Capítulo 16 — Manual Para Estropear Una Cita
MANUAL PARA ESTROPEAR UNA CITA
Marta anunció el último candidato durante el desayuno con la solemnidad de quien comunica el cierre de un programa público.
—Queda uno.
Claudia dejó la taza.
—Pensaba que habíamos abolido esto.
—Estaba contratado desde antes. Es una cena temática de grupos pequeños y él viene con otra ruta. Ya no he organizado nada más, te lo prometo.
Irene abrió el panecillo por la mitad.
—¿También hay ficha?
Marta miró a Eva.
Eva levantó ambas manos.
—Yo me he retirado del comité.
—Qué rápido se desmantelan las instituciones cuando empiezan las responsabilidades —dijo Irene.
Lucía mordió una tostada.
—¿Podemos ir todos a la cena y dejar que Claudia hable con quien le dé la gana?
—Eso es exactamente lo que iba a proponer —dijo Marta.
—Mentira.
—Ahora sí lo propongo.
Marta sonrió con una humildad tan poco convincente que Claudia decidió no discutir.
El viaje estaba llegando a su último tramo.
La operación que tanto la había enfadado se había convertido en una broma interna, quizá porque las amigas habían dejado de empujar y porque ella tenía ahora un problema sentimental real que ninguna había previsto.
Martín apareció con una caja de mapas y la dejó junto a recepción.
Claudia notó que la miraba antes de acercarse al grupo.
—Salimos en veinte minutos.
—¿Tú vienes a la cena? —preguntó Marta.
—Sí. Es parte de la ruta.
Claudia bebió café para ocultar una sonrisa.
Irene la vio.
Claro que la vio.
La mañana transcurrió entre traslado, una visita breve y una parada en la costa. Claudia y Martín apenas tuvieron tiempo a solas. La relación había quedado suspendida en un terreno extraño desde el beso: mensajes, miradas, pequeñas proximidades y ninguna conversación sobre qué estaban haciendo.
A Claudia le gustaba y la inquietaba en proporciones similares.
A media tarde recibió un mensaje en CONTABILIDAD.
MARTÍN: He identificado al último candidato.
CLAUDIA: Informe.
MARTÍN: Marcos, 36, abogado, vive en Madrid.
CLAUDIA: ¿Ficha fiable?
MARTÍN: Sus fuentes dicen que cocina.
CLAUDIA: Matrimonio inmediato.
MARTÍN: También corre.
CLAUDIA: Cancelado.
MARTÍN: Ha durado poco.
Claudia sonrió frente al móvil.
MARTÍN: Una cosa.
CLAUDIA: Dime.
MARTÍN: Creo que Marcos sabe que tus amigas quieren presentaros.
CLAUDIA: Maravilloso.
MARTÍN: Podemos cancelar tu sitio.
CLAUDIA: Ni hablar. Quiero conocer al último superviviente.
Antes de la cena, las cinco acabaron en una terraza frente al mar con una hora libre y ninguna actividad organizada. La ausencia de plan pareció inquietar a Eva durante unos minutos.
—¿Seguro que no tenemos que estar en algún sitio? —preguntó.
Irene levantó la copa.
—Mírala. Síndrome de abstinencia.
—Pregunto por si acaso.
—Tenemos sesenta minutos sin Excel —dijo Claudia—. Intenta disfrutar del vacío.
Marta estaba mirando el móvil.
Claudia le señaló la pantalla.
—Tú también.
—Estoy hablando con mi marido.
—Enséñame certificado.
Marta le sacó la lengua.
Lucía se acomodó en la silla y puso los pies sobre otra.
—Yo voto por quedarnos aquí para siempre.
—Tu marido vendría a buscarte en helicóptero —dijo Irene.
—Probablemente ya está comprobando helipuertos.
Se rieron. Claudia miró a las cuatro y sintió una ternura algo incómoda.
El viaje había empezado como una celebración y ellas habían conseguido estropear una parte con aquella operación absurda.
Aun así, las quería allí. Seguía queriendo viajar con ellas.
Una bronca, incluso una bronca importante, no convertía dieciocho años en un error.
—¿Puedo hacer una pregunta? —dijo Marta.
—Depende.
—Cuando conozcas a Marcos esta noche, ¿puedo limitarme a existir?
Claudia levantó la copa.
—Esa es mi versión favorita de ti.
—Qué borde.
—Ha dicho que te quiere —intervino Lucía.
—No ha dicho eso.
—Lo sabemos todas.
Eva sonrió desde detrás de sus gafas de sol. Llevaba unos días más callada y Claudia reparó en que, incluso sentada con ellas, parecía reservar una parte de la cabeza para algo que ocurría en Madrid.
—¿Y qué hacemos con la hoja? —preguntó Irene.
Marta puso una mano sobre el pecho.
—La borré.
—Quiero ceremonia oficial.
—No existe ya.
—Una pena. Era patrimonio documental.
Claudia abrió CONTABILIDAD debajo de la mesa.
CLAUDIA: El comité está desmantelando la operación.
MARTÍN: Llegamos tarde. Tengo identificado al último.
CLAUDIA: Marcos.
MARTÍN: Correcto.
CLAUDIA: ¿Ficha?
MARTÍN: Abogado. Madrid. Cocina. Corre.
CLAUDIA: Con esa ficha seguro que colecciona cadáveres.
MARTÍN: Eso no constaba.
CLAUDIA: Investigación deficiente.
Guardó el móvil sonriendo.
Irene la vio.
—Contabilidad.
—Grupo de trabajo.
—Claro.
—Andrés te ha escrito cuatro veces desde el postre.
Irene guardó su propio móvil.
—Cambio de tema aprobado.
