Capítulo 19 — Lo Que No Prometimos
LO QUE NO PROMETIMOS
La última mañana antes de volver a Oporto empezó con una noticia que Martín llevaba varios días posponiendo.
Claudia lo supo porque dejó el café delante de ella y no se sentó.
—Tengo que contarte una cosa.
—Eso nunca trae café suficiente.
Él ocupó la silla enfrente.
El comedor estaba casi vacío. Las demás tardarían aún un rato en bajar.
—Me han ofrecido coordinar una ruta larga a partir de julio.
Claudia apoyó las manos alrededor de la taza.
—¿Dónde?
—Centroamérica. Varias salidas durante tres meses, con descansos cortos entre grupos.
—Eso suena bien.
—Lo es.
—¿Quieres ir?
Martín tardó lo justo para que la respuesta quedara clara.
—Sí.
Claudia sonrió.
—Entonces ve.
Él la miró como si esperara algo más.
—¿Así?
—¿Qué quieres que haga? ¿Que te esconda el pasaporte?
—No.
—Pues ve.
Martín tocó su taza sin beber.
—La oferta estaba antes de conocerte. No cerré porque faltaban detalles.
—No tienes que justificarla.
—Quiero explicártelo.
Claudia sintió una incomodidad que había intentado evitar desde el principio. Tres meses no eran una eternidad. Tampoco eran nada para dos personas que se conocían desde diez días y aún no sabían cómo llamar a lo que tenían.
—¿Cuándo te vas?
—Dentro de tres semanas.
—¿Y hasta entonces?
—Tengo dos rutas cortas. Estaré varios días en Madrid.
—Bien.
Martín la observó.
—Has dicho «bien» como si estuvieras haciendo un esfuerzo emocional.
Claudia se rió.
—Te odio un poco.
—Me lo merezco.
—Me alegro por ti.
—Y te fastidia.
—También.
La honestidad se sintió mejor que fingir indiferencia.
—No quiero que cambies un plan que ya tenías por alguien que conoces desde hace diez días —dijo ella.
—No pensaba hacerlo.
La respuesta, razonable y esperable, pinchó más de lo que Claudia quería admitir.
Martín lo vio.
—Eso ha sonado peor de lo que quería.
—Ha sonado exactamente como debería.
—Claudia.
—De verdad. No quiero que te quedes. Pero una parte estúpida de mí quería que al menos pareciera una decisión difícil.
Martín se inclinó hacia ella.
—Lo es.
—Acabas de decir que quieres ir.
—Quiero ir. Y también quiero verte.
—Las dos cosas pueden existir.
—Exacto.
Claudia miró el café.
—Qué poco cinematográfico.
—Podemos discutir en un aeropuerto si te hace ilusión.
—Odio los aeropuertos.
—Entonces descartado.
Se quedaron en silencio.
—¿Qué hacemos? —preguntó Claudia.
—Nos vemos cuando estemos en Madrid. Hablamos. Luego me voy y vemos qué pasa.
—Un plan sin garantías.
—Parece bastante apropiado para nosotros.
Ella levantó la vista.
—No te estoy esperando tres meses como una viuda de guerra.
—Espero que no.
—Voy a salir.
—Claro.
—Y quizá ligue con Sergio.
Martín sonrió.
—Eso ya es provocación.
—Quería comprobar que estabas vivo.
—Muy vivo.
Claudia alargó la mano. Martín la tomó.
—Me gustas mucho —dijo ella.
—Tú a mí también.
—Y esto me da bastante miedo.
—A mí también.
—Bien.
—Ahora sí puedo decirlo yo: bien.
Claudia se echó a reír.
Después de hablar con Martín sobre los tres meses fuera, Claudia llamó a su padre.
Eligió a su padre. Su madre habría necesitado contexto, nombres, fechas y probablemente una fotografía, mientras que él tenía una habilidad útil para aceptar conversaciones que empezaban en mitad de algo.
