Capítulo 18 — Las Vidas Correctas #2
Claudia metió las manos en los bolsillos.
—Eso es lo que intento hacer con Eva.
—Te sale bien.
—No me elogies.
—Ya hemos hablado de esto.
—Me pone nerviosa.
—¿Yo te pongo nerviosa?
—Muchísimo.
Él sonrió y se inclinó para besarla.
Esta vez Claudia no pensó en sus amigas.
La mañana siguiente tuvo una normalidad deliberada. Desayunaron en mesas separadas, nadie preguntó si alguien estaba bien y Marta habló durante diez minutos con Nuria sobre una tienda de cerámica como si el futuro de Europa dependiera de ello.
Claudia agradeció el descanso.
A media mañana, Eva se acercó mientras el grupo caminaba por un paseo marítimo.
—¿Ahora?
Claudia asintió.
Se quedaron atrás.
—Lo de ayer —empezó Eva—. Dije cosas para hacerte daño.
—Yo también.
—Lo sé. No quiero hacer una lista comparativa.
—Milagro.
Eva sonrió apenas.
—Lo que dije sobre que necesitas que estemos peor...
—Hay una parte que me he ganado.
Su amiga la miró sorprendida.
—No toda. Pero he usado vuestras quejas como prueba de que mi vida es más sencilla. A veces me río de las cenas familiares, de los colegios, de las hipotecas... y supongo que también cansa.
—Cansa cuando estoy mal. Cuando estoy bien me hace gracia.
—Igual que a mí las bromas de Tinder.
—Exacto.
La simetría les resultó tan incómoda que las dos acabaron riéndose.
—Somos idiotas —dijo Eva.
—Bastante.
—Álvaro me ha escrito esta mañana. Dice que cuando vuelva quiere intentar terapia antes de decidir la separación.
—¿Tú quieres?
Eva miró al mar.
—Creo que sí. También creo que me da miedo descubrir que vamos y seguimos queriendo separarnos.
—La terapia no firma contratos.
—Ya.
—Y separarse tampoco convertiría todo lo anterior en falso.
Eva tardó en responder.
—Eso me cuesta.
—Pues no lo resolvamos caminando por Portugal.
—Mira quién habla.
—Estoy evolucionando.
Se abrazaron al final del paseo, breve y sin público.
El almuerzo de aquel día fue la primera comida del viaje en la que nadie intentó sentar a nadie junto a nadie. Marta llegó la última y ocupó la silla que quedaba sin protestar. Eva dejó el móvil dentro del bolso. Irene recibió un mensaje, lo leyó y sonrió sin esconder la pantalla.
—Andrés —dijo antes de que preguntaran.
Claudia levantó la copa.
—Qué madurez.
—He decidido ahorraros el interrogatorio.
—Nos quitas lo mejor.
Lucía miró a Irene.
—¿Vais a veros en Madrid?
—El viernes.
Marta abrió la boca, pensó y la cerró.
Irene la señaló con el tenedor.
—Eso ha estado muy bien.
—Me duele físicamente.
—La recuperación lleva tiempo.
La mesa se rió. Eva también, aunque tenía los ojos cansados.
Claudia se dio cuenta de que el humor volvía a funcionar como siempre entre ellas, solo que ahora había un pequeño segundo de reflexión antes de algunas bromas.
Era poco. Para un grupo que llevaba casi dos décadas hablando sin filtro, era bastante.
Después de comer, Irene arrastró a Claudia hasta una tienda porque necesitaba comprar una camiseta limpia.
—Tengo cuatro —dijo Claudia mientras rebuscaban entre perchas.
—Y ninguna me gusta.
—Eso parece problema tuyo.
Irene sostuvo una blanca delante del espejo.
—Estoy nerviosa por el viernes.
Claudia dejó de mirar una etiqueta.
—Pensaba que eras una mujer divorciada con experiencia laboral acreditada.
—Precisamente. Sé todo lo que puede salir mal.
—También sabes todo lo que puede salir bien.
—Qué frase tan asquerosamente optimista.
—Culpa de Portugal.
Irene dejó la camiseta.
—Me da miedo que me guste mucho. Si no me gusta, todo es fácil.
Claudia entendió enseguida. Era la misma lógica que había utilizado ella más veces de las que quería admitir: la indiferencia como forma impecable de control.
—Pues te fastidias —dijo.
Irene la miró.
—Gracias por la ternura.
—Te gusta. Vas a cenar. Luego ya veremos.
—Eso es exactamente lo que me dirías a mí si fueras una persona sensata.
—No abuses del momento.
Irene compró la camiseta blanca. Al salir, metió el ticket en el bolso y miró a Claudia.
—¿Tú vas a ver a Martín en Madrid antes de que se vaya?
—Sí.
—¿Nerviosa?
—Muchísimo.
—Bien.
