La última soltera del grupo Capítulo 19 — Lo Que No Prometimos #2
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Capítulo 19 — Lo Que No Prometimos #2

Se detuvieron cerca del agua. Claudia llevaba las sandalias en una mano. Martín estaba descalzo.

—Hay otra cosa —dijo ella.

—Dime.

—No quiero ser «la chica que espera».

—Entonces no lo seas.

—No me refiero a salir con otros. Hemos hablado de eso. Me refiero a poner mi vida en pausa.

—No quiero que lo hagas.

—Bien.

—Y yo tampoco voy a poner la mía en pausa cuando vuelva para compensar.

Claudia sonrió.

—También bien.

—Esto es muy poco romántico.

—A mí me parece bastante romántico.

—¿Sí?

—Que ninguno tenga que hacerse más pequeño para que el otro se quede.

La frase salió sin preparación. Claudia sintió una vergüenza leve por haberse puesto seria.

Martín no se burló.

—A mí también.

Caminaron un rato en silencio.

Por la noche, Claudia habló con Eva. Su amiga estaba tumbada en la cama mirando el techo.

—¿Tres meses? —preguntó cuando Claudia se lo contó.

—Sí.

—Yo estaría histérica.

—Gracias.

—No digo que debas estarlo. Digo que yo lo estaría.

—Ya.

Eva giró la cabeza.

—¿Qué quieres hacer?

—Probar.

—¿Distancia?

—Supongo.

—¿Y si sale mal?

Claudia se encogió de hombros.

—Pues saldrá mal.

Eva se quedó mirándola.

—Te envidio un poco.

—¿Por qué?

—Porque ahora mismo estás entrando en algo sin saber qué será. Yo llevo años intentando que todo sea seguro antes de vivirlo.

Claudia se sentó a su lado.

—Yo llevo años evitando entrar en nada que pudiera quitarme seguridad. Tampoco soy ejemplo de mucho.

—Estamos hechas unas campeonas.

—Absolutas.

—¿Le quieres?

La pregunta cayó demasiado pronto.

Claudia negó.

—No sé. Me gusta muchísimo. Le conozco desde hace diez días.

—Eso es bastante sensato.

—Gracias.

—Yo a los diez días con Álvaro ya había dicho a Marta que iba a casarme con él.

—Tú estabas enferma.

—Puede.

—Y te casaste ocho años después. No fue exactamente impulso.

Eva sonrió con nostalgia.

—No.

Claudia entendió que el matrimonio de su amiga no era una equivocación por estar en crisis ahora. Había contenido años buenos, hijos, decisiones queridas. El presente no reescribía todo lo anterior.

La idea le sirvió también para Martín. Si aquello duraba tres meses, un año o veinte, no necesitaba saberlo para decidir que quería vivirlo ahora.

A media tarde, Martín terminó sus llamadas y Claudia cerró el portátil. Quedaron solos en una sala común casi vacía. Afuera llovía lo justo para hacer poco atractivo cualquier paseo.

—Tenemos que hablar de una cosa aburrida —dijo Claudia.

—Mis favoritas.

—Comunicación.

Martín dejó el teléfono boca abajo.

—Adelante.

—No quiero que nos pasemos tres meses haciendo videollamadas obligatorias a una hora fija como si ficháramos.

—Yo tampoco.

—Y tampoco quiero que desaparezcas cuatro días y luego mandes una foto de una playa como si nada.

—Eso parece razonable.

—No abuses de la palabra.

—¿Qué propones?

Claudia pensó.

—Que avisemos cuando vayamos a estar incomunicados. Que hablemos cuando podamos. Y que si uno necesita más, lo diga en lugar de hacer una prueba secreta para ver si el otro se da cuenta.

—Eso último suena muy específico.

—Experiencia acumulada.

—De acuerdo.

—También quiero poder salir con mis amigas sin mandarte pruebas de vida.

—Claudia, yo trabajo viajando. Sería un poco incoherente exigirte geolocalización.

—Estoy fijando principios.

—Perfecto. Mi principio es que no necesito saber dónde estás salvo que vengas a recogerme al aeropuerto.

—No pienso recogerte en el aeropuerto.

—Qué dura.

—El metro llega.

Martín se rió.

—¿Exclusividad? —preguntó después.

La palabra cambió ligeramente el aire.

Claudia agradeció que la dijera sin disfrazarla.

—Yo quiero —respondió—. Si vamos a probar esto, no me apetece estar con otra gente.

—A mí tampoco.

—Eso ha sido fácil.

—Podemos complicarlo si necesitas ambiente.

—No.

Martín alargó la mano.

—Hay otra cosa.

—Dime.

—Durante la ruta voy a tener días de doce horas. Algunos grupos son tranquilos. Otros no. Si respondo tarde, no significa que me haya arrepentido de nada.

Claudia miró sus dedos entrelazados.

—Y si yo tengo una entrega, quizá lea un mensaje y no conteste hasta la noche.

—Bien.

—Odio que estemos negociando como adultos funcionales.

—Podemos pelearnos por algo.

—¿Piña en la pizza?

—Me da igual.

—Eres inútil.

—Tortilla con cebolla.

—Con.

—También.

Claudia hizo una mueca.

—No tenemos futuro.

Martín se inclinó hacia ella.

—Eso ya lo sabíamos.

Lo besó antes de que pudiera seguir riéndose.

El beso empezó ligero y se volvió más lento cuando dejaron de hablar. Claudia le pasó una mano por la nuca. Martín la acercó con cuidado, como llevaba haciendo desde la primera noche, esperando siempre a que ella terminara la distancia.

Cuando se separaron, Claudia mantuvo la frente contra la suya.

—Tres meses me parecen más ahora que esta mañana.

—A mí también.

—Gracias. Necesitaba que te fastidiara.

—Me fastidia mucho.

—Mejor.

Martín le rozó la mejilla con el pulgar.

—Y sigo queriendo ir.

—Ya lo sé.

—Y sigo queriendo esto.

—También.

Se quedaron allí hasta que apareció Dani buscando un cargador. Esta vez nadie se apartó de golpe.

Dani levantó las manos.

—He desarrollado inmunidad.

—Vete —dijo Claudia.

—Eso intento.

Cuando desapareció por el pasillo, Martín apoyó la cabeza contra el respaldo.

—Voy a echar de menos a Dani.

—Yo no.

—Mentira.

—Un poco.

La conversación sobre la distancia no solucionó la distancia.

A Claudia le sirvió para algo más modesto: dejó de imaginarla como un examen que debían aprobar.

Serían tres meses de vida normal en lugares distintos.

Si funcionaba, bien. Si costaba, hablarían.

Si terminaba, dolería. Ninguna posibilidad necesitaba ser escondida para poder empezar.

Esa noche se lo dijo.

—Quiero probar —dijo mientras estaban sentados fuera—. De verdad. Sin fingir que me da igual.

Martín sonrió.

—Yo también.

—Y cuando te vayas, te echaré de menos y probablemente estaré cabreada algunos días.

—Acepto.

—No es un contrato.

—Lástima. Contabilidad iba muy bien.

Claudia se rió y lo besó.