Capítulo 18 — Las Vidas Correctas
LAS VIDAS CORRECTAS
El grupo desayunó separado.
Claudia bajó temprano y encontró a Martín solo junto a una ventana. Se detuvo a unos pasos de él.
—Hola.
—Hola.
—¿Puedo sentarme?
—Claro.
Ella dejó la taza sobre la mesa. Había dormido mal. Eva estaba con Marta en otra habitación. Irene había salido a caminar temprano. Lucía seguía arriba.
—¿Cómo terminó? —preguntó Martín.
—No terminó.
—Eso imaginaba.
Claudia se frotó los ojos.
—Eva y su marido están muy mal. Él ha propuesto separarse un tiempo.
—Lo siento.
—Yo también.
Martín no pidió más. Claudia agradeció el espacio.
—Y tú te fuiste en el peor momento —añadió.
—Era una discusión de veinte años. Yo llevaba nueve días.
—Buen cálculo.
Él sonrió.
—¿Estás enfadada conmigo?
—No. Estoy enfadada conmigo, con Eva, con Marta, con la sociedad occidental y un poco con Portugal por asociación.
—Portugal no parece responsable.
—Ya decidiré.
Martín tocó el borde de su taza.
—Ayer dijiste que no sabías si estábamos juntos.
Claudia cerró los ojos un segundo.
—Sabía que ibas a sacar eso.
—No es un reproche.
—Es que no lo sé.
—Yo tampoco.
Ella lo miró.
Martín parecía tranquilo, pero había una tensión nueva en su mandíbula.
—Me gustas —dijo Claudia.
—Tú también me gustas.
—Mucho.
—Bien.
—No respondas «bien» cuando estoy haciendo un esfuerzo emocional.
Él se rió.
—Mucho también.
Claudia sonrió a pesar del cansancio.
—El problema es que todo esto empezó porque mis amigas decidieron que necesitaba novio. Y ahora parece que el viaje termina exactamente como querían.
Martín la observó.
—¿Te importa más lo que significa para ellas que lo que significa para ti?
La pregunta le molestó porque estaba bien formulada.
—Un poco.
—Entonces quizá el problema no sea conmigo.
—No he dicho que lo sea.
—Ya.
Claudia bebió café.
—También eres alguien que vive viajando. Has dicho varias veces que no quieres convivir, casarte, organizar una vida con otra persona.
—Y tú has dicho que no sabes si quieres pareja.
—Exacto. Somos una idea estupenda.
—Podríamos probar sin diseñar los próximos veinte años esta mañana.
Ella levantó la vista.
—Eso suena razonable.
—Lo siento.
—Me pone nerviosa la gente razonable.
Martín alargó la mano sobre la mesa y tocó la de ella.
—Hoy terminamos ruta aquí. Mañana volvemos a Oporto y pasado voláis. Tenemos tiempo para no resolverlo.
Claudia entrelazó sus dedos con los de él.
—Me gusta ese plan.
Las amigas fueron reuniéndose poco a poco. Eva apareció con gafas de sol aunque estaban dentro. Nadie comentó nada.
El día estaba pensado como uno de los más ligeros del viaje. Hubo un paseo corto, comida y tiempo libre. Martín adaptó el ritmo sin convertir la crisis del grupo en asunto público.
A mediodía, Lucía pidió hablar con Claudia.
Se sentaron en un banco.
—Ayer pensé mucho en lo que dijiste —empezó.
—Eso suena peligroso.
—Lo de que todas opinamos sobre tu vida porque creemos que ayudamos.
Claudia esperó.
Lucía acarició su barriga.
—Desde que estoy embarazada, todo el mundo hace exactamente eso conmigo. Qué tengo que comer, si voy a dar pecho, si seguiré trabajando, cómo debería parir. Incluso desconocidos.
—Ayer una señora te tocó la barriga.
—Sin preguntar. Me quedé tan cortada que ni reaccioné.
—La próxima la muerdo.
Lucía sonrió.
—Creo que por eso entendí tarde lo que te molestaba. Yo también pensaba que eran comentarios pequeños.
