La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Tener un hombre convaleciente en casa es como tener un oso en la despensa. No sabes por dónde empezar y todo lo que se te ocurre es poco.

El primer problema tiene nombre corto y urgencia larga: ropa.

Mi paciente vino al mundo de los hombres como vino, con lo puesto, que era nada, y en esta casa de mujer sola no hay calza ni camisa que le valga a un cuerpo de ese tamaño.

Le tengo apañada una manta a modo de túnica, sujeta con mi cinto viejo, y el hombre la lleva con una dignidad tan seria que me obliga a salir al huerto cada vez que se levanta a la banqueta, porque hay risas que una enfermera decente no puede permitirse delante del enfermo.

El segundo problema no tiene arreglo de cinto: el hambre.

Mi convaleciente come por tres, y no es vicio: es fábrica.

Ese cuerpo grande está soldando un costado y alimentando lo que sea que alimente el prodigio que lleva dentro, y pide en consecuencia, y yo hago mis cuentas de despensa en silencio, como las he hecho toda la vida, la avena hasta aquí, la manteca hasta allá, y las cuentas, por primera vez en años, no me salen.

Lo que no esperaba es que él también las hiciera.

Lo pillo al segundo día. Deja media ración en el cuenco, con hambre en los ojos, y aparta la cuchara con disimulo de mal actor.

—¿Tú qué haces?

—He acabado.

—Y yo soy la reina de Escocia. —Le devuelvo el cuenco al sitio—. Te he visto el hambre cinco años, Cael, a través de una ventana. ¿Me lo vas a esconder a una mesa de distancia?

Baja la vista al cuenco, y cuando contesta le sale la verdad con la cabeza gacha, que es como salen las verdades que avergüenzan.

—Te estoy comiendo el invierno. Conozco tu despensa mejor que tú, llevo años llenándola por la linde, y sé lo que cuesta cada saco que hay ahí. No pienso convalecer a precio de tu hambre de marzo.

Y ahí me tienen ustedes, con el cucharón en la mano y el corazón hecho un lío, entre el orgullo que se me eriza, que mi despensa es mía y mis números son míos, y la cosa blanda y enorme de que este hombre se sepa mis sacos de memoria y ahora se quite el pan por no vaciármelos.

Resuelvo como resuelvo todo, por la ley del oficio.

—Óyeme bien, porque esto va a misa. En esta casa el enfermo come lo que el oficio mande, y el oficio manda ración entera.

La despensa es problema de la dueña, y la dueña ha pasado hambres más serias con peores compañías.

—Le lleno el cuenco hasta arriba, sosteniéndole la mirada—. Come. Es una orden facultativa.

Come. Y al día siguiente, como si el bosque llevara la contabilidad, amanece el fardo.

A la tercera mañana, sobre la piedra plana de la linde, donde un día hubo una milenrama con lazada, lienzo encerado, bien atado con nudos de los que saben, y dentro.

Una camisa de lino y unas calzas de su talle clavado, vendas nuevas, un queso entero, manteca, harina, una bolsa de avena, y, prendida al lienzo con esmero de quien firma, una ramita de salvia fresca. Cortada a uña.

Me quedo con la salvia entre los dedos un rato largo, y luego entro en la casa con el fardo y se lo planto al convaleciente sobre las rodillas.

—La curandera fantasma —anuncio—. La de la árnica, la de la salvia del hilo rojo.

Acaba de mandarte ropa de tu talle, comida para dos semanas y vendas del ancho justo de tu costado.

—Me cruzo de brazos—. Conque la fantasma te conoce, Cael.

Te conoce el talle, te conoce el percance y te conoce el paradero.

Y a mí me lleva un invierno entero mandándome cortesías de oficio.

—Lo miro hacer esa cosa que hace cuando busca palabras, que es la misma cara del lobo eligiendo por dónde cruzar el arroyo—.

No te pregunto quién es. Lo tengo casi cosido, y lo que me falta me lo vas a contar tú cuando hablemos, que está en la lista.

Te pregunto otra cosa. ¿le digo algo, cuando conteste el saludo?

