La última soltera del grupo Capítulo 13 — La Noche #2
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Capítulo 13 — La Noche #2

Caminaron sin prisa. Eva llevaba días intentando mantener el problema con Álvaro dentro de una caja pequeña.

Claudia lo veía en su manera de responder mensajes, en los cambios de humor después de una llamada, en el alivio excesivo cuando sus hijos aparecían por videollamada y la conversación podía girar hacia ellos.

—A veces os envidio —dijo Eva de repente.

—¿A quiénes?

—A ti. A Irene. Incluso a Marta, que lleva un año casada y todavía cree que cada discusión es una oportunidad de crecimiento.

—Dale tiempo.

Eva sonrió.

—Lo digo en serio. Hay días en que fantaseo con llegar a casa y que nadie me necesite. Ni los niños, ni Álvaro, ni el colegio, ni mi madre preguntando por los niños.

—Eso no significa que no los quieras.

—Ya lo sé. Pero cuesta decirlo sin sentirte una madre horrible.

Claudia se detuvo frente a un escaparate sin mirar nada de lo que había detrás.

—Lucía me dijo algo parecido. Le da miedo desaparecer dentro de la etiqueta de madre.

Eva bajó la vista.

—Y yo llevo cinco meses preguntándole si está bien cada diez minutos.

—Con cariño.

—Ya. El cariño tiene una capacidad impresionante para meterse donde no lo llaman.

Claudia la rozó con el hombro.

—Mira quién está haciendo el máster.

Eva sonrió.

—No sé qué hacer con Álvaro.

—Puedes no saberlo unos días.

—Odio no saber.

—Eso sí es muy tú.

—Me gustaría tener un Excel que dijera: terapia, tres meses, mejora del cuarenta por ciento, seguir. O separación, custodia, pisos, vacaciones.

—Si existe, quémalo.

Eva la miró y esta vez rió de verdad.

Al reunirse con las demás, Irene llevaba una bolsa nueva y Marta había conseguido que Lucía comprara un body diminuto con orejas. Lucía lo sostuvo delante de todas y se puso a llorar.

—Es ridículo —dijo entre lágrimas.

—Es precioso —respondió Marta, a punto de llorar también.

—Parece un oso.

—Eso es lo precioso.

Irene miró a Claudia.

—Hormonas colectivas. Salgamos de aquí.

En la cena, Martín se sentó lejos de ella. Claudia intentó convencerse de que le daba igual durante aproximadamente el tiempo que tardó en verlo reírse con Nuria.

Participó en la conversación general. Habló con Lucía sobre nombres de bebé, escuchó a Dani explicar un problema con su trabajo y recibió tres mensajes de Marta desde el otro extremo de la mesa pese a que Marta podía haberle hablado en voz alta.

MARTA: ¿IRENE TE HA DICHO LO DE ANDRÉS?

CLAUDIA: Estamos a tres metros.

MARTA: QUIERO PRIVACIDAD.

CLAUDIA: Entonces deja de escribir en mayúsculas.

Irene, sentada junto a Marta, miró su móvil y negó con la cabeza.

Al terminar, Claudia salió sola al paseo. No avisó a Martín. Tampoco necesitó hacerlo. Lo encontró unos minutos después junto a una barandilla, terminando una llamada.

—¿Casualidad? —preguntó.

—He acabado de trabajar y estoy aquí.

—Respuesta jurídicamente impecable.

—He aprendido del grupo.

Durante los primeros minutos caminaron con una torpeza leve que no había existido hasta entonces.

Claudia habló de cualquier cosa. Martín respondió con una historia de un viajero que había denunciado un robo y encontró el pasaporte veinte minutos después dentro del bolsillo interior de su propia mochila.

La conversación recuperó su ritmo.

Se sentaron en una terraza y pidieron una copa. Hablaron de ciudades. Claudia contó su año en Valencia, la agencia donde trabajar doce horas se llamaba pasión y Carlos, el novio con quien intentó alargar una relación cuatro meses después de haber empezado a imaginar una vida sin él.

—Él quería que me quedara —dijo.

—¿Y tú?

—Quería querer quedarme.

Martín bajó la vista al vaso.

—Conozco eso.

—¿Por tu matrimonio?

—Sí. Durante una época creía que insistir era una forma de querer. Laura fue quien dijo que llevábamos meses defendiendo algo que ya no sabíamos describir.

—¿Te enfadaste?