—Lo son. Hasta que hay demasiados.
—Lo siento.
Claudia le apretó la mano.
—Gracias.
Marta pidió su turno después de comer.
—Tengo que pedirte perdón de verdad —dijo.
—Esto empieza a parecer una jornada de puertas abiertas.
—Déjame hablar.
Claudia hizo un gesto.
—Adelante.
—Me casé hace un año y estoy feliz. Mucho. Y creo que llevo desde entonces intentando venderos el matrimonio como si hubiera descubierto un restaurante buenísimo.
Claudia se rió.
—Bastante.
—Es que me hace feliz.
—Ya lo sé.
—Pero eso no significa que te vaya a hacer feliz igual.
—También lo sé.
Marta se mordió el labio.
—Y lo de Martín...
Claudia levantó un dedo.
—No.
—Solo iba a decir que no pienso apuntármelo como victoria.
—Más te vale.
—Aunque un poquito...
Claudia la golpeó suavemente con una servilleta.
Por la tarde, Irene contó que Andrés quería verla en Madrid.
—Voy a ir —dijo.
—Me alegro —respondió Claudia.
Irene levantó la mano.
—Sin discursos. No he descubierto el amor. Me apetece tomar una cerveza con un hombre que tiene calendario compartido.
—Eso sigue siendo muy sexy —dijo Lucía.
Hasta Eva sonrió.
La conversación más difícil llegó al anochecer.
Claudia y Eva quedaron solas frente al alojamiento.
—Siento lo que dije —dijo Eva.
—Yo también he sido una imbécil algunas veces.
—Muchas.
—No abuses.
Eva miró el teléfono apagado entre sus manos.
—Álvaro no quiere decidir nada hasta que vuelva. Dice que llevamos meses hablando solo cuando estamos cabreados.
—Quizá la terapia no sea mala idea.
—Ya.
—Eso no significa que tengáis que seguir juntos. Solo que quizá os ayude a saber qué queréis.
Eva asintió.
—Lo sé.
Claudia dudó.
—Y otra cosa. Si alguna vez he hecho chistes sobre tu vida que te han hecho sentir que pienso que elegiste mal, lo siento.
Eva la miró.
—Algunos.
—Podías haberlo dicho.
—Tú también.
Las dos sonrieron con cansancio.
—Somos buenísimas comunicando —dijo Eva.
—Estudiamos comunicación institucional. Era inevitable.
Se abrazaron.
El abrazo no arregló veinte años de roces, ni hacía falta que lo hiciera.
Cuando Claudia volvió dentro, Martín estaba esperando junto a recepción.
—¿Mejor?
—Sí.
—¿Portugal queda absuelto?
—Provisionalmente.
Él sonrió y Claudia sintió ganas de besarlo allí mismo.
Lo hizo.
Esta vez nadie los descubrió.
O eso creyó hasta que Irene pasó por detrás y dijo:
—Buenas noches, Contabilidad.
A medida que avanzó el día posterior a la discusión, el grupo dejó de intentar fingir que todo estaba arreglado.
Eso significó desayunos separados, paseos en parejas cambiantes y silencios menos hostiles de lo que Claudia había temido.
Marta pasó la mañana con Eva. Lucía caminó con Claudia. Irene se quedó un rato sola. Nadie forzó una reunión.
—Creo que esto es bastante sano —dijo Lucía mientras se sentaban frente a una cafetería.
—¿Que estemos todas emocionalmente destrozadas?
—Que no estemos haciendo como siempre.
—¿Cómo siempre?
—Discutir, llorar, pedir perdón y a los veinte minutos elegir restaurante como si nada.
Claudia pensó.
—Tenemos mucha experiencia tapando cosas con comida.
—Funciona bastante bien.
—Sí.
Lucía pidió una tostada aunque acababan de desayunar.
—Estoy embarazada. Tengo privilegios.
—Esa frase va a durarte hasta el parto.
—Y después usaré lactancia.
