La última soltera del grupo Capítulo 10 — El Divorciado #2
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Capítulo 10 — El Divorciado #2

—Una fuga de agua puede destruirte el parquet, pero intento contarlo sin amenazar a nadie.

—Trabajo importante.

—La civilización depende de mí.

Volvió con la taza y se sentó esta vez en su mesa, porque fingir que necesitaban dos mesas empezaba a resultar más ridículo que compartir una.

—¿Qué haces tú? —preguntó.

—Cambio una reserva. Un hotel ha metido dos grupos en las mismas habitaciones.

—¿Y eso pasa mucho?

—Lo suficiente para no confiar nunca en un «confirmado» hasta que alguien me contesta por teléfono.

Claudia miró las hojas.

—Tienes mejor letra de lo que esperaba.

—¿Qué esperabas?

—Jeroglíficos de arquitecto.

—Eso es un estereotipo ofensivo.

—He corregido memorias técnicas.

—Retiro objeción.

Trabajaron otro rato. A Claudia le sorprendió lo doméstica que se sentía la escena: dos portátiles, dos cafés, ninguno intentando impresionar al otro. Le gustó precisamente por eso.

Irene entró con gafas de sol y una expresión demasiado satisfecha.

—Qué bonito —dijo.

Claudia ni levantó la cabeza.

—Vete.

—Trabajo en equipo.

—Irene.

—Me voy, me voy.

Martín siguió escribiendo.

—Tu amiga es discreta.

—Es una de sus peores cualidades.

—Pensaba que esa era la investigación privada.

—Tiene catálogo.

Cuando Claudia terminó el encargo, cerró el portátil con alivio.

—Entregado.

—¿Cobras ahora?

—En treinta días con suerte.

—Romántico.

—Muchísimo.

Guardó el ordenador. Martín hizo lo mismo con sus papeles.

—¿Te arrepientes de haber dejado un trabajo donde probablemente cobrabas a final de mes? —preguntó Claudia.

—Los días que persigo facturas, un poco.

—Bien. Pensaba que ibas a contarme que la libertad no tiene precio.

—La libertad tiene alquiler, gasolina y autónomos.

—Mucho más creíble.

Martín se apoyó en el respaldo.

—¿Y tú? ¿Nunca has querido entrar en plantilla en algún sitio?

—Muchas veces. Sobre todo en enero. Luego recuerdo las reuniones.

—Justo.

—También me gusta poder decir que no a clientes.

—¿Lo haces?

—A veces. Después miro la cuenta bancaria y recupero humildad.

Se rieron.

Fuera empezó a moverse el grupo. Eva cruzó la recepción hablando por teléfono y salió a la calle sin desayunar. Claudia la siguió con la mirada.

—¿Está bien? —preguntó Martín.

—Creo que no del todo.

—¿Quieres ir?

Claudia tardó un instante en responder. Le gustó que preguntara eso en lugar de pedir detalles.

—Sí.

Guardó el portátil en la funda.

—Gracias por no preguntar.

—No es asunto mío.

—Concepto revolucionario en este viaje.

Salió detrás de Eva.

Antes de la salida en barco, Irene desapareció durante quince minutos y regresó con una botella de agua y una expresión que Claudia conocía demasiado bien.

—¿Dónde estabas?

—Por ahí.

—Tu «por ahí» tiene cara.

Irene se puso las gafas de sol.

—He hablado con Andrés.

—Mira qué giro poco sorprendente.

—No empieces.

—No he organizado nada.

—Precisamente por eso me pone nerviosa.

Se sentaron en un banco mientras esperaban al grupo. Irene explicó que Andrés tenía cuarenta años, trabajaba como fisioterapeuta y compartía custodia de una niña de siete. Ese último dato había aparecido al enseñarle una fotografía de una playa donde quería llevarla algún día.

—Tiene hija —repitió Irene.

—Lo he entendido.

—Hace un año habría buscado una salida de emergencia.

—¿Por qué?

Irene bajó las gafas un poco.

—Porque una hija significa una ex. Horarios. Un colegio. Vacaciones ya repartidas. Una vida en la que yo no sería el centro.

—Suena sano que no seas el centro de la vida de un señor al que acabas de conocer.

—Gracias, terapeuta.

—Cobro por Bizum.

Irene volvió a ponerse las gafas.

—Después de divorciarme quería hombres sin historia. Como si así pudiera garantizar que nada se complicaría.

—¿Y ahora?

—Ahora me parece atractivo que tenga que irse de una cita porque su hija tiene fiebre. Qué caída de valores.

Claudia se rió.

—Te estás haciendo adulta a una velocidad preocupante.

—No lo difundas.

Andrés apareció al otro lado del aparcamiento hablando con Javier. Irene bajó la voz.

—Me ha preguntado si quiero quedar en Madrid.

—¿Y qué has dicho?

—Que sí. Con una elegancia enorme. Creo que exactamente «bueno, ya veremos».

—Seductora.

—Estaba aterrada.

—Puedes escribirle luego algo menos idiota.

