Capítulo 14 — No Ha Pasado Nada #2
Su idea de las relaciones había tendido a organizarse en dos extremos: la pareja que acababa absorbiéndolo todo y la independencia impecable que no pedía nada a nadie.
Nuria y Dani parecían vivir en una zona mucho más aburrida y por eso mismo bastante atractiva.
Negociaban. Se enfadaban. A veces hacían planes por separado.
Nadie necesitaba convertir cada decisión en una declaración sobre el amor.
Cuando salieron, Martín se acercó para comprobar si Lucía necesitaba descansar antes de la actividad de la tarde. Claudia esperó a que terminara.
—He estado entrevistando a una pareja estable —dijo.
—¿Para tu trabajo?
—Para mi tesis doctoral sobre gente que consigue quererse sin hacerse una empresa conjunta.
Martín miró a Nuria y Dani, que discutían sobre quién había guardado la crema solar.
—Parece una muestra sólida.
—Dicen que han pasado temporadas viviendo separados.
—Mucha gente lo hace.
—Ya.
Él la miró un momento más.
—¿Estás ensayando una pregunta?
Claudia hizo una mueca.
—Puede.
—Pues pregunta cuando quieras.
—Qué manía con facilitar las cosas.
—Es parte del servicio.
Martín siguió hacia la furgoneta.
Claudia se quedó unos segundos observándolo. Todavía no sabía qué pregunta quería hacerle. Le bastaba saber que empezaba a considerar que podía existir una respuesta distinta de las dos que había usado durante años.
La tarde introdujo una urgencia laboral en el peor momento posible. Una clienta había decidido que el texto aprobado el viernes ya no reflejaba «el nuevo territorio emocional de la marca» y necesitaba una versión antes de las seis.
Claudia se instaló en una mesa del hotel con el portátil. El grupo salió a caminar. Martín se quedó cerca, revisando reservas para el día siguiente.
—¿Territorio emocional? —preguntó al verla escribir la expresión entre comillas en el cuaderno verde.
—No juzgues. Paga facturas.
—Intento entender.
—Una marca de cosmética ha descubierto hoy que quiere sonar «más honesta, pero elevada».
—¿Y eso cómo se escribe?
—Con sufrimiento.
Martín volvió a su pantalla. Claudia escribió tres párrafos, borró dos y recibió otro correo con una referencia contradictoria. A los veinte minutos, dejó caer la frente sobre la mano.
—Necesito otra profesión.
—La arquitectura sigue disponible.
—Prefiero morir.
—Respuesta correcta.
Claudia terminó a las cinco y cincuenta y dos. Envió el texto, cerró el portátil y levantó las manos.
—Soy libre.
—Durante ocho minutos, probablemente.
—No estropees esto.
Martín cerró también su carpeta.
—Tengo que cargar unas cajas en la furgoneta. Puedes venir a celebrar tu libertad con trabajo físico.
—Romántico.
—Estoy dando lo mejor de mí.
Lo acompañó al aparcamiento. Las cajas contenían botellas de agua y material para la ruta. Claudia cogió una pequeña.
—Puedo con una grande.
—No he dicho que no puedas.
—Lo has pensado.
—He pensado que esa está más cerca.
—Odio cuando tienes respuestas razonables.
—A mí me facilita el día.
Colocaron las cajas en el maletero. Al terminar, quedaron uno frente al otro entre la puerta abierta y una pared baja.
—¿Seguimos fingiendo que anoche fue un incidente administrativo? —preguntó Martín.
Claudia apoyó una mano en el borde del vehículo.
—No estoy fingiendo.
—Esta mañana has dicho «gracias» dos veces por una taza.
—Eso puede pasarle a cualquiera.
—Has aceptado pan mientras estabas comiendo pan.
—Me estabas observando.
—Es difícil no hacerlo ahora.
La frase le quitó parte de la réplica.
Martín dio un paso más cerca.
—Me gustó besarte.
Claudia sintió el mismo calor que la noche anterior, menos nervioso y más concreto.
—A mí también.
—Bien.
—No hagas una reunión de seguimiento.
—Intento saber las condiciones del proyecto.
—Te he dicho que quiero ir despacio.
—Y yo te he dicho que sí.
—También quedan tres días.
—Eso es un dato, no una orden.
Claudia lo miró.
Ahí estaba una de las cosas que le gustaban: Martín no le decía que el tiempo no importaba. Tampoco convertía los tres días en una cuenta atrás romántica. Los colocaba encima de la mesa y esperaba a ver qué hacían con ellos.
—Quiero volver a besarte —dijo ella.
—Eso suena compatible con ir despacio.
—Depende de tu definición.
Martín bajó la voz.
—La mía es flexible.
Claudia se rió justo antes de besarlo.
Fue breve. Sin paseo nocturno, sin agua al fondo, sin chaqueta prestada. Un beso junto a cajas de botellas y una furgoneta con migas en los asientos.
Le gustó incluso más por eso.
Al separarse, oyeron pasos.
Dani apareció por la esquina con el móvil en la mano.
—Perdón. Buscaba cobertura.
Claudia dio un paso atrás.
—Y la has encontrado.
Dani los miró a ambos. Luego sonrió.
—No he visto nada.
—Perfecto.
—Aunque tengo una vista excelente.
—Dani.
—Me voy.
Desapareció por donde había venido.
Claudia se tapó la cara.
—Mañana lo sabe Portugal.
—Dani parece discreto.
—Dani viaja con Nuria. Nuria habla con Marta. Estamos muertos.
Martín cerró el maletero.
—Podríamos huir.
—Tu empresa se enfadaría.
—Siempre hay un precio.
La noticia no llegó esa noche. Dani cumplió su palabra o Nuria tenía mejores cosas que hacer.
En la cena, Claudia y Martín se sentaron separados. Marta la vigiló con una concentración absurda. Lucía mantuvo el secreto con demasiado esfuerzo. Irene ya sabía y parecía disfrutar de una posición de superioridad informativa.
Claudia habló con Eva, escuchó una historia de Nuria y evitó mirar hacia Martín cada vez que se reía al otro lado de la mesa. Lo hizo bastante mal.
De vuelta al hotel, decidieron no quedarse solos.
Era sensato. También frustrante.
A las once y treinta y siete, ya en la cama, Claudia recibió un mensaje.
MARTÍN: Profesionalidad impecable.
CLAUDIA: Sobresaliente.
MARTÍN: Odio un poco esta idea.
CLAUDIA: Yo también.
Un segundo después apareció otro.
MARTÍN: Buenas noches, Valdés.
CLAUDIA: Buenas noches, Salcedo.
Irene apagó la luz de su lado.
—Contabilidad —dijo.
Claudia sonrió en la oscuridad.
—Duérmete.