Hablaron de Eva, pero sin diagnosticar su matrimonio. Lucía contó que también había tenido discusiones con Pablo sobre cómo repartirían las tareas cuando naciera el bebé.
—Todo el mundo da por hecho que yo reduciré jornada —dijo—. Incluso en mi trabajo me preguntan ya cuánto tiempo quiero estar fuera.
—¿Y Pablo?
—Él quiere reducir también, pero cuando lo dice parece una decisión moderna y admirable. Cuando lo digo yo parece lo esperable.
Claudia hizo una mueca.
—Qué agotamiento.
—Eso. Por eso ayer pensé que quizá te hemos hecho algo parecido con las parejas.
—No sois monstruos.
—Ya, pero podemos ser pesadas sin ser monstruos.
—Muchísimo.
Lucía le dio un golpe con el hombro.
Más tarde, Irene pidió caminar con Claudia. Fueron hasta un pequeño paseo junto al agua.
—Andrés me ha escrito —dijo.
—Tema importante.
—Quiero quedar con él en Madrid.
—Hazlo.
—No quiero que nadie lo convierta en una historia de «mira, Irene también ha encontrado a alguien».
Claudia sonrió.
—Bienvenida a mi departamento.
—Exacto. Puede gustarme y puede salir mal. Las dos cosas caben.
—Incluso puede salir bien sin que tengas que mudarte con él.
—Qué radical.
Caminaron unos minutos.
—Y sobre Martín —dijo Irene.
Claudia suspiró.
—Sabía que llegaríamos.
—No quiero decirte qué hacer.
—Progreso colectivo.
—Solo quiero preguntarte si te gusta de verdad o si parte del atractivo es que estaba fuera del plan.
Claudia se quedó pensando.
La pregunta era incómoda y legítima.
—Me gusta de verdad.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando no estoy con él guardo cosas para contárselas. Porque me gusta cómo trata a Lucía. Porque no intenta arreglarme. Porque sabe cuándo necesito café y porque me hace gracia incluso cuando no está intentando hacerme gracia.
—Eso suena bastante grave.
—Gracias.
—Y te atrae muchísimo.
—También.
—Eso mejora el pronóstico.
Claudia se rió.
La conversación con Eva llegó al final del día. Su amiga se acercó con dos cervezas sin alcohol y le ofreció una.
—No te gusta esto —dijo Claudia.
—Estoy haciendo penitencia.
—Dramática.
Se sentaron.
Eva habló de la terapia. Había escrito a Álvaro y ambos habían acordado buscar a alguien cuando volviera. No sabía si serviría para salvar el matrimonio.
—La palabra «salvar» me agobia —dijo.
—Entonces no la uses.
—Quiero entender qué nos está pasando. Si después seguimos juntos, bien. Si no... supongo que tendré que aprender otra vida.
—No vas a estar sola.
—Mira quién hace promesas de pareja.
—Hablo de nosotras, idiota.
—Ya.
Apoyó la cabeza un instante en el hombro de Claudia.
—Siento haberte hecho sentir que tenías que cambiar algo.
—Y yo siento haber usado tu vida como chiste alguna vez.
—Alguna vez.
—No abuses.
—Estamos bien.
Claudia pensó en la frase.
—Estamos trabajando en ello.
Eva levantó la cerveza.
—Mejor.
Por la noche, Claudia encontró a Martín en recepción. Caminaron sin rumbo durante media hora. Ella le contó las conversaciones del día.
—Parece que os queréis mucho —dijo él.
—Ese es el problema. La gente que te quiere tiene acceso a zonas donde un desconocido no podría meterse.
—También puede quedarse cuando la fastidia.
—Otra taza.
—Lo siento.
—¿Tú conservas amigos de tu matrimonio?
—Algunos. Otros se repartieron de forma natural. Fue raro.
—¿Perdiste gente?
—Sí. Y gané tiempo con otros. El divorcio hizo una especie de limpieza involuntaria.
—Suena duro.
—Lo fue. Pero también descubrí quién sabía estar cerca sin preguntarme constantemente qué había pasado.