La última soltera del grupo Capítulo 12 — Nadie Necesita Ser Rescatado
57%

Capítulo 12 — Nadie Necesita Ser Rescatado

NADIE NECESITA SER RESCATADO

La lluvia empezó cuando todavía estaban discutiendo si aquello podía llamarse sendero.

Martín había mirado el cielo dos veces antes de salir del alojamiento y una tercera junto a la furgoneta. El parte daba una ventana de varias horas sin agua. Portugal, al parecer, no se sentía vinculado por el parte.

—Yo he traído paraguas —anunció Marta cuando cayeron las primeras gotas.

Irene se volvió hacia ella.

—¿En una ruta por el monte?

—He traído un paraguas de viaje.

—Eso no mejora la frase.

Marta abrió algo del tamaño de un plato. La primera ráfaga lo dobló hacia fuera.

Claudia se echó a reír.

—Ha durado muchísimo.

—Calla y ayúdame.

—Estoy documentando el desastre.

—No grabes.

—Demasiado tarde.

La ruta no era difícil. Un camino ancho descendía entre viñedos y pequeños tramos de vegetación cerrada hasta un mirador sobre el río.

Martín había repetido dos veces que, si el tiempo empeoraba, regresarían antes.

Nadie había protestado. Lucía llevaba un chubasquero prestado de Eva, Irene una gorra que había dejado de servir para algo en cuanto empezó a mojarse y Claudia una chaqueta ligera que estaba demostrando ser decorativa.

La lluvia ganó fuerza en menos de cinco minutos.

—Volvemos —dijo Martín.

Indicó el camino de regreso sin pedir votaciones ni dramatizar y llamó a Dani, que había quedado algo más atrás con Nuria, para asegurarse de que daban la vuelta.

Claudia caminó junto a Lucía durante los primeros metros. Su amiga iba más despacio, con una mano bajo el vientre y la otra sujetándose la capucha.

—¿Todo bien?

—Me estoy arrepintiendo de tener pulmones.

—Eso no responde.

—Estoy bien. Cansada.

Claudia bajó el ritmo.

—Pues vamos despacio.

—No me mires así.

—¿Cómo?

—Como Eva cuando cree que voy a romperme.

—Eva lleva cinco meses mirándote como si fueras vajilla de boda.

Lucía sonrió.

—Y mi madre siete.

—Tu madre empezó antes de que estuvieras embarazada.

—También es verdad.

Siguieron avanzando. Dos minutos después, Lucía se detuvo.

Claudia lo notó por la forma en que dejó de hablar. Se apoyó en una barandilla baja y cerró los ojos.

—Lu.

—Un segundo.

Claudia se acercó sin tocarla.

—¿Te mareas?

—Un poco.

Martín, que caminaba unos metros por delante, volvió al oírla.

—¿Qué pasa?

—Está mareada.

Lucía abrió los ojos.

—Estoy aquí, podéis preguntarme a mí.

Martín hizo exactamente eso.

—¿Necesitas sentarte?

—Sí. Y agua.

—Hay un cobertizo de piedra a cincuenta metros. Vamos hasta allí si puedes.

Lucía asintió. Claudia sacó una botella de su mochila y se la dio. Eva apareció desde detrás con el pánico ya instalado en la cara.

—¿Qué te pasa? ¿Te duele algo? ¿Llamamos a Pablo?

—Me he mareado.

—¿Y el bebé?

—Eva —dijo Claudia—. Dale treinta segundos para ser una persona antes de convertir esto en un comité médico.

Eva cerró la boca.

Lucía le apretó el brazo.

—Estoy bien. Si deja de llover dentro de mí, mejor.

Llegaron al cobertizo despacio. Era poco más que una estructura abierta por un lado, con un banco de madera y herramientas apiladas al fondo. Martín pidió al resto que siguiera hacia la furgoneta con Dani. Irene se quedó. Marta quiso quedarse también, pero Lucía la miró.