—¿Ves? Tú también organizas.

Claudia levantó las manos.

—Retiro la recomendación.

Irene sonrió.

—No, dámela otra vez.

—Escribe que te apetece.

—¿Así?

—Así.

—Qué vulnerable.

—Terrible.

Irene sacó el móvil y tecleó. Tardó veinte segundos en enviar una frase de siete palabras. Después guardó el teléfono como si acabara de firmar una hipoteca.

—Listo.

—Orgullosa de ti.

—Cállate.

El móvil vibró casi al instante. Irene leyó, sonrió y no enseñó la pantalla.

Claudia tampoco se la pidió.

Ese detalle le gustó. El viaje entero había empezado con demasiada gente accediendo a cosas que no le correspondían. Dejar una conversación sin abrir podía ser una forma pequeña de reparar el hábito.

A la hora de la salida en barco, Lucía decidió quedarse en tierra. Se encontraba bien, pero había empezado a marearse con demasiada facilidad y no le apetecía comprobar cuánto podía empeorar en agua.

—Me quedo con ella —dijo Eva.

Lucía negó con la cabeza.

—Ni hablar. Quiero una hora sola, un libro y nadie vigilando si respiro.

—Puedo...

—Eva.

Su amiga levantó las manos.

—Entendido.

Claudia se inclinó hacia Lucía.

—¿Segura?

—Tú también.

—Perdón.

—Vete. Si pasa algo llamo.

Subieron sin ella. El barco era pequeño y el grupo se repartió en bancos de madera. Irene terminó al lado de Claudia. Martín iba más adelante, ayudando a subir a una pareja mayor.

—Te gusta cuando hace cosas de persona funcional —murmuró Irene.

—¿Qué?

—Abrir puertas, cargar cajas, resolver neumáticos. Te conozco.

—Me gusta la gente competente.

—Sí. Por eso saliste cuatro años con Carlos, el hombre que perdió un pasaporte dentro de casa.

Claudia se rió.

—Fue una vez.

—Dos. Una apareció en el horno.

—No estaba encendido.

—Detalle tranquilizador.

El barco se separó del embarcadero. Claudia dejó el teléfono en el bolso y se obligó a mirar. El agua, las orillas, el viento suficiente para despeinar a Marta y arruinarle veinte fotografías. Le gustó viajar sin convertir cada lugar en comprobante de haber estado allí.

Martín se sentó junto a ellas cuando terminó de ayudar al resto.

—¿Todo bien?

—Irene está difamando a mis ex —dijo Claudia.

—Información profesional relevante.

—Tú no preguntes.

Irene se levantó.

—Voy con Marta antes de revelar lo del pasaporte.

—Ya lo has revelado.

—Falta el horno.

—¡Irene!

Se alejó riéndose.

Martín miró a Claudia.

—¿Horno?

—No quieres saberlo.

—Muchísimo.

—Pues sufrirás.

Pasaron unos minutos en silencio. El barco avanzaba despacio. Claudia se recogió el pelo con una goma.

—¿Te gusta viajar por trabajo? —preguntó.

—La mayor parte del tiempo.

—¿Y el resto?

—Hay días en que quiero una cama que reconozca, mi cafetera y un armario.

—Tienes armario.

—En casa de mis padres quedan dos cajas y tres camisas. Técnicamente.

Claudia lo miró.

—¿Dónde vives cuando estás en Madrid?

—Alquilo una habitación en casa de un amigo por temporadas. Antes tenía piso con Marta. Lo vendimos después del divorcio.

—No sabía eso.

—No ha salido en Contabilidad.

—Fallo grave.

Martín apoyó un brazo en el respaldo.

—Durante un tiempo me gustó no tener casa fija. Era coherente con la idea de empezar de cero. Ahora empieza a cansarme.

—¿Quieres volver a Madrid?

—Más tiempo, quizá. No sé cómo.

Claudia notó que la información se le quedaba en un lugar demasiado interesado de la cabeza. Se negó a convertirla en promesa.

—El alquiler está horrible —dijo.

—Gracias por devolverme a la realidad.

—Servicio público.

Al regresar, encontraron a Lucía dormida en una terraza con el libro abierto sobre el pecho. Eva fue a despertarla y Claudia la agarró del brazo.

—Déjala.

—Se va a quemar.

—Está a la sombra.

Eva comprobó el ángulo del sol.

—Bien.

—Mira qué progreso.

—No abuses.

Se sentaron a esperar. Irene recibió un mensaje y esta vez no fingió indiferencia.

—Andrés quiere verme luego.

Marta apretó los labios hasta desaparecerlos.

Claudia la observó.

—Puedes alegrarte.

Marta dio una palmada pequeña.

—¿Así?

—Das miedo.

Irene se rió.

—Yo lo autorizo.

Marta celebró con normalidad durante unos diez segundos antes de preguntar a qué hora. Irene la señaló.

—Límite.

—Perdón.

Claudia pensó que quizá aquella era la versión más realista del cambio: equivocarse un poco menos rápido.