Capítulo 14 — No Ha Pasado Nada
NO HA PASADO NADA
Claudia descubrió al despertar que besar a alguien con quien todavía tenías que pasar tres días de viaje convertía el desayuno en una prueba de carácter.
Irene estaba duchándose. La chaqueta de Martín seguía sobre la silla. Claudia la miró mientras se vestía, volvió a mirarla al guardar el cargador y acabó colgándosela del brazo con una irritación completamente injustificada hacia una prenda.
—Parece que vas a devolver un anillo —dijo Irene al salir del baño.
—Es una chaqueta.
—Por eso he dicho «parece».
—No pienso hablar de anoche.
—Perfecto.
Irene cogió el secador.
Aguantó nueve segundos.
—¿Estuvo bien?
Claudia cerró la cremallera del bolso.
—Muy bien.
Irene sonrió.
—Qué asco.
—Has preguntado tú.
—Me arrepiento.
—Mentira.
—Bastante.
En recepción, Martín hablaba con el dueño del alojamiento. Claudia se quedó junto a la puerta hasta que terminó. Él vio la chaqueta antes que a ella.
—Pensaba denunciar el robo.
—Apareció misteriosamente en mi habitación.
—Portugal está fatal.
Claudia se la entregó.
—¿Has dormido?
—Regular —dijo Martín.
El alivio que sintió fue vergonzoso.
—Bien.
—Qué generosa.
—Me tranquiliza que no seas una persona capaz de besar a alguien y seguir como si hubieras firmado un recibo.
—He revisado dos veces el horario de hoy y tenía la reserva delante.
—Perfecto. Estamos igual de funcionales.
Martín dobló la chaqueta sobre el brazo.
—¿Te arrepientes?
Claudia dejó de sonreír.
—No.
—Yo tampoco.
—Quiero ir despacio.
—Nos quedan tres días de viaje.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí.
—Y tampoco quiero que esto se convierta en una actividad del grupo. Marta se pondría una medalla y no estoy preparada para soportarlo.
—Puedo mantener neutralidad institucional.
—Eso llevas diciendo una semana.
—Y cada vez me sale peor.
Claudia sonrió.
—Vete a trabajar.
—Estoy trabajando.
—Pues trabaja más lejos.
Martín se marchó con una expresión demasiado satisfecha.
El desayuno fue peor.
Martín se comportó con una normalidad impecable, así que el problema estaba enteramente en Claudia.
Saludó al grupo, explicó el horario, llamó al restaurante para confirmar una reserva y ayudó a Dani con un problema de la habitación.
Claudia, en cambio, dijo «gracias» dos veces por el mismo café y respondió que sí cuando Eva le preguntó si quería pan, aunque acababa de dejar una tostada sin terminar.
Irene disfrutaba como una delincuente.
Marta observaba.
Lucía todavía no sabía nada, pero tenía el instinto de una mujer que había convivido con cuatro amigas desde los dieciocho años.
—¿Te pasa algo? —preguntó.
—Sueño.
—Duermes ocho horas.
—Calor.
—Hace diecinueve grados.
—¿Eres meteoróloga ahora?
Lucía entrecerró los ojos.
Claudia bebió café.
La jornada era tranquila: una visita corta, tiempo libre y traslado hacia otro alojamiento más cerca de la costa. En la furgoneta, Irene había dejado su bolso sobre el asiento delantero.
Claudia se paró junto a ella.
—Tu bolso estaba aquí atrás hace un minuto.
—Me molestaba.
—Ponlo donde estaba.
—¿No quieres sentarte delante?
—Quiero que dejes de dirigir tráfico humano.
—Ahora entiendes mejor a Eva.
Claudia ocupó el asiento de todos modos, porque negarse habría sido más evidente. Martín subió después y la saludó con un «buenos días» profesional que le pareció irritante.
Diez minutos más tarde dejó una chocolatina sobre la consola central.
—¿Qué es eso?
—Comida.
—Sé reconocer una chocolatina.
—Ayer dijiste que desayunas poco cuando estás nerviosa.
Claudia miró el envoltorio. Era la misma que había comprado dos días antes en una gasolinera.
—Memoria otra vez.
—Devuélvela si te ofende.
La guardó en el bolso.
—No hace falta ponerse hostil.
Martín sonrió sin apartar la vista de la carretera.
Lucía la abordó en una terraza a media mañana.
—Nos besamos —admitió Claudia antes de que pudiera empezar el interrogatorio.
Lucía abrió la boca.
—No hagas ruido.
—¡No he dicho nada!
—Lo estás haciendo con toda la cara.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Y qué tal?
—Bien.
Lucía esperó.
Claudia miró alrededor.
—Muy bien.
—Sabía que te gustaba.
—No digas eso.
La sonrisa de Lucía desapareció un poco.
—¿Por qué?
Claudia apoyó los antebrazos en la mesa.
—Porque llevo una semana intentando que nadie decida por mí lo que siento. Y ahora parece que si me gusta alguien, vosotras habéis acertado.
—Yo ya me había retirado de la operación.
—Tú eras cómplice pasiva.
—Culpable. Aun así, que Marta comprara todos los números de la rifa no significa que el premio sea suyo.
Claudia se rió.
—Esa metáfora está fatal.
—Pero se entiende.
—Sí.
—Además, él ni siquiera estaba en la lista.
—Ya lo sé.
Lucía bebió agua.
—¿Te gusta mucho?
Claudia miró hacia la calle. Martín estaba al otro lado, ayudando a Nuria a localizar una farmacia en el mapa del móvil.
—Me gusta estar con él —dijo—. Eso es lo que más me preocupa.
