La última soltera del grupo Capítulo 22 — Tengo Hambre #2
98%

Capítulo 22 — Tengo Hambre #2

Martín dormía boca abajo, con una mano fuera de la cama y el pelo revuelto de una manera que a ella le pareció ofensivamente joven para alguien que llevaba tres meses cruzando países con grupos de turistas.

Se quedó mirándolo unos segundos y luego fue a hacer café.

Cuando él apareció en la cocina llevaba la camiseta de la noche anterior y una marca de almohada en la mejilla.

—Has usado mi taza —dijo Claudia.

Martín miró la taza verde entre sus manos.

—Había cinco.

—Esa es mía.

—Todas son tuyas.

—Esa más.

Él dio un sorbo.

—Ahora es nuestra.

—Cuidado.

—¿Qué?

—Lenguaje de convivencia.

Martín dejó la taza en la encimera.

—Puedo beber del grifo.

Claudia empezó a reírse.

—Dámela.

Preparó otra para él. Se sentaron en la cocina mientras Madrid se despertaba al otro lado de la ventana.

Martín tenía una reunión a las diez. Claudia debía entregar dos textos antes de comer. Durante unos segundos pareció absurdo que hubieran esperado tres meses para verse y fueran a pasar la mañana mirando pantallas en habitaciones distintas.

—Podemos coger el día libre —dijo ella.

Martín la miró.

—¿Puedes?

Claudia pensó en las entregas.

—No sin fastidiar a dos personas.

—Yo tampoco sin fastidiar a tres.

—Qué romance tan decepcionante.

—A las dos terminamos.

—A las dos.

Martín se levantó con el café.

—¿Dónde me pongo?

Claudia señaló la mesa del salón.

—Ahí. Pero si hablas alto en una videollamada te echo.

—Condiciones duras.

—Bienvenido a casa.

Las palabras salieron y Claudia se quedó inmóvil.

Martín también.

Ella levantó un dedo.

—No hagas nada con eso.

—No estoy haciendo nada.

—Tu cara.

—Libertad de expresión.

Claudia le lanzó una servilleta.

Trabajaron tres horas. Martín atendió llamadas con auriculares. Claudia corrigió una web y preparó una newsletter. A las once, él apareció junto a su mesa con una tostada.

—No te he pedido comida.

—Llevas desde las ocho y media sin levantarte.

—Eso es acoso laboral.

—Denúnciame.

Claudia cogió la tostada.

—Gracias.

—De nada.

A las doce y cuarto fue ella quien dejó un vaso de agua junto al portátil de Martín porque llevaba media hora hablando sin parar. Él levantó un pulgar sin interrumpir la llamada.

Aquello le produjo una satisfacción casi ridícula. Después de tantas conversaciones sobre autonomía, independencia y el terror a convertirse en una pareja que administrara la vida como una empresa, descubría que cuidar a alguien podía tener el tamaño exacto de una tostada y un vaso de agua.

A las dos y diez cerraron los ordenadores.

—Has ocupado mi mesa —dijo Claudia.

—Me la prestaste.

—Has movido mi libreta.

—Tres centímetros.

—Gravísimo.

Martín se levantó.

—¿Qué hacemos ahora?

Claudia se quedó pensando. Había imaginado su regreso durante semanas y todas las versiones incluían algo especial: una cena, un paseo, una noche sin mirar la hora.

Miró la cocina. No había comida. La planta seguía agonizando. Tenían ropa por recoger y ambos necesitaban ducharse.

—Supermercado —dijo.

—Planazo.

—Luego podemos comer fuera.

—Eso mejora.

Fueron al supermercado andando. Discutieron por la cantidad de café que Claudia compraba, Martín metió fruta en el carro y ella la sacó porque ya tenía demasiada en casa. Terminaron comprando cosas para una cena que quizá cocinarían el domingo si no les daba pereza.

En la cola, Martín sostuvo una bolsa de pasta.

—Esto parece peligrosamente doméstico.

Claudia la metió en el carro.

—No conviertas una compra en una metáfora.

—Jamás.

—Y no dejes cepillo de dientes todavía.

—Tengo uno en la mochila.

—Peor.

Él se rió.

Claudia apoyó un instante la cabeza en su hombro mientras esperaban. Nadie los miró. Nadie sabía que se habían conocido diez días en Portugal, que habían pasado tres meses separados o que a ella le había costado años dejar de pensar en una relación como un camino con etapas obligatorias.

Eran dos personas cansadas haciendo cola con café, pasta y detergente.

Le gustó muchísimo.

Después de comer, Martín vio la libreta verde sobre la mesa baja. La misma había aparecido en varias videollamadas durante los tres meses, siempre cerrada o debajo de algún papel.

—¿Sigue viva? —preguntó.

Claudia recogió las cajas de comida.

—Más que el ficus.

—Eso no es difícil.

—No ataques a una víctima.

Martín cogió la libreta sin abrirla.

—¿Has escrito?

Claudia tardó un momento en contestar.

—Bastante.

—¿Trabajo o lo tuyo?

—Lo mío.

Durante el viaje había anotado escenas sueltas para probar que todavía podía escribir algo que nadie le hubiera encargado.

En Madrid siguió haciéndolo. Algunas noches una página.

Otras cinco. Después empezó a levantarse media hora antes para avanzar una historia que llevaba años dando vueltas sin forma.

Había tardado semanas en contárselo a sus amigas. A Martín se lo había mencionado a trozos, siempre con una broma cerca para poder retirarse si le daba vergüenza.

—¿Puedo? —preguntó él, señalando la libreta.

—Hay cosas horribles.

—Eso no responde.

—Cinco páginas. Las primeras. Y no hagas comentarios de arquitecto sobre la estructura.

