La última soltera del grupo Capítulo 20 — El Último Día #2
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Capítulo 20 — El Último Día #2

Siguieron pasando imágenes. En la última estaban las cinco de espaldas frente al mar. Marta la marcó como favorita.

—Esta.

—No se nos ve la cara —dijo Irene.

—Por eso es perfecta —respondió Claudia.

Eva se tumbó boca arriba en la cama.

—¿Creéis que dentro de diez años seguiremos haciendo esto?

—¿Invadir habitaciones? —preguntó Lucía.

—Viajar.

Marta dejó el móvil.

—Espero que sí.

Irene se encogió en el suelo apoyada en la cama.

—Dentro de diez años quizá una viva fuera, otra tenga tres hijos, otra se haya casado dos veces y Claudia sea una escritora insoportable.

—Me gusta que mi futuro sea el peor —dijo Claudia.

—El más plausible.

Lucía acarició su barriga.

—Pues encontraremos dos días.

Eva miró a las cuatro.

—Sin condiciones.

Claudia entendió lo que quería decir. La promesa de los veintidós había convertido la vida de una de ellas en requisito. La próxima tendría que funcionar al revés.

—Sin condiciones —repitió.

Marta cogió el teléfono.

—Voy a apuntarlo.

—No —dijeron las demás.

—Era broma.

Nadie le creyó.

Cuando salieron hacia la cena, Claudia iba la última con Eva.

—Gracias por este viaje —dijo.

Eva la miró sorprendida.

—A pesar de todo.

—A pesar de todo —confirmó Claudia.

Eva le pasó un brazo por la cintura.

—La próxima vez prometo no llevar candidatos.

—La próxima vez te registro la maleta.

En la cena hicieron una nueva fotografía con la cámara instantánea. Cuando la imagen empezó a revelarse, Marta le dio la vuelta y escribió:

«A los cuarenta...»

—¿Solo eso? —preguntó Irene.

—Solo eso. Lo demás lo decidimos cuando llegue.

A Claudia le gustó dejar el futuro sin completar. Marta guardó las dos fotografías juntas.

—Como pierdas eso, te mato —dijo Claudia.

—Nunca pierdo nada importante.

Irene miró la bolsa que Marta había extraviado esa misma tarde y acabó riéndose.

La última cena terminó con brindis. Nuria habló de repetir ruta algún día. Dani dijo que prefería una sin cuestas. Lucía brindó por haber sobrevivido embarazada a cinco mujeres opinando sobre cuándo debía sentarse. Eva brindó por dejar de organizarlo todo durante al menos veinticuatro horas.

—Eso no te lo crees ni tú —dijo Irene.

—Déjame tener sueños.

Claudia levantó la copa.

—Yo brindo porque la próxima promesa que firmemos no tenga ninguna condición sentimental.

Marta alzó la suya.

—Aceptado.

Martín la miró desde el otro lado de la mesa.

Claudia sostuvo sus ojos un momento.

El brindis podía quedarse en el grupo. Lo que le importaba con Martín ya estaba entre ambos.

Después de cenar, las amigas se fueron a tomar una copa. Claudia dijo que caminaría un rato.

Nadie preguntó con quién.

Martín esperaba fuera.

—Discreción impecable —dijo ella.

—Tus amigas me han guiñado el ojo al salir.

—Horrible.

Caminaron hacia el río.

—Mañana os llevo al aeropuerto —dijo él.

—Lo sé.

—Intento hablar de algo.

—Mal tema.

Se sentaron en un banco. Oporto brillaba al otro lado del agua.

—Voy a echar de menos el asiento delantero —dijo Claudia.

—Puedo enviarte fotos.

—Eso sería enfermizo.

—Tú creaste Contabilidad.

—Buen argumento.

Martín le pasó un brazo por los hombros. Claudia apoyó la cabeza contra él.

—¿Te arrepientes de haberme ayudado? —preguntó.

—Muchísimo. He infringido probablemente siete protocolos internos.

—Romántico.

—Y he tenido que aprender demasiado sobre las preferencias sentimentales de tus amigas.

—Eso no tiene precio.

Se quedaron un rato sin hablar.

Claudia pensó que, antes del viaje, habría interpretado aquella escena como una amenaza a su equilibrio. Una despedida romántica, un hombre marchándose, incertidumbre. Todo lo que normalmente evitaba.

Ahora seguía sin gustarle la incertidumbre. Lo diferente era que no sentía necesidad de fingir lo contrario.

—Quiero verte en Madrid —dijo.

—Te veré.

—No me prometas cosas que dependen de horarios de rutas.

—Quiero verte en Madrid y haré por verte.

—Mejor.

Martín le besó la frente.

—Eres agotadora.

—Y todavía no me conoces trabajando con un cliente que dice «hazlo más premium».

—Tengo miedo.

Claudia levantó la cabeza y lo besó.

Aquella noche volvieron al hotel tarde y dejaron la despedida grande para el día siguiente. Aún tenían unas horas, una habitación, sueño acumulado y demasiadas cosas que preferían decir sin convertirlas en discurso.

A la mañana siguiente, la furgoneta los esperaba en la puerta.

Claudia se sentó delante por última vez.

Martín le entregó un café con leche.

—Suscripción cancelada a partir de hoy —dijo.

—Pésimo servicio postventa.

Durante el trayecto al aeropuerto hablaron con el grupo. Marta repasó fotos. Eva comprobó documentación por reflejo. Irene escribió a Andrés. Lucía se quedó dormida.

Al llegar, Martín descargó las maletas.

Las despedidas ocurrieron una detrás de otra. Abrazos, promesas de enviar fotos, bromas sobre reseñas.

Claudia esperó al final.

—Bueno —dijo.

—Qué romántica otra vez.

—Es mi especialidad.

Martín la abrazó. Ella apoyó la cara en su cuello y se permitió quedarse allí unos segundos.

—Escríbeme cuando llegues.

—Eso suena a pareja.

—Retiro la petición.

—Ni se te ocurra.

Se besaron.

Cuando Claudia se separó, vio a sus cuatro amigas a unos metros fingiendo mirar cualquier otra cosa.

—Son lamentables.

—Las quiero un poco.

—Cuidado. Se crecen.

Claudia cogió su maleta.

—Nos vemos en Madrid.

—Nos vemos.

Caminó hacia las puertas automáticas.

Esperó a estar dentro para mirar atrás.

Martín seguía allí.

Levantó una mano.

Claudia hizo lo mismo.

Luego se volvió hacia sus amigas.

Irene sonreía.

—Ni una palabra —advirtió Claudia.

—Tenemos un vuelo entero.

—Os odio.

Marta enganchó su brazo con el de ella.

—Portugal ha funcionado.

—Como vuelvas a decir eso, te quedas aquí.

Marta se rió.

Y las cinco caminaron hacia seguridad juntas.