La última soltera del grupo Capítulo 17 — Supervivientes
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Capítulo 17 — Supervivientes

SUPERVIVIENTES

Marta tardó diecisiete minutos en confirmar sus sospechas.

Lo hizo entrando en la terraza del hotel en el peor momento posible.

Claudia y Martín estaban junto a una mesa apartada, revisando el horario del día siguiente en el teléfono de él. La escena, por sí sola, era inocente. El problema fue que Claudia dijo algo sobre Javier, Martín respondió «me alegro de que no te guste» y ella le dio un beso rápido antes de pensar.

El beso fue breve y demasiado claro para confundirse con un saludo.

Marta apareció en la puerta.

—Ah.

Claudia se separó.

—Mierda.

Martín cerró los ojos un segundo.

Marta los miró a ambos.

—¿Desde cuándo?

—Baja la voz —dijo Claudia.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace dos días. Más o menos.

Marta abrió la boca con una mezcla de emoción y escándalo.

—¡Lo sabía!

—No sabías nada.

—Sabía que pasaba algo.

—Hace cuarenta y ocho horas intentabas colocarme a Javier.

—Porque no estaba segura.

Claudia miró a Martín.

—Esto va a ser horrible.

—Puedo irme.

—Cobarde.

—Profesional.

Marta ya estaba sacando el móvil.

Claudia se lo quitó de la mano.

—Ni se te ocurra escribir al grupo.

—¡Eva se va a morir!

—Eva tiene problemas más importantes.

La frase detuvo a Marta.

—¿Qué problemas?

Claudia maldijo en silencio.

—Pregúntale a ella.

Marta frunció el ceño.

—¿Sabes algo que yo no?

—No voy a hablar de Eva contigo.

—Pero sí de ti.

—Tampoco.

Martín recogió su teléfono.

—Os dejo.

Claudia lo agarró de la muñeca.

—No. Si te vas, esto parece mucho más dramático.

Marta miró la mano de Claudia sobre él.

—Dios mío.

—Marta.

—Perdón. Estoy intentando procesar que toda la semana estabas saboteando nuestras citas mientras te enrollabas con Martín.

—No me enrollaba con Martín toda la semana.

—Eso es un tecnicismo.

—Es cronología.

—¿Y él sabía lo de los sabotajes?

El silencio duró lo suficiente.

Marta abrió mucho los ojos.

—No.

Claudia se frotó la frente.

—Sí.

—¿Martín te ayudaba?

—Baja la voz.

—¡Martín te ayudaba!

La puerta de la terraza se abrió.

Eva apareció seguida de Irene y Lucía.

—¿Qué pasa? —preguntó Eva.

Claudia quiso desaparecer.

Marta no le concedió el privilegio.

—Martín y Claudia llevan días saboteando las citas.

Irene se quedó muy quieta.

—Ah.

Claudia la señaló.

—Tú sabías parte.

—Sabía que teníais un grupo llamado Contabilidad. No conocía el alcance del delito.

Lucía miró a Martín y después a Claudia.

—¿Y estáis juntos?

—No sé —respondió Claudia.

La respuesta fue sincera y sonó peor de lo que esperaba.

Martín no dijo nada.

Eva cruzó los brazos.

—Espera. ¿Has estado fingiendo que te interesaban algunos para reírte de nosotras?

Claudia sintió cómo la situación giraba.

—No me he reído de nadie. Sergio supo la verdad, Tomás tenía pareja y Andrés acabó con Irene porque eso surgió solo.

—Pero nos estabas engañando.

—Vosotras organizasteis citas a mis espaldas.

—Ya te pedimos perdón.

—Y yo acepté el perdón. Eso no convierte la idea en buena.

Eva apretó los labios.

—Podías habernos dicho que se habían cancelado.

—Podíais haberme preguntado antes de reservarlas.

Marta intervino.

—Lo hicimos porque queríamos que te divirtieras.

