La última soltera del grupo Capítulo 15 — La Versión De Eva
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Capítulo 15 — La Versión De Eva

LA VERSIÓN DE EVA

El mensaje de Álvaro llegó durante el desayuno.

Claudia no lo leyó. Vio el nombre en la pantalla de Eva y el cambio de expresión de su amiga.

Eva dejó el café, cogió el teléfono y salió del comedor sin decir nada.

Marta la siguió con la mirada.

—Llevan varios días raros —dijo en voz baja.

Lucía dejó de untar queso en una tostada.

—¿Sabéis algo?

Irene negó.

Claudia sí sabía algo, aunque apenas fuera una colección de señales: mensajes ocultos, llamadas apartadas, respuestas demasiado rápidas, un «tenemos que hablar cuando vuelva» que Eva había soltado en Viana.

—Creo que están pasando una crisis —dijo.

Marta frunció el ceño.

—¿Eva y Álvaro?

—No sé qué nivel. Pero sí.

—Imposible.

Irene levantó una ceja.

—Qué palabra tan peligrosa.

—Ya me entiendes. Ellos están bien.

—La gente puede estar bien y luego no estarlo.

Marta miró hacia la puerta.

Eva regresó dos minutos después. Tenía los ojos brillantes, aunque no había llorado.

—¿Todo bien? —preguntó Lucía.

—Sí.

Nadie respondió.

Eva se sentó.

—No pongáis esas caras.

—¿Qué caras? —preguntó Irene.

—Esas.

Claudia tocó su taza.

—No tienes que contarnos nada.

Eva la miró. Quizá esperaba preguntas, insistencia o una de esas demostraciones de amistad que a veces son otra forma de invasión.

—Gracias.

El grupo salió media hora después. Aquel día tocaba costa y un mercado local. Claudia se sentó delante. Martín le dio el café sin preguntar, como llevaba haciendo ya dos mañanas.

Ella sonrió.

—Vas a crear dependencia.

—Luego te cobro suscripción.

—Modelo de negocio sólido.

El tono ligero le vino bien. Había dormido poco pensando demasiado en el beso, en Martín, en la conversación con Irene y en el extraño modo en que todo aquello había empezado como una guerra contra las expectativas ajenas.

—¿Eva está bien? —preguntó Martín cuando llevaban unos minutos en carretera.

—¿Por qué?

—Está distinta desde Oporto. Hoy parece peor.

—Observas demasiado, otra vez.

—Cuento gente y estados de ánimo. Reduce problemas.

Claudia bajó la voz.

—Creo que tiene problemas con su marido.

Martín asintió sin pedir detalles.

—Eso explica algunas cosas.

—¿Cuáles?

—Nada concreto. Solo que está más tensa cuando recibe mensajes.

Claudia miró por el espejo. Eva estaba sentada junto a Marta y fingía mirar el paisaje.

La mañana transcurrió sin incidentes. Lucía compró una manta para el bebé. Irene encontró un queso que juró meter en la maleta aunque las demás amenazaron con abandonarla en Portugal. Marta hizo fotos. Claudia trabajó media hora desde una cafetería mientras Martín revisaba la ruta siguiente.

Al mediodía, Eva desapareció.

Tardaron en darse cuenta porque cada una estaba haciendo algo distinto. Fue Marta quien preguntó dónde estaba.

Martín miró alrededor.

—La vi salir hacia el paseo hace quince minutos.

Claudia cogió el bolso.

—Voy a buscarla.

—Voy contigo —dijo Marta.

—Mejor sola.

Su amiga dudó y finalmente asintió.

Claudia encontró a Eva sentada en un banco frente al mar, con el teléfono entre las manos.

Eva tardó casi veinte minutos en contar la parte que llevaba meses escondiendo.

La crisis de Eva carecía de una gran traición a la que culpar. No había amante, deuda secreta ni revelación capaz de convertir a uno de los dos en villano, y precisamente esa ausencia volvía todo más difícil.

