Capítulo 11 — Día Libre #2
En la furgoneta solo iban ellos dos. El asiento delantero se sintió diferente sin siete personas detrás. Martín puso música y bajó la ventanilla un poco.
—¿Siempre llevas la misma lista? —preguntó Claudia.
—Tengo varias.
—Eso suena menos espontáneo de lo que vendes.
—La espontaneidad funciona mejor cuando alguien ha reservado hotel.
—Otra frase de taza.
—Deberías empezar a cobrarme derechos.
El trayecto duró poco más de veinte minutos. Hablaron de cosas pequeñas. Claudia le contó que Eva había creado una carpeta compartida de fotos antes de aterrizar en Portugal. Martín confesó que guardaba una hoja de cálculo para controlar sus gastos de viaje.
—Te retiro el título de aventurero libre —dijo ella.
—Nunca lo he pedido.
—Pero te favorecía.
—¿Me estabas clasificando?
—Solo profesionalmente.
—Claro.
Llegaron a un pueblo tranquilo, con una plaza pequeña y varias terrazas. Martín entró en un hotel. Claudia se quedó fuera con el portátil porque tenía un correo pendiente.
Diez minutos después él regresó.
—Solucionado.
—¿Qué era?
—Habían duplicado una habitación.
—¿Y qué has hecho?
—Conseguir otra.
—Tu trabajo consiste básicamente en evitar que adultos se den cuenta de lo mal que sale todo por detrás.
—Exacto.
—Eso también describe el mío.
Se sentaron a tomar algo. Claudia pidió una limonada. Martín café.
—¿Otro? —preguntó ella.
—Tengo cuerpo de funcionario portugués ya.
—Estás a dos cafés de empezar a sellar papeles.
Él sonrió.
La conversación derivó hacia libros. Martín le preguntó qué leía cuando no estaba atrapada en la página veinte de la novela que llevaba al viaje.
—De todo. Mucha ficción contemporánea. Algo de romántica. Thriller. Lo que me enganche.
—¿Romántica?
—No pongas esa cara.
—No he puesto ninguna.
—Los hombres siempre os sorprendéis cuando una mujer admite leer romántica, como si las ventas fueran producto de fantasmas.
—Solo me sorprende porque pareces muy crítica con el concepto.
—Soy crítica con la vida. En los libros me gusta que la gente se bese.
Martín se rió.
—Coherente.
—¿Tú qué lees?
—Ensayo, novela, arquitectura todavía. Biografías.
—Qué serio.
—También leo novelas policiacas malísimas en aeropuertos.
—Mucho mejor.
—Una vez compré una porque en la portada había un faro y pensé que saldría mucho el mar.
—¿Salía?
—Dos páginas.
—Estafa editorial.
Claudia se rió. Hacía tiempo que no tenía una conversación tan larga con un hombre nuevo sin notar el instante en que ambos empezaban a calcular si aquello era una cita. Con Martín la pregunta existía en alguna parte, pero todavía no exigía respuesta.
Agradeció esa suspensión.
—¿Y por qué no terminaste la novela? —preguntó él.
Claudia bajó la mirada a la limonada.
—Porque me dio miedo descubrir que no era tan buena como quería.
Martín tardó un momento.
—Eso sí lo entiendo.
—¿Con arquitectura?
—Con muchas cosas.
—Pero tú trabajaste de ello.
—Sí, y aun así pasé años intentando demostrar que merecía estar allí. Cada proyecto bueno parecía accidental y cada error una confirmación.
Claudia lo observó.
—Síndrome del impostor.
—Supongo.
—Yo tengo síndrome del autónomo. Todo lo bueno es temporal y toda factura puede ser la última.
—Eso suena peor.
—Tiene cuota mensual.
Ambos sonrieron.
Martín miró la hora.
—Tenemos cuarenta minutos antes de volver.
—¿Y qué hace un guía fuera de servicio durante cuarenta minutos?
—Camina sin explicar nada.
—Planazo.
Recorrieron el pueblo sin ruta. Martín no señaló fechas ni monumentos. Claudia hizo una foto de una puerta azul. Entraron en una librería pequeña. Él compró una novela policiaca con una casa aislada en la portada.
—Estás repitiendo patrón —dijo Claudia.
—Esta vez no hay faro.
—Progreso.
Ella encontró una edición portuguesa de un libro que había leído años antes y la hojeó aunque apenas entendía algunos fragmentos.
—¿Te gustaría publicar algún día? —preguntó Martín.
—Sí.
La respuesta salió limpia y le sorprendió.
—Entonces quizá no lo hayas dejado del todo.
Claudia cerró el libro.
—No empieces a convertirme en proyecto tú también.