Se lo piensa. Y contesta despacio, con esa voz nueva suya que va saliendo del desuso.

—Dile... que el corte de su salvia habla bien de sus manos.

Mi propia frase de la árnica, devuelta entera, y los dos sabemos lo que acaba de confesar con ella.

Que aquel recado lo llevó él, que aquellos saludos pasaron por él, que el correo del bosque y el paciente de mi jergón son la misma posta.

Lo dejo estar con un asentimiento, que las hebras, ya se sabe, a su paso, y me llevo la salvia a colgar junto a la otra, sobre la puerta, donde se cuelgan las bienvenidas.

Esa noche pago mi deuda: el guiso grande.

El del tuétano y la sal de las fiestas, el que quedó debiendo la víspera de la flecha, y lo sirvo en la mesa, con la banqueta buena para él y la mía enfrente, y los dos cuencos, el desportillado para mí y el de mi madre para él, que a estas alturas el cuenco sagrado ya sabe el camino.

Cael mira la mesa puesta, los dos cuencos humeando, el sitio que le toca, y se queda un momento sin moverse, con una cara que he aprendido a leerle al lobo y que en el hombre es más honda. La de cuando algo le pesa de bueno.

—¿Qué? —le digo, sentándome—. ¿Nunca habías visto una mesa?

—Esta no.

Y cenamos. Cenamos juntos, a una mesa, dos personas, con cucharas, y es lo más raro y lo más natural que ha pasado en esta casa desde que la casa es mía.

Lo de las cucharas, por cierto, tiene su batalla.

El hombre come con unas maneras cuidadas que se le notan de cuna, y por debajo de las maneras le empuja un hambre de convaleciente y de lobo que le mete prisa a la cuchara, y verlo pelear entre la crianza y la gana, frenándose a cada tres cucharadas, me tiene la cena entera mordiéndome el carrillo.

—Come, hombre —le digo al fin—. Que ese apetito te lo conozco de sobra y no me vas a escandalizar a estas alturas. En esta mesa la gana va antes que la crianza.

Suelta el freno a medias, lo justo, y al rebañar el cuenco se le escapa por el cuerpo un gesto mínimo, un asomo de balanceo en los hombros, una alegría física que no encuentra salida, y yo la reconozco al vuelo y no me la callo, porque hay cosas que no se pueden no decir.

—Se te mueve el alma donde tenías la cola.

El hombre se queda quieto con la cuchara en alto.

Y entonces se ríe. Es la primera vez que lo oigo reírse, una risa baja, rota de poco uso, que le empieza en el pecho cosido y le hace pagar el costado, porque se lleva la mano a las puntadas sin dejar de reírse, y la risa de él me arranca la mía, y nos reímos los dos a la mesa de mi madre como dos personas, que es lo que por lo visto somos, y el claro entero, me parece a mí, se asoma a las ventanas a mirar.

Las quemaduras salen al tercer cambio de venda.

Trabajo con las mangas recogidas, como se trabaja, y noto sus ojos en mi antebrazo, en la piel rugosa que me sube por el hombro hasta el cuello, la marca vieja del incendio.

No pregunta. Ni mira de más ni aparta la vista, que las dos cosas ofenden y él no hace ninguna.

Solo está, atento, como estaba el lobo. Y soy yo la que decide, atando la venda nueva, que esta hebra la doy yo.

—Fue la noche del incendio. La de la casa del aparcero.

Yo tenía siete años; mi madre me sacó primero y volvió a por los demás.

A mí me alcanzó lo que ves al sacarme. A ella, mucho más, y lo suyo no se veía tanto y era peor.

—Remato el nudo de la venda, despacio—. Esto ya te lo conté una vez.

Una noche de lluvia, hará un año, a un lobo gris empapado que montaba guardia en mi claro.

Se hace un silencio con peso. Cael me sostiene la mirada, y en sus ojos de ámbar veo formarse la respuesta antes de que la diga, y le veo decidir no esquivarla, y eso, al menos eso, se lo apunto a favor.

—Lo sé. Lo recuerdo todo, Aila. Todo lo que le contaste al lobo.