—Si os quedáis cinco alrededor, me mareo por segunda vez por puro agobio.

—Voy con los demás —dijo Marta enseguida.

—Gracias.

Martín abrió su mochila, sacó un paquete de galletas y se lo ofreció.

—¿Has desayunado bien?

—Sí. Creo. Dos tostadas y fruta.

—Come un poco de todos modos. Si en unos minutos no mejoras, llamamos al centro de salud y decidimos desde ahí.

Lucía cogió una galleta.

—Gracias por no decir «por tu estado».

—He trabajado con grupos de jubilados. He aprendido que nadie quiere que le recuerden su estado.

Irene se rió.

—Muy tranquilizador.

—Era una observación profesional.

Claudia le pasó a Lucía otra galleta cuando terminó la primera. La lluvia golpeaba el tejadillo con suficiente fuerza para obligarlos a hablar más alto. Marta y el resto desaparecieron camino arriba.

Al cabo de diez minutos, el color volvió a la cara de Lucía.

—Ya estoy mejor.

—¿Seguro? —preguntó Claudia.

—Sí. Y si sigues preguntando cada treinta segundos, te pego.

—Recuperada.

—Esperamos otros cinco y salimos. Sin prisa.

Eva había regresado desde la furgoneta con una toalla pequeña y el móvil preparado para llamar a medio Madrid. Lucía la vio aparecer y levantó un dedo.

—Ni se te ocurra llamar a Pablo antes de que yo lo haga.

—Solo iba a preguntarte.

—Con la pantalla abierta en su contacto.

—Porque es práctico.

—Por favor.

Eva guardó el teléfono.

—De acuerdo.

Claudia observó a ambas. En otro momento habría hecho un chiste. La expresión de Eva la frenó. No parecía únicamente asustada por Lucía. Llevaba varios días agotada, pendiente del móvil, con una tensión en la boca que desaparecía cuando creía que nadie miraba.

Lucía bebió otro poco.

—Ahora sí. Vamos.

Regresaron a la furgoneta despacio. Martín caminó cerca, sin ofrecerle el brazo a Lucía hasta que ella se lo pidió para bajar un tramo resbaladizo. Claudia se fijó en ese detalle porque ya empezaba a fijarse en demasiadas cosas relacionadas con él.

En el vehículo, Eva colocó una manta sobre las piernas de Lucía.

—Me sobra —protestó ella.

—Déjamela cinco minutos.

Lucía miró a Claudia y puso los ojos en blanco. Aun así, no apartó la manta.

Claudia ocupó el asiento delantero. Tenía el pelo pegado a la cara y los calcetines mojados. Martín se sentó al volante y le tendió una toalla.

—Pareces un perro recién bañado.

—Gracias. Qué manera tan bonita de aprovechar un momento vulnerable.

—Era información.

—Tú tienes barro aquí.

Se señaló una mejilla.

Martín se limpió el lado equivocado.

—Al otro.

Volvió a intentarlo y extendió la mancha.

Claudia se rió.

—Eres impresionante con un mapa y completamente inútil con tu propia cara.

—Estoy conduciendo una furgoneta parada. Mis recursos están ocupados.

Ella mojó una esquina de la toalla y se inclinó. Le limpió la mejilla con dos pasadas rápidas.

Martín dejó de bromear.

Claudia notó la pequeña cicatriz junto a su ceja, casi blanca, y la sombra de barba que había crecido durante la mañana. También notó lo cerca que estaban.

—Ya —dijo.

—Gracias.

Su voz había bajado.

Claudia volvió a su asiento y abrochó el cinturón aunque ya lo llevaba puesto.

En el retrovisor, Irene estaba mirándola.

Claudia levantó discretamente el dedo corazón.

Irene sonrió.

La tormenta dejó al grupo con ocho pares de zapatos mojados, tres chaquetas chorreando y una discusión logística sobre dónde secar las cosas sin convertir el alojamiento en un tendedero ilegal.