—No pienso decirte que escribas. Solo he preguntado.
La diferencia importaba.
—Gracias.
Salieron de la librería. Antes de regresar, Martín compró dos helados. Claudia protestó porque había pedido uno pequeño y él volvió con algo que parecía una construcción inestable de tres sabores.
—Esto es irresponsable.
—Has dicho chocolate y pistacho. El tercero venía por error.
—Qué error tan conveniente.
Comieron caminando. Claudia se manchó un dedo y Martín le ofreció una servilleta.
—Muy romántico todo —dijo ella.
Él la miró.
—¿Te parece romántico?
La pregunta cambió el aire un instante.
Claudia sostuvo su mirada.
—He dicho el helado.
—Claro.
—Cobarde.
—Profesional.
Volvieron a la furgoneta sonriendo.
Cuando llegaron al alojamiento, Irene estaba sentada en la entrada.
—¿Qué tal el problema de reserva? —preguntó.
—Solucionado —dijo Martín.
—Dos horas ha llevado.
Claudia pasó junto a ella.
—Había burocracia.
—Y helado —observó Irene mirando la mancha en su camiseta.
—Hay gente en este viaje que habla de cosas distintas a mi vida sexual.
—Todavía no tienes vida sexual con él.
Claudia se giró.
—Voy a matarte.
Martín fingió no haber oído y entró en el hotel.
De regreso al alojamiento, Claudia tuvo que conectarse a una reunión de trabajo. La hizo desde una mesa exterior mientras el resto del grupo se preparaba para cenar y Martín revisaba unas reservas a varios metros.
—Necesitamos una propuesta que suene premium sin parecer elitista —dijo un cliente desde Madrid.
Claudia miró el cielo portugués detrás de la pantalla.
—Eso significa cosas distintas según la marca.
—Algo aspiracional, pero cercano.
—Claro.
Escribió en su libreta: «premium, cercano, magia negra».
La reunión se alargó media hora. Cuando terminó, el grupo ya se había ido caminando al restaurante. Encontró un mensaje de Irene.
IRENE: Hemos dejado a Martín para que te espere.
CLAUDIA: Habéis qué.
IRENE: Logística.
CLAUDIA: Te voy a matar.
IRENE: Él también tenía trabajo.
Claudia levantó la vista. Martín cerraba la carpeta.
—¿Me han dejado contigo? —preguntó.
—Eso parece.
—Qué sutiles.
—Podemos esperar diez minutos para que crean que su plan ha fallado.
—Me gusta.
Se quedaron allí un poco más por puro desafío. Claudia aprovechó para mandar el último correo y Martín terminó una llamada. Cuando echaron a andar, la distancia hasta el restaurante era suficiente para que llegaran solos y demasiado corta para fingir que aquello requería organización.
—¿Te molesta? —preguntó él.
—¿Qué cosa?
—Que hagan bromas conmigo.
Claudia pensó antes de contestar.
—Me molesta que crean que cualquier hombre que me cae bien entra automáticamente en una categoría. Pero contigo... —se detuvo.
—¿Conmigo?
—Contigo me molesta menos de lo que debería.
—Respuesta peligrosa.
—No la uses en mi contra.
—Neutralidad institucional.
—Cada vez te la crees menos.
Él sonrió.
En el restaurante, Irene dejó dos sillas libres juntas y recibió una mirada de Claudia que habría asustado a alguien con menos años de amistad.
—Casualidad —dijo.
—Muévete.
Irene obedeció riéndose. Claudia se sentó junto a Lucía. Martín acabó al otro extremo.
El pequeño alivio que sintió la irritó bastante.
Durante la cena hablaron todos. Marta enseñó las fotos del día, Dani discutió con Nuria sobre una reserva y Lucía recibió una videollamada de Pablo que terminó con seis personas saludando a una pantalla. Claudia miró hacia Martín varias veces y lo encontró atento a otras conversaciones.
Le gustaba que no estuviera pendiente de ella.
También le fastidiaba un poco.
La contradicción tenía una frescura incómoda. Con Javier y Sergio había sabido enseguida dónde colocar lo que sentía. Con Martín, cualquier conclusión parecía quedarse pequeña al día siguiente.
Después de cenar, él pasó junto a su silla.
—Mañana salimos a las nueve y media.
—Lo sé.
—¿Excel?
—Memoria.
Martín inclinó la cabeza.
—Progreso.
—Estoy aprendiendo de un profesional.
Siguió caminando.
Irene, al lado de Claudia, murmuró:
—Qué asco dais sin haber hecho nada.
Claudia bebió agua.
—Disfruta de Andrés y déjame vivir.
—Eso intento precisamente.