—No. Lo hicisteis porque os incomoda que siga sola.

—Eso es injusto —dijo Eva.

Claudia notó que llevaba años guardando frases que no había querido pronunciar porque cada una parecía demasiado pequeña para merecer una discusión.

Ahora salieron juntas.

—¿Injusto? En tu boda me sentaste con el único amigo soltero de Álvaro.

Eva abrió la boca.

—Porque no conocía a nadie.

—Yo conocía a toda la mesa.

—Eso fue hace años.

—En el bautizo de Mateo me presentaste a un padre divorciado como «muy majo» antes de decirme su apellido.

—Estábamos hablando.

—Marta me manda perfiles de Instagram. Tú me preguntas si sigo usando Tinder aunque llevo dos años diciendo que no. Mi madre sabe los nombres de compañeros vuestros que no he visto en mi vida porque alguna se los ha mencionado.

Marta bajó la mirada.

—Eso fui yo.

—Ya lo sé.

Lucía se sentó despacio en una silla.

Irene permanecía al lado de la puerta, en silencio.

Eva parecía herida.

—Nunca pensamos que te molestara tanto.

—Porque cada vez que me molestaba hacía un chiste.

—Entonces, ¿cómo íbamos a saberlo?

La pregunta tenía razón suficiente para doler.

Claudia se quedó quieta.

—Podíais preguntar.

—Y tú podías decirlo.

Martín dio un paso atrás.

—Creo que esto es entre vosotras.

Esta vez Claudia lo dejó marcharse.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, Eva continuó.

—Te quiero, Claudia. No pienso que tu vida esté mal.

—A veces me tratáis como si estuviera pendiente.

—Porque tú también hablas como si estuvieras esperando algo.

—¿Qué?

—Te ríes de las parejas, dices que estás mejor sola, pero luego te enfadas si intentamos presentarte a alguien. ¿Qué se supone que debemos hacer?

—Nada. Ese es el punto. No tenéis que hacer nada.

Eva negó con la cabeza.

—Todo contigo se convierte en una prueba de que no necesitas a nadie.

Claudia sintió el golpe.

Irene intervino.

—Eva, eso no es justo.

—¿No? Llevo años escuchando que mi vida está llena de obligaciones, que si los niños, que si Álvaro, que si la hipoteca. A veces parece que Claudia necesita que las demás estemos peor para demostrar que ella eligió bien.

—Eso es una barbaridad —dijo Claudia.

—¿Lo es?

El silencio cambió.

Marta miró a Eva.

Lucía bajó la vista.

Claudia sintió una mezcla de rabia y vergüenza porque había una parte pequeña, desagradable, que reconocía algo de verdad.

Había hecho chistes sobre cenas de pareja, colegios, hipotecas y grupos de padres.

Los hacía porque sus amigas también se reían.

Nunca había pensado que Eva pudiera escucharlos como una crítica.

—Quizá las dos llevamos tiempo hablando demasiado de la vida de la otra —dijo Irene.

—No quiero terapia de grupo —respondió Eva.

—Pues has organizado una intervención sentimental en Portugal. Estamos bastante cerca.

Marta soltó una risa nerviosa que murió enseguida.

Eva se sentó.

De pronto parecía agotada.

—Álvaro quiere separarse una temporada.

La frase dejó la terraza inmóvil.

Lucía fue la primera en moverse.

—Eva...

—No me abraces todavía porque voy a llorar.

Lucía se quedó donde estaba.

Eva miró a Claudia.

—Así que sí. Puede que haya intentado arreglarte a ti porque mi vida está hecha un desastre. ¿Contenta?

Claudia sintió que la rabia se desinflaba, sustituida por dolor.

—No digas eso.

—Es verdad.

—Una parte quizá. Pero no quiero ganar esta discusión.

Eva se secó una lágrima con brusquedad.

—Pues yo tampoco.

Nadie sabía qué hacer.

Y por una vez, ninguna intentó arreglarlo enseguida.

