Capítulo 10 — El Divorciado
EL DIVORCIADO
La química entre Irene y Andrés se volvió evidente antes del postre, pero el resto de la mesa tardó distintos tiempos en aceptarlo.
Lucía lo vio enseguida y sonrió en silencio. Claudia también. Martín pareció darse cuenta cuando Andrés dejó de orientar el cuerpo hacia Claudia y empezó a hablar casi exclusivamente con Irene.
Marta resistió.
—¿Te gusta el senderismo? —preguntó a Andrés desde enfrente, intentando devolver la conversación a una supuesta compatibilidad con Claudia.
—Algo —respondió él—. Con mi hija hacemos rutas cortas.
Irene apoyó la barbilla en la mano.
—¿Tiene siete, has dicho?
—Sí. Cumple ocho en noviembre.
—Edad peligrosa.
—¿Por qué?
—Ya tienen opiniones y todavía creen que tú deberías solucionarlo todo.
Andrés se rió.
—Eso empezó a los cuatro.
—Entonces estás entrenado.
Claudia miró a Marta.
Su amiga movió los labios sin voz: ¿qué pasa?
Claudia respondió con una sonrisa.
Durante el segundo plato, Irene y Andrés descubrieron que ambos odiaban las notas de voz largas.
En el postre, discutieron sobre si era peor tener una ex pareja que aparecía demasiado o una que no aparecía cuando debía.
Andrés habló con respeto de la madre de su hija, incluso cuando explicó los problemas de coordinación.
Irene contó una versión ligera de su divorcio.
—Nos quisimos mucho —dijo—. Luego nos convertimos en dos personas que discutían por quién había comprado papel higiénico.
—Eso pasa más de lo que se cuenta —respondió Andrés.
—El papel higiénico destruye matrimonios.
—Debería estudiarse.
Ver a Irene interesarse por alguien tenía una ternura especial porque conocía todo lo que había debajo de sus bromas.
Después del divorcio, su amiga había declarado que no volvería a compartir jamás una cuenta bancaria, un armario ni una contraseña de Netflix.
Claudia sospechaba que parte de aquella lista era teatro y parte convicción real.
Cuando Andrés se levantó para ir al baño, Claudia inclinó el cuerpo hacia Irene.
—Te gusta.
—No empieces.
—Qué bonito oír mis palabras en tu boca.
—Me cae bien.
—Ajá.
—No digas ajá.
—No lo he dicho con intención.
—Tu cara.
Claudia sonrió.
—Libertad de expresión.
Irene le enseñó el dedo corazón por debajo de la mesa.
Marta seguía procesando.
—Pero Andrés era...
Claudia la señaló.
—No termines.
—Solo iba a decir que pensé que teníais cosas en común.
—Y tenemos. También las tiene con Irene.
—Ya.
Lucía se inclinó hacia Marta.
—La gente hace cosas sin que las organicemos.
Marta la miró ofendida.
—Estoy aprendiendo.
Eva apenas participó. Miraba el móvil. En un momento salió para responder una llamada y volvió cinco minutos después con los ojos algo rojos.
Claudia la observó, pero Eva se sentó y preguntó por el postre antes de que nadie pudiera decir nada.
Al terminar, Andrés invitó a Irene a caminar.
Marta hizo amago de abrir la boca.
Claudia le tapó la boca con una mano.
—Ni una palabra.
Marta asintió detrás de la palma.
Cuando Irene y Andrés se alejaron, Claudia la soltó.
—Era para desearle suerte.
—Eso tampoco.
—Qué dictadura.
Lucía empezó a reírse.
El grupo regresó despacio al hotel. Claudia caminó junto a Martín. Eva y Marta iban por delante. Lucía se había quedado con Dani y Nuria.
—Tu amiga parece nerviosa —dijo Martín.
—Irene.
—Eva.
Claudia lo miró.
—Lo has notado.
—Sí.
—Yo también. Lleva días rara con el marido.
—¿Quieres ir con ella?
