La última soltera del grupo Capítulo 20 — El Último Día
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Capítulo 20 — El Último Día

EL ÚLTIMO DÍA

Oporto los recibió con lluvia fina.

Marta declaró que la lluvia era una señal emocional del viaje. Irene le pidió que dejara de personificar la meteorología.

Volvieron al mismo hotel de la primera noche. Las habitaciones cambiaron. Claudia y Irene conservaron pareja por pura costumbre.

El día tenía pocas actividades. Paseo, comida, tarde libre y una última cena juntos. El vuelo salía a la mañana siguiente.

Claudia sentía una tristeza leve y persistente. Martín era una parte, aunque el viaje también había creado una pequeña burbuja donde las cinco habían hablado más de lo que hablaban normalmente en seis meses de cenas interrumpidas por horarios, niños y trabajos.

Eva parecía más tranquila desde la conversación con Álvaro de la noche anterior. Habían acordado hablar en persona al regreso y buscar terapeuta de pareja antes de decidir nada.

—No significa que vayamos a arreglarlo —explicó mientras caminaban junto al río.

—Tampoco tiene que significarlo —dijo Claudia.

—Quiero dejar de tratarlo como una empresa en crisis.

—Buen principio.

—Y tú deja de sonar como mi terapeuta.

—Cobro menos.

Lucía compró otro regalo para el bebé. Marta perdió una bolsa y la encontró veinte minutos después en una cafetería. Irene recibió un audio de Andrés y se negó a reproducirlo delante de todas.

—Hay intimidad en esta amistad —protestó.

—Desde cuándo —preguntó Claudia.

Salieron a caminar por Oporto. Volver a calles de la primera jornada produjo una sensación extraña. Claudia recordaba dónde había empezado a sospechar de las amigas, dónde había tomado la primera copa con Javier, dónde había preguntado a Martín por las notas de reserva.

—Parece hace un mes —dijo.

Irene caminaba a su lado.

—Porque hemos vivido cuarenta conflictos en diez días.

—Tú has ligado.

—Tú más.

—No competimos.

—Ganaría yo. Andrés tiene calendario compartido.

Claudia se rió.

Se detuvieron en una cafetería. Marta quiso repetir una foto de la primera tarde. Encontraron casi el mismo punto y se colocaron.

—Esta vez Martín sale —dijo Lucía.

Claudia miró a su amiga.

—¿Por qué?

—Porque forma parte del viaje.

Marta asintió con demasiado entusiasmo.

—Sí. Foto de grupo completa.

Martín intentó negarse.

—Estoy trabajando.

—Precisamente —dijo Eva—. Te hemos dado suficiente trabajo para justificar presencia.

Dani pidió a un camarero que tomara la fotografía. Se colocaron todos. Martín quedó detrás de Claudia. Ella notó su mano rozando su espalda, prudente, invisible para la cámara.

El flash no existía en el móvil, pero Claudia sintió igualmente que aquella imagen iba a quedarse.

Después de comer, tuvo media hora sola con Marta.

Su amiga estaba inusualmente tranquila.

—¿Te arrepientes del viaje? —preguntó Claudia.

—De algunas cosas.

—Define.

—De haberte organizado citas sin preguntarte. De meterme demasiado. Del tercer vestido que traje y no he usado.

—Eso último imperdonable.

—Pero del viaje no. Creo que lo necesitábamos todas.

Claudia asintió.

—Yo también.

Marta la miró con una sonrisa pequeña.

—Y no voy a decir nada de Martín.

—Gracias.

—Nada.

—Marta.

—Solo que me alegro.

Claudia sonrió.

—Eso sí puedes.

Su amiga la abrazó.

—Prometo aprender.

—No prometas demasiado.

—Intentaré aprender.

—Mejor.

Por la tarde entraron en una tienda pequeña y decidieron comprar algo absurdo para recordar el viaje. Irene eligió cinco imanes idénticos con un tranvía pintado.

—Esto es horrible —dijo Claudia.

—Precisamente.

—Yo quería algo bonito —protestó Marta.

—Tú tienes cuatrocientas fotos bonitas.

Lucía sostuvo uno de los imanes.

—A mí me gusta.

—Estás embarazada. Tu criterio está protegido legalmente —dijo Irene.

—Voy a lanzártelo.

Compraron los cinco.

Claudia añadió una postal para sus padres y una taza para ella. Martín la vio pagar.

—Seis días criticando las compras de recuerdos y caes con una taza.

—Tiene utilidad.

—Claro.

—Tú compras queso.

—El queso se come.

—La taza sostiene café. Estamos empatados.

Al salir, él le entregó una bolsa pequeña.

—¿Qué es?

—Nada importante.

Dentro había un bolígrafo de tinta azul, sencillo, de una papelería por la que habían pasado días antes.

—¿Para la libreta?

—El que usas pierde tinta. Me lo has prestado tres veces y siempre acaba manchándote el dedo.

Ella bajó la vista al bolígrafo.

El regalo costaría unos pocos euros. Le emocionó de una manera que una gran declaración habría tenido difícil superar porque significaba que Martín había visto una cosa mínima y la había guardado.

—Gracias.

—No hagas una escena.

—No estaba haciendo nada.

—Tienes cara.

—Qué observador.

—Me pagan por eso.

Claudia guardó el bolígrafo en la libreta.

—Te traeré algo de Madrid antes de que te vayas.

—No hace falta.

—No he pedido permiso.

—Bien jugado.

Después, Claudia caminó un rato con Eva.

—¿Tienes ganas de volver? —preguntó.

Eva tardó en responder.

—De ver a los niños, muchísimo. De entrar en casa y sentarme con Álvaro, nada.

—Es normal.

—No sé si lo es.

—Da igual. Es lo que sientes.