—Hola —dijo él—. ¿Todo bien?
—Sí. Una pregunta.
—Dispara.
—Si conoces a alguien y se va tres meses fuera por trabajo, ¿es absurdo intentar algo?
Hubo una pausa.
—¿Estamos hablando de ti?
—No importa.
—Entonces sí estamos hablando de ti.
Claudia se apoyó en la pared exterior del hotel.
—Papá.
—Tres meses no son tanto.
—Nos conocemos desde hace diez días.
—Eso parece más importante.
—Gracias.
—No he dicho que no lo intentes.
Claudia esperó.
—Cuando conocí a tu madre —continuó él—, yo trabajaba seis días a la semana y ella estudiaba oposiciones. Nos veíamos los domingos por la tarde. Durante meses.
—Eso suena horrible.
—Nos parecía estupendo porque queríamos vernos.
—Erais jóvenes.
—Tú también, aunque os hayáis convencido de que treinta y cinco es una enfermedad.
—Mamá te ha entrenado.
—Cuarenta años.
—¿Y cómo sabías que merecía la pena?
—No había forma de saberlo. Me apetecía verla el domingo siguiente.
La respuesta le gustó por sencilla.
—Eso es todo tu consejo.
—Sí. Y que no prestes dinero.
—¿Qué?
—Consejo general.
Claudia rió.
—Gracias.
—¿Se lo cuentas a tu madre tú o finjo sorpresa?
—Todavía no hay nada que contar.
—Entonces fingiré sorpresa más adelante.
Colgó con la sensación de haber buscado una fórmula y recibido permiso para no tenerla.
Martín salió del hotel poco después.
—¿Todo bien?
—Mi padre me ha aconsejado no prestarte dinero.
Él frunció el ceño.
—Me parece prudente.
—También dice que tres meses no son tanto.
—Tu padre me cae bien.
—No te emociones.
Caminaron unos metros.
—He pensado en lo que dijiste —añadió Claudia—. Quiero intentarlo. Sin hacer como si ya supiéramos adónde va.
Martín asintió.
—Yo también.
—Y si resulta un desastre, al menos tendremos material para Contabilidad.
—Eso sí parece un compromiso serio.
Claudia le cogió la mano.
A media tarde, Claudia bajó al salón del alojamiento buscando un enchufe y encontró a Martín rodeado de mapas, reservas impresas y dos libretas llenas de anotaciones. Tenía el portátil abierto, un auricular puesto y hablaba con alguien de la empresa sobre horarios de vuelos.
Ella señaló una mesa libre con el dedo. Martín asintió sin interrumpir la llamada.
Claudia se instaló allí y abrió su correo.
Durante casi una hora trabajaron a pocos metros.
Martín pasó de una llamada a otra, comprobó seguros, corrigió un nombre en una lista y discutió con un alojamiento que quería cambiar una reserva.
En algún momento se levantó para imprimir dos documentos y volvió con un café para Claudia sin preguntarle.
—Gracias —murmuró ella.
Él hizo un gesto con la mano y siguió hablando.
Claudia observó los mapas extendidos. Había rutas marcadas, tiempos, nombres de responsables locales y notas escritas con su letra ordenada.
Aquello tenía muy poco de huida improvisada.
Martín era bueno en su trabajo y, aunque se quejara de los horarios, se le veía interesado mientras resolvía problemas.
La evidencia le produjo dos emociones poco compatibles: orgullo por él y una irritación infantil porque ese mismo trabajo se lo llevara tres meses.
Abrió un correo que llevaba desde la mañana pendiente.
Una agencia de Madrid le ofrecía coordinar textos para una campaña de seis semanas. Era un proyecto grande, bien pagado y con reuniones a horas fijas. Claudia había pensado rechazarlo por miedo a que complicara cualquier visita a Martín durante la ruta.
Leyó el mensaje otra vez.