—Álvaro dice que está agotado de que todo en casa sea una tarea —explicó Eva en el banco frente al mar—. Y yo le digo que alguien tiene que hacer las tareas.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

—Eso me pone enferma. Preferiría que alguien tuviera razón.

Claudia sonrió con tristeza.

—Eso también suena mucho a ti.

Eva se secó una lágrima.

—Dice que ya ni sabemos estar juntos sin organizar algo. El mes pasado salimos a cenar solos. ¿Sabes de qué hablamos?

—De los niños.

—Del campamento de verano. Cuarenta minutos comparando fechas y precios. Luego llegamos a casa y discutimos porque yo había reservado uno sin terminar de hablarlo.

—Uf.

—Y después pasamos dos días tratándonos con una educación horrible.

Claudia sabía exactamente a qué se refería. Había visto parejas que podían pelear y arreglarse, y otras que llegaban a un punto donde la cortesía era más hostil que los gritos.

—¿Os queréis? —preguntó.

Eva soltó aire lentamente.

—Sí. Creo. Pero a veces no sé si quiero a Álvaro o a nuestra familia entera como estructura.

—Eso es una pregunta grande.

—Lo sé.

—No tienes que contestarla aquí.

—Él dice que si no vamos a terapia deberíamos separarnos un tiempo. Yo le dije que la terapia me parecía exagerada.

Claudia levantó las cejas.

—Eva.

—Ya sé.

—Has organizado un viaje internacional para que yo hable con hombres solteros y te parece exagerado ir a terapia con tu marido.

Eva se echó a reír y llorar a la vez.

—Soy imbécil.

—Un poco.

—Gracias.

—Para eso estamos.

Se quedaron en silencio.

Eva miró el mar.

—¿Tú has pensado alguna vez que quizá te has protegido demasiado?

Claudia sintió la pregunta como una devolución justa.

—Sí.

—¿Te pasa desde Carlos?

—Creo que empezó después de Carlos. Él quería mudarse y yo no. Durante meses convertí cualquier compromiso en una amenaza porque tenía miedo de volver a estar en una relación donde pareciera que todo debía avanzar.

—Nunca me lo dijiste así.

—No lo había pensado así hasta hace poco.

—¿Portugal?

—Portugal y terapia gratuita de un guía pesado.

Eva giró la cabeza.

—Martín.

Claudia sonrió sin querer.

Eva la vio.

—Dios mío.

—No hagas eso.

—¿Qué ha pasado?

—Nada que te vaya a contar mientras estás llorando por tu matrimonio.

—Necesito una distracción.

—Pues mira el mar.

Eva la agarró del brazo.

—Claudia.

—Nos besamos.

Eva se quedó inmóvil.

—No grites.

—¡No estoy gritando!

—Estás a punto.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Y desde cuándo te gusta?

Claudia pensó.

—No sé. Supongo que desde antes de darme cuenta.

Eva sonrió con una ternura que a Claudia le resultó peligrosa.

—Me alegro mucho.

—No digas que el viaje funcionó.

—No iba a decirlo.

—Lo estabas pensando.

—Un poco.

Claudia le dio un empujón suave.

—Te odio.

Eva apoyó la cabeza en su hombro.

—Prometo no hacer nada.

—Eso me tranquiliza menos después de esta semana.

—De verdad. Ni una pregunta, ni una cena, ni una sugerencia.

—Bien.

—Pero dime si es buen beso.

Claudia empezó a reírse.

—Eres incorregible.

—Estoy pasando una crisis. Dame algo.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí, besa muy bien.

—Gracias.

Eva se quedó mirando el agua unos segundos antes de añadir algo que no había contado.

—La semana antes de venir discutimos por el campamento de los niños. Yo vi que quedaban pocas plazas y lo reservé. Álvaro quería esperar. Terminamos gritándonos delante de ellos.

Claudia hizo una mueca.

—Eso tuvo que ser duro.

