Capítulo 11 — Día Libre
DÍA LIbrE
Irene volvió al hotel a la una y veintisiete de la madrugada y se acostó intentando no hacer ruido.
A la una y veintinueve, Claudia encendió la lámpara.
—Cuenta.
Irene se tapó la cara con la almohada.
—Eres una vieja cotilla.
—Has llegado sonriendo.
—Tengo boca.
—Esa defensa la utilizó Marta el otro día y no funcionó.
Irene apartó la almohada.
—Hemos tomado una copa.
—¿Una?
—Dos.
—¿Beso?
—Qué obsesión.
—¿Beso?
Irene sonrió hacia el techo.
—Un poco.
Claudia se incorporó.
—¿Cómo se besa un poco?
—Con prudencia jurídica.
—Estoy orgullosa de ti.
—Duérmete.
—¿Te gusta?
Irene tardó en responder.
—Me ha caído bien. Y me ha gustado que tenga una vida complicada de verdad. Una hija, horarios, una ex con quien tiene que coordinarse. Cero discursos de «fluir».
—Eso a nuestra edad ya es afrodisíaco.
—Que una persona tenga Google Calendar compartido es básicamente lencería.
Claudia se rió tan fuerte que Irene le lanzó una almohada.
A la mañana siguiente, el grupo se enteró antes del segundo café. Marta reaccionó con una mezcla de felicidad y desconcierto porque la operación había producido un resultado, aunque no el previsto.
—Yo digo que cuenta —declaró.
—¿Qué cuenta? —preguntó Irene.
—El viaje está funcionando.
—El viaje consistía en emparejar a Claudia.
—No exactamente.
—Tienes una flexibilidad admirable con tus propios fracasos.
Eva parecía distraída. Miraba el teléfono cada pocos minutos. Cuando Claudia le preguntó si ocurría algo, respondió que uno de sus hijos tenía fiebre.
—¿Quieres volver? —preguntó Lucía enseguida.
—No. Álvaro está con ellos. Es una fiebre normal.
El tono fue más seco de lo necesario.
Marta levantó la vista, pero nadie insistió.
La mañana libre empezó con una rareza: Claudia no abrió el correo al despertar.
Vio las notificaciones. Dos clientes. Una corrección. Un mensaje con asunto «URGENTE» que probablemente dejaría de serlo en cuanto alguien del otro lado tomara café.
Puso el móvil boca abajo.
Irene, que estaba maquillándose frente al espejo, la vio hacerlo.
—¿Te encuentras bien?
—Estoy probando una cosa.
—¿Descansar?
—No pronuncies palabras grandes.
Claudia cogió la libreta verde y bajó sola a desayunar.
Escribió mientras esperaba el café. Al principio solo anotó cosas del viaje: la fuente de Irene, la cara de Marta cuando descubrió que Tomás tenía novia, el grupo CONTABILIDAD.
Después apareció una escena que no había ocurrido.
Una mujer en un aeropuerto que fingía no reconocer a alguien. Dos páginas más tarde seguía allí.
Cuando levantó la cabeza, Martín estaba de pie junto a la mesa con una taza.
—¿Puedo?
Claudia cerró la libreta demasiado rápido.
—Depende.
—Solo quería sentarme.
—Ah.
Él ocupó la silla de enfrente y no preguntó qué estaba escribiendo.
Claudia esperó un poco. El silencio se volvió absurdo por culpa de ella.
—Era ficción —dijo.
Martín bebió café.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
—No vas a preguntar de qué.
—Has cerrado la libreta como si llevara claves nucleares. He interpretado una señal.
Claudia se rió.
—Una mujer en un aeropuerto.
—Ahora sí puedo preguntar si eso es toda la trama.
—Todavía no tengo trama.
—Entonces tienes una mujer y un aeropuerto. Más que ayer.
—Qué baja está la exigencia contigo.
—Funciona.
Claudia abrió la libreta otra vez, aunque no continuó escribiendo.
