Capítulo 22 — Tengo Hambre
TENGO HAMbrE
Tres meses después, Claudia estaba discutiendo con una mujer de una agencia porque la mujer quería utilizar la palabra «experiencial» siete veces en una página web.
—Entiendo lo que buscas —dijo Claudia, mirando el techo de su despacho improvisado—. Solo digo que quizá podemos contar la experiencia sin llamar experiencia a todas las experiencias.
Al otro lado hubo un silencio.
—Es una palabra de marca.
—Claro.
—La dirección la quiere.
—Entonces la ponemos.
—Pero tú no estás de acuerdo.
Claudia miró la hora.
Las seis y veinte.
—Mi trabajo consiste en decirte lo que creo que funciona. El tuyo puede consistir perfectamente en ignorarme. Es una relación muy sana.
La mujer se rió.
—Déjame dos versiones.
—Eso hago.
Terminó la llamada, cerró el documento y se dejó caer contra el respaldo.
Habían pasado noventa y cuatro días desde Portugal. El regreso de Martín estaba previsto para esa noche y Claudia llevaba toda la tarde fingiendo que podía trabajar con normalidad.
A las seis y veintidós el móvil vibró sobre la mesa.
MARTÍN.
Claudia abrió el mensaje.
«Estoy en Madrid. Tengo hambre.»
Se quedó mirando la pantalla.
Después miró la hora otra vez.
El vuelo de Martín no llegaba hasta las nueve y diez de la noche.
Según el billete que él mismo le había mandado.
Claudia escribió:
«Tu vuelo llega dentro de casi tres horas.»
La respuesta apareció al instante.
«Cambié el billete.»
«¿Cuándo pensabas decírmelo?»
«Ahora.»
«Eres idiota.»
«Tengo hambre.»
Claudia se levantó de la silla.
«¿Dónde estás?»
Tres puntos.
«Abajo.»
Ella fue hasta la ventana con una rapidez que se negó a comentar consigo misma.
Martín estaba en la acera de enfrente.
Mochila a la espalda. Una maleta pequeña. Barba algo más larga que en junio. Camiseta oscura, zapatillas, una chaqueta atada a la cintura. Levantó la cabeza casi al mismo tiempo que ella apartaba la cortina.
Levantó una mano.
Claudia abrió la ventana.
—¡Eres gilipollas!
Un hombre que pasaba con una bolsa de farmacia miró a Martín.
—No va contigo —le aclaró él.
—¡Podías haber avisado!
—¡Te he avisado!
—¡Estabas abajo!
—¡Técnicamente sigue siendo avisar!
La vecina del edificio de enfrente abrió una ventana.
Claudia cerró la suya.
Corrió hacia la puerta.
En el rellano se obligó a caminar.
Bajó dos pisos andando porque el ascensor estaba ocupado. En el primero se abrió la puerta y salió un hombre con dos bolsas de basura.
—Hola.
—Hola.
Claudia siguió bajando.
Cuando cruzó el portal, Martín ya había llegado a la puerta.
Durante un segundo se miraron a través del cristal.
Él sonrió.
Claudia abrió.
—Tres meses para preparar una entrada y esto es lo que traes.
—Tenía otra con flores y música, pero me pareció excesiva.
—Mentiroso.
—Muchísimo.
Claudia le agarró la camiseta y tiró de él.
El beso fue largo, incómodo por la mochila y poco cinematográfico porque la maleta se cayó a los cinco segundos con un golpe seco.
Martín se apartó apenas.
—La echo de menos, pero no tanto.
Claudia se rió contra su boca.
Volvió a besarlo.
Después lo soltó.
—Hueles a aeropuerto.
—Tú sabes enamorar a un hombre.
—Sube antes de que me arrepienta.
—¿De qué parte?
—De cualquiera.
Entraron.
En el ascensor Martín dejó la mochila en el suelo y la miró de arriba abajo.
—Tienes el pelo más corto.
Claudia se tocó las puntas.
—Dos centímetros.
