Capítulo 15 — La Versión De Eva #2
Nadie mencionó a Álvaro.
La conversación se desplazó hacia los hijos de Eva porque fue ella quien la llevó allí. Enseñó una fotografía de Mateo con un diente menos y otra de Nico dormido abrazado a una pelota.
—Esta mañana me ha preguntado si ya volvía —dijo—. Le he dicho que quedan dos noches y me ha respondido que son muchas.
—Eso es amor —dijo Marta.
Eva sonrió.
—Eso es que su padre no le deja cenar cereales.
—También.
Claudia la observó guardar el teléfono. Durante años había pensado en Eva como la amiga a la que todo le había llegado en orden: pareja estable, boda, piso, hijos, rutinas.
Verla allí, con una sopa enfriándose delante y un matrimonio del que no sabía hablar sin llorar, no volvía falsa ninguna de las cosas anteriores.
Eva había sido feliz en muchos momentos.
Quizá seguía queriendo a Álvaro. Quizá la relación podía arreglarse o quizá acabaría.
Nada de eso convertía su vida en una advertencia.
Marta pidió café.
—Cuando volvamos podríamos quedar las cinco solas más a menudo —dijo.
—¿Acabas de proponer una reunión recurrente?
—No una reunión. Una cena.
—Con periodicidad.
—Una vez al mes.
—Eso es una reunión.
Lucía se echó a reír.
—Con un bebé, una custodia compartida de Irene con su propia libertad, dos niños de Eva y las agendas de Claudia, no consigues una vez al mes ni secuestrándonos.
—Podemos intentarlo.
—Podemos quedar cuando podamos —dijo Claudia—. Sin convertirlo en otro objetivo que cumplir.
Marta dejó la cucharilla.
—Me cuesta muchísimo vuestra filosofía.
—Lo sabemos.
—A mí también.
Después de comer, mientras Irene y Lucía entraban en una tienda, Marta alcanzó a Claudia.
—¿Está muy mal?
Claudia se detuvo.
—No puedo contártelo yo.
—Lo sé. No te estoy pidiendo detalles.
—Está asustada.
Marta miró hacia Eva, que caminaba unos metros por delante.
—Nunca me cuenta cuando está asustada.
—Quizá porque tú intentas arreglarlo todo en veinte minutos.
Marta hizo una mueca.
—Eso ha dolido.
—Perdón.
—No, tienes razón. A veces cuando alguien me cuenta un problema empiezo a buscar solución antes de que termine la frase.
—A Eva también le pasa.
—Por eso nos entendemos.
—Y por eso podéis volveros locas juntas.
Marta sonrió con poca fuerza.
—¿Tú qué haces cuando alguien te cuenta algo así?
Claudia miró a su amiga.
—Normalmente un chiste malo y luego huyo.
—Buen sistema.
—Estamos todas fatal.
Marta se rió.
—Voy a probar a no preguntar.
—Eso sí puede ayudar.
—¿Y si quiere hablar?
—Escuchas.
—¿Solo?
—Puedes probar sin PowerPoint.
Marta le dio un empujón con el hombro.
—Gilipollas.
—Te quiero.
—Ya.
Entraron en la tienda. Eva estaba junto a Lucía mirando una manta pequeña. Marta se acercó y comentó que el color era bonito. No preguntó por Álvaro. Claudia vio a Eva relajarse apenas, una cantidad minúscula pero suficiente para que el esfuerzo mereciera la pena.
Al final de la tarde, Eva hizo una videollamada con los niños desde una esquina tranquila del alojamiento. Claudia estaba a unos metros, revisando un correo, y oyó la voz de Mateo antes de levantar la vista.
—¡Mamá! ¡Nico ha roto el mando!
—No lo he roto —gritó otro niño desde algún lugar de la pantalla—. Ya estaba mal.
Eva cerró los ojos un segundo.
—¿Dónde está papá?
—Haciendo la cena.
—Pues dile que luego le llamo. Y dejad el mando encima de la mesa.
Mateo acercó tanto la cara a la cámara que solo se veía un ojo.
—¿Cuándo vienes?
—Pasado mañana.
—Eso es mucho.
—Son dos noches.
—Mucho.
Eva sonrió de una manera que Claudia no le había visto durante toda la conversación frente al mar.
