La última soltera del grupo Capítulo 16 — Manual Para Estropear Una Cita #2
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Capítulo 16 — Manual Para Estropear Una Cita #2

—Después de los treinta, una cita parece una entrevista de recursos humanos. «¿Qué buscas? ¿Dónde te ves en cinco años? ¿Quieres hijos? ¿Tienes disponibilidad geográfica?» Me dan ganas de llevar currículum.

—Marta lo agradecería.

—Marta pediría referencias.

—Y certificado de vida laboral sentimental.

Las dos se rieron.

Al llegar a una esquina, Irene bajó la voz.

—Clau.

—Dime.

—Con Martín, intenta no convertir el miedo en teoría.

Claudia dejó de reírse.

—Explícate.

—Cuando algo te preocupa haces una conferencia sobre libertad, autonomía y expectativas. A veces todo eso es verdad. Otras veces estás acojonada y te queda más elegante hablar como una columna de opinión.

—Qué agradable viajar contigo.

—Te conozco desde los dieciocho. He visto todas tus defensas con flequillo distinto.

Claudia miró hacia atrás. Martín venía hablando con Dani y gesticulaba sobre alguna indicación del camino. En cuanto levantó la vista, la encontró a ella mirando. Sonrió.

Claudia volvió a mirar al frente.

—Puede que tengas razón.

Irene se llevó una mano al pecho.

—Repite eso. Quiero grabarlo.

—Ya lo has estropeado.

—Era demasiado bonito.

—¿Y tú no conviertas a Andrés en una prueba de que has superado el divorcio.

Irene hizo una mueca.

—Eso también ha dolido.

—Te devuelvo el servicio.

—Justo.

Llegaron al restaurante con la sensación incómoda de haberse dicho cosas útiles y el alivio inmediato de que Marta empezara a discutir con el encargado porque la reserva figuraba a nombre de «Marta Robert».

—Gracias a Dios —murmuró Irene—. Volvemos a terreno conocido.

Entraron al restaurante. Marcos ya estaba allí.

Marta respiró hondo y juntó las manos sobre la mesa como una persona sometida a vigilancia judicial.

Claudia la miró.

—Muy bien.

—Estoy existiendo.

—Sigue así.

El último candidato tuvo una ventaja inesperada: sabía perfectamente que era el último candidato.

Marcos se tomó la situación con una tranquilidad que desarmó a Marta.

—Una amiga común me avisó —explicó mientras esperaban el segundo plato—. Me dijo: «Hay una chica en un grupo de Madrid y sus amigas están intentando presentáros». Yo pensé que sonaba tan raro que merecía venir a cenar.

—Gracias por tu espíritu científico —dijo Claudia.

—También me dijeron que había vino incluido.

—Eso mejora la metodología.

Marta se tapó la cara con una mano.

—Quiero desaparecer.

Irene negó.

—Ni hablar. Has creado un universo narrativo y ahora lo afrontas.

Andrés, sentado junto a ella, levantó la copa.

—Yo fui transferido de departamento y sigo aquí.

—Tú has salido beneficiado —dijo Marta.

—Muchísimo —respondió Irene antes que él.

El comentario hizo sonreír a Andrés de una manera que Claudia notó. Irene también, aunque intentó esconderlo bebiendo.

Marcos acabó preguntando cómo había empezado todo. Marta sacó la fotografía de los veintidós años. La pasó por la mesa. Marcos la miró y se echó a reír al leer la promesa.

—O sea, que el contrato decía viaje. Vosotras añadisteis apareamiento.

—Exacto —dijo Claudia.

Eva se llevó una mano al pecho.

—Estamos arrepentidas.

—Habla por ti —dijo Marta—. El balance general no ha sido tan malo.

—Portugal.

Marta cerró la boca.

La palabra se había convertido ya en advertencia.

Marcos resultó ser uno de esos hombres que parecían cómodos siendo solteros sin convertirlo en identidad. Había tenido una relación larga que terminó dos años antes, salía con gente de vez en cuando y no tenía prisa por formar nada.

—Mi madre sí —dijo—. Mi madre tiene una prisa enorme.

—¿Qué edad tienes? —preguntó Lucía.

—Treinta y seis.

—Estás en la franja de alarma familiar.

—Mi hermano tuvo una hija el año pasado. Desde entonces soy el proyecto pendiente.

Claudia levantó su copa.

—Bienvenido.

Hablar con Marcos le permitió probar una idea que llevaba días rondándole. Podía conocer a alguien atractivo, divertido y disponible y no sentir obligación de convertir la conversación en posibilidad. La libertad estaba también en eso.

—¿Tú por qué no quieres quedar conmigo? —preguntó Marcos en tono ligero cuando quedaron solos un momento.

Claudia abrió los ojos.

—Directo.

—No te lo pregunto ofendido. Curiosidad. Me caes bien.

Ella pensó.

—Porque me gusta otra persona.

La frase salió con una claridad que la sorprendió.

Marcos sonrió.

—El guía.

Claudia se quedó inmóvil.

—¿Tan evidente es?

—Para alguien que no lleva diez días viendo otra cosa, bastante.

—Mierda.

—Tranquila. Tus amigas parecen más ocupadas con la operación que con mirar al guía.

Claudia miró hacia Martín. Estaba hablando con Dani al otro extremo de la mesa.

—¿Cómo lo has notado?

—Te escribe y sonríes antes de mirar el teléfono. Y él sabe cuándo vas a levantarte antes que tú.

—Eso último es inquietante.

—También se ha acercado tres veces sin motivo práctico.

Claudia sintió calor en las mejillas.

—Gracias por el informe.

—Servicio incluido.

—Deberías trabajar con Marta.

—Ni muerto.

La cena terminó tarde. En el exterior, Claudia esperó a que Martín saliera.

—Marcos sabe lo nuestro.

—¿Qué?

—Lo ha deducido.

Martín miró hacia la puerta.

—¿Cómo?

—Dice que somos evidentes.

—Eso parece poco profesional.

—Estoy preocupada por tu reputación.

—La mía estaba perdida desde Contabilidad.

Claudia sonrió.

—También me ha preguntado por qué no quiero quedar con él.

Martín mantuvo una expresión neutral demasiado cuidada.

—¿Y qué has dicho?

—Que me gusta otra persona.

La neutralidad desapareció.

—Ah.

—No digas ah.

—Estoy disfrutando del dato.

Claudia dio un paso hacia él.

—No demasiado.

—Intentaré.

—Mal.

Martín la besó brevemente detrás de una esquina del restaurante, lejos del grupo.

Cuando volvieron, Marta estaba esperándolos junto a la entrada.

Claudia supo que la discreción acababa de agotarse.