nunca anuncia lo que ha visto.

Después, tumbado en la oscuridad, lo entiendo. El olor no se ha ido.

Está aquí, debajo del humo y del caldo y de la lana, cosido a mí por dentro.

Humo de turba, hierbas secas, hambre vieja.

Cierro los ojos y veo la losa cediendo bajo su pie.

Los abro y veo sus dedos cerrándose sobre el canto liso, aferrándose a una piedra porque no tiene nada más en el mundo a lo que aferrarse.

No sé cómo se llama.

No sé quién la espera tras esa puerta torcida, si es que la espera alguien.

No sé por qué una niña sola desafía al deshielo por un pescado, ni por qué nadie le ha enseñado que hay ríos que no perdonan.

No sé nada de ella, salvo que existe, y que ayer no lo sabía, y que esa diferencia lo ha cambiado todo.

La he encontrado antes de que ella sepa mi nombre.

Mañana volveré al río. Me digo que solo para comprobar que el humo sigue subiendo de esa chimenea. Me digo que un día, dos a lo sumo, y después la dejaré en paz, y esta inquietud se me pasará como se pasan las fiebres.

La parte de mí que tiene colmillos no se molesta en desmentirme. Sabe esperar.

Y ya lo ha decidido: no habrá otra.