—Mateo nos preguntó si nos íbamos a divorciar. Le dije que no enseguida y luego me pasé la noche pensando que no sabía si podía prometerlo.

Claudia le apretó el brazo. Esta vez no buscó una respuesta útil.

—Y hay otra cosa —continuó Eva—. A veces verte tan segura con tu vida me pone nerviosa. Tú trabajas por tu cuenta, viajas, has terminado relaciones y sigues. Yo llevo años sintiendo que, si muevo una pieza, se mueve la casa entera.

—Yo no estoy tan segura como parezco.

Eva se secó la cara con el dorso de la mano.

—Ya. Empiezo a sospechar que ninguna.

—Marta sí. Marta cree que el universo se sostiene con reservas.

Eva sonrió.

—Eso la salvará hasta los noventa.

Volvieron con el grupo casi una hora después. Marta quiso saber dónde habían estado. Eva respondió que hablando y no añadió nada.

Claudia le agradeció la discreción con una mirada.

Martín estaba junto a la furgoneta. Cuando Claudia se acercó, él le tendió una botella de agua.

—¿Todo bien?

—Eva me ha contado cosas.

—¿Grave?

—Importante.

—¿Quieres hablar?

Claudia pensó.

—Luego.

Martín asintió. No insistió.

Después de hablar con Eva, Claudia pasó casi una hora con las otras tres sin contarles nada. No le costó tanto como habría esperado.

Marta quería saber. Irene también. Lucía fue la única que preguntó de otra manera.

—¿Eva te ha dicho si quiere que sepamos algo?

Claudia negó con la cabeza.

—Todavía no.

—Pues ya está.

Marta abrió la boca y volvió a cerrarla.

Irene la señaló.

—Ese gesto vale por una medalla.

—Estoy sufriendo.

—Sobrevivirás.

Compraron helados y se sentaron en un banco. Claudia miró a las tres. Había pensado muchas veces que la intimidad entre amigas consistía en contarse todo. El viaje empezaba a enseñarle lo contrario: también consistía en saber qué cosas no eran tuyas para contar.

—Voy a hacer una pregunta sobre ti —dijo Marta.

—Miedo.

—¿Eso sí puedo?

—Depende.

—¿Estás bien con Martín?

Claudia sonrió.

—Sí.

Marta esperó. Claudia pudo ver físicamente el esfuerzo por no pedir detalles.

—Puedes preguntar una cosa —concedió.

—¿Os habéis besado otra vez?

Irene casi se atragantó con el helado.

—Esa era tu pregunta prioritaria.

—He tenido que elegir.

Claudia se rió.

—No.

Marta asintió con solemnidad.

—Gracias.

—Pareces una periodista con exclusiva.

—No voy a hacer seguimiento.

Lucía miró a Claudia.

—¿Y tú quieres?

La pregunta era distinta.

Claudia miró el helado.

—Sí.

—Pues estupendo.

Irene apoyó un brazo en el respaldo.

—Qué grupo tan sano nos está quedando. Me da asco.

—Danos tiempo —dijo Claudia.

Marta empezó a hablar de otra cosa. El cambio de tema fue tan deliberado que Claudia sonrió, pero lo agradeció.

Volvieron con las demás casi una hora después. Eva se había lavado la cara en un baño público y llevaba las gafas de sol puestas aunque el cielo estaba cubierto.

Marta dio dos pasos hacia ella y se frenó. Claudia vio el esfuerzo físico que le costaba no preguntar.

—¿Te apetece comer algo? —dijo finalmente.

Eva se quitó las gafas.

—Sí.

Marta asintió.

—Hay una terraza allí.

Aquello fue todo.

Claudia sintió una ternura inmediata por su amiga. Marta podía aprender a una velocidad sorprendente cuando dejaba de pensar que ayudar equivalía a intervenir.

Se sentaron. Eva pidió una sopa que apenas tocó. Irene empezó a contar una historia sobre una clienta que había acudido a su trabajo con un perro dentro de un bolso y consiguió que, al cabo de diez minutos, Eva se riera.