—No. Si necesita hablar, sabe dónde estoy.
Martín asintió.
—Eso suena sensato.
—Deja de sorprenderte.
Caminaron un rato en silencio.
—¿Te ha gustado Andrés? —preguntó él.
—Como persona, sí.
—No como candidato.
—No.
—¿Por qué?
Claudia pensó.
—No sé. No hubo esa cosa.
—Gran precisión lingüística para una profesional de las palabras.
—Tú sabes lo que digo.
—Sí.
—Además, estaba mucho más interesado en Irene.
—Eso parecía.
—¿Y por qué te interesa?
Martín metió las manos en los bolsillos.
—Curiosidad profesional.
—Mentiroso.
—Neutralidad institucional.
—Peor.
Llegaron a una esquina. El hotel estaba a pocos metros.
—¿Tú cómo sabes cuándo te gusta alguien? —preguntó Claudia.
Martín levantó una ceja.
—Vaya pregunta.
—Es investigación.
—Supongo que quiero seguir hablando con esa persona cuando ya no tengo ningún motivo práctico para hacerlo.
Claudia sintió algo pequeño en el estómago.
—Eso es bastante bonito.
—No pretendía serlo.
—Peor para ti.
—¿Y tú?
Ella pensó mientras caminaban.
—Me acuerdo de cosas que ha dicho cuando no está delante. Busco excusas para contárselas después.
Martín la miró.
Claudia se dio cuenta de lo que acababa de decir.
Durante el día había guardado mentalmente tres cosas para contárselas a él.
—Interesante —dijo Martín.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara.
Él sonrió.
En recepción se despidieron. Claudia subió sola porque Irene seguía fuera.
Al llegar a la habitación abrió CONTABILIDAD.
Había un mensaje nuevo.
MARTÍN: Me he acordado de una cosa que has dicho esta mañana.
Claudia se quedó mirando la pantalla.
CLAUDIA: Eso según mi teoría es peligroso.
MARTÍN: Buenas noches.
CLAUDIA: Cobarde.
Tardó varios minutos en dormirse.
Irene volvió a la habitación pasada la una.
Claudia estaba despierta con el portátil abierto sobre las piernas, aunque llevaba diez minutos leyendo el mismo correo.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.
—Gracias, mamá.
Irene cerró la puerta con cuidado y se quitó los zapatos.
—¿Qué tal?
—He dado un paseo.
—Ya sé que has dado un paseo.
—Entonces para qué preguntas.
Claudia cerró el portátil.
Irene se sentó en su cama y durante unos segundos dejó de tener la expresión burlona que llevaba usando desde los veintidós años para casi todo lo que implicara sentimientos.
—Me ha pedido el teléfono.
—Qué escándalo.
—Cállate.
—Estoy siendo respetuosa.
—No sabes.
—¿Se lo has dado?
—Sí.
—¿Y quieres volver a verlo?
Irene se quitó un pendiente.
—Creo que sí.
La frase salió tan baja que Claudia no hizo ningún chiste.
—Pues me alegro.
—Eso es todo lo que vas a decir.
—Puedo empezar a organizaros un fin de semana en Segovia.
Irene le lanzó el cojín.
—Gilipollas.
Claudia se rió y se lo devolvió.
—¿Te da miedo?
Irene apoyó la espalda en el cabecero.
—Un poco. Hace mucho que no tengo una cita con alguien que me interese de verdad. Después de mi divorcio tuve algunas, pero iba con la sensación de estar comparándolo todo. Cómo hablaba, cómo pagaba, cómo se enfadaba, qué decía de sus ex. Parecía una inspección técnica.
—Eso suena agotador.
—Lo era. Andrés tiene una hija y una ex con la que tendrá que hablar siempre. Antes habría visto eso como un paquete de problemas.
—¿Y ahora?
—Ahora pienso que tiene una hija y una ex con la que tendrá que hablar siempre.
Claudia sonrió.
—Gran evolución.