Martín consiguió que les prestaran un cuarto de lavandería. Lucía se instaló en una silla mientras las demás colgaban prendas en perchas de plástico y Eva intentaba emparejar calcetines que no eran suyos.

—Este no es mío —dijo Irene.

—Es negro.

—Tengo diecisiete calcetines negros. Este no es mío.

—¿Cómo lo sabes?

—Intimidad textil.

Claudia exprimió el bajo de un pantalón dentro de un fregadero.

—Si alguien vuelve a decir que los viajes te cambian, le enseño esta imagen.

Marta tenía el pelo húmedo pegado a la frente y una bolsa de basura alrededor de los hombros porque se había negado a ponerse otra chaqueta limpia antes de terminar.

—Yo estoy viviendo una experiencia transformadora.

—Pareces un bocadillo —dijo Lucía.

—El glamour está en la actitud.

Martín entró con un pequeño calefactor que el dueño les había prestado.

—Esto puede ayudar, pero no lo tapéis con ropa.

Eva ya estaba pensando dónde colocarlo.

—Lo ponemos aquí y hacemos dos tandas.

Irene la miró.

—Tú organizas hasta la humedad.

—Alguien tiene que hacerlo.

La frase salió más tensa de lo que pretendía. Eva se quedó inmóvil con dos calcetines en las manos.

Claudia la miró. Lucía también.

—Yo puedo encargarme —dijo Marta, quitándole las prendas—. Vete a ducharte.

Eva abrió la boca para protestar.

—Sin comité —añadió Marta.

Por una vez, Eva cedió.

Cuando salió, el cuarto quedó algo más tranquilo. Lucía bajó la voz.

—Está fatal.

—Lo sé —respondió Claudia.

—¿Te ha contado algo?

Claudia recordó el permiso que Eva le había dado.

—Lo que quiera contaros, os lo contará ella.

Irene la observó con una aprobación discreta que Claudia decidió no comentar.

Martín dejó el calefactor en el suelo.

—Me voy antes de entrar en información clasificada.

—Sabia decisión —dijo Claudia.

Él le señaló los zapatos.

—Te quedan otros.

—Tengo unas zapatillas.

—Entonces sobrevivirás.

—Gracias por el diagnóstico.

Cuando se fue, Marta empezó a desenredar perchas.

—Le gustas.

Claudia cerró los ojos.

—No han pasado ni treinta segundos.

—No estoy organizando nada. Hago observación científica.

—Tu licencia científica está suspendida.

Lucía soltó una carcajada.

—A mí me parece que hay reciprocidad —dijo.

—Tú estás en libertad provisional.

—Qué dictadura.

La tormenta los dejó encerrados en el alojamiento durante toda la tarde. Al principio Marta lo vivió como una derrota personal.

—Tenía una lista de cosas.

—Tú siempre tienes una lista de cosas —dijo Irene.

—Había una tienda a la que quería ir.

—Sobrevivirá sin ti.

—No lo sabes.

La casa tenía un salón amplio con sofás, una mesa enorme y ventanales orientados hacia los viñedos.

El dueño encendió la chimenea porque la temperatura había caído varios grados.

Lucía se instaló en un sillón, llamó a Pablo y pasó cinco minutos explicándole que no, que no tenían que organizar una operación de rescate desde Madrid.

—Estoy perfectamente —dijo por tercera vez—. Me he mareado. Martín sabe dónde hay un centro de salud. Claudia estaba conmigo. Eva me ha puesto una manta como si acabara de cruzar Siberia. Te llamo luego.

Colgó y miró a sus amigas.

—A partir de ahora nadie informa a mi marido de nada sin permiso.

—Nadie iba a hacerlo —dijo Eva.

Lucía arqueó una ceja.

—Has tenido el dedo encima de su nombre.

—Por prevención.

—Vas a ser una abuela insoportable —dijo Irene.

—No pienso ser abuela hasta dentro de treinta años.

—Ya estás practicando.

Lucía se rió y aceptó la taza de chocolate que Martín le acercó.