Después abrió su calendario.
Podía aceptar. Si más adelante quería viajar unos días, ya buscaría la forma. No tenía sentido reservar huecos para planes que ni siquiera existían y llamarlo romanticismo.
Respondió que sí.
Al enviar el correo sintió alivio.
Martín terminó una llamada unos minutos después y se acercó con su taza.
—Tienes cara de haber cobrado algo.
—He aceptado un proyecto de seis semanas.
—¿Bueno?
—Bastante. Mucho trabajo y gente que probablemente use la palabra «disruptivo» sin ironía.
—Mi pésame.
—Paga bien.
—Entonces enhorabuena.
Claudia giró el portátil para enseñarle el calendario.
—Va a ocuparme casi todas las mañanas.
Martín miró sin entender por qué era relevante.
Ese detalle le gustó.
—Podré mover alguna cosa si voy a verte —añadió—, pero no voy a dejar el proyecto abierto por si acaso.
—Espero que no.
—Una parte de mí pensó hacerlo.
Martín se sentó enfrente.
—¿Por qué?
—Porque soy una romántica secreta con pésima gestión emocional.
—Eso sí que no estaba en la ficha.
—Marta falló.
Él sonrió.
—Me gusta que tengas trabajo. Y vida. Sería bastante raro que diez días conmigo borraran tu calendario.
—Gracias. Necesitaba oírlo aunque ya lo sabía.
Martín miró sus propios papeles.
—A mí también me pasa. Una parte muy pequeña espera que me digas que tres meses son una barbaridad y que debería quedarme.
Claudia levantó la vista.
—¿Quieres que te lo diga?
—No. Quiero ir.
—Entonces no te lo digo.
—Pero me gusta que te fastidie.
—Me fastidia muchísimo.
—Bien.
—Y tu café es horrible.
—Eso ya es crueldad.
Claudia sonrió y volvió al portátil. Siguieron trabajando otro rato, cada uno con lo suyo, mientras los tres meses dejaban de ser una abstracción y se convertían en calendarios concretos, vuelos y mensajes que tendrían que aprender a encajar.
La conversación sobre Centroamérica siguió durante todo el día en pequeñas piezas.
Claudia evitó convertirla en un conflicto, aunque cada detalle hacía más real la distancia.
Tres meses.
Vuelos. Grupos distintos. Días sin horario fijo. Una semana libre quizá en agosto. Cobertura irregular en algunas zonas. Martín hablaba de ello con entusiasmo profesional y culpa visible cuando recordaba que ese entusiasmo podía herirla.
—Para —dijo Claudia mientras caminaban por una playa al final de la tarde.
—¿Qué?
—Deja de poner cara de culpable cada vez que dices algo que te apetece del viaje.
Martín la miró.
—No quiero que parezca que estoy encantado de irme.
—Puedes estar encantado con el trabajo y fastidiado por irte de Madrid. No me rompe la cabeza.
—Bien.
—Además, si empiezas a fingir que no te hace ilusión, voy a sentir que tengo que consolarte por algo que sí te hace ilusión. Eso sería insoportable.
—Bastante.
Claudia pateó arena.
—Lo que me da miedo es otra cosa.
—¿Qué?
—Que esto solo funcione aquí.
Martín tardó en responder.
—A mí también.
—En Portugal tenemos un contexto. Estamos todo el día juntos. Yo me siento delante. Tú sabes dónde voy a estar mañana.
—Y en Madrid podemos descubrir que te caigo fatal después de cuatro horas.
—Es posible.
—Tú también puedes caerme fatal.
Claudia lo miró ofendida.
—Eso es mucho menos probable.
Martín se rió.
—Podemos comprobarlo antes de julio.
—Eso sí.
—Y después no necesitamos decidir hoy si tres meses van a destruir una relación que todavía no sabemos nombrar.
—Odio tu sensatez.
—Me lo dices mucho.