Caminaron juntas hasta el restaurante más tarde. Claudia iba detrás con Eva.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Eva tardó un momento.
—He hablado con Álvaro. Cuando vuelva quiere que nos sentemos sin niños y sin teléfonos.
—Suena razonable.
—Me da pánico.
Claudia le rozó el brazo.
—También puede ser buena señal que todavía queráis hablar.
—Puede.
—Y si no lo es, ya veremos.
—¿«Ya veremos»? Irene te está contaminando.
—Quizá me hacía falta.
Antes de la cena, Marta pidió hablar con Claudia a solas. La llevó hasta una esquina del vestíbulo con la gravedad de quien iba a comunicar una dimisión.
—He hablado con Marcos.
Claudia cerró los ojos un segundo.
—Prometiste no hacer nada.
—No he hecho nada. Él me escribió porque una amiga común le contó el asunto y quería saber si tú sabías que él sabía.
—Esto empieza a parecer una frase de espías.
—Le he dicho que sí sabes que sabe.
—Magnífico. Transparencia internacional.
Marta ignoró la burla.
—También le he pedido perdón.
Claudia abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Por meterlo en una situación rara. No solo te puse a ti en una lista. También traté a varios hombres como si estuvieran disponibles para una prueba que ellos no habían pedido.
La formulación sorprendió a Claudia más que la disculpa.
—Eso está bastante bien entendido.
—No pongas esa cara de profesora.
—Estoy orgullosa y me incomoda.
Marta se apoyó en la pared.
—Marcos se lo ha tomado a risa. Dice que su madre lleva dos años haciendo algo parecido con todas las hijas solteras de sus amigas.
—Entonces llega entrenado.
—Me ha pedido una cosa.
—Miedo.
—Que esta noche nadie lo siente a tu lado a propósito.
Claudia empezó a reírse.
—Me cae bien.
—A mí también. Y voy a respetarlo.
—Marta.
—¿Qué?
—Gracias.
Su amiga hizo una mueca como si el agradecimiento resultara más incómodo que un reproche.
—No te acostumbres.
—Esa frase es mía.
—Te la devuelvo cuando termine el viaje.
En la terraza, mientras esperaban a que abrieran el comedor, Marcos apareció con una cerveza sin alcohol y se acercó a ellas por iniciativa propia. Era más bajo de lo que Claudia había imaginado al leer la ficha clandestina, llevaba gafas y tenía una expresión de diversión difícil de ocultar.
—Entiendo que aquí está el comité —dijo.
Marta levantó las manos.
—El comité está disuelto.
—Me alegra. Venía preparado para una entrevista.
Claudia señaló a Marta.
—Ella habría traído preguntas impresas.
—Las borré.
—Eso no niega que existieran.
Marcos sonrió y le tendió la mano a Claudia con una formalidad exagerada.
—Marcos. Persona adulta que ha acudido voluntariamente a cenar.
—Claudia. Persona adulta que agradece la aclaración.
—Tengo piso, por si la base de datos sigue activa.
Marta se tapó la cara.
—Me voy.
—Quédate —dijo Claudia—. Esto es educativo.
Marcos acabó contando que la amiga común de Marta lo había llamado dos veces para explicarle que «no había presión», una expresión que consiguió exactamente el efecto contrario. A Claudia le gustó que él pudiera reírse de aquello sin hacerla responsable.
—Si te sirve —dijo Marcos—, yo también he aceptado cenas por cansancio. Hay una edad en que tus conocidos creen que dos personas sin pareja constituyen una emergencia logística.
—Voy a imprimir esa frase.
—Derechos de autor.
Martín cruzó el vestíbulo con unas llaves en la mano y saludó al pasar. Marcos siguió su movimiento con los ojos, luego miró a Claudia. No dijo nada. Claudia supo que había visto bastante.
Marta también lo vio y, por una vez, decidió no utilizar la información.
Aquello sí merecía considerarse progreso.
El trayecto hasta el restaurante fue a pie y ocupó quince minutos que Marta consiguió no utilizar para colocar a nadie junto a nadie.
Claudia iba con Irene. Delante, Lucía caminaba despacio con Eva. Martín cerraba el grupo junto a Nuria y Dani.
—¿Te das cuenta de que hemos llegado al último candidato y ya no te importa? —dijo Irene.
—Me importa como concepto histórico.
—La operación duró menos que algunas dietas de Marta.
—Todo dura menos que las dietas de Marta.
Marta giró la cabeza desde varios metros más adelante.
—Os oigo.
—Eso invalida parte del encanto —respondió Irene.
Claudia se rió.
—¿Y tú qué tal con Andrés?
Irene se metió las manos en los bolsillos.
—Me ha mandado una foto de su hija haciendo una torre con espaguetis.
—Eso parece íntimo.
—No empieces.
—No estoy empezando. Me parece bonito.
—Sí. A mí también.
—¿Te asusta?
Irene la miró de lado.
—Mucho menos de lo que esperaba. Supongo que porque no está intentando venderme una versión limpia de sí mismo.
Tiene una hija, una ex con la que habla casi a diario por la custodia, horarios complicados y un trabajo que le encanta.
Yo tengo un divorcio, un piso demasiado pequeño y una madre que pregunta por nietos aunque ya ha aceptado que quizá se quede esperando.
—Romance de alto nivel.
—Es lo que hay.
Claudia pensó que cada vez escuchaba más esa idea en el viaje: es lo que hay. Lejos de sonar resignada, empezaba a parecerle tranquilizadora. Las personas llegaban con historia. Nadie empezaba de cero. Tampoco Martín.
—¿Sabes qué me gusta de él? —preguntó Irene.
—¿Andrés?
—Sí. Que no me pregunta qué busco.
Claudia soltó una carcajada.
—Qué listón tan alto.