—Te he comprado una cosa.
—¿Qué?
—Si te lo digo deja de ser sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
Claudia se rió.
Eva la señaló con el teléfono.
—Mira quién está aquí.
—¡Claudia!
—Hola, delincuentes.
—Mamá dice que no se dice delincuentes.
—Tu madre dice muchas cosas.
Eva le dio un golpe suave con el pie.
Hablaron cinco minutos más. Nico apareció para defender su versión del mando. Mateo pidió ver el mar aunque estaban dentro de una habitación. Eva prometió llamar al día siguiente y mandó dos besos a la pantalla.
Cuando terminó, dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirándolo.
Claudia cerró el portátil.
—Son geniales.
—Son agotadores.
—Las dos cosas.
Eva sonrió.
—Me da miedo que cualquier decisión que tomemos Álvaro y yo les haga daño.
Claudia eligió las palabras con cuidado.
—Seguro que algunas cosas les dolerán si cambiáis vuestra vida. También les dolería vivir años en una casa donde vosotros estéis mal. No creo que exista una opción sin ninguna consecuencia.
Eva se frotó una mancha inexistente en la mesa.
—Odio eso.
—Lo sé.
—Quiero poder calcular qué es mejor.
—También lo sé.
—Y tú llevas diez días diciéndome que deje de organizar tu vida.
—Puedes organizar la tuya todo lo que quieras. El problema es que la vida no siempre firma el Excel.
Eva sonrió, cansada.
—Esta semana me vas a cobrar derechos de autor de tus frases.
—No son tan buenas.
—Algunas sí.
Se quedaron juntas un rato. Eva abrió la galería y le enseñó vídeos de los niños. En uno, Nico se empeñaba en ponerse dos zapatos distintos. En otro, Mateo intentaba preparar tortitas y había harina hasta en el suelo.
Claudia pensó en Álvaro sin verlo como el hombre que estaba haciendo sufrir a su amiga. Solo conocía la versión de Eva y, por lo que ella misma había contado, él estaba tan agotado y perdido como ella. Le pareció importante recordarlo. Las crisis no siempre necesitaban culpables para ser reales.
—Cuando vuelva —dijo Eva—, lo primero que voy a hacer es dormir con los niños.
—Eso parece incómodo.
—Muchísimo. A las tres de la mañana me arrepentiré.
—Perfecto.
—Y al día siguiente hablaré con Álvaro.
Claudia asintió.
Eva guardó el móvil.
—Gracias por no decirme qué tengo que hacer.
—Estoy viviendo una etapa de crecimiento personal insoportable.
—Se te pasará.
—Eso espero.
Esa noche, después de cenar, se sentaron fuera del hotel. Claudia le contó lo justo sobre Eva, respetando lo que su amiga le había confiado.
—Me ha hecho pensar —dijo.
—¿En qué?
—En que desde fuera siempre creemos saber cómo vive la gente. Eva lleva años pareciendo la más resuelta de todas. Y estaba fatal sin que nos enteráramos.
—La gente enseña lo que puede sostener.
—Taza.
—Lo siento.
—También le he contado lo nuestro.
Martín levantó las cejas.
—Ah.
—No digas ah.
—Estoy aprendiendo el idioma del grupo.
—Ha prometido discreción.
—¿Confías?
—No demasiado.
Martín se rió.
—¿Y tú? —preguntó Claudia—. ¿Se lo has contado a alguien?
—A nadie.
La respuesta le produjo una punzada que no esperaba.
—Ah.
Martín la miró.
—No pongas esa cara.
—Tengo libertad de expresión.
—No se lo he contado porque llevo trabajando todos los días y no he hablado con mi hermana desde hace una semana. La razón no es que quiera ocultarte.
Claudia se sintió un poco ridícula.
—No hacía falta explicar.
—Tu cara decía otra cosa.
—Maldita libertad de expresión.
Martín sonrió y le rozó la mano.
—Cuando hable con mi hermana, probablemente se enterará antes de que termine la llamada. Me conoce demasiado.
—Familia e intimidad. Qué horror.
—Te vas acostumbrando.
Claudia entrelazó los dedos con los suyos durante unos segundos.
—No te acostumbres tú demasiado.
—Demasiado tarde.