La última soltera del grupo Capítulo 21 — Madrid #2
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Capítulo 21 — Madrid #2

—Estoy mal con eso y bien con él. Supongo que pueden coexistir las dos cosas.

—Sí —dijo Eva—. Pueden.

Aquella respuesta tenía más peso viniendo de ella.

* * *

La cena fue en un restaurante cerca de casa de Claudia. Martín llegó cinco minutos tarde y se disculpó con una seriedad que ella consideró ofensiva.

—Cinco minutos no son retraso en Madrid.

—Trabajo con horarios.

—Pues estás fuera de servicio.

Él le entregó una bolsa.

—Mi madre me ha dado esto.

Dentro había un táper.

Claudia lo miró.

—No conozco a tu madre.

—Sabe que cenaba contigo.

—Eso contradice la seguridad internacional que acordamos.

—Ha preguntado si eres «la chica de Portugal».

—Me niego a ser la chica de Portugal.

—Le he dicho Claudia.

—Mejor.

—Y ha mandado tortilla.

Claudia abrió la tapa.

—Puede conocer a mi madre.

Martín rió.

Cenaron sin hablar demasiado del viaje. Claudia le contó un problema con un cliente. Martín explicó que debía preparar documentación para la ruta y que había comprado tres adaptadores porque siempre los perdía. Después caminaron hasta el portal de ella.

—¿Quieres subir? —preguntó Claudia.

La pregunta salió más fácil de lo que esperaba.

Martín la miró.

—Sí.

La noche quedó libre de pruebas y declaraciones.

Claudia agradeció que nadie intentara convertirla en un hito obligatorio.

Se besaron en el pasillo, se rieron cuando ella casi tiró una lámpara al dejar el bolso y terminaron en la cama con una mezcla de deseo y torpeza que tenía mucho más de dos personas reales que de escena perfecta.

Más tarde, Martín descubrió que Claudia dormía con dos almohadas y ella que él necesitaba un vaso de agua en la mesilla.

—Esto es información sensible —dijo Claudia.

—La incluiré en la ficha.

Ella le dio un golpe con la almohada.

—Esa palabra está prohibida.

—Retiro.

A la mañana siguiente, Claudia se despertó antes.

Martín dormía boca abajo, con un brazo debajo de la almohada.

Lo miró unos segundos y luego se levantó a hacer café.

No sintió que su casa estuviera invadida ni transformada.

Seguía siendo su cocina, su cafetera, sus tazas.

Había una chaqueta de hombre en una silla y le gustaba verla allí.

Él apareció descalzo.

—¿Tienes azúcar?

—¿Tomas azúcar?

—Hoy sí.

—Acabas de bajar muchos puntos.

—Pensaba que no había ficha.

—Hay evaluación continua.

Desayunaron en la cocina. Martín se marchó a media mañana. Claudia cerró la puerta y se quedó sola.

La soledad no se sintió distinta por haber compartido la noche. Eso le produjo un alivio difícil de explicar. Estar con alguien no había borrado lo que le gustaba de estar sola. Simplemente había añadido otra cosa que también le gustaba.

Fue al supermercado.

Quedó con Irene para comer y acabó escuchando durante hora y media una reconstrucción minuciosa de tres mensajes enviados por Andrés.

—Tú te ríes, pero aquí hay matices —dijo Irene.

—Ha puesto «qué tal la vuelta».

—Sin signo de interrogación.

—Un psicópata.

—Eso digo yo.

—¿Te gusta?

Irene tomó agua.

—Me cae bien.

—Cobarde.

—Mira quién habla.

—Yo he besado al guía delante de una gasolinera.

—Y ahora miras el móvil cada vez que vibra como una adolescente con tarifa de prepago.

Claudia dejó el tenedor.

—Qué específica eres cuando quieres hacer daño.

Andrés e Irene habían decidido verse en Madrid la semana siguiente. Sin definición, sin expectativas compartidas por escrito y sin intervención del resto del grupo. Claudia había prometido no preguntar.

La promesa duró hasta el café.

—¿Qué te vas a poner?

Irene la señaló con la cucharilla.

—Eres exactamente lo que criticabas.

—No te estoy buscando novio. Estoy juzgando tu ropa.

—Eso sí te lo permito.

Dos días después él voló.

Las primeras semanas fueron una colección poco romántica de horarios.

Claudia aprendió qué ciudades coincidían con sus mañanas y cuáles convertían cualquier llamada en una operación.

Martín mandaba fotos de cafés, carreteras y habitaciones de hotel.

Ella respondía con clientes, metro, cenas improvisadas y una planta que empezaba a morir por causas que negaba conocer.

Había días de llamadas largas y otros en que se mandaban tres mensajes y desaparecían hasta la mañana siguiente.

Una noche Martín llamó a las once y media. Claudia estaba en pijama corrigiendo una campaña de una empresa de muebles.

—Tienes cara de odiar el mundo —dijo él desde la pantalla.

—La palabra «atemporal» aparece doce veces.

—Grave.

—¿Tú dónde estás?

