La última soltera del grupo Capítulo 21 — Madrid
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Capítulo 21 — Madrid

MADRID

Claudia supo que había vuelto a Madrid porque, antes de abrir los ojos, oyó al vecino de arriba arrastrar una silla.

A las ocho y doce de la mañana.

Con esa constancia que solo tienen los ruidos ajenos cuando uno todavía está intentando recordar en qué cama se ha despertado.

Se quedó mirando el techo unos segundos. Su dormitorio. La grieta mínima junto a la lámpara. La persiana que nunca terminaba de cerrar bien por el lado izquierdo. Una camiseta colgada en el pomo del armario que llevaba allí desde antes de irse y que, por algún motivo, le pareció casi ofensiva.

Diez días fuera y su casa había tenido la indecencia de seguir exactamente igual.

Buscó el móvil bajo la almohada. Tenía veintisiete notificaciones en el grupo de las amigas, tres correos de trabajo, un mensaje de su madre preguntándole si había dormido bien y otro de Martín enviado a las seis y cuarenta y nueve.

Una fotografía.

Una máquina de café de aeropuerto.

Debajo, una frase.

«Esto debería ser delito.»

Claudia sonrió sin darse permiso para analizarlo. Contestó con una foto de su cafetera italiana y escribió:

«Hay gente que toma malas decisiones y luego estáis los que pagáis cuatro euros por eso.»

Martín tardó menos de un minuto.

«Me han dado un vaso de cartón y una lección de humildad.»

Claudia dejó el teléfono boca abajo sobre la cama.

Lo recogió cinco segundos después.

Nada nuevo.

—Patética —murmuró.

El vecino arrastró otra cosa.

—Y tú cállate.

Se levantó.

El viaje había terminado la tarde anterior con despedidas demasiado largas para un grupo que llevaba diez días conviviendo dentro de una furgoneta, tres taxis distintos y la promesa repetida de mandar todas las fotos cuando llegaran a casa.

Eva había llorado en el aeropuerto. Marta también, aunque Marta lloraba con una facilidad que convertía cualquier puerta de embarque en una escena de despedida transoceánica.

Lucía había abrazado a Claudia durante tanto tiempo que el bebé le había dado una patada y ambas se habían separado riéndose.

Irene había esperado hasta el último momento para decirle algo al oído.

—Como te pongas intensa ahora, te dejo aquí.

—Solo iba a decirte que Andrés me ha escrito.

Claudia se había apartado para mirarla.

—¿Y eso me lo cuentas ahora?

—Quería verte la cara.

—Eres mala persona.

—Me conoces desde hace trece años y lo descubres en Barajas.

Después había aparecido Martín, que se marchaba desde otra terminal dos horas más tarde porque tenía una reunión con la empresa antes de volver a salir.

No habían hecho ninguna escena. Él le había cogido la cara con las dos manos y la había besado como si alrededor no hubiese una familia discutiendo por una maleta, dos niños corriendo detrás de una botella de agua y una señora intentando reorganizar medio equipaje sobre una báscula.

—Te escribo cuando llegue —había dicho.

—Eso dicen todos los secuestradores antes de desaparecer.

—Prometo no pedir rescate.

—Mi madre pagaría poco.

—Me cae bien tu madre sin conocerla.

—No digas eso demasiado alto. Puede aparecer.

Y se habían separado.

La falta de una frase bonita preparada le había sentado mejor que cualquier declaración.

Ahora, en su cocina, abrió la nevera y encontró medio limón, mostaza, una bolsa de zanahorias con aspecto de haber perdido toda esperanza y un yogur que había caducado mientras ella bebía vino frente al Duero.

Pidió desayuno.

Después abrió el portátil.

A los diecisiete minutos ya estaba corrigiendo una campaña para una marca de colchones cuyo eslogan incluía la expresión «descansa como nunca» por cuarta vez en tres párrafos.

A las nueve y media recibió una videollamada de su madre.

Claudia dejó que sonara.

Volvió a sonar.

—Buenos días —dijo al aceptar—. Qué alegría comprobar que sigo teniendo derecho a intimidad.

Su madre apareció demasiado cerca de la cámara.

—¿Has desayunado?

—Todavía no he tenido tiempo de echar de menos Portugal.

—Eso no responde.

—He pedido tostadas.

—¿Pedir tostadas a casa? Claudia, tienes pan.

—Tengo cosas mucho peores y tampoco las utilizo.

—¿Cómo ha ido el viaje?

—Muy bien.

Su madre entrecerró los ojos.

Claudia conocía esa mirada. La había visto cuando tenía dieciséis años y llegó tarde, cuando suspendió estadística en la universidad y cuando fingió que no le dolía la ruptura con Carlos porque había decidido que, si repetía suficientes veces que era lo mejor, acabaría siendo verdad antes de tiempo.

—¿Muy bien? —repitió su madre.

—Sí.

—¿Y las chicas?

—Bien.

—¿Lucía?

—Bien.

—¿Eva?

Claudia hizo una pausa.

—Está pasando una época complicada.

Su madre dejó de buscar información sentimental durante unos segundos.

—¿Los niños están bien?

—Sí. Es cosa de ella y Álvaro. Ya te contará si quiere.

—Claro.

A Claudia le gustó que no preguntara más.

Duró poco.

—¿Y el guía?

—Mamá.

—¿Qué?

—Que cómo sabes tú que había un guía.

—Marta subió una foto.

—Voy a bloquearos a todas.

—Es guapo.

Claudia cerró los ojos.

—Acabamos de tener una conversación adulta de treinta segundos. Ha sido precioso mientras duró.

—Solo he dicho que es guapo.

—Y tú solo preguntas cosas inocentes desde 1991.

—¿Ha pasado algo?