—Lo he notado.
—Eso te da puntos.
—¿Cuántos?
—No hay sistema de puntos.
—Entonces acabas de inventarlo.
—Y puedo eliminarlo.
Martín la besó en la frente.
Ese gesto la desarmó bastante más que el beso del portal.
—¿Qué tal el vuelo? —preguntó.
—He dormido encima de un señor alemán.
—¿Con consentimiento?
—No estoy seguro. Era muy educado.
Entraron en el piso.
Martín dejó la maleta junto a la puerta y miró alrededor como si llevara años sin estar allí en lugar de un par de meses.
—Sigue igual.
—Qué observador.
—La planta está peor.
—No critiques a la familia nada más llegar.
Martín se acercó al ficus.
—Claudia, esto necesita ayuda profesional.
—Está pasando una etapa.
—Está muerto.
—Tiene dos hojas.
—Una es marrón.
—¿Tienes hambre o has venido a hacer una auditoría botánica?
—Hambre.
—No tengo nada.
—Eso sí que sigue igual.
Pidieron comida china.
Mientras esperaban, Martín se duchó y Claudia fingió concentrarse en terminar un correo. No lo consiguió. Oía el agua desde el pasillo y se sintió ridículamente consciente de que él estaba otra vez dentro de su casa.
Cuando salió llevaba una camiseta limpia y el pelo húmedo.
—He dejado la toalla donde estaba.
—¿Quieres una medalla?
—La última vez dijiste que parecía criado por lobos.
—Has mejorado.
—Tres meses viajando para convertirme en el hombre que cuelga una toalla.
—Arco de personaje impecable.
Se sentaron en el sofá.
La comida llegó cuarenta minutos después. Martín comió como si llevara varios días alimentándose exclusivamente de cacahuetes de avión.
Claudia lo observó coger otro rollito.
—¿Cuánto tiempo te quedas?
Él dejó los palillos.
—Esa es una pregunta peligrosa.
—Martín.
—Hasta el lunes aquí. Luego tengo que ir a Barcelona dos días.
—Eso ya lo sabía.
—Después vuelvo a Madrid.
Claudia esperó.
—¿Cuánto?
Martín se apoyó contra el sofá.
—He pedido llevar más trabajo de oficina y rutas cortas durante unos meses.
Ella frunció el ceño.
—¿Por mí?
—En parte.
Claudia bajó la mirada hacia la caja de arroz.
—No quiero que dejes algo que te gusta.
—No lo dejo.
—Has cambiado tu trabajo.
—He pedido cambiar una parte. Porque me apetece estar aquí más tiempo. También porque llevo casi cuatro años viviendo con una mochila preparada y estoy un poco hasta las narices de no saber qué día de la semana es.
—Eso no me lo habías dicho.
—Lo pensé hace tiempo. Contártelo antes habría convertido cada conversación en un referéndum.
—¿Y si esto sale mal?
Martín sonrió de lado.
—Entonces habré pasado unos meses en Madrid. No me deportan.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí.
Dejó la caja sobre la mesa.
—No voy a organizar mi vida fingiendo que tú no existes para demostrar que soy independiente. Tampoco voy a dejar de trabajar ni a prometer que dentro de seis meses quiero lo mismo que hoy. ¿Te sirve?
Claudia pasó un dedo por el borde del envase.
—Me sirve.
—Bien.
—Y yo no pienso mudarme contigo.
—Ni te lo he pedido.
—Lo digo por establecer límites.
—Perfecto. Yo tampoco quiero vivir contigo.
Claudia levantó la cabeza.
—Podías haber dudado un segundo.
Martín se echó a reír.
—Te he echado mucho de menos.
—Ahora intentas arreglarlo.
—Sí.
—Está funcionando un poco.
Él se acercó.
—¿Un poco?
—No abuses.
Martín le apartó un mechón del pelo.
—Dos centímetros.
—Pesado.
Se besaron despacio.
Esta vez la maleta permaneció de pie.