Eva sostuvo una bolsa pequeña contra el pecho.

—He comprado un llavero para cada uno. Antes les llevaba cosas mejores.

—Tienen cinco y siete años. Un llavero es tesoro durante cuarenta y ocho horas.

—Mateo lo perderá antes.

—También será una experiencia.

—¿Tú tienes ganas de volver?

—Sí. También de quedarme dos días más.

—Por Martín.

—Por vosotras también.

—Respuesta políticamente correcta.

—Es verdad. Aquí hemos hablado más que en todo el último año.

—Nos hacía falta.

Claudia miró un escaparate.

—Sin la parte de las citas, preferiblemente.

—Recibido.

Eva se detuvo.

—Quiero decirte algo antes de volver.

—Miedo.

—No te tomes lo de Martín como una prueba de nada.

—¿Qué?

—Sé que te preocupa que nosotras pensemos que teníamos razón. Ayer te escuché decirlo. Yo no tenía razón. Tú no necesitabas que te buscáramos a nadie. Que hayas conocido a Martín aquí es una casualidad y punto.

Claudia sintió una presión cálida en el pecho.

—Gracias.

—Y si dentro de tres meses lo mandas a la mierda, tampoco demostrarás que tenías razón tú.

—Ahí está Eva.

—Solo quería equilibrar.

—Te estaba quedando demasiado bonito.

Eva la abrazó de lado mientras seguían caminando.

—Lo nuestro tampoco será una prueba de que casarse funcione o no funcione. Supongo.

—Supongo.

—Me molesta vivir en el supuesto.

—A mí también.

—Qué semana más educativa.

—No vuelvas a decir eso o te cobro la terapia.

Al regresar al hotel encontraron a Irene tumbada atravesada en un sofá de recepción y a Lucía con los pies elevados sobre una maleta.

—¿Dónde está Marta? —preguntó Claudia.

Irene señaló hacia el ascensor.

—Ha subido a comprobar que no deja nada.

—¿Cuánto lleva?

—Veinticinco minutos.

—Está haciendo inventario.

Lucía cerró los ojos.

—Ha preguntado si alguien recuerda cuántos cargadores trajo.

—Tres —dijo Eva automáticamente.

Las cuatro se volvieron hacia ella.

Eva se llevó una mano a la frente.

—Lo sé. Estoy enferma.

Claudia empezó a reírse.

Marta apareció entonces con cuatro cargadores en la mano.

—¿De quién es este?

Irene señaló a Eva.

—Tu sustituta está preparada.

La tarde se consumió así, entre objetos perdidos, conversaciones pequeñas y esa tristeza ridícula que aparece al guardar ropa sucia en una maleta.

Claudia descubrió que no quería que el viaje terminara limpio.

Prefería llevarse también las partes incómodas.

Habían discutido, se habían pasado límites, se habían pedido perdón y seguían allí, intercambiando cargadores como si nada de aquello fuera incompatible.

Aquella noche, antes de la última cena, las cinco terminaron en la habitación de Eva sin haberlo planeado.

Marta había entrado a devolverle un cargador.

Irene fue detrás buscando un espejo. Lucía necesitaba sentarse mientras se secaba el pelo y Claudia apareció porque nadie le contestaba los mensajes.

Diez minutos después había zapatos en el suelo, neceseres abiertos y una bolsa de patatas circulando de mano en mano.

—Esto sí se parece a los viajes de antes —dijo Marta mientras se pintaba una raya del ojo.

Irene la miró a través del espejo.

—Antes dormíamos las cinco en una habitación porque éramos pobres.

—Y ahora estamos aquí por voluntad propia —dijo Claudia—. Hemos empeorado.

Lucía estaba sentada en la cama con una almohada detrás de la espalda.

—Yo no me muevo hasta la cena. Si queréis echarme, necesitáis grúa.

Eva le lanzó una patata.

—Quédate.

Marta abrió la galería del móvil.

—Quiero elegir diez fotos del viaje.

Las cuatro protestaron.

—Diez. Solo diez.

—Tienes casi mil —dijo Claudia.

—Por eso necesito ayuda.

Se acercaron. La selección tardó cuarenta minutos y terminó con veintisiete fotografías porque ninguna quiso eliminar la del primer día, ni la del mirador, ni una en la que Irene salía con la fuente de cerámica abrazada como un bebé.

Había una de Claudia con Javier, tomada durante la actividad de Oporto. Marta intentó pasarla rápido.

—Espera —dijo Claudia.

Su amiga se quedó quieta.

—¿La borro?

—No. Salimos bien.

—Pensé que igual te molestaba.

—Javier me cae bien. La foto no tiene la culpa de vuestro delito.

Irene se echó a reír.

—Madurez.

—No abuses.

Apareció otra de Sergio. Otra de Tomás levantando una copa. Andrés salía en dos, siempre cerca de Irene aunque en aquel momento nadie hubiera querido llamarlo señal.

—Mira tu cara —dijo Lucía.

Irene le quitó el teléfono.

—Siguiente.

—Estás sonriendo.

—Yo sonrío a menudo.

—No así.

—He dicho siguiente.

Marta obedeció.

Luego apareció Martín en una fotografía del grupo, al fondo, cargando una caja de agua.

Claudia lo había visto muchas veces durante esos días, pero aquella imagen le produjo una sensación extraña.

Él existía en el viaje antes de que ella lo mirara de otra forma.

Había estado allí haciendo su trabajo mientras sus amigas organizaban una operación absurda y ella se empeñaba en no necesitar que nadie le moviera una silla.

—Esa es bonita —dijo Eva.

Claudia la miró.

—¿Cuál?

—La foto, pesada.

—Ah.

Irene sonrió.

—Claudia ha desarrollado lenguaje propio con la palabra «ah».

—Cállate.