—Me da miedo entusiasmarme y abandonarlo.
—Puedes entusiasmarte sin firmar que lo terminarás.
—Eso suena a consejo para otras cosas.
Martín la miró por encima de la taza.
—No estaba hablando de otras cosas.
—Claro.
Él sonrió.
—¿Quieres que me vaya para que sigas?
Claudia pensó. Podía decir que sí. En cambio empujó el azucarillo hacia él.
—Quédate. Pero trabaja. Necesito fingir que esto es una oficina.
Martín sacó la carpeta de su mochila.
Durante casi cuarenta minutos compartieron mesa sin hablar mucho. Claudia escribió otra página. Martín respondió correos y llamó a un alojamiento. A mitad de una frase, él empujó hacia ella una servilleta en la que había dibujado una flecha señalando su taza vacía y escrito «segunda ronda».
Claudia añadió debajo: «aprobada».
Aquello le dio una felicidad tan pequeña que resultaba imposible explicar sin estropearla.
Martín anunció que aquel día tenían la mañana organizada y la tarde libre. El grupo visitaría una pequeña localidad, comería allí y luego podría elegir entre regresar al alojamiento, caminar por la zona o hacer una actividad opcional.
Claudia recibió un mensaje mientras terminaba el café.
MARTA: Hoy hay uno.
Levantó la vista. Marta, sentada dos lugares más allá, sonrió con una inocencia criminal.
CLAUDIA: Pensaba que habíamos terminado con esto.
MARTA: Este ya estaba reservado y no se puede cancelar. Solo una actividad. Cero presión.
CLAUDIA: ¿Ficha?
MARTA: Prometí no decir nada.
CLAUDIA: Entonces hay ficha.
Claudia abrió CONTABILIDAD.
CLAUDIA: Tenemos incidencia.
MARTÍN: Ya lo sé.
CLAUDIA: ¿Quién?
MARTÍN: Una actividad de fotografía y paseo. Viajeros de varios grupos.
CLAUDIA: ¿Mi candidato sabe que es candidato?
MARTÍN: Espero sinceramente que no.
CLAUDIA: Necesito extracción.
MARTÍN: Usa palabras normales.
CLAUDIA: Sácame de allí.
MARTÍN: Eso sí lo entiendo.
La actividad empezaba a las cuatro. Claudia pasó la comida esperando descubrir quién era el hombre que Marta había añadido al calendario. No apareció nadie nuevo.
A las tres y media, Martín reunió a quienes se habían apuntado. Solo estaban Claudia, Marta y una pareja francesa de otro grupo.
—¿Y el candidato? —susurró Claudia.
Martín negó con la cabeza.
—No viene.
—¿Ha huido?
—Ha cambiado de actividad.
—Esto es humillante incluso sin conocerlo.
—Puedes no hacerla.
Claudia miró a Marta. Su amiga fingía estudiar una cámara compacta.
—No. Ahora la hago.
—¿Por orgullo?
—Por molestar.
Martín sonrió.
—Excelente motivación turística.
El paseo resultó bonito y bastante tranquilo. Marta se quedó atrás haciendo fotos. La pareja francesa avanzó por su cuenta. Claudia terminó caminando con Martín por un sendero junto a un tramo de río.
—Tu extracción ha consistido en que el hombre no viniera —dijo ella.
—Eficiencia.
—¿Lo has asustado?
—No tengo ni idea de quién era.
—Pierdes puntos como conspirador.
Martín llevaba una mochila pequeña y una botella de agua. Claudia reparó en que tenía una mancha de protector solar mal extendida junto a la oreja.
—Tienes blanco aquí.
Él intentó limpiarse en el lado equivocado.
—Al otro.
Volvió a fallar.
Claudia alargó la mano por reflejo y le pasó el pulgar junto a la oreja.
El gesto duró un segundo.
Los dos se quedaron quietos.
—Ya —dijo ella, retirando la mano.
