La última soltera del grupo Capítulo 21 — Madrid #3
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Capítulo 21 — Madrid #3

MARTÍN: Mañana entonces.

Claudia leyó el mensaje y sintió una irritación absurda porque él no parecía irritado.

Irene la vio mirando el móvil.

—No hagas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que quieres que alguien adivine una emoción.

—Me da rabia que llevemos tres días sin hablar.

—¿Se lo has dicho?

—Sabe contar.

Irene bebió cerveza.

—Magnífico sistema de pareja.

Claudia guardó el móvil.

—Estoy cenando contigo.

—Y yo estoy ayudándote gratis. Agradece.

Cuando volvió a casa pasada la medianoche tenía un audio de Martín.

«Sé que llevamos tres días intentando coincidir. Mañana salgo tarde de aquí, pero puedo levantarme antes si tú puedes a las siete y media. Y si estás enfadada, prefiero que me lo digas para no inventarme razones.»

Claudia lo escuchó dos veces.

Después respondió:

«Estoy un poco enfadada. Sé que has tenido trabajo y no es culpa tuya, pero te echo de menos y tres cancelaciones seguidas me han sentado mal. A las siete y media puedo.»

La conversación de la mañana siguiente duró veinticinco minutos. Ninguno pidió disculpas por trabajar. Martín sí reconoció que la primera cena podría haberla delegado y Claudia reconoció que había convertido su enfado en frialdad porque le daba vergüenza parecer exigente.

—Puedes exigirme cosas —dijo él—. Yo puedo decirte si puedo dártelas.

—Qué concepto revolucionario.

—Deberías apuntarlo.

—No te pases.

—¿Me echas de menos?

Claudia miró la pantalla.

—Mucho.

Martín sonrió.

—Yo también.

A las ocho ambos se fueron a trabajar.

Claudia se quedó pensando que la distancia estaba haciendo algo que el viaje no había tenido tiempo de hacer: quitarles el escenario. Ya no había carreteras bonitas, planes del grupo ni cenas de vacaciones. Quedaban dos vidas corrientes intentando encontrar espacio una para la otra.

Eso resultaba más difícil y bastante más importante.

* * *

En Madrid, Eva y Álvaro seguían yendo a terapia. Una tarde Claudia fue a buscar a Eva después de una sesión porque ella había pedido compañía.

Se sentaron en un parque con dos cafés.

—Hemos hablado de separarnos —dijo Eva.

Claudia la miró.

—¿Hoy?

—De verdad, quiero decir. Como una posibilidad concreta. Custodia, pisos, dinero.

—¿Cómo estás?

Eva sonrió, cansada.

—No sé. Horrible y aliviada. Luego me siento culpable por el alivio.

Claudia no le dijo que era normal. Se limitó a esperar.

—El terapeuta nos preguntó qué elegiríamos si no tuviéramos miedo de decepcionar a nadie —continuó Eva—. Me dio una rabia increíble.

—Pregunta tramposa.

—Muchísimo. Álvaro dijo que querría vivir solo una temporada. Yo pensé lo mismo y no pude decirlo hasta cinco minutos después.

Claudia le cogió la mano.

—Decirlo no os obliga a hacerlo mañana.

—Mira cómo hablas ya.

—He absorbido lenguaje de guía.

Eva sonrió.

—¿Vosotros bien?

—Sí. Con discusiones tontas y horarios horribles. Bien de verdad, creo.

—Me alegro.

Claudia esperó el resto de la frase.

Eva la miró.

—No hay resto.

—Estoy orgullosa.

—Vete a la mierda.

Se echaron a reír.

Cuando Claudia volvió a casa esa tarde escribió cuatro páginas seguidas.

No sobre Martín ni sobre Eva. Sobre una mujer inventada que recibía una llamada equivocada y decidía responder.

La historia empezó a apartarse de cualquier experiencia real y eso le produjo un alivio enorme.

La libreta dejaba de ser un diario disfrazado.

Por la noche mandó a Martín una fotografía del contador de palabras.

MARTÍN: Eso parece serio.

CLAUDIA: Retira la palabra serio.

MARTÍN: Eso parece largo.

CLAUDIA: Mejor.

MARTÍN: ¿Contenta?

Claudia miró el documento abierto.

CLAUDIA: Sí.

Esta vez no necesitó reducir la respuesta con una broma.

Una semana más tarde tuvieron su primera discusión a distancia.

Martín estuvo casi nueve horas sin responder durante un traslado complicado.

Claudia vio que el último mensaje seguía sin leer, intentó no preocuparse y terminó imaginando accidentes con una creatividad que habría preferido aplicar a la libreta.

Cuando él llamó, estaba agotado y el teléfono se le había quedado sin batería.

—Podías haber avisado desde otro móvil —dijo Claudia.

—Sí.

—No te estoy pidiendo que me informes cada hora.

—Ya lo sé.

—Estoy enfadada.

—También lo sé.

La falta de defensa le quitó parte de la munición.

—Esto es muy poco satisfactorio.

—Puedo discutir si quieres.

—No.

—La próxima vez aviso por el teléfono de otro si puedo.

—Gracias.

—Y tú puedes decir «me he preocupado» en lugar de «podías haber avisado».

Claudia se quedó callada.

—Eso ha sido una trampa —dijo.

—Un poco.

—Me he preocupado.

—Lo siento.

La conversación duró diez minutos más. Colgaron todavía cansados, pero sin deuda emocional para el día siguiente.

Claudia pensó después que aquello se parecía poco a lo que sus amigas habían imaginado cuando decidieron buscarle pareja.

Su relación carecía de meta visible, boda en el horizonte o una vida colocándose de golpe en su sitio.

Se reducía a un hombre en otro país, una discusión por batería y ganas de seguir hablando al día siguiente.

Le servía.