Ahí está. Dicho. La cosa enorme que llevo tres días bordeando como se bordea un pozo.

Que cada palabra de cinco años, las charlas de la ventana, los recados, las confesiones del día de mi madre, el sueño del calor, todo lo que le di a un animal porque a un animal se le puede dar todo, lo recibió un hombre.

Un hombre que callaba y guardaba. La rabia me sube de donde la tengo haciendo leña, me llega a la garganta, me pide la voz.

Y no se la doy. Todavía no. Miro al hombre cosido por mis manos, pálido, con su túnica de manta y su cara de esperar la sentencia, y sé que esta conversación es la grande, la de verdad, y que no se tiene con un convaleciente que no puede ni defenderse ni largarse, porque ganarle a un hombre en el suelo no es ganar.

—Lo sé —digo, y la voz me sale fría y mía—. Y de eso vamos a hablar, Cael. De eso lo primero de todo. Cuando estés fuerte. —Recojo los paños, me levanto, y desde la puerta del huerto le dejo la última, sin volverme—. Ponte fuerte pronto.

Las noches, mientras tanto, tienen su geografía nueva.

Él en mi jergón, que el herido va donde manda el oficio, y yo en un camastro de mantas junto al fuego, y entre los dos ya no hay pared, hay tres pasos de aire y una casa entera respirando a dos tiempos.

La primera noche me desvelo escuchándolo dormir, el suspiro hondo de los animales grandes, el mismo del muro, y caigo en la cuenta del vuelco que ha dado el mundo.

Cinco años durmió él contra mi pared por fuera, y ahora duermo yo contra mi fuego por dentro, velándole el sueño al que me velaba.

La guardia ha cambiado de manos y de lado.

La cuarta noche es de las que el oficio llama malas y las casas llaman largas.

La herida, que de día suelda como debe, decide cobrarse los atrasos a oscuras.

Lo oigo despertarse con un quejido cortado por la mitad, de esos que se tragan a medias, y para cuando llego con la vela ya está incorporado a medias, empapado, con la mandíbula apretada y la mano en las costuras, y lo primero que hace, lo primero, es pedirme perdón por despertarme.

—Como vuelvas a disculparte por tener un virote reciente, te coso la boca con el mismo hilo.

—Le aparto la mano de las costuras, compruebo que aguantan, que aguantan, y le pongo el paño fresco donde la fiebre pequeña de la noche ha vuelto a subir—.

Esto es lo que hace una herida seria al cuarto día, Cael.

Cobra de noche, que es cuando el cuerpo baja la guardia. No es flaqueza. Es factura.

—Cinco años montando guardias —dice, con la voz apretada de dolor y de otra cosa que no es dolor—, y no sabía que esto era estar al otro lado. Que te vean así. Que te tengan que...

No le sale la palabra, y se la doy yo, que para eso estoy.

—Cuidar. Se dice cuidar, y se deja uno, que es lo que más cuesta.

—Le acerco el agua y se la sostengo como la primera mañana, la mano bajo la nuca, sin prisa, y le hablo bajito mientras bebe, de nada, del deshielo, de las habas, palabras de relleno que no son relleno, que eso me lo enseñó un lobo—.

Ya sé que te duele más la vergüenza que el costado, hombre.

Se te ve. Pues apunta esto en tu lista. En esta casa la flaqueza no se cobra.

Aquí se ha llorado, se ha tiritado y se ha hablado solo dieciocho años, y la casa aguanta. Y la dueña también.

Se duerme con el alba ya cerca, la mano caída fuera del jergón, y yo me quedo un rato más en la banqueta, velando el sueño por fin manso, y pienso que esta noche también irá al arcón de las que nadie sabrá nunca.

La noche en que el lobo de Strathos aprendió a dejarse cuidar, quejido a quejido, a la luz de una vela, con la paciencia que esta curandera aprendió de un animal que no comía si ella no hablaba.

Y la rabia sigue ahí, haciendo leña, esperando su día. Que espere bien seca. Cuando arda, quiero que se vea desde la villa.