—Gracias.
Siguieron andando.
Claudia se concentró demasiado en el camino durante los siguientes veinte metros.
—¿Qué haces cuando no trabajas? —preguntó Martín.
—Cambias de tema con elegancia.
—Estoy intentando mantener la excursión profesional.
—Muy bien. Leo, veo a mis amigas, voy al cine, cocino mal...
—¿Mal de verdad o mal de persona que luego hace risotto?
—Mal de pedir comida y fingir que la cocina es almacenaje.
—Eso es bastante honesto.
—¿Tú?
—Escalo a veces. Hago fotos. Veo a mi hermana y a mis sobrinos. Intento no trabajar cuando no trabajo.
—Eso suena adulto.
—Me cuesta.
Llegaron a una pequeña zona abierta. Marta estaba lejos, fotografiando una construcción. La pareja francesa había desaparecido tras una curva.
—¿Quieres sentarte? —preguntó Martín.
Se sentaron en un muro bajo. El aire olía a tierra caliente y vegetación. Claudia sacó el móvil, comprobó dos correos de trabajo y lo volvió a guardar.
—No sabes descansar —dijo él.
—Trabajo por mi cuenta. Si descanso, una parte de mi cerebro calcula cuánto dinero estoy dejando de facturar.
—Suena agotador.
—También me permite estar aquí diez días sin pedir permiso.
—Compensa.
Claudia miró sus zapatillas.
—A veces.
Martín bebió agua.
—¿Siempre quisiste escribir?
—Quise escribir novelas.
—¿Y qué pasó?
—Que descubrí que escribir textos de mil palabras para una empresa paga más rápido que esperar a que alguien quiera publicar una novela.
—¿Lo dejaste?
—Lo fui dejando. Que es más cómodo porque así nunca tienes que admitirlo.
Él asintió.
—Conozco el mecanismo.
—Arquitectura.
—Al revés. Yo fui dejando la idea de marcharme.
La conversación quedó ahí, sin necesidad de exprimirla.
Marta apareció unos minutos después.
—¿Qué hacéis?
—Hablar —dijo Claudia.
Su amiga miró a Martín, luego a ella.
—Ya.
Claudia reconoció la mirada.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Tienes cara.
Martín se levantó.
—Voy a buscar a los franceses.
Cuando se alejó, Marta se sentó junto a Claudia.
—No iba a decir nada.
—Perfecto.
—Solo que...
—Marta.
—Vale.
Aguantó siete segundos.
—Es muy guapo.
Claudia se puso de pie.
—Me vuelvo andando.
—¡No he dicho que te guste!
—Todavía.
—Solo he hecho una observación objetiva.
Claudia empezó a caminar.
—La ciencia te necesita.
Marta la alcanzó riéndose.
Claudia también se rió, pero el breve contacto junto a la oreja de Martín siguió molestándole en la memoria durante todo el camino de vuelta.
Después del paseo de fotografía, la tarde libre acabó dándoles varias horas juntos sin que el grupo los empujara en la misma dirección.
Marta regresó al alojamiento para ducharse. La pareja francesa se fue a una terraza. Martín anunció que tenía que acercarse al pueblo siguiente para resolver un problema con una reserva de la cena del día posterior.
—Puedo llevarte —dijo a Claudia—. Si quieres escapar antes de que Marta encuentre otro candidato en un escaparate.
—¿Eso entra en el servicio?
—Transporte de emergencia.
Claudia miró hacia la puerta por la que su amiga acababa de desaparecer.
—Dame treinta segundos.
Subió, dejó la cámara de Marta sobre la cama, cogió el bolso y escribió a Irene.
CLAUDIA: Me voy un rato con Martín.
IRENE: Define «me voy».
CLAUDIA: A un pueblo cercano. Trabajo suyo.
IRENE: Qué profesional todo.
CLAUDIA: Te bloqueo.
IRENE: Usa protección solar.
Claudia guardó el teléfono antes de responder.