—No prometo nada.

—Entonces dos.

Martín sonrió y abrió donde ella le indicó.

Claudia intentó recoger la cocina mientras él leía. Duró treinta segundos. Terminó sentada en el brazo del sofá observando su cara, incapaz de interpretar si una ceja movida significaba aburrimiento, concentración o una emergencia médica.

—No me mires —dijo él.

—Es mi casa.

—Estás auditando mi lectura.

—Estoy pasando por casualidad.

—Llevas un minuto con el mismo plato en la mano.

Claudia dejó el plato.

—Sigue.

Martín leyó las cinco páginas. Cerró la libreta con cuidado y se la entregó.

—Me gusta.

—Eso se lo dices a alguien cuando no sabes qué decir.

—La protagonista me cae regular.

Claudia frunció el ceño.

—Eso no parece un cumplido.

—Quiero seguir leyendo para ver si mejora. Me parece buen síntoma.

La respuesta la hizo sonreír.

—Es una señora complicada.

—Las conoces bien.

—Vete de mi casa.

Martín se acomodó más en el sofá.

—Tengo sueño.

Claudia guardó la libreta en un cajón.

—No sé si terminaré nada.

—No hace falta decidirlo hoy.

Ella lo miró.

—Esa frase tuya empieza a tener demasiados usos.

—Funciona.

—A veces.

Martín le cogió la mano cuando volvió a sentarse.

—Cuando quieras que lea más, leo. Cuando no, no pregunto.

Claudia apoyó la cabeza en su hombro.

—Eso sí te da puntos.

—Creía que el sistema no existía.

—Es opaco por diseño.

—Como Contabilidad.

—Exacto.

Se quedaron así un rato, sin hablar de editoriales, futuros ni de si aquella libreta acabaría siendo un libro. A Claudia le gustó que alguien pudiera interesarse por una parte de su vida sin reclamar convertirse en su motor.

* * *

El sábado quedaron con las amigas.

Martín preguntó si estaba seguro de querer ir mientras se abrochaba la camisa.

—Has sobrevivido a diez días con ellas —dijo Claudia—. Una cena no debería matarte.

—Durante el viaje tenía una furgoneta. Siempre podía arrancar.

—Cobarde.

—Realista.

Llegaron los primeros al restaurante, algo que Claudia consideró una traición a su identidad.

Irene apareció con Andrés.

Claudia se quedó mirándola.

—No digas nada —advirtió Irene.

—Yo no iba a decir nada.

—Tu cara lleva hablando desde la puerta.

Andrés abrazó a Claudia y estrechó la mano de Martín.

—Así que tú eres el famoso guía.

—Por desgracia.

—Yo fui candidato número cuatro.

—Tres —corrigió Claudia.

—¿Llevabas la cuenta?

—Era mi vida.

Marta y su marido llegaron después. Lucía apareció caminando con la lentitud solemne de alguien que cargaba con un bebé de casi nueve meses y ninguna paciencia.

—El que me diga que estoy radiante paga la cena —anunció antes de sentarse.

Nadie habló.

—Muy bien. Habéis aprendido.

Eva llegó sola.

Claudia la abrazó.

—¿Álvaro?

—Con los niños. Tenían cumpleaños.

—¿Todo bien?

Eva pensó un momento.

—Todo en proceso.

Claudia asintió.

Aquella respuesta bastaba.

La cena duró tres horas.

Hablaron demasiado alto. Marta enseñó las fotos impresas que había mandado revelar. Irene y Andrés discutieron sobre si el día que se conocieron había sido realmente una cita o un error logístico. Lucía amenazó con abandonar la mesa cuando su marido empezó a explicar el carrito que habían comprado.

En algún momento Eva levantó la copa.

—Quiero proponer una cosa.

—No —dijo Claudia.

—Ni sabes qué es.

—No importa. La última vez casi me organizáis una selección de personal sentimental.

—Precisamente por eso.

Eva sacó del bolso un sobre.

Marta sonrió.

Claudia la señaló.

—Tú estás metida.

—Muy poco.

—Eso significa muchísimo.

Eva abrió el sobre.

Sacó una fotografía.

La vieja.

Las cinco con veintidós años, apretadas en un sofá, demasiado maquilladas, demasiado seguras de que a los treinta y cinco tendrían la vida resuelta.

Claudia cogió la foto.

La frase seguía detrás.

«Si a los treinta y cinco alguna sigue soltera, nos vamos todas juntas de viaje.»

Debajo había espacio.

Eva dejó un bolígrafo sobre la mesa.

—Creo que necesitamos una nueva.

Claudia miró a sus amigas.

—Me da miedo preguntar.

—A los cuarenta —dijo Lucía—, nos vamos otra vez.

—¿Quién tiene que estar soltera? —preguntó Irene.

—Nadie —contestó Eva.

—¿Divorciada?

—Tampoco.

—¿Embarazada?

Lucía le hizo una peineta.

Marta cogió el bolígrafo y escribió debajo de la promesa antigua:

«A los cuarenta nos vamos. Punto.»

Pasó la foto.

Firmaron las cinco.

Claudia la sostuvo unos segundos antes de devolverla al sobre.

—Esta sí me gusta.

—A mí también —dijo Eva.

Martín, sentado a su lado, se inclinó hacia ella.

—¿Puedo venir?

Claudia lo miró.

—Ni de coña.

—Tengo cinco años para convencerte.

—Necesitarás más.

—He trabajado con grupos difíciles.

Irene levantó la copa.

—Eso va por nosotras.

—Un poco —admitió Martín.

Claudia le dio una patada suave por debajo de la mesa.

Él sonrió. Marta preguntó si ya podía mirar alojamientos para dentro de cinco años y recibió cuatro servilletas a la vez.