—Qué amiga tan horrible.
—Estamos creciendo juntas.
Claudia le pasó un brazo por los hombros. Irene hizo lo mismo y caminaron hacia el alojamiento discutiendo sobre si la camiseta había sido demasiado cara.
La tarde terminó con una escena que Claudia habría considerado insignificante una semana antes. Las cinco entraron en un supermercado para comprar agua, fruta y algo de comer para el trayecto del día siguiente.
Esta vez cada una cogió lo que necesitaba sin que nadie repartiera funciones.
Marta preguntó dos veces antes de añadir cosas comunes al carro.
Eva eligió galletas para los niños y se quedó varios segundos mirando una caja antes de devolverla al estante porque recordó que no tenía sentido cargarla hasta Madrid.
Claudia estaba escogiendo yogures cuando la vio.
—Cómpralas —dijo.
Eva negó.
—Hay las mismas en casa.
—Ya.
—Es una tontería.
Claudia esperó.
Eva volvió a coger la caja.
—Mateo siempre me pide estas cuando viajo.
—Entonces llévalas.
—Y si Álvaro y yo nos separamos, seguiré comprando galletas. Supongo.
—Supongo que sí.
Eva apoyó la caja en el carro.
—Todo me parece rarísimo. Hoy he pensado que quizá dentro de seis meses viviré en otro piso y luego me he sentido culpable por imaginarlo.
—Pensarlo no firma ningún contrato.
—Eso te lo ha enseñado Martín.
—Estoy intentando apropiarme de sus mejores frases antes de que se vaya.
Eva sonrió.
—Te queda bien esa.
Siguieron caminando. En la zona de bebidas se encontraron con Marta, que sostenía dos botellas distintas.
—¿Cuál?
Eva miró a Claudia.
—Elige tú.
Marta abrió la boca, quizá para preguntar por qué, y luego escogió una.
Irene apareció con una bolsa de patatas enorme.
—Necesitamos esto.
—No necesitamos eso —dijo Lucía.
—Habla por ti y por la criatura.
—La criatura quiere fruta.
—La criatura todavía no vota.
Lucía le quitó la bolsa y la metió en el carro.
—La criatura y yo aceptamos.
Aquella normalidad no borraba la discusión de la noche anterior. Claudia podía notar zonas sensibles en cada conversación. Marta estaba demasiado pendiente de no organizar. Eva alternaba ratos de buen humor con ausencias repentinas. Lucía estaba cansada. Irene hacía más bromas de las necesarias.
Aun así, estaban juntas en un supermercado comprando patatas, compresas y una crema solar que ya no usarían.
Claudia pensó que quizá reparar una amistad se parecía más a eso que a un gran abrazo. Continuar haciendo cosas ordinarias mientras se aprendía una forma nueva de tratarse.
Al llegar a la caja, Irene sostuvo el separador de compras.
—¿Una cuenta o cinco?
Marta inhaló.
—Cinco —dijeron todas.
—Estoy orgullosa —dijo Irene.
—Calla —respondió Marta, riéndose.
Fuera, Martín las esperaba junto a la furgoneta. Miró las bolsas.
—¿Habéis comprado Portugal entero?
—Solo la sección de snacks —dijo Lucía.
Claudia le entregó una botella de agua.
—Para el guía.
—Gracias.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Eva oyó la réplica y sonrió. Esta vez no hizo ningún comentario. Claudia se lo agradeció precisamente por eso.
Más tarde, Claudia encontró a Martín comprando agua en una tienda. Él le pasó una botella antes de pagar.
—¿Mejor?
—Algo.
—Buen nivel de precisión.
—Hemos firmado armisticio.
—¿Contabilidad necesita registrarlo?
—Documento interno.
Salieron. Martín tenía trabajo y Claudia se quedó con él unos minutos mientras revisaba el vehículo. Hablaron de cualquier cosa menos de la discusión. Esa normalidad fue exactamente lo que necesitaba.
Cuando él terminó, se apoyó en la puerta de la furgoneta.
—Ayer pensé que igual querías dejar de verme.
Claudia frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque todo el conflicto empezó alrededor de que tus amigas querían emparejarte y yo acabé en medio.
—Lo pensé durante aproximadamente veinte segundos.
Martín sonrió con poca alegría.
—Ah.
—Y luego me pareció una estupidez. Si dejo de verte para demostrarles que no mandan, siguen mandando.
—Razonamiento sólido.
—Además me gustas.
—Eso ayuda.
Claudia se acercó.
—Mucho.
Lo besó allí, junto a la furgoneta, sin comprobar quién miraba.
Cuando se separó, vio a Irene a unos veinte metros con una bolsa en la mano. Irene levantó el pulgar y Claudia le respondió con el dedo corazón.
Martín miró por encima del hombro.
—Vuestras formas de afecto son complejas.
—Años de tradición.