Capítulo 13 — La Noche
LA NOCHE
La costa apareció al día siguiente bajo un cielo limpio que parecía una broma después de la tormenta.
Marta había recuperado la fe en el viaje antes de desayunar. A las nueve ya llevaba una lista de lugares, dos reservas guardadas en el móvil y una discusión abierta con Irene sobre la cantidad razonable de fotografías que podía hacerse una persona delante del mismo edificio.
—Tres —dijo Irene.
—Eso no da margen.
—Da margen de sobra si tienes la misma cara en todas.
—No tengo la misma cara.
Claudia levantó la vista del café.
—Tienes exactamente la misma cara desde 2014.
Marta se volvió hacia Lucía.
—Diles algo.
—Estoy comiendo.
—Qué grupo tan poco solidario.
Martín anunció el plan desde el extremo de la mesa: traslado a Viana do Castelo, paseo corto para quien quisiera, comida libre y cena temprana. Después tenían la noche para ellos.
La expresión «para ellos» produjo en Claudia una reacción que consiguió mantener fuera de la cara gracias a muchos años leyendo correos absurdos de clientes sin insultar a nadie.
Irene la vio igualmente.
—No digas nada —murmuró Claudia.
—Estoy untando mantequilla.
—Con intención.
—Todo tiene intención para ti ahora.
Claudia le dio una patada por debajo de la mesa.
En la furgoneta ocupó el asiento delantero sin negociación. Martín le dejó un café en el hueco del posavasos antes de arrancar.
—No te he pedido nada.
—Lo sé.
—Eso empieza a ser preocupante.
—Si quieres, me lo tomo yo.
Claudia agarró el vaso.
—Tampoco hace falta ponerse drástico.
Martín sonrió y comprobó los espejos.
Hablaron poco durante el trayecto. Claudia tenía trabajo acumulado y contestó varios mensajes. Martín llevaba la música baja. Detrás, las amigas discutían si Irene debía llevar un vestido que Marta había metido en su propia maleta «por si acaso».
—No pienso tener una cita esta noche —dijo Irene.
—No he dicho cita.
—Has dicho vestido.
—Es una prenda.
—En tu idioma es una amenaza.
Andrés le había escrito esa mañana. Quería verla en Madrid al regresar. Irene había enseñado el mensaje a Claudia fingiendo que lo hacía porque no entendía una frase, aunque la frase decía: «Cuando vuelvas, ¿cenamos?».
—Podrías responderle —le había dicho Claudia.
—Lo haré.
—Llevas cuarenta minutos redactando nueve palabras.
—Estoy ocupada.
—Has abierto la conversación diecisiete veces.
—Qué invasiva eres.
Claudia había disfrutado demasiado devolviéndole la vigilancia.
Viana las recibió con aire salado, fachadas claras y una luz que obligó a Marta a ponerse las gafas de sol y declarar que necesitaban una foto «decente» de las cinco.
La fotografía acabó necesitando catorce intentos, un matrimonio alemán que aceptó ejercer de fotógrafo y una breve disputa sobre quién estaba tapando a quién.
—La segunda estaba bien —dijo Claudia.
—Tenías los ojos cerrados.
—Así descanso.
—La siete —propuso Lucía.
—Eva parece enfadada.
Eva cogió el móvil de Marta.
—Porque estaba enfadada. Llevábamos siete.
Irene señaló la pantalla.
—Entonces es documental. Guárdala.
Caminaron hasta una calle comercial. Lucía se detuvo delante de una tienda infantil y cometió el error de entrar.
Veinte minutos más tarde sostenía un body diminuto con orejas cosidas en la capucha y lloraba.
—No puedo con esto —dijo, riéndose a la vez.
Claudia miró la prenda.
—Es bastante agresiva.
—Tiene orejas.
—Precisamente.
—Va a ser tan pequeña.
Eva se acercó y le pasó un brazo por los hombros.
—Durante unos cinco minutos. Luego crecerá y te arruinará.
Lucía se secó los ojos.
—Gracias por la ternura.
—Tengo dos. Sé de qué hablo.
Compró el body de todas formas. Claudia la ayudó a guardarlo en una bolsa y se quedó un momento junto a Eva mientras las otras salían.
—¿Cómo estás tú? —preguntó.
Eva fingió revisar el recibo.
—Bien.
Claudia esperó.
—No pongas esa cara.
—Estoy quieta.
—Precisamente. Cuando estás quieta es peor.
—Me dijiste que estabais pasando una época mala. No voy a preguntarte cada dos horas, pero tampoco puedo hacer como si no lo hubiera oído.
Eva dobló el recibo por la mitad.
—Anoche discutimos otra vez.
—¿Por algo concreto?
—Por quince cosas pequeñas. Que es mucho más difícil.
Claudia apoyó una mano en el borde del mostrador.
—¿Quieres contármelo?
—No entero.
—Vale.
Eva la miró con una media sonrisa cansada.
—Llevamos meses funcionando como una empresa familiar. Niños, colegio, compra, horarios, pediatra, mis turnos, sus reuniones. Somos muy buenos organizando. Lo que no sé es cuándo dejamos de ser otra cosa.
Claudia pensó en el Excel del viaje y no hizo la broma.
—¿Él siente lo mismo?
—Dice que sí. Luego hablamos y acabamos discutiendo sobre quién recoge a Nico el martes. Me da miedo que cuando quitemos toda la logística no quede mucho debajo.
—También puede quedar algo que ahora no veis.
—Ya.
—No te estoy diciendo que tengas que arreglarlo.