Después de cenar, Martín abrió la maleta y empezó a sacar cosas sobre la cama. Claudia se quedó apoyada en el marco de la puerta.
—¿Eso es todo lo que llevabas tres meses?
—He lavado ropa durante el viaje. Tecnología antigua.
—Pensaba que los guías quemabais una camiseta cada semana y comprabais otra.
—Eso explica mucho de tu imagen sobre mí.
Sacó una bolsa de papel y se la tendió.
—Otra cosa.
Claudia la abrió con desconfianza.
Dentro había un cuaderno pequeño de tapas rojas.
—¿Otro ataque a mi libreta verde?
—Para cuando la termines.
Ella lo miró.
—Eso presupone que la voy a terminar.
—Presupone que algún día necesitarás otro cuaderno. Puedes usarlo para la lista de la compra si la novela fracasa.
Claudia pasó la mano por la tapa.
—Qué romántico eres cuando quieres.
—Me esfuerzo por mantener expectativas bajas.
—Gracias.
Lo dejó sobre la cómoda y se sentó en el borde de la cama.
Martín guardó dos camisetas en el armario sin preguntar. Claudia las vio desaparecer detrás de la puerta.
—Eh.
Él se volvió.
—¿Qué?
—Has ocupado un estante.
—Hay cuatro vacíos.
—Ese no es el tema.
—¿Quieres que las saque?
Claudia miró las camisetas.
La pregunta era tan simple que desactivó toda la teoría que estaba preparando.
—No.
—Entonces se quedan hasta el lunes.
—Hasta el lunes.
Martín cerró el armario.
—Acabamos de superar un hito doméstico.
—Como lo anuncies, saco tus cosas al pasillo.
—Entendido.
Claudia se tumbó boca arriba sobre la cama. Martín se acostó a su lado, todavía vestido.
—¿Sabes qué me daba miedo? —preguntó ella.
—Muchas cosas. Necesito precisión.
—Que volvieras y todo fuera raro.
—Ha sido raro.
—Ya, pero raro bien.
—Yo tenía miedo de que en tres meses hubiéramos construido una versión del otro por teléfono que luego no coincidiera.
Claudia giró la cabeza.
—¿Y?
—Sigues dejando tazas por toda la casa.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también. Me tranquiliza.
Ella le dio un golpe en el brazo.
Martín atrapó su mano y la mantuvo contra el pecho.
—Te he echado de menos en cosas muy concretas —dijo—. Contarte un desastre de un grupo y saber lo que ibas a responder. Quejarme de una cama horrible. Comprar café y pensar que pedirías otro. Eso.
Claudia sintió que la emoción le subía de una forma mucho menos manejable que cualquier declaración grande.
—Yo guardaba cosas para contártelas —admitió—. Una señora se cayó en el metro porque quiso sentarse antes de que se levantara otra y pensé literalmente «esto a Martín le gustaría».
—Qué imagen tienes de mí.
—Realista.
—¿Y qué más?
—Mi madre intentó freír tofu.
—Eso sí quiero verlo.
—Hay vídeo.
—Entonces tres meses han merecido la pena.
Claudia se acercó y apoyó la cabeza en su hombro.
—Me gusta que estés aquí.
Martín besó su pelo.
—A mí también.
—Y me gusta que el lunes te vayas a Barcelona y vuelvas después.
—Eso ha sonado peligroso.
—Quiero decir que no necesito encerrar esto para que sea real.
—Te he entendido.
—No hagas comentario de taza.
—No iba a hacerlo.
—Mentira.
—Un poco.
Se quedaron allí hasta que Claudia recordó que había dejado cajas de comida abiertas en el salón. Martín protestó cuando ella se levantó.
—La convivencia contigo va a ser durísima —dijo.
Claudia se volvió desde la puerta.
—No vivimos juntos.
—Ya lo sé.
—Bien.
—Solo estaba probando el sistema de alarma.
—Funciona perfectamente.
Martín se rió y fue detrás de ella a recoger.
A la mañana siguiente Claudia despertó antes que él.