—He pagado terapia para esto.
—Ya me lo cobrarás.
Irene se quedó mirándola.
—Y tú qué.
—Yo qué de qué.
—Martín.
Claudia se tumbó y se cubrió con la sábana hasta la cintura.
—Sabía que llegaríamos aquí.
—Esta vez no estoy buscándote novio. Te pregunto si te gusta un hombre concreto.
La distinción consiguió que Claudia tardara más en responder.
—Me gusta hablar con él.
—Eso ya lo sé.
—Me hace gracia.
—También.
—Y me parece atractivo.
Irene abrió mucho los ojos.
—Madre mía. Tres datos en una sola noche.
—Si vas a ponerte así, retiro declaración.
—No, sigue.
Claudia miró el techo.
—No sé qué quiero que pase.
—Eso me parece bastante normal.
—Él está trabajando. Yo estoy aquí diez días. Y todo este viaje gira alrededor de que las demás quieren emparejarme. Me fastidiaría acabar convirtiéndolo en una profecía cumplida.
—Claudia.
—¿Qué?
—Que Marta sea insoportable no tiene poder jurídico sobre tu vida sexual.
Claudia se echó a reír.
—Qué bonito.
—Apúntalo para una taza.
El móvil de Irene vibró. Miró la pantalla y sonrió antes de poder evitarlo.
—Andrés —dijo Claudia.
—Puede.
—Tienes cara.
—La cara es mía.
—Te odio.
Irene escribió una respuesta.
—Te quiero también.
A la mañana siguiente, Claudia encontró a Eva sola en el comedor. Su amiga tenía el café intacto y el móvil boca abajo.
—¿Has dormido?
—Regular.
Claudia se sentó enfrente.
—¿Niños?
—Bien.
—¿Álvaro?
Eva pasó un dedo por el borde de la taza.
—Estamos teniendo una época mala.
Era la frase más directa que había pronunciado sobre el tema desde que salieron de Madrid.
Claudia esperó.
—No quiero hablar todavía —añadió Eva.
—Entonces no hablamos.
—¿Así de fácil?
—Intento no organizarte la vida. Está de moda.
Eva sonrió cansada.
—Gracias.
Marta apareció dos minutos después preguntando si alguien había visto su cargador. La conversación se cerró sin dramatismo. Claudia no necesitó saber más para comprender que la grieta estaba ahí y que quizá llevaba bastante tiempo.
Cuando Martín entró en el comedor, le dejó un café cerca sin preguntar.
—Hoy salimos a las diez.
—Lo sé. Existe un Excel.
—Ya me han ofrecido acceso.
Claudia levantó la cabeza.
—Dime que es mentira.
—Eva cree que podemos coordinarnos mejor.
—Te prohíbo alimentar al monstruo.
—Demasiado tarde.
Eva, al otro lado de la mesa, ni siquiera los estaba escuchando. Claudia la miró un instante y guardó la preocupación para cuando su amiga quisiera abrirla.
Cuando el comedor empezó a vaciarse, Claudia abrió el portátil porque tenía que entregar un texto antes de las diez. Se instaló junto a la ventana y consiguió trabajar cuarenta minutos sin que nadie le preguntara si estaba de vacaciones.
Martín volvió al comedor con una carpeta y otro café. Se detuvo al verla.
—¿Zona de trabajo?
—Solo si no hablas.
—Condiciones durísimas.
Se sentó dos mesas más allá.
Claudia agradeció la distancia. Con algunas personas, compartir silencio acababa convirtiéndose en la obligación de llenar el hueco. Martín parecía capaz de estar allí haciendo lo suyo sin reclamar atención.
Ella corrigió un texto sobre un seguro de hogar. Él respondió correos, hizo dos llamadas en voz baja y revisó una lista de reservas. De vez en cuando alguien entraba a desayunar y los saludaba.
A las nueve y cuarto, Claudia se levantó a por otro café.
—¿Sobrevive el seguro? —preguntó Martín.