—Muchísimo.

—¿Con ella?

—Con ella, conmigo, con el piso, con la hipoteca, con una cafetera que se rompió esa semana y no tenía ninguna responsabilidad.

—Pobre cafetera.

—Pagó por todos.

—¿Y luego?

—Luego descubrí que también estaba aliviado. Eso me dio más culpa que el enfado.

Claudia entendió la mezcla. Le contó una Navidad con gripe que había pasado sola y que recordaba como miserable y tranquila a partes iguales. Martín habló del apartamento diminuto al que se mudó después de separarse y de la absurda satisfacción de decidir dónde colocar sus propios platos.

—Suena muy poco heroico —dijo ella.

—Mi biografía va perdiendo interés.

—A mí me gusta más así.

Martín levantó la mirada.

Claudia bebió un poco para darse algo que hacer.

—¿Sabes qué me fastidia? —continuó—. Que llevo años diciendo que estoy bien sola y ahora me gusta alguien justo en el viaje organizado para demostrar que debía encontrar a alguien.

—Tus amigas no me han fabricado.

—Ya.

—Y yo no estaba en la lista.

—Eso ayuda.

—Puedo falsificar documentación si necesitas pruebas.

Claudia se rió.

—No necesito pruebas.

Salieron del bar más tarde de lo previsto. El aire había enfriado y Claudia se frotó los brazos. Martín se quitó la chaqueta.

—Ni se te ocurra hacer un discurso de hombre útil.

—Tengo frío menos que tú. Ese es todo el argumento.

Ella aceptó la prenda.

Le quedaba grande. Olía a jabón y a él, detalle que consideró indebidamente íntimo para una chaqueta de viaje.

Caminaron despacio junto al agua.

—Tú estabas lejos en la cena —dijo Claudia.

La frase salió antes de que pudiera vestirla de broma.

—Me habían sentado allí.

—Ya.

—¿Querías que me sentara contigo?

Claudia metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Puede.

—Podrías haberlo dicho.

—Habría sido raro.

—Tenemos un chat secreto llamado Contabilidad.

—Buen punto.

Siguieron andando.

Martín rozó su mano. Claudia no supo si había sido accidental hasta que el roce se repitió. Entrelazaron los dedos sin comentarlo.

Aquello le produjo más nervios que cualquiera de las citas preparadas por sus amigas.

—Marta cree que eres guapo —dijo.

—Información muy relevante.

—Yo también.

Martín se detuvo.

Claudia avanzó medio paso antes de girarse.

—¿Qué?

—Estoy administrando el cumplido.

—Hazlo más deprisa.

—Tú también me gustas.

—Eso no era exactamente lo que te había dicho.

—Me he adelantado.

Claudia sonrió. Sentía el pulso en las manos, en el cuello y probablemente en lugares que no necesitaban tanta participación.

Martín se acercó lo suficiente para que la pregunta quedara clara sin verbalizarla. Levantó una mano y le rozó la mejilla con los dedos.

Claudia fue quien terminó la distancia.

El beso empezó despacio y perdió prudencia en pocos segundos. Ella le agarró la chaqueta por delante. Martín apoyó una mano en su cintura. Cuando se separaron, Claudia seguía sonriendo.

—Esto complica Contabilidad —murmuró.

—Podemos abrir otra hoja.

—No bromees con Excel ahora.

—Perdón.

Volvieron a besarse.

El regreso al hotel fue más lento. Caminaron con las manos juntas un tramo, las soltaron al acercarse y se rieron de lo infantil que resultó el gesto.

—Profesionalidad —dijo Martín.

—Impecable.

En la recepción, él tiró suavemente de una manga de su chaqueta antes de que Claudia entrara al ascensor.

—Te la llevas.

Claudia miró la prenda.

—Mierda.

Martín se rió.

—Mañana.

—Esto no cuenta como convivencia.

—Todavía no he reclamado armario.

—Buenas noches, Salcedo.

—Buenas noches, Valdés.

Irene estaba despierta cuando Claudia entró.

Miró la chaqueta. Miró la cara de Claudia. Volvió a mirar la chaqueta.

—Ni una palabra —dijo Claudia.

Irene se tapó la boca con la almohada, pero la risa salió igual.

Claudia dejó la chaqueta sobre una silla y fue al baño para lavarse los dientes.

En el espejo seguía teniendo la misma cara de siempre, solo que le costaba mucho dejar de sonreír.