La última soltera del grupo Capítulo 17 — Supervivientes #2
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Capítulo 17 — Supervivientes #2

Antes de salir, Claudia volvió a la terraza para recoger su bolso. Martín seguía allí, guardando la carpeta y los cargadores que el grupo había dejado repartidos por la mesa.

—Vaya espectáculo —dijo ella.

—He visto peores.

—No me consueles con tu experiencia profesional.

Martín metió un cable en la mochila.

—No iba a hacerlo.

Claudia se sentó un momento.

—He dicho cosas horribles.

—También te las han dicho.

—Eso no las mejora.

—No.

Agradeció que no intentara equilibrar culpas.

—¿Te ha molestado que dijera que no sé si estamos juntos?

Martín dejó de ordenar.

—Un poco.

—Lo siento.

—No necesito que inventes una etiqueta para que me tranquilice. Solo me pilló en mitad de una discusión donde parecía que yo era el resultado final de un plan que tú odiabas.

Claudia apoyó las manos en las rodillas.

—Eso es exactamente lo que me da miedo. Que de repente todo se reduzca a «mirad, al final encontró novio».

—Yo no soy un certificado.

—Ya lo sé.

—Y tú tampoco tienes que dejar de verme para demostrar nada.

Claudia lo miró.

—Eso me ha dicho una parte razonable de mi cerebro.

—¿Tienes una?

—Muy pequeña. Sale poco.

Martín sonrió.

—Ve con tus amigas. Yo tengo que cerrar dos cosas y luego cenaré con Nuria y Dani.

—¿No quieres venir?

—Hoy no. Creo que necesitáis espacio para insultaros sin público.

—Qué considerado.

—Y, sinceramente, estoy agotado.

Claudia se levantó.

—Gracias por no intentar rescatarme de esto.

—No sabría cómo.

—Buena respuesta.

Martín le tocó la mano apenas un instante.

—Escríbeme si necesitas algo práctico.

—¿Práctico?

—Agua, transporte, esconder un cadáver.

—Eso último sí es útil.

—Tarifa especial.

Claudia salió de la terraza con una sonrisa mínima que desapareció en cuanto volvió a pensar en Eva. Aun así, le había servido recordar que Martín podía estar cerca sin ocupar el centro de una pelea que no le pertenecía.

Después de la discusión, Claudia salió del hotel sin saber muy bien adónde iba. Necesitaba alejarse del salón, de la cara de Eva y de la sensación de haber abierto una caja que llevaba años llenándose con cosas demasiado pequeñas para parecer importantes por separado.

Irene la alcanzó en la esquina.

—Espera.

—Ahora mismo no quiero otra mediación.

—Perfecto, porque soy pésima mediadora.

Caminaron en silencio unos minutos. La calle bajaba hacia el agua y había gente cenando en terrazas. Claudia llevaba los brazos cruzados aunque no hacía frío.

—¿He sido injusta? —preguntó al fin.

Irene no respondió enseguida.

—En algunas cosas, sí. En otras llevas razón.

—Qué útil.

—Has preguntado.

Claudia apoyó una mano en una barandilla.

—Lo de la boda de Eva me sigue poniendo de mala hostia. Me sentó con Nacho porque estaba soltero y luego se pasó media cena preguntando si había chispa.

—Eso fue horrible.

—Gracias.

—También hiciste chistes sobre que ella llevaba tres años sin salir una noche sin hablar de los niños.

Claudia bajó la mirada.

—Ya.

—Y cuando Marta se casó dijiste que habíamos perdido a otra para siempre.

—Era broma.

—Claro. Como sus bromas sobre Tinder.

Claudia cerró los ojos.

Irene le tocó el brazo.

—No te lo digo para empatar. Todas llevamos años metiéndonos en la vida de las demás porque tenemos confianza y porque creemos que el cariño nos da licencia. A veces acertamos. A veces somos unas gilipollas.

—Tú más.

—Sin duda.

Claudia sonrió.

—Lo que ha dicho Eva de que necesito que ellas estén peor para sentir que elegí bien...

—Ha sido una burrada.

—Pero hay algo.

Irene se apoyó a su lado.

—A veces te tranquiliza ver una pelea de pareja porque confirma tu discurso. Igual que a Eva le tranquiliza que tú tengas una cita porque confirma el suyo.

—Somos agotadoras.

—Muchísimo.

Volvieron despacio. Antes de entrar encontraron a Lucía sentada en un banco frente al hotel con una botella de agua.

—¿Puedo abrazarte o estamos en fase de evitar contacto? —preguntó.

Claudia se sentó a su lado.

—Puedes.

Lucía la abrazó de lado.

—Lo siento.

—Tú casi no estabas metida.

—Estaba lo suficiente. Me parecía divertido porque sabía que no iba conmigo.

Claudia miró su barriga.

—Hasta que todo el mundo empezó a decirte qué hacer con el embarazo.

—Exacto.

—Somos rápidas aprendiendo cuando nos toca.

—Es una mierda, ¿eh?

—Bastante.

—¿Y Martín?

Claudia apoyó la cabeza en el respaldo del banco.

—Está dentro intentando convertirse en mueble para no participar.

—Buena estrategia.

—Me preocupa haberlo metido en esto.

—Él es adulto.

—Ya. Pero trabaja aquí.

—También te gusta.

Claudia la miró.

—Qué manía con recordarlo.

—Porque cuando estás enfadada tiendes a convertir todo en una cuestión política.

—¿Desde cuándo me conocéis tanto?

—Dieciocho años. Es invasivo.

Cuando entraron, Marta estaba sola junto a la escalera. Tenía el teléfono entre las manos y los ojos rojos.

—Clau.

Claudia se detuvo.

—No puedo hablar mucho más hoy.

—Solo quiero decirte que entiendo una cosa.

Esperó.

Marta respiró despacio.

—Me emocionó tanto lo del viaje que empecé a imaginar cómo tenía que salir. Fotos, sitios, plan... y lo tuyo. Me parecía bonito que conocieras a alguien. Supongo que en algún momento dejó de importarme si a ti te parecía bonito.

Claudia sintió que parte de la tensión cedía.

—Eso sí lo entiendo.

—Me da mucha vergüenza.

—Bien. La vergüenza educa.

Marta sonrió.

—Eres horrible.

—Y te quiero.

—Yo también.

Se abrazaron con torpeza porque Claudia seguía enfadada y Marta seguía llorando un poco. Ninguna intentó fingir que aquello cerraba el asunto.

Eva continuaba en el salón. Irene estaba con ella. Claudia la vio desde la puerta y decidió que esa conversación necesitaría otro momento.

Martín apareció al fondo del pasillo.

—¿Quieres salir? —preguntó.

Claudia negó.

—Quiero ducharme y dormir doce horas.

—Plan excelente.

—¿Estás incómodo?

—Muchísimo.

La sinceridad la hizo sonreír.

—Perdón.

—No tienes que pedirme perdón por discutir con tus amigas.

—Te han convertido en prueba judicial.

—He sobrevivido a grupos peores.

—Eso era confidencial.

—Descansa.

Claudia subió. En la habitación encontró un mensaje de Eva.

EVA: Mañana hablamos si quieres. Hoy no puedo más.

Claudia escribió:

CLAUDIA: Yo tampoco. Mañana.

Dejó el móvil y se metió en la ducha.

Le bastó con que la noche terminara allí, sin obligarla a sacar una conclusión.