—En un hotel donde el aire acondicionado solo tiene dos modos: Siberia o muerte.

—Elige muerte.

—Estoy valorándolo.

Hablaron veinte minutos. Martín le contó que una pareja del grupo discutía desde hacía tres días por fotografías. Claudia le enseñó la planta moribunda.

—La has matado.

—Está adaptándose.

—Claudia.

—No eres mi padre.

—Gracias a Dios.

—Romántico.

—Tú empezaste.

Cuando colgaron, Claudia volvió al trabajo sin esa sensación antigua de que una conversación íntima debía durar horas para contar. Le gustaba que pudieran entrar y salir de la vida del otro sin ceremonia.

El grupo de amigas también cambió de ritmo. Eva empezó terapia con Álvaro. No daba partes diarios. Un jueves escribió simplemente:

EVA: Hemos ido. Seguimos vivos.

IRENE: ¿El terapeuta?

EVA: También.

MARTA: ¿Quieres hablar?

EVA: Hoy no.

MARTA: ❤️

Claudia observó el mensaje de Marta y sonrió. Meses atrás habría seguido con tres preguntas.

Irene tuvo su primera cena oficial con Andrés en Madrid y prohibió cualquier consulta durante las siguientes veinticuatro horas. A las dos de la madrugada mandó una foto de un postre.

CLAUDIA: ¿Eso significa bien?

IRENE: Significa tarta.

LUCÍA: Déjala vivir.

IRENE: Gracias, embarazada sensata.

Lucía entró en el último trimestre y empezó a odiar a todo el mundo por preguntar «¿cuánto te queda?» como si fuera una condena. Marta organizó un regalo conjunto y, antes de comprarlo, pidió opinión a la interesada. El grupo entero celebró el avance.

Claudia volvió a escribir en la libreta. Al principio fueron escenas del viaje. Luego aparecieron personajes que se parecían cada vez menos a ellas. Una noche llegó a diez páginas y cerró el documento sin pensar que aquello la obligaba a terminar una novela.

Se lo contó a Martín.

MARTÍN: Diez páginas ya son más que media.

CLAUDIA: No te emociones.

MARTÍN: Estoy completamente neutral.

CLAUDIA: Mentira.

MARTÍN: Un poco orgulloso.

Claudia leyó el mensaje dos veces.

Esta vez contestó sin buscar una salida ingeniosa.

CLAUDIA: Yo también.

Al mes de distancia, Claudia dejó de contar los días y empezó a reconocer el ritmo de Martín por detalles mucho menos románticos.

Sabía que si mandaba una fotografía de desayuno a las seis de la mañana era porque llevaba un grupo madrugador.

Si desaparecía después de comer, probablemente estaba en carretera.

Los audios de más de dos minutos significaban que había encontrado una habitación decente y podía sentarse.

Los mensajes de una sola línea solían llegar desde una recepción, un autobús o una cola.

Él también aprendió su calendario. Los lunes Claudia tenía una reunión con una agencia que casi siempre la dejaba de mal humor. Los miércoles intentaba escribir antes de empezar a trabajar. Los viernes comía con su padre si ninguno tenía entregas o médicos o la vida habitual atravesada.

Una tarde recibió un paquete pequeño en casa.

Dentro había un bolígrafo negro y una nota escrita en una tarjeta del hotel donde Martín se alojaba esa semana.

«El verde sigue siendo horrible. Este escribe mejor.»

Claudia llamó inmediatamente.

—Eres un imbécil.

Martín apareció en pantalla caminando por una calle llena de ruido.

—Hola a ti también.

—¿Me has mandado un bolígrafo desde el otro lado del océano?

—Lo compré aquí. Enviar una furgoneta era caro.

—Sabes que puedo comprar bolígrafos en Madrid.

—He oído rumores.

Claudia abrió la tapa y trazó una línea sobre la libreta.

—Es bueno.

—Lo sé.

—No significa que vaya a terminar nada.

—Tampoco lo ponía en la nota.

Ella giró la tarjeta entre los dedos.

—Gracias.

—De nada.

Martín miró hacia un lado.

—Tengo que entrar a cenar con el grupo.

—Ve.

—¿Hablamos mañana?

—Si puedes.

—Puedo por la noche.

—Entonces sí.

Claudia colgó y dejó el bolígrafo junto al portátil. Le gustó el regalo porque no llevaba promesa. Martín había visto una cosa que le importaba y había pensado en ella. Nada más necesitaba añadirse.

* * *

La segunda discusión llegó por un motivo todavía menos cinematográfico que la batería del teléfono.

Martín canceló una videollamada dos veces seguidas. La primera por una cena retrasada. La segunda porque uno de los viajeros enfermó y tuvo que acompañarlo a una clínica. La tercera noche Claudia ya tenía plan con Irene y no quiso cancelarlo.

MARTÍN: ¿Te llamo a las 22?

CLAUDIA: Estoy fuera.

MARTÍN: ¿Más tarde?

CLAUDIA: No sé a qué hora vuelvo.