La discusión tuvo además una parte menos limpia de la que cualquiera de ellas habría querido recordar después.

No todas las frases fueron justas. Eva dijo que Claudia trataba cualquier compromiso como si fuera una rendición. Claudia respondió que al menos ella no había necesitado construir una familia entera para descubrir que estaba cansada. En cuanto lo dijo, quiso arrancar las palabras del aire.

Eva se quedó inmóvil.

—Eso ha sido una mierda —dijo Irene.

—Lo sé —respondió Claudia.

—Pues no lo arregles con otra frase —añadió Eva.

Claudia cerró la boca.

Marta empezó a llorar sin hacer ruido, más por la acumulación que por un motivo concreto. Lucía pidió que se sentaran porque llevaba media hora de pie y la espalda le dolía. Lo hicieron alrededor de una mesa que había quedado llena de vasos, cargadores y una bolsa de patatas abierta.

El aspecto doméstico de la escena la volvía todavía más absurda. Cinco mujeres adultas, una embarazada, dos casadas, una divorciada y una soltera, discutiendo como si alguna hubiera recibido un manual y las demás hubieran perdido su ejemplar.

—Yo también he hecho comentarios —dijo Lucía cuando el ruido bajó—. Sobre todas.

Eva se secó la cara.

—No hace falta repartir culpas.

—A mí sí me hace falta decirlo. A Irene le pregunté durante meses cuándo iba a volver a salir con alguien. A Marta le dije que estaba obsesionada con la boda. A Claudia le he preguntado si no le daba miedo quedarse sola. Y desde que estoy embarazada quiero matar a cualquiera que opina sobre mí.

Irene levantó una mano.

—Confirmo lo de matarlos.

Lucía le dio una mirada de agradecimiento.

—Supongo que pensé que entre amigas era diferente.

—A veces lo es —dijo Marta—. También depende de si la otra persona quiere hablar.

Claudia miró a Eva.

—Lo que te he dicho antes ha sido cruel.

—Sí.

—Lo siento.

Eva se quedó unos segundos con la vista en la mesa.

—Gracias.

El «no pasa nada» no llegó. Claudia agradeció que Eva no la absolviera de inmediato.

—Y lo que yo he dicho de que necesitas que estemos peor para sentirte bien también ha sido cruel —continuó Eva—. Hay veces que lo he sentido, pero no tenía derecho a lanzártelo así.

—Quizá tenías derecho a decirlo antes y de otra manera.

—Quizá.

Irene apoyó los codos en la mesa.

—Esto es agotador. ¿Podemos pactar que a partir de ahora, cuando alguna se meta demasiado en la vida de otra, se lo digamos antes de acumular siete años de pruebas?

Marta asintió con entusiasmo.

—Podemos tener una palabra.

Las cuatro la miraron.

—No —dijeron casi a la vez.

Marta parpadeó.

—Solo era una idea.

Claudia empezó a reírse. Eva lo hizo después, con los ojos todavía húmedos. Lucía terminó doblada sobre la mesa y dijo que no la hicieran reír porque necesitaba ir al baño.

La risa duró poco, pero abrió una salida.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Marta.

Eva miró el móvil.

—Yo necesito llamar a Álvaro. No para arreglar nada. Para decirle que cuando vuelva hablaremos.

—¿Quieres que alguien esté contigo? —preguntó Lucía.

—No. Gracias.

—Bien.

Eva se levantó y salió.

Marta miró a Claudia.

—¿Y tú?

—Necesito dejar de hablar una hora.

—Eso sí que es preocupante —dijo Irene.

Claudia le lanzó una servilleta.

La discusión no quedó resuelta. El grupo se dispersó por necesidad, cada una llevándose una parte distinta. Claudia comprendió que una amistad larga no evitaba hacer daño. Lo único que permitía era saber con bastante precisión dónde golpear, y por eso mismo obligaba a aprender a no usarlo.