Eva bajó la mirada al recibo.
—Lo sé.
Claudia dudó.
—¿Por eso te has puesto tan pesada conmigo?
Eva levantó la cabeza.
—No todo gira alrededor de ti, reina.
—Menos mal. Ya estaba preocupada.
—Pero puede que un poco sí.
Claudia no esperaba que lo admitiera tan pronto.
Eva dejó escapar una risa breve, sin mucha alegría.
—Marta cree en el amor porque está en esa fase preciosa en la que todavía le parece increíble haber encontrado a alguien.
Lucía está a punto de tener una hija y ve futuro hasta en las listas del supermercado.
Irene se ríe de todo porque si lo vuelve chiste no tiene que reconocer que le da miedo repetir su divorcio.
Y yo… —se quedó mirando la bolsa del body—.
Yo necesitaba pensar que el guion era bueno.
Si tú estabas fuera porque todavía no habías encontrado a alguien, mi parte parecía la normal.
Claudia se apoyó contra el mostrador.
—Eso es una cantidad bastante ofensiva de sinceridad para una tienda de bebés.
—Lo sé.
—Sigo enfadada por lo de las citas.
—También lo sé.
—Y esta conversación no te absuelve.
—No te he pedido absolución.
—Bien.
Eva guardó el recibo en la bolsa.
—¿Y tú qué tal con Martín?
Claudia abrió la boca.
—Mira cómo cambia de tema.
—He hablado de mi matrimonio durante seis minutos. Tengo derecho a una pregunta.
—No sabes que haya nada con Martín.
Eva arqueó una ceja.
—Soy madre de dos niños. Sé cuándo alguien intenta esconder chocolate detrás de la espalda.
—No tiene sentido.
—Me sirve.
Claudia miró hacia la puerta. Martín estaba al otro lado de la calle hablando con Dani y consultando algo en el teléfono.
—Me gusta —admitió.
Decirlo ya no produjo la resistencia de días anteriores. Seguía sintiendo un pequeño fastidio, como si la frase tuviera consecuencias administrativas, pero no quiso corregirla.
Eva siguió su mirada.
—Te cae bien.
—Mucho.
—Eso es peor.
—Gracias.
—Quiero decir mejor. Peor para tus defensas.
—No tengo defensas.
Eva soltó una carcajada.
—Claudia.
—Tengo criterios.
—Claro.
Salieron de la tienda antes de que la conversación pudiera convertirse en asesoría sentimental.
El resto de la tarde se dispersó. Marta e Irene entraron en varias tiendas. Lucía buscó una terraza con sombra. Eva contestó una llamada de Álvaro y se alejó unos metros. Claudia caminó sola durante un rato, agradecida por poder pensar sin cuatro pares de ojos midiendo sus expresiones.
Encontró a Martín junto a una plaza pequeña, hablando con una pareja del grupo. Cuando terminó, se acercó.
—¿Te han abandonado?
—He escapado.
—Distinto.
—Mucho.
—¿Café?
—Ya llevo dos.
—Helado.
—Negociación aceptable.
Compraron uno cada uno. Martín pidió pistacho para ella sin preguntar.
Claudia observó el cono.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Memoria.
—Te llevo viendo pedir lo mismo una semana.
—Hay exnovios que necesitaron años.
—No sé si eso me favorece o rebaja mucho el estándar.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Caminaron unos minutos. Claudia contó la crisis del body con orejas. Martín le habló de una reserva que había tenido que mover porque el hotel había confundido las fechas de una pareja francesa.
—Tu trabajo consiste en impedir que la gente se entere de lo mal que funciona el mundo por detrás —dijo ella.
—Eso lo dijiste ayer.
—¿Ves? Memoria preocupante.
—Y tú repites material.
—Estoy de vacaciones.
Llegaron a una esquina donde debían separarse: él tenía que comprobar el restaurante de la cena y Claudia había quedado con las demás.
—Luego te veo —dijo Martín.
La frase era normal. Le sentó bien de una forma nada normal.
—Luego.
En la habitación, una hora más tarde, Claudia llevaba seis minutos discutiendo con unos pendientes.
Irene estaba tumbada en la cama con un libro.
—Esos.
—No he preguntado.
—Llevas poniéndotelos y quitándotelos desde que he abierto este capítulo.
—No estoy arreglándome para nadie.
—Yo no he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—Estoy leyendo sobre un asesinato en una isla.
Claudia se miró en el espejo. El vestido verde era sencillo y lo había usado muchas veces. Los pendientes, también. Se quitó uno. Se lo volvió a poner.
Irene bajó el libro.
—Si dejas de ponértelos porque no quieres que parezca que te has arreglado, sigues arreglándote alrededor de él.
Claudia la señaló desde el espejo.
—Hoy ya has gastado tu cuota de sensatez.
—Me queda una frase.
—No la quiero.
—Si te gusta, te gusta. Marta no recibe comisión.
Claudia cogió el bolso.
—Era una frase bastante mediocre.
—Te ha molestado, así que ha funcionado.
La tarde en Viana do Castelo quedó libre después de comer. Marta quiso entrar en tiendas. Lucía necesitaba una farmacia. Irene recibió otro mensaje de Andrés y sonrió mirando la pantalla con una falta de vergüenza que Claudia celebró en silencio.
Eva iba más callada.
Claudia se quedó con ella mientras las otras tres cruzaban una calle hacia una tienda de ropa.
—¿Quieres volver antes al hotel? —preguntó.
—No. Si vuelvo me quedaré mirando el móvil.
—Buen argumento.