La última soltera del grupo Capítulo 12 — Nadie Necesita Ser Rescatado #2
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Capítulo 12 — Nadie Necesita Ser Rescatado #2

Dani encontró una baraja. Marta propuso jugar. Claudia intentó refugiarse detrás del portátil y recibió una negativa colectiva.

—Tengo una entrega mañana —protestó.

—¿Cuánto te queda? —preguntó Lucía.

—Media hora.

—Pues media hora y vuelves.

—Gracias, jefa.

—Hoy soy la persona vulnerable. Tengo autoridad.

Claudia se instaló en un extremo de la mesa.

El cliente quería tres versiones de un texto que explicara exactamente lo mismo con palabras distintas y consideraba que aquello constituía una estrategia.

Ella escribió durante cuarenta minutos mientras a pocos metros sus amigas discutían las reglas de un juego de cartas que ninguna parecía comprender.

Martín apareció con su propia libreta y se sentó en la esquina contraria.

—¿Compartimos oficina?

—Solo si no haces videollamadas.

—No hago videollamadas ni bajo amenaza.

—Punto a favor.

Trabajaron en silencio. La lluvia redujo el mundo al cristal empañado, al sonido de la chimenea y a las voces del salón. Claudia terminó la última versión, la leyó una vez más y envió el correo.

—Hecho —dijo.

Martín levantó la vista.

—¿Era la cosa premium cercana?

Claudia lo miró.

—¿Te acuerdas?

—Te quejaste durante diez minutos ayer.

—Eso no significa que debieras escucharlo.

—Me cuesta apagar los oídos.

—Qué defecto.

Cerró el portátil. Martín escribió dos líneas más y guardó su libreta.

—¿Y tú?

—Una habitación que desapareció de una reserva.

—¿La has encontrado?

—He encontrado otra.

—Tu trabajo se parece mucho a mentir con tranquilidad.

—El tuyo a cobrar por escoger adjetivos.

—Tocado.

Volvieron al grupo. La partida llevaba suficiente tiempo como para que Irene hubiera inventado dos reglas nuevas y Marta acusara a Dani de fraude.

—Te toca conmigo —dijo Irene a Claudia.

—No sé jugar.

—Nadie sabe. Esa es la belleza.

Martín terminó sentado a su lado porque quedaba un hueco. Sus rodillas se tocaron bajo la mesa. Claudia movió la pierna por instinto y, un segundo después, lamentó haberlo hecho. En la siguiente ronda fue él quien rozó su rodilla al inclinarse a por una carta.

Aquella vez ninguno corrigió la postura.

Claudia miró sus cartas como si contuvieran una solución matemática.

—Te toca —dijo Irene.

—Estoy pensando.

—Llevas medio minuto mirando un cinco.

—Estrategia.

Martín tosió para ocultar una risa.

Claudia le dio una patada suave.

—Violencia —murmuró él.

—Consecuencias.

La tarde avanzó sin programa. Pusieron música, Marta y Nuria bailaron una canción de los dos mil, Lucía perdió el miedo al mareo y acabó comiendo pan con queso junto a la chimenea. Eva dejó el teléfono boca abajo sobre una mesa durante casi una hora.

Claudia lo vio. También vio que, cuando volvió a cogerlo, se levantó y salió al pasillo para contestar.

Dejó que Eva atendiera la llamada sola.

A las ocho, la lluvia había aflojado. Claudia salió al porche para comprobar si tenía cobertura suficiente para una llamada corta de trabajo. Martín estaba guardando unas sillas que se habían mojado.

—¿Necesitas ayuda?

—Quedan dos.

Claudia cogió una.

—Entonces necesitas poca ayuda.

—Acepto ayuda pequeña.

Las dejaron bajo techo. El aire olía a tierra húmeda y hojas. Desde allí se oía al grupo dentro, amortiguado por la puerta.

—¿Te asustaste con Lucía? —preguntó Martín.

—Sí. Un poco.

—Lo gestionaste bien.

Claudia se apoyó en la barandilla.

—Llevo diecisiete años conociéndola. Sé cuándo está fingiendo que está bien para que no la agobien.

—Eso ayuda.

—Y tú no la trataste como si fuera de cristal.

—Me dijo lo que necesitaba.

—Hay gente que no escucha aunque se lo digas.

Martín la miró.

—¿Ese es un cumplido?

—No te acostumbres.

—Pensaba guardarlo.

Claudia sonrió.

—Es una de las cosas que me gustan de ti.

La frase salió sin preparación. Esta vez no quiso recogerla.

Martín se quedó quieto un instante.

—¿Una de cuántas?

—No abuses.

—Necesito inventario.

—Tienes buen café. Con eso ya vas fuerte.

Él apoyó los antebrazos en la barandilla, a poca distancia de los suyos.

—A mí me gusta que te fijes en la gente incluso cuando finges que todo te da un poco igual.

Claudia volvió la cabeza.

—Eso ha sonado sospechosamente pensado.

—Lo llevo pensando varios días.

El corazón le dio un golpe bastante poco discreto.

—Mal asunto.

—Puede.

La puerta se abrió. Irene apareció buscando una toalla.

Se detuvo al verlos.

—Ah.

—No digas nada —advirtió Claudia.

—No he dicho nada.

—Tu cara es un comunicado oficial.

Irene recogió la toalla de una silla.

—Libertad de expresión.

Volvió dentro.

Martín se rió.

—Me cae bien.

—No la alimentes.

Regresaron al salón unos minutos después.

Ya en la habitación, Irene aguantó casi una hora antes de preguntar.

—¿Os habéis besado?

Claudia, que estaba quitándose los pendientes, la miró por el espejo.

—No.

—¿Querías?

—No lo sé.

Irene dejó el móvil.

—Con Javier sabías que no. Con Sergio también. Con Tomás te reíste durante media hora. Este «no lo sé» viene con documentación adjunta.

Claudia se sentó en la cama.

—Me gusta estar con él.

—Ya.

—Y me gusta que no parezca empeñado en gustarme.

—Eso suele ayudar.

—Está trabajando. Yo estoy de viaje. Quedan pocos días. Y todo empezó porque cuatro mujeres decidieron que mi soltería necesitaba una intervención.

—Tres —corrigió Irene—. Yo pido inmunidad por cooperación con la justicia.

—Has disfrutado muchísimo.

—Eso no me convierte en autora intelectual.

Claudia sonrió y se tumbó.

Irene apagó su lámpara, pero dejó la del lado de Claudia encendida.

—Clau.

—Qué.

—Si te apetece besar a Martín, no dejes de hacerlo para impedir que Marta diga «te lo dije».

Claudia giró la cabeza.

—¿Desde cuándo dices cosas sensatas?

—Me dura poco. Aprovecha.

Irene se dio la vuelta.

Claudia apagó la luz.

La frase se quedó con ella más rato del que habría querido. Llevaba años defendiendo que nadie debía decidir qué le faltaba. Convertir a sus amigas en árbitras de lo que podía permitirse sentir habría sido concederles una influencia todavía mayor.

Fuera seguía lloviendo. Claudia escuchó un rato el agua contra la ventana hasta que el cansancio consiguió imponerse.