Claudia estuvo a punto de responder con la misma broma de siempre. Podía decirle que sí, que había conseguido volver con todas las extremidades, que nadie había muerto en un viñedo y que por tanto el balance era positivo.

En cambio apoyó el codo en la mesa.

—Sí.

Su madre se quedó quieta.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que has acertado la primitiva.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Te conozco.

—Y yo a ti.

Claudia bajó la vista hacia la taza.

—Se llama Martín.

—Eso ya lo sé.

—Claro que lo sabes.

—¿Y?

Claudia respiró despacio.

—Y me gusta. Bastante. Se va tres meses por trabajo y hemos decidido ver qué hacemos. No hay boda. No hay mudanza. No hay nietos en camino. Si puedes vivir con esa información sin montar un comité, te lo agradecería mucho.

Su madre tardó un momento en contestar.

—Puedo.

Claudia levantó los ojos.

—¿Seguro?

—Seguro. Y si dentro de un mes no quieres seguir, también puedes. Y si él no quiere, pues será un imbécil y ya veremos qué hacemos con él.

Claudia se echó a reír.

—Eso ha empezado muy bien y ha terminado en amenaza.

—Soy tu madre.

—Ya.

—¿Estás contenta?

La pregunta llegó sin adornos.

Claudia miró la ventana. La calle de siempre. El repartidor de una empresa de mensajería aparcando donde no debía. Una mujer paseando un perro diminuto con un impermeable amarillo aunque no llovía. Su desayuno acababa de aparecer en el mapa de la aplicación a cuatro calles.

—Sí —dijo—. Estoy contenta.

Su madre sonrió.

Y, para sorpresa de Claudia, no añadió nada.

* * *

El grupo de WhatsApp se llamaba CINCO Y UNA FOTO desde que Irene había cambiado el nombre durante el vuelo.

A las once y siete Marta escribió:

MARTA: Tenemos que hablar de las fotos.

IRENE: Frase que anuncia siempre una tragedia.

LUCÍA: Hay 846.

CLAUDIA: ¿Cómo puede haber 846 fotos si estuvimos diez días?

IRENE: Eva fotografió cada desayuno como si trabajara para Turismo de Portugal.

EVA: Estoy aquí.

IRENE: Lo sé.

MARTA: Hago carpeta compartida.

CLAUDIA: Mete una cláusula para que nadie pueda publicar mi cara en la cata del día 6.

LUCÍA: Demasiado tarde.

Claudia abrió Instagram.

Lucía había publicado una fotografía de las cinco riéndose en una mesa larga, con Claudia inclinada hacia atrás y los ojos cerrados. Era una foto horrible según cualquier criterio que ella hubiera utilizado cinco años antes y probablemente la mejor de todo el viaje.

La guardó.

Eva escribió por privado veinte minutos más tarde.

«¿Tienes un rato?»

Claudia respondió que sí.

La llamó.

Eva apareció sentada dentro de su coche, aparcado en algún sitio. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y unas gafas de sol sobre la cabeza.

—Estoy abajo de casa —dijo—. Álvaro está con los niños.

—¿Habéis hablado?

—Hasta las dos de la mañana.

Claudia dejó de tocar el teclado.

—¿Y?

Eva miró por el parabrisas.

—No sé.

Dos semanas antes, aquella respuesta habría provocado en Claudia un impulso inmediato de buscar soluciones. Terapia. Separación temporal. Una lista. Algo que permitiera colocar el problema en columnas.

Esta vez esperó.

—Hemos decidido ir a terapia —continuó Eva—. Juntos, de momento. Y yo voy a buscar una para mí.

—Me parece bien.

—No sé si quiero arreglar el matrimonio.

—También me parece bien no saberlo.

Eva sonrió apenas.

—Qué rabia me da que estés razonable justo ahora.

—Puedo insultarte si te ayuda.

—Luego.

Se quedaron calladas unos segundos.

—He pensado mucho en lo que dijiste —añadió Eva.

Claudia notó que el cuerpo se le tensaba antes de que pudiera evitarlo.

—Yo también.

—Tenías razón en muchas cosas.

—Y tú en algunas.

—No hace falta que me lo pongas fácil.

—No te lo pongo fácil. Me jode admitirlo.

Eso consiguió arrancarle una risa.

—Yo llevo años preguntándote por tus citas como si fueran un proyecto del grupo —dijo Eva—. Y tú llevas años respondiendo a cualquier cosa que te contemos de nuestros matrimonios como si hubiésemos firmado una hipoteca con Satanás.

Claudia hizo una mueca.

—Puede que alguna vez haya sido un poco pesada.

—Una vez dijiste que las cenas de parejas eran una reunión de comunidad con sexo ocasional.

—Sigo pensando que es una definición bastante buena.

—Claudia.

—Vale. Sí. He sido una imbécil algunas veces.

Eva bajó la cabeza.

—Yo también.

—Ya.

—Podías haberme llevado la contraria un poco.

—No abuses de este momento.

Eva sonrió otra vez.

Después se le borró.

—Tengo miedo.

Claudia no preguntó de qué. Había demasiadas respuestas posibles.

—Llámame cuando quieras —dijo—. Aunque sea para no decir nada.

—Eso suena muy poco a ti.

—El viaje me ha destrozado el personaje.

—Ya lo he visto.

Eva arqueó una ceja.

Claudia supo exactamente adónde iba aquello.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Tienes una cara insoportable.

—¿Te ha escrito?

—Hace cuatro horas.

—¿Y?

—Y nada. Hablamos.

—¿Cuándo se va?

—Mañana empieza una ruta corta y después prepara la de tres meses.

Eva esperó.

—¿Estás bien con eso?

Claudia giró el anillo que llevaba en el índice.