—Qué tragedia.
—No te burles.
—No me burlo. Solo digo que llevas años saliendo con gente que te gustaba en teoría y a las tres semanas te daba pereza contestar mensajes. Igual esto es mejor problema.
Claudia recordó a un diseñador con quien había tenido cuatro citas y cuya mayor virtud había sido no tener ninguna cualidad irritante. Había tardado un mes en admitir que aquello tampoco bastaba.
—Puede.
—Y si Marta dice «te lo dije», yo la empujo a un río.
—Gracias. Eso es amistad.
Lucía le apretó la mano.
—No se lo digo a nadie.
A los doce minutos Claudia recibió un mensaje.
MARTA: Lucía sabe algo.
Levantó la vista. Marta estaba sentada dos mesas más allá.
CLAUDIA: ¿Por qué dices eso?
MARTA: Tiene cara.
CLAUDIA: Libertad de expresión.
MARTA: AHORA SÍ SÉ QUE PASA ALGO.
Claudia dejó el teléfono boca abajo y miró a Lucía.
—Tu cara es un desastre.
—La tuya lleva dos días peor.
Por la tarde tuvieron una visita breve y luego una hora junto al mar. Claudia se quitó las sandalias y caminó por la orilla con Irene. El agua estaba fría.
—Andrés me ha preguntado si quiero cenar con él cuando volvamos a Madrid —dijo Irene.
—¿Y tú?
—He dicho que sí.
—Mira qué sencillo.
—Estoy aterrada.
—Mira qué menos sencillo.
Irene hundió los pies en la arena húmeda.
—Me gusta que tenga una hija. Ayer pensé que eso me habría hecho salir corriendo hace un año.
—Porque sonaba a complicación.
—Porque después de divorciarme quería vidas sin equipaje. Gente sin ex, sin hijos, sin historias que pudieran recordarme que las cosas se rompen.
Claudia la miró.
—Eso reduce bastante el mercado a personas de diecinueve años.
—Y algunos ya tienen traumas.
—Cierto.
Irene se rió.
—Supongo que ahora prefiero a alguien con vida real. Me da menos miedo que fingir que empezamos desde una hoja en blanco.
Claudia pensó en Martín, en su exmujer, en la profesión que había dejado, en una madre que esperaba que volviera a Madrid. Le gustaba precisamente que llegara con una vida que no estaba vacía esperando encajar con la suya.
—Te has puesto seria —dijo Irene.
—Estoy pensando.
—Peligroso.
—Tú has empezado.
La comida fue en un local pequeño donde las mesas estaban tan juntas que Claudia podía oír a un matrimonio discutir en portugués sin entender una palabra y, aun así, reconocer perfectamente el tema: él quería pedir otra cosa y ella llevaba cinco minutos diciéndole que hiciera lo que quisiera con un tono que significaba justo lo contrario.
Nuria se sentó frente a Claudia. Dani quedó a su lado y mantuvo una discreción impecable. Ni una sonrisa cómplice, ni una ceja levantada, ni el gesto insoportable de quien sabe algo.
Claudia se lo agradeció tanto que terminó preguntándole por Barcelona solo para demostrarle que no pensaba asesinarlo.
—¿Vivís juntos desde hace mucho? —preguntó a Nuria.
—Nueve años.
Dani levantó un dedo.
—Ocho y diez meses.
—Nueve años —repitió Nuria—. A partir de cierta edad redondear es salud mental.
—¿Y viajáis siempre juntos?
—Casi nunca —dijo Dani.
Claudia miró de uno a otro.
—Eso no me lo esperaba.
Nuria sonrió.
—Yo tengo vacaciones en agosto y él trabaja mucho en verano. Además, me gusta viajar con mi hermana y él tiene un grupo de amigos con los que hace montaña. Si esperamos a coincidir en todo, nos quedamos en casa.
—Mi madre considera eso una señal de crisis —dijo Dani.
—Tu madre considera crisis que no cenemos a la misma hora.
—También.
Claudia pinchó una patata.
—Perdonad la curiosidad. Estoy haciendo investigación de campo sobre modelos de relación que no requieren una hoja de cálculo.
Dani la miró con una inocencia extraordinaria.
—No sé de qué hablas.
Ella tuvo que morderse el labio para no reírse.
Nuria miró a su pareja.
—¿Qué me he perdido?
—Nada.
—Cuando dices nada con esa cara, siempre es algo.
Dani bebió agua.
—He prometido confidencialidad.
Nuria lo observó dos segundos, luego miró a Claudia, después hacia el extremo de la mesa donde Martín estaba ayudando a Lucía a pedir un plato sin un ingrediente que le sentaba mal.
—Ah —dijo.
Claudia dejó el tenedor.
—Sois insoportables.
—Yo no he dicho nada —protestó Nuria.
—Tu cara sí.
Dani se echó a reír.
—Te dije que tenía buena vista.
—Y yo te dije que quería seguir viviendo.
Nuria bajó la voz.
—Tranquila. No conozco a tus amigas lo suficiente para meterme en ese avispero.
—Eres una mujer prudente.
—Llevo nueve años con este. He adquirido habilidades.
La conversación cambió hacia viajes y trabajos.
Claudia descubrió que Nuria era fisioterapeuta y que Dani había pasado seis meses trabajando en otra ciudad dos años atrás.
No habían dramatizado la separación ni la habían presentado como prueba heroica.
Habían discutido por horarios, billetes caros y llamadas perdidas.
Habían terminado aquella etapa contentos de volver a compartir casa y también con la certeza de que podían soportar no hacerlo durante un tiempo.
Claudia escuchó más de lo que preguntó.